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Para una historia de Puerto Príncipe (5)

Para una historia de Puerto Príncipe (5)

Puerto Príncipe, en los perfiles más generales de su evolución, forma parte inalienable de la historia de la nación cubana. Pero, según se ha comentado a menudo, muchos de sus matices específicamente regionales han permanecido insuficientemente conocidos. No es necesario, pues, en estas reflexiones, detenerse en los aspectos mejor estudiados de su trayectoria. Antes bien, se trata aquí de examinar algunas cuestiones que, si bien son esenciales para comprender la historia de la región, se mantienen hasta hoy en una especie de claroscuro. Así pues, este capítulo recorre, a vuelapluma, las facetas esenciales del desarrollo principeño, pero con el propósito, no de trazar un completo panorama en sus detalles, sino de reflexionar sobre algunas de las cuestiones de mayor interés para una comprensión regional de la ciudad y su entorno.

En la manigua. 
Cortesía de Ricardo Muñoz.


La insurrección de todos

...esta insurrección [...] ha sido más obra de las mujeres que de los hombres, éstas siempre más quedarán rabiando, criando con la leche de la insurrección a su familia desde sus más tiernos años; y me atrevo a decir que si pasa adelante la ejecución de la sentencia, día vendrá que la nación española perderá esta rica Isla
San Antonio María Claret (1851)


Los años que siguieron a los sucesos del 51 fueron de tensa calma para los principeños, pues la vida cotidiana se vio afectada por las consecuencias de las medidas represivas tomadas por las autoridades españolas, entre ellas el traslado de la Audiencia hacia La Habana; no obstante, los hilos de la conspiración se volvieron a tejer. En 1866 un grupo de hacendados e intelectuales rubricaron el acta de constitución de la Junta Revolucionaria del Camagüey, copia de la cual, junto con una bandera de la estrella solitaria, fue depositada dentro del féretro de Gaspar Betancourt Cisneros por Salvador Cisneros Betancourt, Eduardo Agramonte Piña y Rafael Rodríguez Agüero.

La creación de la Logia Tínima en 1867, perteneciente como otras al cuerpo masónico Gran Oriente de Cuba y las Antillas (GOCA) y las reuniones sostenidas en fechas posteriores con los conspiradores orientales encabezados por Francisco Vicente Aguilera sumaron a los camagüeyanos a estos proyectos para iniciar la lucha armada contra el poder colonial español. El alzamiento en el paso del río Las Clavellinas, el 4 de noviembre de 1868, de 76 jóvenes principeños marcó la incorporación de este territorio al movimiento insurreccional iniciado pocos días antes por Carlos Manuel de Céspedes en su ingenio Demajagua, aunque como se sabe no reconocieron su liderazgo. Si en algo fueron coherentes los camagüeyanos desde los inicios de su alzamiento fue, tanto en el repudio a las fórmulas que pudieran portar el más leve rasgo de dictadura, como el consiguiente apego a los principios democráticos que consideraban frágiles ante el componente militar de la insurrección.

Téngase en cuenta además que la incorporación a esta guerra fue para muchos camagüeyanos la reanudación del compromiso contraído con Joaquín Agüero. Tal puede ser el caso, entre muchos, de Augusto Arango y Agüero, Melchor Agüero Arteaga, Francisco Hernández Perdomo y de José Rafael Castellanos y Guillén del Castillo, para quien sus 90 años no fueron obstáculo. Este criterio debe ser añadido a los tantos estudiados para explicar la actitud de los camagüeyanos hacia el liderazgo cespedista.

El Camagüey fue uno de los escenarios de mayor significación de esta contienda. Sus facetas militares han sido ampliamente estudiadas en la historiografía sobre el proceso independentista cubano. No entraré en honduras sobre estos temas, solo quiero recordar que en este territorio nació la primera de las constituyentes mambisas, la de Guáimaro en abril de 1869 –sobre la cual se ha vuelto tantas veces en los estudios sobre los conflictos entre los mandos civil y militar durante las guerras— y que en él se libraron algunos de sus combates más importantes: La Sacra, Palo Seco, Naranjo, Mojacasabe y Las Guásimas. Prefiero hacer algunas precisiones sobre la familia y la guerra en las ciudades.

La senda de la nacionalidad y del independentismo –en tanto autorreconocimiento, deslinde y ruptura con la metrópoli colonial que fue su cuna— se abrió con el sentido de pertenencia a un territorio determinado, sentimiento arraigado en, y por, la familia, “sostén de apertura al mundo social”[1]. Ella es un símbolo del modo de vida cubano, y ya en el siglo XIX era “más que refugio, como había sido para los primeros colonizadores, verdadero taller en que toma parte activa, con sus trabajos y sus pasiones, el cabeza de familia, la esposa-madre —el alma de la casa— los hijos que comienzan a despuntar, los amigos, los socios y parientes”[2].

Aunque la leyenda tenga sus paradigmas en el Camagüey, cuyos habitantes se ha juzgado actuaban “con un cierto espíritu clanístico”[3], la incorporación de familias completas a la conspiración y a la guerra, es un fenómeno que ocupa con sus previsibles particularidades regionales a toda la isla. Por supuesto que la primogenitura camagüeyana en estas lides revolucionarias es un fuerte asidero para la tradición. Desde los años 20 y con mayor realce cuando el alzamiento de Joaquín Agüero, el poder de estas redes para el tema que nos ocupa, ya había sido puesto en evidencia. José Martí lo apreció cuando afirmó que en 1851 se había echado “a morir con los Agüero el Camagüey”[4]. Es posible que una de las primeras manifestaciones colectivas de rebeldía de las cubanas haya sido la decisión de las principeñas de cortar sus largas cabelleras tras el fusilamiento de Agüero, Zayas, Betancourt y Benavides. La cuarteta que circuló por esos días en la ciudad era muy clara:

       Aquella camagüeyana
       que no se corte el pelo
       no es digna que en nuestro suelo
       la miremos como hermana.

En medio de una fortísima represión con ejecuciones y deportaciones, en una sociedad muy tradicionalista, con rígidos códigos en el comportamiento social; el alcance de una decisión de esa índole es sencillamente impresionante, pues era la exposición pública de la creencia en una idea proscrita.

La incorporación de familias a la guerra en el 68, está documentado, ocurrió desde sus momentos iniciales. En Puerto Príncipe no transcurrieron muchos días antes que las primeras abandonaran la ciudad cabecera y buena parte de ellas se instalaran en las casas de las fincas de su propiedad. Gil Gelpí y Ferro, desde su visión integrista, destacó el contraste entre “el proceder de los habitantes ricos e ilustrados de Santiago de Cuba, con el de los hacendados, curial é hijos de empleados de Puerto Príncipe” pues estos últimos “tan pronto como el Brigadier Mena, manifestó su resolución de defender la ciudad hasta el último extremo, ensillaron sus caballos y engancharon sus carruajes, y con sus familias y sus muebles se marcharon á los caseríos y á las quintas que ocupaban los insurrectos”[5]. Ciento y tantos años más tarde se puede juzgar como fruto irracional de la inexperiencia y de la consideración inicial de la que la guerra no sería ni tan larga ni tan cruenta como fue, el traslado de un piano a la manigua para continuar allí las tertulias que constituían el más típico espacio de intercambio social de la familia principeña, el marco tradicional donde se desplegaba su legendaria hospitalidad. José Martí dejó constancia de una de esas tertulias en el Prólogo al libro Los poetas de la guerra donde describió la que tenía abrigo en la casa de Loreto del Castillo, esposa del coronel Esteban Duque Estrada[6].

La Plaza de San Juan de Dios también vio modificada su rutina durante los días de la guerra.

La anécdota marca el protagonismo femenino, en tanto la matrifocalidad es uno de los rasgos básicos de la familia cubana. La gran mayoría de estas mujeres se incorporó a la guerra siguiendo a sus hombres[7]. No hay por qué reclamar en ellas un discurso femenino o feminista de reivindicación. Con acierto Julio González Pagés ha señalado que el “apoyo en funciones tradicionalmente femeninas, como la costura de banderas y uniformes, recopilación de alimentos y medicinas, enfermería y cocina, no alejaron a la mujer cubana de su estado de marginación”[8].

La guerra que los españoles desarrollaron contra los cubanos fue en extremo cruel. Las mujeres fueron de sus víctimas más numerosas. A los inhumanos crímenes cometidos en el campo contra las familias de los insurrectos, hospitales de sangre y prisioneros se sumaron las decenas de condenas a muerte, prisión, destierro y embargos de bienes. Aunque ese es tal vez el rostro más conocido de la violencia que acarrea la guerra, no es el único; existe también el que no requiere del uso de las armas o el empleo de cualquier tipo de fuerza física sobre las personas o las cosas; porque su objetivo —en tanto intervención punitiva— no es ya el cuerpo, es el alma; o sea los gestos, los hábitos, las actividades de todos los días[9].

Es suficiente imaginar el efecto intimidatorio del amanecer del 11 de octubre de 1868 cuando los camagüeyanos vieron en la plaza de la Merced piezas de artillería o el que pudo tener en una población de marcada religiosidad la ocupación militar de algunas iglesias —dadas sus ubicaciones estratégicas— y el continuo movimiento de las tropas. La atmósfera represiva se extendió por todas partes, y así lo debieron sentir todos los habitantes; hasta quienes no simpatizaban con la revolución o hubieran preferido mantenerse al margen; tal como se le escapó a un entusiasta colaborador local del españolizante Diario de La Marina, en su escrito de 4 de julio de 1873, dedicado a reseñar los tradicionales festejos del San Juan, cuando con añoranza recordó los “tiempos felices, cuando la paz sonreía en este rico Departamento, cuando no se preguntaba á nadie quien era, de dónde venía, á donde iba, en qué se ocupaba […][10].

El rostro de la ciudad cambió con la presencia reforzada de las tropas españolas. Joseph Alden Springer, cónsul de Estados Unidos en La Habana, anotó en su informe de viaje a Puerto Príncipe en 1874, como en los portales de las casas a lo largo de la avenida de La Caridad había “hamacas colgadas y las fogatas de una columna de soldados españoles que había venido la noche anterior y a la que habían alojado a lo largo del camino”. Téngase en cuenta no se trataba de un espacio cualquiera de la ciudad, sino de uno de sus más hermosos, un barrio que había crecido al amparo de la iglesia de Nuestra Señora de la Caridad y era la sede de la feria homónima. Escribió también como la Quinta Simoni —embargada a su dueño José Ramón Simoni— era “usada como fuerte y destacamento de Voluntarios” por lo cual mostraba “las usuales evidencias del descuido y el vandalismo: cercas caídas, caballos paciendo en el jardín, aspilleras a través de las paredes, es decir, arruinándose gradualmente”[11].

El Diario de la Marina reprodujo en su edición del 31 de marzo de 1869 un artículo titulado “La Situación” publicado el 27 de febrero en El Fanal que describe un panorama angustioso, aunque su objetivo fuera culpar a los insurrectos de los sufrimientos de la población:

El culto, la escuela, las prácticas de orden y vecindad, los deberes y obligaciones civiles, todo en suspenso; desbandados los niños, los templos convertidos en cuarteles, y las gentes tristes y mohinas y el acreedor no ménos (sic) estrecho y afligido que el deudor, y como pactado un armisticio entre todos los deberes civiles, religiosos y sociales.
Las costumbres y los hábitos de sociedad esquivos y huraños, como amistades torcidas.
Las distracciones y recreos públicos, el trato habitual, de riguroso duelo: las puertas, á poco de anochecer cerradas, y las calles desiertas, mientras que de día, echado á un lado el decoro de las posiciones, hombres, mujeres y niños jadeando por todos los suburbios en busca de mantenimientos, y otros llorando en el interior por falta de medios para adquirirlos, subidos al extremo todos los precios y exigiéndose todos al contado violentos[12].

Las autoridades coloniales de la ciudad de Puerto Príncipe tomaron medidas que terminaron legitimando aspectos de la vida cotidiana como símbolos que —transitando desde un conjunto de representaciones que en la actualidad identificaríamos como propios de la cultura de la resistencia—, se integraron al discurso formativo de la identidad nacional, en contrapunteo con su referente, la dominación española, no sólo a nivel de las élites letradas sino también al de la gente común. Sirvan de ejemplo las disposiciones comentadas al periódico La Revolución por Salustio, seudónimo bajo el que protegía su identidad alguien que escribía desde esta población sobre “las exigencias ridículas de nuestros torpes contrarios”:

El teatro de “La Popular”, escuela de libertad un tiempo que llevó hasta el corazón de las masas las ideas de emancipación e independencia, a sus adornos y pinturas azules, punzó y blancas, colores de nuestra bandera, ha sustituido el amarillo y rojo de la española. […] Ya de nuestras iglesias se han desterrado las flores y las cortinas azules, á nuestras casas se nos manda que pintemos de amarillo; las muestras de los establecimientos “La Principeña”, “El Indio”, “La Camagüeyana”, han desaparecido, porque las consideraban sinónimos de mambí; y en su lugar se leen “La Jaula de los gorriones,” “La Bandera Española”, “La Integridad” etc., etc. En las fiestas celebradas en la Soledad, en honor de la Purísima, en Diciembre último, en que Ud. sabe es costumbre que nuestras hijas asistan al templo vestidas de blanco y con cabos azules, se prohibió que lo hiciesen[13].

Aunque Salustio las tildara de “ridículas”, no lo eran. “Conscientes o no, los cubanos, después de 1830, no pierden ocasión de distinguirse de los peninsulares, y lo mismo ocurre con la manera de vestirse y con los colores con los que pintan sus casas”[14]. Los “torpes” contrarios demostraban tener conciencia de que no había nada ingenuo —ni un capricho de la moda— en que las mujeres adornaran sus trajes con detalles azules, ni en los colores de la decoración de La Popular. Azul vs. Amarillo. Colores presentes en las respectivas banderas: en la tricolor de los cubanos y la roja y gualda de España. Obligar a los dueños a utilizar en las fachadas de los inmuebles el color amarillo era una forma de coerción, de control; de ese modo caminar por las calles de la ciudad se volvía un continuo recordar la dominación española. Manifestación del poder que termina minando la tranquilidad espiritual de las personas y logra “en última instancia, tocar los cuerpos, aferrarse a ellos, tomar en cuenta los gestos, los comportamientos, los hábitos”[15].

El universo de presiones sicológicas sobre los cubanos se expresaba hasta en el idioma. Aunque Puerto Príncipe se ha identificado desde antiguo como la zona en Cuba donde mejor se pronuncia el español con una curiosa permanencia del voseo, las exigencias al respecto se tornaron en las escuelas de franca alineación política. El invalorable testimonio de Salustio ilustra la idea:

a nuestros hijos, los directores de colegio Román, Moinelo, Pardo y otros, tienen orden de hacerles pronunciar muy claro y distintamente la C y la Z, y que si no lo hacen, los despidan y den parte a la policía! Esto es una verdad, no lo dude Vd., por extravagante que parezca; pero hay más todavía. La palabra quitrín, está abolida por disposición voluntaria, por suponerse muy cubana, y se hace sospechoso el que la pronuncia. Ya no se le llama sino carruaje abierto; y a las volantas de alquiler, diligencias.

La vida cultural de la ciudad —dominada tradicionalmente por los cubanos— fue terreno propicio para expresar el poder de la represión. El Liceo —la Sociedad Filarmónica— y la Sociedad Popular de “Santa Cecilia” eran para esta fecha las sociedades de instrucción y recreo de más larga permanencia en la ciudad con un definido perfil clasista, pues la primera había sido tradicional campo del patriciado criollo y la segunda de la pequeña burguesía, en especial de personas vinculadas al comercio, por lo que no resulta extraño que en ésta se observaran posiciones españolizantes.

Este edificio fue sede de la Sociedad Filarmónica de Puerto Príncipe y más tarde de la Sociedad Liceo de Camagüey. Tras varias transformaciones, alberga hoy a la Biblioteca Provincial Julio Antonio Mella.
Cortesía de Pável García.

La Sociedad Filarmónica de Puerto Príncipe vio languidecidas sus actividades luego del inicio de la guerra pues una buena parte de sus asociados habían partido a la manigua o a la emigración. Considerada por las autoridades como foco de infidentes fue clausurada en el propio 1868 con el pretexto de ubicar allí un hospital de sangre y el mobiliario distribuido para su custodia en las casas de varios socios que aún permanecían en la ciudad. El inicio de los procesos de embargos de bienes condujo a la pérdida de gran parte de las piezas más valiosas de su patrimonio, en especial la biblioteca.

Por su parte, los directivos de la Sociedad Popular de Santa Cecilia fueron notificados de que no podían dar lectura a “composición en verso o en prosa ni [que] se representasen piezas dramáticas sin que antes fuesen previamente censuradas por el Gobierno”[16]. En diciembre recibieron la orden de cierre inmediato de su institución. Reclamada la disposición por Francisco Pichardo Márquez recibió como respuesta una autorización para que habitara “en el edificio un empleado” pero sin que se pudieran realizar “reuniones ni juntas”, y dado que este era, precisamente, el objetivo de la institución se mantuvo cerrada hasta enero de 1876[17].

En 1870 cuando los elementos peninsulares del territorio fundaron el Casino Español, sus directivos decidieron arrendar al gobierno el local de la Filarmónica, y para golpear aún más el orgullo de los principeños, adquirieron las deudas de esta Sociedad con lo cual amedrentaron a algunos de sus miembros para que devolvieran el mobiliario de la Filarmónica que habían conservado. Similar acción fue realizada con La Popular, “cuyo local quedó convertido […] en «Teatro del Casino Español», nombre que se puso al frente del edificio”[18].

Ofrecer una apariencia de normalidad, tratar de demostrar que la ausencia del talento y las fortunas cubanas no era decisiva en la vida cultural de la ciudad, fueron pretensiones de los auspiciadores del Casino Español de lo cual se hizo predecible eco El Diario de la Marina a través de las cartas enviadas desde el Príncipe por J.C., en las cuales este personaje reseñó de modo encomiástico fiestas, actuaciones de la compañía de teatro de J. Navarro y las actividades organizadas dentro del marco de las Ferias de la Caridad. Sin embargo, no pudo dejar de reconocer un ambiente “casi glacial”[19]. Otras fuentes sustentan una visión más realista. El gacetillero de El Fanal comentó a sus lectores a fines de noviembre de 1869: “Nada podemos decir […] de si habrá ó no nacimientos en el presente año, porque no hemos oído hablar de ellos; mas como hoy se olvida uno de todo, y hasta de sí mismo, les recordamos esa antigua, sencilla y honesta diversión que nos hacía pasar algunas noches agradablemente”[20]. La preparación de los nacimientos era una tradición de las familias camagüeyanas, que se reunían con ese objetivo. Dispuestos en las salas de las casas, podían ser admirados por los transeúntes cuando se abrían las puertas con ese objetivo, o por las visitas que se hacían con esa intención. Por ser “muy poco el número de papeletas que se han podido expender”[21], fue suspendida la rifa que se hacía en la Iglesia de San Francisco de Paula para la fiesta de la Encarnación del Divino Verbo.

Los bailes del Casino español constituyen un buen ejemplo para un estudio del ejercicio del poder. ¿Quiénes asistieron a ellos? Según el integrista J. C. eran reuniones muy numerosas, compuestas por “lo más granado de la buena sociedad”[22]. Sin embargo Joseph Alden Springer —una mirada desde la otredad—, reconoce que estas fiestas eran muy concurridas, pero “con profusión de uniformes españoles”[23]. La Candelita Camagüeyana, una joven que escribía al periódico La Independencia, aseguró que en muchas ocasiones las invitaciones fueron enviadas con carácter conminatorio. En la carta del 13 de agosto de 1875 relató:

Se dice que Ampudia recibió una reprimenda por sus atroces asesinatos, pero no es creible que Balmaceda sea capaz de contrariar una política que es la suya propia […] Su política en apariencia ha variado, tratando de congratularse con el pueblo por medio de diversiones haciendo todo lo posible por captarse las simpatías. Sus esfuerzos han sido vanos, el terror y la repugnancia acompañan su persona por do quiera hasta tal grado que para lograr concurrencia de hijos del país en el baile que dio el día de San Juan comisionó al traidor Pablo Recio para que dirijiera invitaciones personales y á las cuales era imposible evadirse sin llamar la atención del polizonte Recio que tenía anotados los nombres de los invitados[24].

En la misiva del 20 de octubre de ese año hizo referencia al modo como organizó una función supuestamente a beneficio de los pobres:

[…] mientras el pueblo gime en la miseria, nuestro Comandante General Ampudia preparando funciones y fiestas […] Improvisa una función de teatro á beneficio de los pobres (porque blasona de caritativo) y se dirije de esta manera á Teófilo Jiménez, director de instrucción primaria y antiguo mayordomo de D. Ramón Simoni. «Necesito una función variada, prepárela Ud. para el 3 de Octubre: no admito objeciones». En efecto, ese día tuvo lugar la función, y él, Ampudia, por su parte, se presentaba á comprometer alguna niña para que cantase, comprometiendo de esa forma á las cantadoras pobres á que se hicieran vestidos y se prepararan á esa función no permitiendolo sus pocas proporciones[25].

Las impresiones de Joseph Alden Springer sobre el tema de los precios de los alimentos, son precisas. A partir del pago recibido por las mujeres que se sostenían cosiendo camisas para las tropas —$1.60 la docena—, comentaba que “Con el oro a $260.00 como está ahora, la miseria de tales salarios es evidente, más aún cuando se considera que un huevo cuesta 12¢, un dulce 20¢ y 30¢, un plátano 15¢ y 20¢, un bollo de pan 10¢, el azúcar a 25¢ la libra, la carne a $1 la libra, una gallina o un pollo a $3 ó $4, y así todo lo demás en la misma proporción. Es de maravillarse cómo la clase más pobre puede siquiera sobrevivir”[26]. No sin cierto humor el gacetillero de El Fanal anunció que el ajiaco había sido “abolido, como ley suntuaria, en todas las casas”[27]. La falta de carbón y leña hizo que muchas familias utilizaran ventanas y puertas de sus viviendas para cocinar.

La lucha por sobrevivir marcó la cotidianidad de los principeños durante los diez años de la guerra. Torres Lasqueti asegura que en la ciudad “no había quien ganara un centavo”[28]. Las cifras de defunciones son impresionantes. En opinión de Springer en la ciudad de Puerto Príncipe: “Los habitantes se distinguían anteriormente por su carácter vivo y alegre, y aunque no inmensamente ricos, eran de buena posición. Ahora, los pocos que no se han ido a la insurrección tienen un aspecto de indiferencia y de patética pobreza […] Muchos de los habitantes más ricos que no se han unido a la insurrección se han arruinado a consecuencia de ella, y el sufrimiento de pobreza es grande entre las clases dominantes”[29].

No obstante la represión, los mambises pudieron contar con un activo número de colaboradores como Juan Torres Lasqueti, Agustín Agüero Sánchez y Adolfo Bello, quienes se encargaban de informar los movimientos de las tropas españolas y otros datos de interés.

En 1877 la situación del Ejército Libertador se había tornado muy difícil y se comenzó a combatir a la defensiva. Muy limitados los recursos, sin posibilidades de reposición de los armamentos ni de la caballería a consecuencia de la destrucción de casi diez años de combate sin cuartel y la falta de ayuda del exterior, la política del general Arsenio Martínez Campos, comenzó a tener sus efectos con el aumento del desaliento y las presentaciones. La situación se fue tornando similar a la vivida durante los años de 1870 y 1871, pero ahora sin un jefe de la talla de Ignacio Agramonte. Federico Ochando Chinchilla en su libro El General Martínez Campos en Cuba aseguró que:

[...] fuera de Camagüey, Nuevitas y Santa Cruz, apenas quedaban en pie dos o tres poblados poco considerables [...] el país estaba destruido, para nosotros era un desierto. Las praderas (potreros) se habían cubierto de espesa maleza y monte [...] los antes innumerables ganados habían desaparecido casi por completo [...] algún montón de escombros calcinados [...] señalaban los sitios donde se alzaron en otros tiempos las numerosas y hospitalarias casas de los antes opulentos, hoy míseros propietarios del Camagüey; y ni alrededor de nuestros fuertes, ni aun en la misma capital, había zonas de cultivo que ayudara al mantenimiento de sus míseros habitantes y de los en ella refugiados. Todo, absolutamente todo lo necesario para la vida venía de fuera, y como no había industria, ni agricultura, ni producción, ni trabajo de ningún género, la miseria se había extendido[30].

Entre los días 14 y 17 de diciembre de 1877 se desarrollaron los últimos combates de las fuerzas camagüeyanas en la Guerra de los Diez Años, por fuerzas al mando de los coroneles Enrique Loret de Mola en San Blas y Tunas de Guaimarillo, y de Gregorio Benítez en Guanuyú. El 8 de febrero de 1878 la Cámara de Representantes se reunió por última vez en San Agustín del Brazo, acordándose constituir un Comité encargado de negociar la paz con España. Todos los diputados presentaron su renuncia, excepto Salvador Cisneros Betancourt, quien expresó su desacuerdo con esa decisión por considerar dejaba “el camino expedito para poder tratar con los españoles bajo bases que no fuesen las de la independencia; sin contar con la voluntad de los otros Departamentos, y cargando parte del pueblo de Camagüey con la responsabilidad”[31]. La paz fue acordada el 10 de febrero.

Durante la Guerra de los Diez Años, la Quinta Simoni sirvió de albergue a Voluntarios.
Cortesía de Pável García.


Tomado de La luz perenne, la cultura en Puerto Príncipe (1514-1898) Coordinadores: Luis Álvarez, Olga García Yero y Elda Cento. Editorial Ácana y Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2013, pp.60-71. (Este texto es continuación de Para una historia de Puerto Príncipe (4):  https://bit.ly/36eQQbH)

Leído por María Antonia Borroto.


Referencias:

[1] María Eugenia Espronceda: El viaje histórico de la sociedad cubana por los senderos del parentesco. Ediciones Santiago, Santiago de Cuba, 2002, p.7.
[2] José Miguel Rueda y Ana Vera Estrada: “La sociedad y la familia en el Caribe”, en Ana Vera Estrada, comp.: Cuba, cuadernos sobre la familia. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1977, p.5.
[3] Herminio Portell Vilá: Narciso López y su época. Compañia Editorial del Libro y Folletos, La Habana, 1958, p.249.
[4] José Martí: “El 10 de abril”, en Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. 4, p. 386.
[5] Gil Gelpí y Ferro: Álbum histórico fotográfico de la guerra de Cuba desde su principio hasta el reinado de Amadeo I. Imprenta La Antilla, La Habana, 1872, p. 48.
[6] Véase José Martí: “Prólogo al libro Los poetas de la guerra, publicado por «Patria»”, en sus Obras Completas, Ed.cit., t. 5, pp. 233-234.
[7] Véase Elda E. Cento Gómez: “Las mujeres se fueron a la guerra: los papeles asumidos” en Presencia Femenina en Cuba. Luchas y representaciones, Ediciones Santiago, Santiago de Cuba, 2010, pp. 54-63.
[8] Julio César González Pagés: En busca de un espacio: historia de mujeres en Cuba. Editorial de Ciencias Sociales y Ed. CENESEX, La Habana, 2005 , p. 30.
[9] Michel Foucault: Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2003, p. 105.
[10] Correspondencia de la isla”, Diario de la Marina 30 (164): 3, La Habana, sábado 12 de julio de 1873.
[11] Joseph Alder Springer: “Puerto Príncipe – Cuba” (1874). Informe de viaje del Cónsul de Estados Unidos en La Habana remitido a su Gobierno, Nacional Archives, Washington D.C.
[12] “La Situación”, Diario de la Marina 26 (76): 2, La Habana, miércoles 31 de marzo de 1869.
[13] Emilio Bacardí Moreau: Crónicas de Santiago de Cuba. Tipografía Arroyo Hermanos, Santiago de Cuba, 1923, t. V, pp. 125-126. La fuente original es “Carta de Puerto Príncipe”, La Revolución, Vol III (289):2, Nueva York, domingo 21 de mayo de 1871. Todas las citas de este documento corresponden a esta fuente.
[14] Juan Pérez de la Riva: La isla de Cuba en el siglo XIX vista por los extranjeros. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1981, p. 7.
[15] Michel Foucault: El Poder Psiquiátrico. Curso en el Collège de France (1973-1974), Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2007, p. 59. Foucault lo llama poder disciplinario, “una forma terminal, capilar del poder, un último relevo […] la manera, en síntesis, como todos esos pode¬res, al concentrarse en el descenso hacia los propios cuerpos y tocarlos, modifican y dirigen lo que Servan llamaba las «fibras blandas del cerebro»”.
[16] Notas históricas de la Benemérita Sociedad Popular de Santa Cecilia de Camagüey 1921, p. 20.
[17] AHPC, Juárez Cano, carpeta 2, f. 91.
[18] Notas históricas de la Benemérita Sociedad Popular de Santa Cecilia de Camagüey 1921, p. 22.
[19] “Correspondencia de la Isla”, Diario de la Marina, 29 (227): 3. La Habana, lunes 23 de septiembre de 1872.
[20] “Gacetilla”, El Fanal XXVI (282):3, Puerto Príncipe, viernes 26 de noviembre de 1869.
[21] “Anuncio”, El Fanal, XXIX (85):3, Puerto Príncipe, miércoles 10 de abril de 1872.
[22] “Correspondencia de la Isla”, Diario de la Marina, 29 (244): 2, La Habana, sábado 13 de octubre de 1872. Es muy posible que las iniciales J.C. correspondan a una persona nombrada José Codiña.
[23] Joseph Alder Springer: ob. cit.
[24] “Correspondencia de Puerto Príncipe”, La Independencia III (140): 1, Nueva York, 9 de septiembre de 1875.
[25] “Correspondencia de Puerto Príncipe”, La Independencia III (149): 3, Nueva York, 11 de noviembre de 1875.
[26] Joseph Alder Springer: ob. cit.
[27] El Fanal, 19 de febrero de 1871. Cortesía de Zelmira Novo Sebastián y Ana Mª Pérez Pino.
[28] Juan Torres Lasqueti: Colección de datos históricos, geográficos, y estadísticos de Puerto Príncipe y su Jurisdicción. Imprenta El Retiro, La Habana, 1888, p. 318.
[29] Joseph Alder Springer: ob. cit.
[30] Federico Ochando: El general Martínez Campos en Cuba. Reseña político militar de la última campaña. Editorial Fontanet, Madrid, 1878, pp. 63-64.
[31] Ramiro Guerra: Guerra de los Diez Años. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1972, t.I., p.357.

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