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Esteban Borrero (Apuntes)

Esteban Borrero (Apuntes)

En las páginas de La Habana Literaria corre impreso un cuento sencillo y doloroso, un episodio de la infancia del Dr. Borrero narrado con gracia insuperable por su pluma sugestiva y nerviosa. El cuento lleva por título este reclamo de mercader de pájaros: Machito, pichón!, que es la frase capital del relato, como que ella acude a la memoria del narrador simbolizando el momento en que la vejez hace traición a la candidez del niño, en el que el mercader engaña, por rastrera codicia, al adolescente que paga un pájaro mudo, en que, como ave llena de susto, la fe bate las alas y emprende el vuelo para no volver al nido.

Este cuento, encantador, melancólico y amargo, revela, por una parte, la potencia artística del talento de Borrero, que de un asunto, al parecer baladí, hace un pequeño poema lleno de poesía, de interés dramático, de sorpresas y revelaciones, que culminan en una lección de lo que es el hombre gobernado por los consejos de su egoísmo; y de otra parte la primera decepción que lacerando su corazón prepara y da vida a los gérmenes que desarrollándose en una atmósfera propicia —la vida social en una colonia de esclavos regida por el despotismo militar—, irán nutriendo y enriqueciendo la vena del satírico, la inspiración sombría, altiva, desdeñosa y profundamente dolorida del que siente a cada paso, con sensibilidad exquisita de refinado, todas las asperezas de la realidad, como si todo lo que se retrata en su pupila, el patán codicioso, hombre de presa que muestra sus manos como el tigre sus garras, la mariposa, que vuela y susurra como pétalos que arrastra el viento, produjese en sus nervios intensa vibración que en su cerebro se reflejase como una imagen trazada con tinta de china, con líneas y tono de caricatura. No es un prurito de alterar la realidad, no es un afán de venganza que se sacia rebuscando el aspecto ridículo de las cosas, es que un conjunto de circunstancia(s) han ido modificando su cerebro para que, sin dejar de reproducir la realidad como se reproduce la imagen en un espejo, con sus naturales proporciones y su natural colorido, aparezca a una luz pálida, fría y triste; como esa luz artificial que da a las figuras de una fotografía color terroso y cadavérico, el color y el aspecto del pauperismo, la anemia, la degeneración. En ese conjunto de circunstancias ninguna ha alcanzado la preponderancia de la realidad misma con sus ingénitas y monstruosas deformaciones, que la misma sociedad, que con la organización del egoísmo y la explotación inicua amamanta, y educa al bandido que la saquea y al anarquista que pretende disolverla, nutre y prepara a esos espíritus melancólicos que irguiéronse como acusadores, con el apóstrofe y la maldición en los labios, cuando ponen al descubierto las miserias sociales como el disector que hunde el escalpelo en la podredumbre del cadáver, desgarran y torturan sus cortantes corazones como si fuese en ellos donde sepultasen y revolviesen el acero. Por eso los satíricos son productos legítimos de la sociedad que los engendra y cría, son hijos de sus entrañas, y de tal modo carne de la carne y hueso de los huesos de la sociedad madre, que bien puede decirse que Cervantes, por su magna ejecutoria del Quijote, es más genuinamente español que Calderón con sus tragedias simbólicas y sus dramas de capa y espada. Borrero, por sus sátiras, labores poco menos que excepcionales en nuestras letras, es de los más genuinos productos de la sociedad cubana. El satírico es por lo común una de las más altas y puras representaciones del amor a la patria, es un indolista (sic), un soñador escarmentado y a veces cruelmente escarnecido que antes que su personal decepción llora o maldice las miserias o las torpezas de la colectividad. Para convertir en materia artística tan rico caudal de emociones, además de la chispa genial, que es el alma máter, es preciso haber vivido intensamente la vida social, haber recorrido a pie y descalzo todas las rutas, haberse identificado con todas y cada una de las aspiraciones del agregado, haberse creado ese capital de ideas y sentimientos que no puede trasmitirse ni enajenarse y que se llama vulgarmente la experiencia de la vida. Un gran ideal, todas las ansias legítimas de un pueblo nuevo, que se eclipsa o se desvanece y que, por trasmigración, se refugia en su prístina grandeza en una conciencia atormentada por las aspiraciones que dignifican y realzan la humana naturaleza, es el secreto de esas páginas elocuentes, copiosísimas, prismáticas, exquisitamente trabajadas, que ha prodigado la pluma selecta de Esteban Borrero.

Ese don es el que alcanza mayor relieve entre sus cualidades porque es el que ha cultivado con más asiduidad por imperiosas exigencias de su corazón.

Y a pesar del ejercicio en la apariencia exclusivo hay en él un poeta, todos los elementos, vivos y enérgicos, que movidos por el necesario resorte no darían el orador y el diserto, todas las fuerzas que movidas armónicamente por el estímulo nos darían el literato de calibre, hay en él, en suma, un hombre de talento extraordinario y poderoso, un hombre de carácter enérgico y levantado, todo lo que se exige en una nación organizada para ser prominente y activo representativo de su patria, y todo lo que si (sic) exige la Isla de Cuba para ser inexorablemente postergados y laborar oscura y afanosamente.

Mayo 1894.


Tomado de 
El Fígaro. La Habana, Año 10, Num.15, 6 de mayo de 1894, p.3.

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