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Ignacio Agramonte en la vida privada

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Ignacio Agramonte en la vida privada

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A su ilustre viuda, señora Amalia Simoni de Agramonte


Cómo me vino la idea de escribir estas líneas

Cuando, el 6 de noviembre del pasado año, escuchaba yo en el salón del Ateneo, con grande recogimiento y con grande complacencia, la hermosa palabra del joven orador Jesús Castellanos, al inaugurar éste la Sociedad de Conferencias, con discurso de tanta resonancia que su eco irá sin duda acompañando ya por siempre aquel nombre, tan simpático a nuestro público intelectual, me pareció que no debíamos permanecer sordos a su fervoroso llamamiento los que, con frases más o menos pulidas, sentimos el afán de expresar algo que, aun mal revestido, parezca bien por su intrínseca belleza, ya que la exaltación de ésta, la propagación de su culto, es uno de los grandes fines que se proponen los sostenedores de esas conferencias, al enunciar que “quien con este evangelio cumpla, podrá gozar de la seguridad de haber mejorado en una proporción infinitesimal la condición social de la humanidad”. 

Por aquellos mismos días vinieron a mis manos varios artículos de la prensa parisiense dando la voz de alarma para que se trate de contener una terrible plaga social, los niños asesinos; y en uno de tales escritos, que tenía ese encabezamiento precisamente, hay estas palabras: “...aun es posible influir de otra manera, a saber: que se eviten a los niños los ejemplos, las excitaciones peligrosas, y una ley en ese sentido sería muy útil. Una asociación que presta grandes servicios, la de los miembros de la prensa de enseñanza, en su último boletín, se ha levantado vivamente contra los peligros que representa para la infancia la publicidad criminal. Debemos decir, en efecto, que esta publicidad se extiende hoy con el más lamentable exceso. Hay periódicos que dan los detalles más minuciosos y repugnantes de cada crimen. Se ven, en los mismos periódicos y junto al artículo, las representaciones del crimen, fotografía de la víctima, reconstitución del asesinato; esta mañana misma, ¿no hemos visto la fotografía del desgraciado André? Por último, tenemos el cinematógrafo, que exhibe los cuadros, ficticios desde luego, pero concienzudamente reproducidos, de los crímenes célebres. Y los periódicos son a centavo, y los cinematógrafos a bajo precio. Y es así como se hace la educación de la democracia. No es más dañino el alcohol. M. Boisse, ponente del asunto ante sus colegas, que pertenece como él a la enseñanza, insiste sobre tales abusos; ningún trabajo le cuesta probar que esa publicidad es desmoralizadora, y concluye pidiendo que la Cámara vote una proposición de M. Viollette que prohíba por lo menos la publicación de imágenes relativas a crímenes. Viniendo esta opinión de hombres que conocen a los niños, que se han impuesto la hermosa tarea de instruirles, que quisieran hacer de ellos buenos sujetos, es digna de fijar la atención. Todo el mundo en estos momentos siente que hay, como suele decirse, algo que hacer. Y si, por lo que respecta a las costumbres, solamente el tiempo y la reflexión pueden obrar favorablemente, en cambio, nada excusaría la indiferencia de los poderes públicos.”

Como en Cuba padecemos ese mal con la misma intensidad, y siempre en aumento, mi primer deseo (recordando siempre las conferencias) fue escribir sobre ello con todo el dolor que siente mi alma ante el abismo, que se ensancha cada vez más; pero ¡ah! en el instante recordé —no era posible que dejase de suceder— que hace veinte años, en marzo de 1891, escribí yo, a manera de apéndice a mi libro Un paseo por Europa, el artículo De regreso, en que me expresaba en términos tan parecidos, que no resisto al deseo, quizás poco modesto, de reproducir aquí los dos párrafos en que la semejanza de ambos escritos es más notable.

El libro y el periódico, la literatura en todas sus manifestaciones, es, después del ejemplo en el hogar y la enseñanza en la escuela, el medio más eficaz de perfeccionamiento social. No dejemos, pues, que se pervierta la nuestra rumiando obscenidades y crímenes. El crimen y el vicio, las pasiones en todas sus violencias, han sido siempre magníficos elementos para el drama y la novela, el poema y el romance; pero tras de la obra en donde la sangre corre y el libertinaje se desenfrena, debe siempre verse al autor como en un pedestal; no encenagado en los excesos que va describiendo y dándose cínicamente en lastimoso espectáculo; no indiferente a las fechorías del puñal, por avezado a escucharlas; no excitando a sabiendas apetitos brutales; no despertando la emulación del bandidaje, ganoso de lucro más que del bien de las masas populares. Aquel procedimiento es grande y regenerador. El otro es pequeño e infeccioso. Para el conocimiento público de los hechos punibles, para prevenir en lo posible abusos de jueces y de letrados, basta con algo más que el juicio oral; pero es terriblemente peligroso ese constante esparcir entre el pueblo olor de carnicería y de patíbulo, baladronadas de infames, intimidades de hogares corrompidos y efigies bestiales. Arrancad la máscara al hombre vil ante la justicia y ante la sociedad, mas no le desgarréis los vestidos para mostrarle a todos en su espantosa desnudez; no le arañéis las carnes ni mordáis en ellas para poner de manifiesto las putrefactas entrañas. Si es moda de la época, tened la independencia y la sensatez de no adoptar esa moda, poco misericordiosa respecto a los delincuentes, inicua para con sus familias, temeraria con relación al pueblo. Y si es que hemos de imitar siempre, no faltan ejemplos buenos. En las penitenciarías de los Estados Unidos se encuentran a cada paso carteles advirtiendo a los visitantes que no fijen la mirada en los penados. Si la prensa, que es lugar culminante e inundado de luz, alterna sus nobles destinos con el de afrentosa picota, llegará un día en que se avergüencen de subir a sus codiciadas alturas los hombres de limpia historia, por temor de verse, como Cristo, entre dos ladrones, y que la apoteosis se les convierta en crucifixión de su dignidad.
¡Oh adolescentes cubanos, que en tan peligroso centro de vida empezáis la vuestra, en los momentos históricos precisamente en que la patria os necesita más austeros! la virilidad no consiste, como en vuestros pocos años pensáis, en hacer todo lo que otro hombre haga; la verdadera entereza estriba en no avergonzarse de ser virtuosos y morigerados. No os dejéis corromper por el ejemplo. En la vida política —restringida aquí a dar un voto— perded todas las elecciones y no cometáis el fraude electoral; en la guerra, si os llega esa eventualidad, sufrid derrota tras derrota antes que degradaros con vilezas o con sanguinarios ensañamientos; en la vida privada y en la vida pública, sed puros. El pueblo que así procede, reporta al cabo todas las victorias. No anheléis dicha que no hayáis merecido, que no sea obra vuestra. Antes que mendigos afortunados, procurad ser trabajadores bien retribuidos.

No puedo quejarme de la acogida que halló este escrito en la opinión pública. Fue reproducido varias veces en la Isla y aun fuera de ella (en La Revista Ilustrada, de Nueva York). Pero, ¿y el resultado? Fue el que, después de todo, debía esperarse: el de una voz clamando en el desierto. Ya vemos las creces que ha tomado el mal, aquí como en todas partes. La prensa es nueva Pandora avalorada con los más ricos dones; pero tiene su funesta caja, de donde salen y se esparcen por el mundo todos los males. Felizmente, en su fondo queda siempre la esperanza. Lo que era río, pasó a gran río; el gran río, a torrente. No hay dique para tal desbordamiento. La libertad y la civilización parece que lo imponen así. Mas no por esto debemos renegar de ellas. Pensemos que siempre era mucho peor lo que hemos dejado atrás. Para bendecir la libertad y la civilización, no obstante sus tremendos descuentos, basta considerar que ya no hay hombre, en los países donde ellas están más extendidas, que pueda hacer de otro hombre un esclavo suyo; que pueda hacer de una mujer una procreadora de esclavos.

¿Quiere esto decir que debamos cruzarnos de brazos ante el mal? De ningún modo. Es preciso laborar, pero no poniendo el arado frente al torrente, sino paralelamente a él; y tened por seguro que, siquiera el torrente sea un Niágara, siempre los campos laborables en torno ocupan infinitamente más espacio que aquél. Solamente que los campos son silenciosos, modestos, por decirlo así, en tanto que el torrente es atronador; se precipita lleno de escándalo.

Estas reflexiones me apartaron en el acto de escribir condenando una vez más las vitandas lecturas que pululan, y pensé en otras lecturas que confortan. Y ninguna, acaso, más eficaz para ese resultado, que la de vidas ilustres... Y entonces, casi simultáneamente con esta idea, vino a mi pensamiento el nombre de Ignacio Agramonte. Su vida es grande, su vida es pura. Y esa vida es nuestra: pertenece a Cuba, a su historia heroica.

Mi idea quedó fijada en el instante. Yo presentaré a la juventud cubana —me dije— ese insigne ejemplo; no en su vida de guerrero, que esto corresponde a grandes historiadores, sino en su vida privada: es preciso que vean al joven, al esposo, al padre, al patriota, en la intimidad. Y como, felizmente, su digna viuda vive aún, y es amiga mía, a ella me dirigí confiada para que me ilustrase.

Ella, amable y cortés, tuvo la bondad de acceder a mi petición; y habiendo venido a la Habana meses después (reside en Camagüey), me ha hecho el inapreciable obsequio de confiarme trece cartas del héroe escritas a la esposa en los días de la tremenda lucha, y el de referirme en largas conversaciones, emocionadísima, a pesar del gran lapso transcurrido, todo lo que yo deseaba saber de pormenores referentes a la hermosa, pero ¡ay! brevísima vida que me propongo narrar. ¡Ojalá que mi deseo y mi voluntad, tan grandes que me hacen olvidar la ya manifiesta decadencia de fuerzas físicas e intelectuales, no queden defraudados en la delicada empresa! ¡Ojalá que al trasladar al papel las palabras de Amalia, pueda yo conservarles algo de la fuerza emocionante, enternecedora a veces, que en sus labios tienen, y que en días muy lejanos ya electrizaron a Manuel de la Cruz (a quien la muerte implacable había de impedir que terminase su obra de historiador y biógrafo de Agramonte), y arrancaron lágrimas al gran Martí!


Mis recuerdos personales

Sí; algunos recuerdos tengo del héroe, y los guardo en mi alma como guarda el avaro su oro... no; como se guardan amadas reliquias que, sin tener valor intrínseco, tiénenlo inmenso por venir de quien vienen.

Le conocí siendo él estudiante de derecho en la Universidad de la Habana. Ya antes lo había sido en el Colegio de don José de la Luz... y sin pasar adelante es preciso proclamar, por ser los hechos, la vida entera de Ignacio Agramonte, una de las más excelsas en que puso algo de sí el grande educador, que es de justicia abonársela en su brillante cuenta, para eterno amor de las almas cubanas.

Iba el estudiante a pasar sus vacaciones en la ciudad de Puerto Príncipe (Camagüey hoy), donde residían sus padres, y en bailes y reuniones nos encontrábamos y nos hicimos buenos amigos.

Me parece verle. Era alto, delgado, muy pálido, no con palidez enfermiza, sino más bien, así podemos pensarlo ahora, con palidez de fuertes energías reconcentradas; su cabeza era apolínea; sus cabellos castaños, finos y lacios; sus pardos ojos velados como los de Washington; su boca “pequeña y llena”, como la que se ve en las representaciones de Marte, y sombreada apenas por fino bigote; su voz firme.

Después, ya bien adelantada la guerra, la vida agitada de campaña le dio robustez, hermosos colores y finas patillas; mas nunca espesa barba, como se ha visto en un retrato que del guerrero existe, o ha existido, y con la que, acaso, se le regaló impresionado sin duda el artista por el mito de Sansón y otros forzudos dioses y semidioses, no creyendo compatibles el mucho valor y las escasas barbas.

Y de que era valiente, ya empezaba a dar muestras desde antes de la guerra. Se recuerda de él un hecho caballeresco: su llamada aparte y dura increpación a un militar español por haber éste tomado una silla en que apoyaba un pie cierta señorita que no interesaba especialmente a Agramonte. Era una de las hermanas Quesada, que fueron después cuñadas de Carlos Manuel de Céspedes, y el hecho ocurrió en un salón de baile. El militar, cuya acción, impensada acaso, hizo hasta perder el equilibrio a la joven, dio sus excusas, y pudo creerse que aquello no iba a pasar de allí. Pero otro militar que había presenciado, o que supo después, el incidente, tomó la cosa por donde quemaba y dijo a su camarada que todo el cuerpo a que ellos pertenecían —eran ambos de caballería— estaba afrentado, y que era preciso pidiese una satisfacción. Agramonte dijo que ya tenía olvidado el lance, pero que estaba a disposición de su retador. Se concertó el duelo a espada, y ambos contendientes salieron heridos. Agramonte de un pinchazo en el cuello, pero habiendo puesto fuera de combate al militar, que era todo un valiente y que elogió su pericia y serenidad, con lo cual quedaron buenos amigos. En aquellos tiempos cualquier cosa hacía saltar una chispa entre españoles y cubanos.

Así lucía la casa natal de Ignacio Agramonte en los años 20 del pasado siglo.

Distinguíase, además, Agramonte, por su educación esmeradísima, por su trato respetuoso, por su seriedad, por su intachable conducta. Estaba exento de vicios y lleno de virtudes; y ni la sombra de una mancha permitió jamás que pasase sobre el limpísimo cristal de su honor.

Yo fui —perdóneseme la jactancia— una de sus amigas predilectas. Cuando en bailes nos encontrábamos, jamás dejó de bailar conmigo; cuando en reuniones, siempre se acercaba a saludarme.

Tres recuerdos se destacan en mi memoria con mayor claridad que otros, y voy a referirlos porque, tocando al héroe tan amado, lo más baladí puede interesar. Íbamos muchas personas de paseo a Cubitas, con objeto de ver las famosas cuevas, brillantes de estalactitas, y los Canjilones (río de proverbial transparencia), y con objeto también de bailar y de divertirnos. Yo iba en coche, él a caballo, y así conversábamos a ratos.

Al día siguiente regresábamos de una excursión frustrada: ni habíamos podido ver las cuevas, por haber puesto las lluvias intransitable el camino, ni habíamos podido contemplar la transparencia del río, turbio entonces por la misma causa. Solamente vimos de notable los Paredones, corte ciclópeo enteramente perpendicular, en un monte rocalloso, dejando en medio estrecho desfiladero, practicado sabe Dios por cuál remotísima conmoción cosmogónica.

Yo iba entonces a caballo —primero y último ensayo formal de equitación—, y a mi lado marchaban Ignacio y otro amigo. De pronto me propuso éste que cambiásemos de cabalgadura, alegando que era la suya muy cómoda. Yo objeté que iba muy bien en la mía; mas él insistió tanto y tanto, que yo accedí. Como estábamos en campo raso, Ignacio me ayudó a bajar de mi caballo y me puso su mano como estribo para subir al otro. No bien en éste, sentí que la silla, muy floja, se ladeaba con mi peso, harto escaso entonces en verdad; que me caía, y así fue. Ignacio corrió y me levantó. Acudió un médico que era de la comitiva, y habiendo necesitado tela para vendarme un pie que me había lastimado, rasgó aquél su pañuelo en delgadas tiras, y lo ofreció.

El segundo recuerdo es de una recitación. Estábamos en una de aquellas ferias de la Caridad, delicias de los camagüeyanos, y muchachas y muchachos jugábamos a las prendas en casa de una tía mía. Ignacio había perdido: tenía que sacar su prenda, y como se le sabía grande aficionado a las letras, y aun cultivador de ellas a ratos, se le mandó recitar, y él recitó, de una manera que yo no he podido olvidar, algunas estrofas del Canto del Cosaco, de Espronceda. Cada palabra, fuertemente acentuada, parecía un golpe de maza descargado sobre los opresores de pueblos, sobre los opresores de Cuba especialmente, y parecía también un llamamiento de jóvenes libertadores a las armas.

El último recuerdo que deseo mencionar es de un hecho que tuvo alguna trascendencia en mis ideas, en mis creencias. No puedo fijar el año, pero fue indudablemente entre los de 1866 y 67; más bien el primero. Tomaba yo a la sazón lecciones de francés, que amistosamente me daba por las noches Cristóbal Mendoza, otro patriota que ofrendó su vida, hermosa y joven, a la libertad de Cuba, adonde vino niño aún, fugitiva su familia, por causas políticas, de Venezuela, de donde eran naturales. Hubo de decirme Ignacio un día que deseaba leer conmigo cierto libro francés, para ver las impresiones que esa lectura me produjese y oír mis observaciones. Y efectivamente, pocas noches después se presentó en casa de mi hermana, donde yo recibía mis visitas, con el libro prometido. Mendoza estaba allí, y no pudimos leer aquella noche, ni Agramonte repitió su visita. Pero el libro quedó en mi poder. Su título era Le christianisme et le libre examen, y como autor aparecía —me parece que era así— LʼAbbé de ***. Este autor era deísta. Su argumentación echaba por tierra todas las religiones positivas, las pulverizaba con abundosa documentación. Pero se quedaba con Dios, y yo, que ya sabía esto, porque el autor lo indicaba en los primeros capítulos, y que veía cómo todo se derrumbaba en torno de la Divinidad, estaba grandemente intrigada por saber de qué manera podría arreglárselas el escritor para llegar a ese resultado; es decir, a salvar lo esencial después de haber destruido todo lo accesorio; pero accesorio que en asunto tan especial, complejo y enmarañado, es base al mismo tiempo. Y a esta curiosidad ¡quién lo creyera! debo yo quizás el haber prolongado tanto mi existencia... Pero ya esto es hablar de mí, y no es eso lo que me he propuesto.


P
ara un héroe, una belleza —los amores— la boda

En la época a que me estoy refiriendo, brillaba en Puerto Príncipe una rica constelación de jóvenes bellísimas, y eran de las primeras entre ellas las hermanas Amalia y Matilde Simoni.

Ésta, la menor, se hallaba ya casada con un joven de soberana hermosura y de corazón más bello aún: Eduardo Agramonte, primo segundo de Ignacio. Sus grandes ojos azules, su frente blanquísima y despejada, daban tal claridad a su varonil semblante, que parecía alumbrar el sitio en que se presentaba. Su muerte en los campos de Cuba fue heroica y generosa, digno coronamiento de toda su noble existencia. En un día de marzo de 1872 marchaba formando parte de pequeño grupo que, después de una escaramuza, de la que habían salido bien, fue hostilizado por refuerzos llegados al enemigo. Dispersados los patriotas, se alejaba ya Eduardo, ileso; mas, habiendo vuelto la cabeza al ruido de un tiro, primero, de una descarga en seguida, vio que un primo suyo, Ignacio de Miranda, a quien había oído decir: “Voy a disparar mi último tiro”, temeridad de que él no pudo disuadirle, y que, realizada, provocó la descarga, había caído herido y otro con él. Eduardo era médico, y sabiendo muy bien que iba a la muerte, no se consideró eximido de su deber profesional, de su deber humanitario, y voló en socorro de los heridos. Instantáneamente otra descarga, a quema ropa ya, le hizo cadáver, y fue el humo de la pólvora su resplandor de apoteosis...

Amalia Simoni.

Para pintar a Amalia sería muy gráfica la expresión inventada por serviles cortesanos, repetida en pleno deslumbramiento de imaginación por multitudes primitivas y no primitivas, y que en plena democracia perdura: “¡Parecía una reina!” Sí; al arrogante cuerpo de Amalia Simoni, a su apostura altiva, hubiesen caído perfectamente la corona y el manto regios. Sus negros ojos eran hermosísimos; la profusa mata de sus cabellos, estando suelta, formaba espléndido fondo de sombras a su gentil figura de líneas helénicas, y podía recordar, salvo el color, la que en doradas ondas envuelve casi por completo a la Magdalena del Tiziano, bajando de la fina y atormentada cabeza, cual si fuesen ondas de llanto también, como el que corre de los bellos ojos, no tanto por las pasadas faltas cuanto por el purísimo y perdido amor presente que la transfigura de pecadora en santa.

Añadid a aquellos encantos físicos de Amalia una cultura exquisita adquirida en viajes tan extensos, que de Europa solamente le faltó visitar a Rusia; y esto fue un privilegio y un prestigio de que ella y su hermana únicamente gozaron entonces en Puerto Príncipe; pensad que esa joven cantaba con deliciosa y bien educada voz; que hablaba correctamente varios idiomas, y comprenderéis cómo se grabó para siempre su imagen seductora en el corazón del joven que iba muy pronto a ser héroe; comprenderéis, como lo comprendieron, o mejor, lo sintieron ellos, que Amalia era digna de Ignacio, e Ignacio digno de Amalia.

Mas no dejó de interponerse entre los amantes ligera nube, que costó algunas lágrimas a la enamorada joven. El doctor Ramón Simoni gozaba de muy buena posición; quería con extremo a su hija; la veía llena de gracias, y es bien seguro que, si no pensaba en un príncipe para ella, era porque no había príncipes en Cuba. Pero había jóvenes ricos en la Habana que anhelaban la mano de Amalia, y Agramonte, aunque de familia distinguida y que disfrutaba de posición desahogada, no contaba por entonces más que con su carrera de abogado; notable desde luego, pues había llamado ya poderosamente la atención en la Habana al desarrollar su tesis de grado, para obtener el de licenciado.

Ese discurso estaba saturado de individualismo, y en él latía con todo vigor el espíritu de la Revolución francesa. Los anhelos de libertad, los ataques al Gobierno colonial no se disimulaban. Véase este pequeño párrafo, cortado por puntos suspensivos, que señalan la barrera ya casi franqueada, al hablar, detrás de la cual podía estar el abismo para el perorante: “La Asamblea Constituyente francesa de 1791 proclamó, entre los demás derechos del hombre, el de la resistencia a la opresión...” Y al terminar, sin restricción alguna, como si hubiese olvidado ya el peligro, dice, después de haberse mostrado partidario de la centralización limitada: “Por el contrario, el Gobierno que con su centralización absoluta destruya ese franco desarrollo de la acción individual, y detenga la sociedad en su desenvolvimiento progresivo, no se funda en la justicia y en la razón, sino tan sólo en la fuerza; y el Estado que tal fundamento tenga, podrá en un momento de energía anunciarse al mundo como estable e imperecedero; pero tarde o temprano, cuando los hombres, conociendo sus derechos violados, se propongan reivindicarlos, irá el estruendo del cañón a anunciarles que cesó su letal dominación”. Aquel joven de veintiún años hablaba así el 8 de febrero de 1862, más de seis años antes de que estallase la guerra. Esto era levantarse la visera ante el señor y dueño, presentar el pecho desnudo; era poner bien en evidencia su grande valor cívico, del que afirma Paul Doumer con tan grande autoridad en su magnífico Livre de mes fils que es “el más difícil y el más raro”. Los patriotas revolucionarios de la Habana debieron reconocer en el instante uno de los suyos en aquel brioso mancebo.

Era el que más tarde, en memorable día, había de decir a sus hombres: “Los que tengan buenos caballo y estén dispuestos a morir, avancen un paso”; y cuando todos —unos cuarenta— hubieron avanzado, y estuvieron luego frente al enemigo, les gritó: “¡Soldados: esa columna española lleva prisionero a nuestro brigadier Julio Sanguily! ¡Es preciso rescatarlo o perecer todos en la demanda! ¡Corneta: toque usted a degüello!” El brillante resultado se conoce en la historia con esta denominación: El Rescate. La magia irresistible de aquellas arengas guerreras consistía en que las masas armadas sentían que en aquellas palabras inflamadas palpitaba un grande y noble corazón.

Otra demostración de su elocuencia forense fue la primera defensa que hizo en Puerto Príncipe, la que motivó que la Audiencia en pleno fuese a felicitado.

A esa persuasiva palabra había de rendirse Simoni. Estaban todos en la Habana, y hospedaba a la familia de Amalia el marqués de Casa Calderón, gran favorecedor de la interesante pareja. Amalia confió a Ignacio las objeciones de su padre, a quien ella había dicho: “No te daré el disgusto, papá, de casarme en contra de tu voluntad; pero, si no con Ignacio, con nadie lo haré.” Agramonte no se inquietó lo más mínimo. Invitó para el día siguiente a Simoni a almorzar con él. No le disimuló nada absolutamente del grave compromiso que tenía contraído para con la Revolución, próxima ya a estallar, según se creía, y aquella elocuencia y esta lealtad conquistaron al padre, que volvió a la casa, radiante de alegría, a dar con un abrazo la fausta nueva de su derrota a su contristada hija.

Con esto y la promesa de Agramonte de avisar a Amalia para que se preparase, si el intento de revolución fracasaba por entonces, regresó la familia a Puerto Príncipe, y poco después recibió la joven estas pocas líneas: “Tout est perdu, moins lʼhonneur. Prepárate.”

La boda se efectuó en esa ciudad, en la Parroquial Mayor, el 2 de agosto de 1868, habiéndolos apadrinado el Dr. José Ramón Simoni y la Sra. Filomena Loynaz y Caballero, madre del novio.


La revolución

Pero la revolución no estaba muerta. Carlos Manuel de Céspedes y otros grandes patriotas (Agramonte uno de tantos) velaban por ella, y llegó la fecha gloriosa del 10 de octubre de 1868, trayendo en los pliegues de su improvisada bandera, en la que hasta jirones de vestidos femeninos entraron, la cosa inesperada para muchos, la cosa arcana en resultados para todos; con sus ríos de silenciosas lágrimas de mujeres cubanas y sus torrentes de sangre, corriendo, corriendo mezcladas la clara y la roja linfas, corriendo siempre, durante ¡diez años! Con hambre y peste, con desolación y ruina, con el tristísimo fracaso; pero con tal suma de heroicidades, con tal empuje, con tal vigor de ejemplo y de sugestión para generaciones futuras, que diecisiete años bastaron para restañar la sangre, aprontar de nuevo el pecho, decir adiós otra vez a todo lo más caro, y forzar el destino a que diese la victoria al más débil contra el más fuerte, forzando a otros fuertes a que viniesen en auxilio, porque era ya caso de humanidad; porque los cubanos estaban resueltos a dejarse morir de hambre y de heridas esta segunda vez sin cejar en la contienda; porque los niños reconcentrados con sus familias en las ciudades, eran ya monstruos de enormes vientres, con huesos cubiertos de pergamino amoratado en lugar de piernas, de brazos, de cuellos.

Todos sabemos que el grito de rebelión se dio en Yara, en el Departamento Oriental, como entonces se llamaba esa región, y que los patriotas del Camagüey no pudieron salir al campo hasta algo más tarde. Sabido es también que los camagüeyanos llevaron sus familias a los predios rústicos, pensando volver ellos a tomar la ciudad y librarlas así de los horrores de la lucha, y sabido es también que todo sucedió de bien distinta manera.

Ignacio Agramonte, nacido allí, de veintiséis años entonces, cerca de veintisiete, pues fue la fecha de su nacimiento el 23 de diciembre de 1841, dejó a su amada compañera el 11 de noviembre del 68, y ella con sus padres y hermanos (Matilde y Eduardo), que ya tenían un niño, le siguió el 1ro de diciembre de aquel mismo año, según habían convenido.

José Ramón Simoni

Fueron a vivir en “La Matilde”, finca del Dr. Simoni, a diez leguas de la ciudad, y allí estuvieron un año, incluidas breves ausencias o fugas a que las circunstancias obligaban. Esta familia disfrutó siempre de relativas comodidades, no llegando nunca a faltarle ni ropas ni alimentos, como sucedió más tarde a la gran mayoría, siendo indecibles los sufrimientos que se vieron precisadas a soportar y de los que sucumbieron muchos. Viviendo en monte firme, en la humedad consiguiente cuando las lluvias abundosas, propias de países tropicales, venían a agravar la situación, careciendo de sal para la carne (mientras no les faltó también ésta), desarrolláronse enfermedades terribles, tales como el insoportable picor en todo el cuerpo, a que se dio, con el bromear constante de nuestro pueblo, aun en los lances más críticos, el nombre de “gusto cubano”; y como el espantoso de las parótidas que, abiertas, dejaban escapar los alimentos antes de ser deglutidos. Así murió una de mis tías maternas, y para abrigarse en su agonía —ella, cuyos armarios estaban atestados de ropa blanca, que tenía coche (quitrín, como allá decíamos), y mil otras comodidades— no tuvo más que un resto de sábana, de un metro apenas en cuadro, reliquia que una de sus hijas trajo del campo y piadosamente guarda. Y aun fue dichosa muriendo de aquella manera, antes de que su hijo —mi queridísimo primo Julián de Miranda y Castillo— muriese amacheteado, lo que pudo haber sido a su vista, sin poder escapar, ni siquiera intentarlo, porque sus piernas estaban horriblemente hinchadas; muerte que tuvieron tantos y tantos héroes anónimos.

En una de aquellas ausencias de “La Matilde” fue la familia Simoni a residir en un punto del distrito de Cubitas denominado Arroyo Hondo, y allí nació el primogénito de Ignacio y Amalia, en circunstancias que no carecen de interés, por implicar rasgos típicos del carácter del joven revolucionario. Se consideraba ya muy próximo el alumbramiento y tenía Agramonte que marchar a una comisión del servicio, a recibir unas armas, y después de haberle asegurado Simoni que no sería aquel día el suceso, sino unos veinte después, partió el 26 de mayo de 1869; pero quizás por ser aquél el primer hijo (cosa que sucede a muchas mujeres), quizás, y esto es más probable, debido a la emoción que aquellas separaciones, llenas de peligros, ocasionaban, no bien salió Agramonte, se presentó el lance, y Simoni envió un mensajero a toda rienda para prevenir al inquieto esposo. Ambos, General y mensajero, llegaron juntos al lugar adonde había que ir, e Ignacio, enterado de lo que ocurría, dio órdenes al Jefe de su Estado Mayor y volvió apresuradamente junto a su amada. Pero era ya media noche cuando llegó, y el cuarto de Amalia se había llenado de señoras, por azares de la guerra, y allí estaban durmiendo. Ignacio tuvo la fuerza de voluntad necesaria para dominar el afán que le mataba, y, poniendo en el suelo sus alforjas, pasó la noche, en vela sin duda, detrás de aquella puerta cerrada que el respeto a la mujer (una de sus características cualidades) le vedaba tocar.

Entre aquellas señoras hallábase Ana Betancourt de Mora, gran patriota, como gran patriota fue su esposo Ignacio Mora, y tan buena como bella. Apenas fue de día, llegóse al lecho de Amalia para informarse de su estado. —“Me encuentro muy bien—le dijo ésta—; y me parece haber sentido llegar a Ignacio”. Anita abrió y encontró efectivamente a Agramonte, en el estado de excitación que es fácil presumir. “Levántense pronto —gritó a las demás— y salgan, que aquí está un hombre desesperado por abrazar a su mujer y conocer a su hijo.” El entró entonces, y su ansiedad de toda la noche se desahogó en lágrimas abundantes.

De la ternura inmensa que le inspiraba su esposa dan muestra cumplida las cartas, los papelitos mejor dicho, que ella me ha confiado ahora, y de las que voy a copiar una sola, pudiendo verse las demás en el Apéndice de estas páginas. Es del 9 de noviembre del año 69 y está fechada en “Las Delicias”. Dice así: “Mi siempre adorada Amalia: me hallo sin novedad, pero lleno de ansiedad por verte. Marcho ahora hacia el Sur, y supongo que dentro de cinco o seis días estará a tu lado tu delirante compañero, Ignacio.”

Esos papelitos eran escritos aprovechando momentos de llegada a algún punto, o inmediatamente después de alguna acción. De los que tengo a la vista ninguno hace referencia a hechos de armas; pero en todos se advierte, por la omisión misma de esas alusiones, la preocupación constante de alejar de Amalia, como si eso hubiese sido posible, la idea de la guerra, de los riesgos a que se lanzaba. Y se comprende, por esas mismas circunstancias trágicas que envolvían a los nuevos esposos, cuál debió ser el grado de exaltación a que llegó un amor que desde sus comienzos había sido grande, y cómo se convirtió por último en culto idolátrico.


El Idilio

Viendo el Dr. Simoni que “La Matilde” no ofrecía ya mucha seguridad, había mandado hacer un rancho en terrenos de cierta finca llamada “La Angostura”, ubicada también, como Arroyo Hondo, en Cubitas; y habiéndose declarado la epidemia colérica en contornos de “La Matilde”, cuando el niño contaba un mes de nacido, allá se trasladó la familia. Era aquél un rancho espacioso, con tres compartimientos para los tres matrimonios: el de Simoni y los de sus dos hijas, y bautizóle Ignacio con nombre apropiado al estado de ánimo en que él y Amalia se encontraban: llamóle “El Idilio”. Y “El Idilio” estaba hecho en medio de una lindísima huerta de árboles frutales, y los robustos troncos vivos se habían aprovechado para la construcción. E idílicos, pero también heroicos y agitados, fueron los días que allí pasaron.

Él quería que, a todo trance, estuviese bonito y arreglado el cuarto de Amalia. Lo quería bien pavimentado, lo quería cómodo, y daba sus instrucciones al ordenanza, sin tomar a veces en cuenta las condiciones del lugar y del momento. El pobre muchacho objetaba que por allí no había nada de lo que se necesitaba. Agramonte entonces meditaba un rato, como era su costumbre antes de determinarse, y después decía sencillamente: “Ingéniese”; palabra precursora de una frase que vivirá eternamente. Y como sus subordinados le respetaban como a un dios y le amaban como a un amigo, y por complacerle hacían prodigios, el ordenanza los hacía, y todo lo más precioso que a mano se encontraba y que en aquel caso venía a ser lo menos tosco —maderas de la huerta de un modo y maderas de la huerta de otro modo—, todo iba a hermosear el nido de aquella linda paloma; que tal parecería Amalia cuando, para recibir al amado compañero, al regresar éste de sus fatigas, se ataviaba con una bien cortada bata blanca, por ella misma hecha... ¡de una sábana!

Llegado allí, como si tales fatigas no hubiese pasado, exigía a la esposa que reposase el tiempo que él estuviese a su lado y asumía él los cuidados domésticos, arreglando el amado retiro con la mayor minuciosidad y cuidando del niño por las noches. Y allí era el llevarle lo mejorcito que encontraba por los campos o en la huerta, cuando de sus correrías guerreras retornaba. Dos de aquellos tiernos presentes recuerda ella particularmente: una paloma que los últimos tiros de una refriega hicieron caer atolondrada del árbol en que se hallaba, y un hermosísimo mamey colorado. Todos, al verle coger la paloma, dijeron: “No hay que preguntar quién se la va a comer”. Pero Amalia no quiso comerla, y conservóla y cuidóla con cariño hasta que las vicisitudes de aquellos días la hicieron desaparecer de su vista, sin que ella pueda decir si fue por muerte o por extravío. De la fruta guardó la semilla, que anduvo con ella en sus peregrinaciones, y después la sembró en la quinta “Simoni”, donde aún existe el árbol a que dio vida, y donde ella reside.

Así era en su hogar de dulce y sencillo, y muy alegre, aquel militar inflexible, cuya sola mirada de desaprobación causaba honda pena a sus subordinados... Y al decir esto viene a mi memoria un episodio que me refirió hace años quien tiene a gloria inmensa haber sido Secretario del Mayor y es siempre su adorador: mi amigo el coronel Ramón Roa. Posteriormente ha publicado un capítulo de su obra inédita “Calzado y montado”, donde está comprendido ese incidente. Fue en “La Soledad de Pacheco”, el 2 de marzo de 1873. Agramonte había mandado venir de Yaguajay al comandante Martín Castillo, jefe allí de una guerrilla, haciéndole saber su disgusto, no por faltas en el servicio, sino por cierto lío amoroso, con circunstancias algo agravantes. Castillo estaba desolado, esperando con el a ba la severa, aunque siempre cortés, reprimenda. Pero antes que ésta, llegó el enemigo, marchó con los demás a su encuentro, peleó bravísimamente, y cuando, pasada la función, le llamó Agramonte a su presencia, y, después de ordenarle que volviese a su puesto en Yaguajay, sonriendo le tendió la mano, el hombre no cabía en sí de gozo.

De su austeridad de costumbres, de la absoluta consagración a su Amalia, da idea un paso casi chistoso, casi cómico, que muchos presenciaron. Estando en un campamento, vinieron a decirle que una joven recién llegada de Puerto Príncipe deseaba hablar con él. Era una de aquellas mujeres heroicas que se vieron, por centenas quizás, en las guerras de Cuba; ángeles desarmados en medio de la pelea, que se deslizaban como podían, burlando la vigilancia española, para llevar auxilios, medicinas, noticias, a los idolatrados insurrectos. La joven era bonita, y después de haber entregado al Mayor lo que de auxilios portaba, dijóle que llevaba otra comisión que le habían confiado, para honor de ella, las señoras camagüeyanas: la de darle un abrazo. Ignacio mantuvo caídos los brazos, y, rojo el semblante, se dejó abrazar; pero él ¡no abrazó!


El capitán Arenas

Era ya muy difícil el sustraerse a la persecución que las tropas españolas hacían a las familias, con objeto de llevarlas a las ciudades, privando así de auxilios y de asistencia femenina, valiosísimos en tales circunstancias, a los rebeldes.

Para referir lo que a ese respecto sucedió a la esposa de Agramonte, me limitaré en parte a copiar lo que ella ha tenido la bondad de enviarme escrito de su propia mano, y es esto:

“El 26 de mayo de 1870, cumpleaños de mi hijo, nos despertamos alegres, preparándonos para celebrar el primer aniversario de nuestro primogénito.

“Estábamos en «El Idilio» mis padres, mi hermana y sus dos niños y mi Ignacio, que por no hallarse muy bien de salud, hacía cinco días que estaba con nosotros. Ese mismo día, y cuando más plácidos y felices estábamos, como a las 8 de la mañana, llegó un muchacho diciendo que la columna española venía hacia «El Idilio»; aviso que nunca supimos quién lo enviaba.

“Ignacio no le dio crédito, y tranquilizándome, me dijo que no podía ser cierto, porque ningún aviso tenía de sus ayudantes y Estado Mayor, que, como siempre que él venía a casa, dejaba como a un cuarto de legua de nosotros. Pero un poco más tarde volvió el mismo muchacho diciendo: «La tropa española está ya cerca de “El Idilio”». Ignacio, que tenía en sus brazos al niño y se reía, oyéndole pronunciar tan malamente las pocas palabras que sabía, se puso serio, y abrazando a su hijo y a mí, dijo con voz grave: «Esto parece una traición. No te aflijas; la esposa de un soldado debe ser valiente…» Y besándonos por la última vez, dijo: «Volveré pronto...», llamó a papá y le dijo: «Intérnese con la familia en el monte; que se preparen pronto con lo indispensable de ropa y salgan de aquí en seguida... Voy a ver qué es lo que pasa; de todos modos, estaré de vuelta dentro de dos o tres horas». Y montó a caballo, acompañado de su asistente, para reunirse con sus ayudantes. Era Mayor General en esta época.

“El sospechaba, sin duda, que los españoles, al retirarse, quemarían el rancho y todas nuestras ropas”.

Hasta aquí lo escrito por la viuda de Agramonte. Continúo, siempre según sus palabras. No hubo tiempo de internarse. En el rancho había un hombre: el Dr. Simoni, médico de insurrectos. Hombre de su importancia cogido, era hombre muerto, o por lo menos, se le llevaba a la ciudad y el resultado, con diferencia de tiempo, era el mismo, si no se daba por presentado; lo que muchos, como los dos hermanos Boza, rehusaban hacer. La guerra era entonces sin cuartel por ambas partes. La esposa y las hijas dijeron a Simoni que huyese; pero él se negó. ¿Cómo dejarlas expuestas a la brutalidad de la soldadesca quizás, o a la dureza de los jefes? Ellas lloraron, suplicaron, prendidas de su cuello. La desesperación estaba en todos. “Pues bien, dijo al fin aquel pobre padre, angustiado, casi loco—; voy a ocultarme detrás de aquella ceiba. Si las llevan a ustedes, sin hacerles daño, sin injuriarlas, yo no me presento; pero si les tocan un cabello, si les dicen una mala palabra, en seguida vengo a morir con ustedes.” Y marchó.

Entró un pelotón y preguntaron de quién era el rancho. Amalia estaba ya medio muerta de espanto: no podía contestar; pero su madre, más animosa, dijo que el rancho era del Dr. Simoni.

—A ése buscamos —contestaron.

—Y ¿quiénes son estas jóvenes—preguntaron entonces.

La madre, temblando de terror, contestó:

—Ésta es la esposa de Eduardo Agramonte y ésta la de Ignacio Agramonte—. Con lo que Amalia acabó de perder el conocimiento. El Capitán que mandaba a aquellos hombres, al oír el nombre de Ignacio Agramonte, dejó caer su sombrero al suelo, como en homenaje de respeto, y exclamó, dirigiéndose a Amalia:

—Señora, tranquilícese usted y no tema nada. Su marido me tuvo prisionero tres meses y me salvó la vida. Desde este momento está usted bajo mi salvaguardia, y es una gran dicha para mí poder manifestarle de este modo mi eterno agradecimiento. Pero ustedes tienen que venir con nosotros. Tenemos órdenes severas de recoger las familias. No tema nada. —Y dirigiéndose a sus hombres:

—¡Cuidado con faltar en lo más mínimo a estas señoras!

Al arreglarse un poco, antes de la llegada de la tropa, Amalia había ocultado debajo de sus vestidos, amplios como la moda los imponía entonces, una bandera cubana, especialmente querida de Agramonte, por haberla sacado triunfante de mil encuentros.

Después que la familia hubo marchado, el infeliz padre volvió a lo que había sido “El Idilio”. Todo estaba arrasado por el fuego. La poca vajilla se había machacado con piedras y todo por ese estilo se veía carbonizado o en pedazos.

Cuando, caída ya la tarde, regresó Agramonte y se encontró con Simoni, de pie sobre los escombros humeantes, aquellos dos hombres se miraron sin decirse una palabra, cayeron uno en brazos de otro y lloraron largamente. Pasaron la noche al raso. Ignacio con fiebre alta y diciendo palabras incoherentes en espantoso delirio. Al despuntar el día hizo saber que necesitaba un hombre que estuviese dispuesto a todo; a morir. No era para arrebatar a Amalia, como arrebatara a Julio Sanguily, cuando, inválido (que así andaba en la guerra aquel hombre de extraordinario valor), había caído prisionero; no. Desgraciadamente, no tenía fuerzas en aquel momento para eso. Era solamente para verla... Se prestó a acompañarle el comandante Enrique Mola, cuya esposa e hijos iban entre los prisioneros, y marcharon, y casi a la vista de la columna española estuvieron ocultos espiando el momento de ver a las cautivas. Y todas salieron por un descampadito que les habían señalado para pasearse… ¡Y Amalia únicamente no salió!


La calle de Amargura

La columna española había recogido muchas familias en aquellos contornos, llegando las personas a unas ciento, y llevadas en carretas tiradas por bueyes, fue una verdadera calle de Amargura para ellas la distancia comprendida entre “La Angostura” y la ciudad de Puerto Príncipe. Los huesos de los muertos eran triturados por las ruedas; la sangre manchaba aquellas tierras, verdes antes de ricos cultivos, áridas entonces o empantanadas; los estragos del incendio se veían por todas partes; las haciendas, huérfanas de habitantes, de ganados, de aves de corral, eran verdaderos páramos. Las prisioneras no quisieron comer, en los seis días que duró aquella peregrinación, más que algunas frutas, negándose hasta a tomar el agua que en sus sombreros les ofrecían los soldados, compadecidos de su abstinencia. Para los niños, cogían el agua más limpia que podían conseguir y le ponían azúcar de un saquito que llevaba una señora: la de Enrique Mola. Una criatura nació en aquel vía crucis, y asistida la madre por un médico militar, que de tales cosas no sabía una palabra, sucumbió pocos días después de su llegada a Puerto Príncipe.

La noche del mismo día que habían salido de “La Angostura” llegaron a una finca llamada “San Juan de Dios”, y allí encontraron fuerzas al mando del general Ramón Fajardo. Éste, al recibir a la esposa de Agramonte, dio pruebas de que en él, como en otros muchos jefes, y aun soldados, no era falsa tradición la hidalguía española, prodigándole toda clase de atenciones y miramientos, y doliéndose del estado en que la veía.

Pintóle, no obstante, con negros colores, la próxima e inevitable derrota de la insurrección, cercada como se hallaba la isla por buques de guerra, imagen que gráficamente presentó con su sombrero; y estrechando más el argumento para llegar a su fin, habló también de la muerte segura del esposo, y la invitó a que le escribiese para hacerlo disuadir de sus temerarios propósitos y volver a la legalidad. A estas palabras, levantóse Amalia en pie y contestó:

—General, primero me cortará usted la mano que yo escriba a mi marido que sea traidor.

—¿Traidor? —dijo Fajardo.

—Sí; traidor a su patria.

Y con esto terminó la entrevista; mas no por eso dejó el general español de continuar hasta el fin sus atenciones, ayudándola siempre a bajar y a subir cuando se llegaba a algún punto y dándole el brazo para que, paseando, se desentumiesen los miembros, forzados a molesta y prolongada posición.

Allí, en el Estado Mayor, encontró Amalia a un cubano que había sido amigo suyo, y que a un movimiento de sorpresa en ella, acaso de disgusto, le dijo:

—¿Usted se avergüenza de verme aquí?

—Sí —contestó Amalia—; me avergüenzo y me da lástima por usted.

—Bueno, yo también me avergüenzo; pero no hablemos ahora de eso. Lo que deseo es que usted sepa que está bajo la custodia de dos caballeros, el comandante Gutiérrez y yo. El capitán Arenas la ha dejado a usted muy recomendada.

En esa finca quedó escondida la bandera que llevaba Amalia, y como sin duda se daría fuego a la casa o rancho, allí sería destruida.

El 30 de aquel mes —mayo— entró en Puerto Príncipe el triste convoy, y allí se produjo la más terrible escena. La turba de soldados y de voluntarios había acudido, y furiosos aullaban al ver al hijo de Agramonte: “¡Es un varón! ¡Matarle! ¡Matarle! ¡Matar al mambí!” Y el niño, espantado por la vocería, como si comprendiese el peligro en que estaba, se agarraba tan fuertemente al cuello de la madre, que a ésta quedaron las señales de las crispadas manecitas. Los oficiales no podían contener a aquellos energúmenos, y la madre subió corriendo las escaleras de la casa de Gobierno, hasta que el brigadier Sabás Marín le quitó el niño y lo subió él.

Proporcionáronse a las familias unos treinta coches, noticia que me ha sorprendido grandemente, pues allí durante aquellos días no rodaba más que un coche, tanto que al ruido de ruedas, se decía con toda seguridad el nombre del que venía. Cuando el cochero preguntó a Amalia adonde las llevaba, no supo qué contestar: los bienes estaban embargados, las familias dispersas, las principales casas, y aun muchas iglesias, convertidas en cuarteles y en oficinas militares, y ellas no tenían nada sobre sí.

Amalia junto a Herminia.

Hallaron por fin hospitalidad en casa de una amiga, la señora Catalina Agüero, y tras de mil apuros y de una vida angustiosa, siempre vigiladas, lograron permiso para ir a Nueva York. Al llegar a la Habana, acudieron a un socio del Dr. Simoni, para que éste les entregase sesenta mil pesos que aquél le dejara en custodia; pero sólo cuatro mil pudieron conseguir, y con eso marcharon a la ciudad donde estaba el foco de la emigración revolucionaria cubana.

Allí nació Herminia, segundo y último vástago de los esposos, entre quienes mediaba ya el abismo del mar, al que muy pronto, dos años más tarde, había de suceder el abismo de la muerte.

Supo él por expedicionarios llegados de los Estados Unidos que le había nacido una hija; mas no recibió la carta en que Amalia se lo participaba, y la misiva, que con tanta ansiedad sería esperada, volvió cerrada a poder de aquélla, por haber fracasado otros expedicionarios que la llevaban. Y es lástima que ella, después de haberla conservado mucho tiempo, la perdiese por fin. Piénsese ahora lo que aquel hombre, tan enamorado de su mujer, tan amante de sus hijos, sufriría en aquella ausencia, ausencia muda, para ser más sombría. ¡Oh, no consideramos, cuando en los libertadores de pueblos pensamos, sino en sus dolores cruentos; no nos acordamos de los incruentos, mil veces más terribles sin duda, más desgarradores!


La muerte

El 11 de mayo de 1873 amaneció Agrá monte excepcionalmente jovial. Recuerda mi ya citado amigo Roa, quien es archivo viviente de memorias relativas a su glorioso jefe, que al montar éste a caballo la mañana del día en que había de morir, cantaba una canción cubana y decía: “Lo que es ésta, no se me escapa ya”; aludiendo a su incapacidad de oído musical.

Estaban en Jimaguayú, donde se había celebrado con gran regocijo y suntuoso banquete la victoria obtenida por Agramonte sobre el jefe español Abril, a las puertas mismas de la ciudad de Puerto Príncipe.

Con ocho hombres, entre ayudantes, escoltas, ordenanza y asistente, se dirigía al “Guayabo”, y al pasar por un potrero, habiendo ya despachado los dos ayudantes Rafael y Baldomero Rodríguez a llevar ciertas órdenes a su gente, que detrás había dejado, le sorprendió el fuego enemigo, y, peleando bravamente, murió allí. Calcagno, en su Diccionario Biográfico Cubano, que tan buenos servicios presta, no obstante sus muchos, pero excusables errores, dado que es el primer esfuerzo de ese género, el único, hasta ahora, llevado a cabo en nuestro país, da equivocadamente a ese hecho histórico la fecha del 1ro de julio; pero la efemérides se consigna siempre en la del 11 de mayo arriba señalada.

Fue aquél un día espantoso en Puerto Príncipe. Jamás podremos olvidarlo los que lo presenciamos. Cuando los españoles descubrieron, gracias a una cartera y a un retrato de la amada esposa, que uno de los muertos, en la que habían tenido por insignificante refriega, era Agramonte, la noticia voló como en alas de electricidad a la capital de la provincia, y los voluntarios, ebrios de gozo—¡bien sabían el valor de la vida que se había tronchado!— se apoderaron del cadáver, y atravesándolo sobre una bestia, la hermosa cabeza a ras de tierra, lo pasearon triunfantes por las principales calles de la ciudad, entre tumultuosas vociferaciones, cínicas carcajadas y atroces insultos. Al paso de la horripilante procesión, cerrábanse las puertas con rudos golpes. Ancianos y mujeres, que eran los que habían quedado en la ciudad, y aun esos en corto número, lanzaban las hojas de puertas y ventanas, como si quisieran golpear con ellas a los profanadores. Ante la indignación y el dolor en grado sumo desaparecía el miedo. Aquel tumulto, aquel frenético escándalo, hecho por enemigos encarnizados, era una especie de apoteosis, como apoteosis fue el Calvario.

El general Fajardo, Gobernador entonces de Puerto Príncipe, hizo quemar el cadáver, lo que se tuvo por refinamiento de rencor. Conocido el carácter caballeroso de aquel militar y sabiéndose que éste se encontraba en vísperas de contraer matrimonio con persona algo emparentada con Agramonte y de familia muy amiga de la familia Simoni, la Sra. Angela Betancourt y Agramonte, viuda de Castillo, no creo, no lo creí nunca, que hubiese sido inspirado aquel acto por repugnante ensañamiento, sino por evitar posibles repeticiones de la profanación. Y si a esto se objetase que no había evitado las primeras, ni las castigó, yo respondería que las autoridades españolas habían perdido ya para entonces su fuerza moral ante los voluntarios desenfrenados, como lo testifican la deposición del Capitán General Dulce en la Habana el 12 de junio de 1869 y el fusilamiento de los ocho estudiantes el 27 de noviembre de 1871.

Muchos pusieron en duda el hecho; pero es positivamente cierto, y la viuda supo hasta quiénes habían proporcionado el petróleo y la leña; y también le dijeron cómo patriotas exentos de temor, se habían atrevido en aquellos días de terror, a recoger reliquias del cadáver: una señora, un puñado de cenizas en que iba una falange de un dedo, y un hombre un poco de los cabellos. Ella pidió esas reliquias y no le fueron dadas, sin duda por ser falsa la versión; y así lo entiende el Consejo Nacional de Veteranos, que formal y públicamente la ha desmentido, fundándose en que el cementerio en que se hizo la cremación estaba fuertemente vigilado.

La vida de Ignacio Agramonte y Loynaz, cortada antes de los treinta y dos años, fue una vida pura, ejemplar en todas sus fases; y él supo llevar a las fuerzas que mandaba un reflejo de esa vida. La mujer cubana, en el desamparo de los campos, no tuvo nunca que temer de esas fuerzas. De su recta inflexibilidad en el cumplimiento del deber, de su inquebrantable decisión, da una exacta idea la frase a que antes he aludido, célebre ya y que sufre el parangón con las más renombradas en la historia universal; frases que compendian un carácter, una vida. He aquí cómo me ha referido el hecho Roa: sabiendo un grupo de amigos, desalentados ya, que estaba Agramonte casi exhausto de pertrechos, lleváronle algunos, y en el curso de la conversación, mostrándose admirados de que en tales condiciones se sostuviese peleando, hubieron de exclamar:

—Porque, en realidad, ¿con qué cuenta usted?

—¡CON LA VERGÜENZA DE LOS CUBANOS!— contestó altivamente, picando su caballo, aquel hombre, que no reconocía obstáculos para llegar al ideal de hacer libre a Cuba, y cuyas heroicas hazañas nadie ignora.

Esas palabras deben ser esculpidas en bronce, para que siempre estén a la vista de cuantas generaciones se sucedan en nuestra patria. ¡Con la vergüenza debe pelearse siempre para defenderla contra invasiones extranjeras! ¡Con la vergüenza y por la vergüenza deben vivir unidos y honrados los cubanos todos, a fin de hacer imposible aquel conflicto!

¡Que se levanten o no se levanten estatuas al héroe, él siempre debe estar altísimo ante nuestra vista interior, como símbolo y eterno ejemplo de pureza moral, de cívica grandeza!

Y a vosotras, matronas y jóvenes cubanas, también quiero dirigir mi voz para exhortaros a que procuréis imitar en los lances críticos de la vida, que siempre pueden surgir como casos individuales, aun en medio de la paz pública más estable y perfecta, a aquellas matronas y a aquellas jóvenes del 68 que después de haber vivido en la opulencia o en posiciones desahogadas, se improvisaron maestras de escuela, profesoras de música —la viuda misma de Agramonte lo fue de canto—; obreras de labores femeninas en talleres de países extranjeros ; hospitalarios, sí, pero acordaos de que Dante, con ser Dante, encontró muy pesada de subir la escalera ajena y muy. duro el pan de la hospitalidad. El ejemplo que ellas dieron es fortificante, porque fueron dechados gloriosísimos de energía, de resignación, de abnegación; de patriotismo, en una palabra. La mujer tiene siempre alguna noble misión que cumplir junto a su compañero en los tiempos. Aquéllas se impusieron la de conservar vivo el fuego sagrado de la guerra por la independencia; a vosotras toca la de apagar el fuego maldito de la discordia. No conviene, no, a la patria, que seáis partidarias más exaltadas que los hombres mismos, sino que os dediquéis con santo amor a aplacar, a suavizar. ¡Cuánto más dulce es vuestra tarea!

Pensad que hubo madre que llevó a cuestas por tres días el cadáver de su hijito, porque los encuentros con tropas españolas hacían huir a ella y a la hermana que la acompañaba cada vez que intentaban cavar la pequeña fosa para darle sepultura, y que aquel cuerpecillo estaba ya descompuesto y las inmundas aves que se nutren de cadáveres empezaban ya a seguirles. Pensad que alguna otra madre entraba, cargada también con su pequeñuela, en engañosa tembladera, de la que solamente lograba salir con la preciosa carga, gracias a un tronquito encontrado en la orilla, bastante fuertemente arraigado para oponer resistencia a la mano febril que a él se asía con desesperación. Pensad que otra de aquellas infelices, presa de horrible pánico al pasar una trocha, porque su hijo lloraba, habiéndose recomendado el más absoluto silencio, bajo pena de muerte, como que de ese silencio dependía la vida de muchos, fuéle estrechando tanto la boca, que, pasada la trocha, se halló con el hijo muerto en los brazos, ¡por ella asfixiado! ¡Pensad que se bebían sus lágrimas para no mostrar flaqueza cuando les mataban a sus hijos, a sus padres, a sus hermanos, a sus maridos, a sus amantes; y decid si no debemos venerar todos y por siempre la memoria de aquellas mujeres del 68, dignas compañeras de los revolucionarios de la gran década, ¡dignas compañeras de Ignacio Agramonte!

3 de febrero de 1911

Cancelación postal que recuerda el sitio donde cayó Ignacio Agramonte.


Tomado de Aurelia Castillo: Ignacio Agramonte en la vida privada. La Habana, Imprenta y papelería de Rambla, Bouza y Cía., 1912.

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