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Para una historia de Puerto Príncipe (3)

Para una historia de Puerto Príncipe (3)

Puerto Príncipe, en los perfiles más generales de su evolución, forma parte inalienable de la historia de la nación cubana. Pero, según se ha comentado a menudo, muchos de sus matices específicamente regionales han permanecido insuficientemente conocidos. No es necesario, pues, en estas reflexiones, detenerse en los aspectos mejor estudiados de su trayectoria. Antes bien, se trata aquí de examinar algunas cuestiones que, si bien son esenciales para comprender la historia de la región, se mantienen hasta hoy en una especie de claroscuro. Así pues, este capítulo recorre, a vuelapluma, las facetas esenciales del desarrollo principeño, pero con el propósito, no de trazar un completo panorama en sus detalles, sino de reflexionar sobre algunas de las cuestiones de mayor interés para una comprensión regional de la ciudad y su entorno.


Ya desde finales del siglo XVIII la mayoría de la población era blanca y criolla.


Población y cubanía

El temor, que la raza de color infunde a los que sin él se lanzarían acaso en la tortuosa
senda de la revolución, no debe ser tan intenso en Puerto Príncipe como en la Habana.

José Gutiérrez de la Concha (1851)


La imagen de las llanuras semidespobladas del Camagüey continúa siendo uno de sus elementos identitarios. El predominio de las haciendas ganaderas, con métodos extensivos de explotación, determinó que las zonas rurales estuvieran poco habitadas y que la monotonía de las sabanas sólo fuera interrumpida por las dispersas instalaciones de las haciendas de cría, los sitios de labor y los ingenios azucareros y trapiches. En realidad Camagüey ha sido históricamente una de las regiones de menor concentración demográfica de Cuba. Los censos generales de población efectuados en la colonia así lo demuestran, por ejemplo, el de 1774 demostró que en esta región vivía el 8,3% del total insular y según el de 1861 sólo el 5,2%[1]. Estos instrumentos también dejaron constancia de otro de sus rasgos básicos, la alta concentración urbana, particularmente en Puerto Príncipe, su capital, donde residían más de la mitad de todos los habitantes de la zona. Esta concentración poblacional en la ciudad cabecera —de tal intensidad que la convertía en una de las tres primeras de la Isla—, debió requerir de un complejo entramado en la esfera de los servicios, sustentado como se verá, en un significativo número de negros y mulatos libres y esclavos adiestrados en algunos oficios.

La mayoría de su población era blanca y criolla. Europa y España eran cada vez más para muchos de los lugareños, un referente en las historias familiares, aun cuando muchas blasonaran de descender de los fundadores. Frecuentes matrimonios entre parientes hicieron que se mantuvieran indisolubles sus vínculos, lo que ha convertido a las precisiones genealógicas en un verdadero laberinto en el cual se han extraviado no pocos estudiosos. Así desfilarán ante ojos no avisados más de un Ignacio Agramonte, Carlos Agüero, Ana Betancourt o Salvador Cisneros. Relaciones familiares protegen y mantienen florecientes los negocios e indisolubles las grandes haciendas ganaderas. Compromisos de este tipo, celosamente cumplidos, están presentes también en la vida política de la época; primero en las instituciones coloniales entre las cuales el cabildo es un buen ejemplo, por cuanto, tras dejar de ser electivos, sus cargos podían ser comprados y de esa forma mantenidos por generaciones entre familiares, como ocurrió con el cargo de Alférez Mayor entre los Betancourt. Posteriormente alcanzarían dimensiones legendarias durante las conspiraciones y las guerras independentistas.

Del seno de esta población blanca, la única con posibilidades reales de alcanzar una instrucción elevada, emergió un marcado apoyo al pensamiento liberal lo que explica la fuerza de las manifestaciones proconstitucionalistas y de un pensamiento separatista, sobre lo cual se harán consideraciones más adelante. Es impresionante comprobar además el singular sentido de actualidad cultural desplegado a lo largo del tiempo por sus habitantes, a pesar de su supuesto aislamiento, extendido hasta el interesantísimo fenómeno de participación de la mujer en diversas manifestaciones de la vida social y artística.

¿Qué esperarían las autoridades coloniales de un esquema poblacional marcado por el predominio criollo/blanco y una menor presencia de negros y mulatos? ¿Cuál sería, en consecuencia, el alcance de ese chantaje político colonialista que fue el “miedo al negro”? En ambos casos la respuesta sería negativa, tanto que José Gutiérrez de la Concha consideró a Puerto Príncipe como “uno de los puntos más peligrosos de la Isla”. Según su apreciación, los españoles nacidos en la Península y los negros, se encontraban en esta región en una composición “menos favorable a la conservación del orden” porque

El temor, por consiguiente, que la raza de color infunde a los que sin él se lanzarían acaso en la tortuosa senda de la revolución, no debe ser tan intenso en Puerto Príncipe como en la Habana. […] no hay en […] este departamento, esos colosales Ingenios, cada uno de los cuales supone un capital inmenso, cuya ruina sería muy probable en una guerra, por la dificultad de contener las grandes masas de esclavos que componen su dotación. Falta, por lo tanto, en Puerto Príncipe, el poderoso freno que sienten los revolucionarios de los otros pueblos de la Isla[2].

El éxito de tal arma fallaba aquí desde su base, aunque los pocos requerimientos de mano de obra de la ganadería extensiva no nos deben hacer presumir que tal asunto no constituía un problema de la economía lugareña, en especial si no pasamos por alto las consideraciones ya expuestas en relación con la industria azucarera. De cierto modo el tema de la esclavitud en Puerto Príncipe se inscribe dentro de esa suerte de nebulosa que cubre algunos temas de su pasado, más que por otra razón, por la falta de estudios sistemáticos.

Acudamos de nuevo a las cifras. En 1774 la población de origen africano era el 41,6% y en 1861 había descendido hasta el 34%, con un 35,1% y un 43,8% de negros y mulatos libres, respectivamente[3]. El panorama que dibujan no es una novedad dentro de la historiografía cubana en la cual predomina la tesis relativa a las “condiciones singulares con respecto a la explotación de la fuerza de trabajo esclava”[4] en el Camagüey. Tampoco deja de tenerse en cuenta la mencionada proporción numérica para explicar, entre otras repercusiones en la vida sociopolítica de la región, las tempranas muestras del abolicionismo.

Los rasgos de la esclavitud en el Camagüey son los propios de la reconocida como patriarcal, la cual “responde —según definición de Olga Portuondo Zuñiga— a un nivel de producción no intensiva, en la que los mecanismos de coacción no necesitan ejercerse a plenitud”[5].  Si se comparan, la relación amo-esclavo en una hacienda ganadera no debió ser igual a la existente en un ingenio azucarero o en un cafetal; de inicio la mayoría de estos últimos eran propietarios absentistas. Es posible incluso que muchos de los patricios camagüeyanos conocieran a todos sus esclavos. Ese detalle, el solo, puede marcar una diferencia.

Otra reflexión se impone en estos momentos. Concuerdo con el consenso en la historiografía cubana relativo a que en el Camagüey el mayor número de los esclavos residieron en las poblaciones, pero habitar en las ciudades no los hacía formar parte obligatoria del servicio doméstico, aunque en la documentación de la época aparezcan catalogados como tales —eventual reflejo de los parámetros censales— clasificación que Moreno Fraginals considera “elusiva y parcialmente falsa”[6].  Describirla como esclavitud urbana es más preciso.

La importancia de la esclavitud urbana —con una cifra elevada de esclavos bajo régimen de arriendo o jornal—, ha señalado María del Carmen Barcia, “no radicó en los aspectos numéricos sino en el carácter precursor y generalizado de su implantación. Cuando los enclaves productivos de azúcar y café cobraron importancia, la presencia de la esclavitud urbana tenía más de dos siglos de antigüedad”[7].

Es indiscutible que la presencia de esclavos dentro de los hogares era numerosa e imprescindible. El arzobispo de Santiago de Cuba, Antonio María Claret, en carta fechada en 1852, expresó su opinión de que en la isla “los blancos europeos no quieren trabajar, a no ser en el comercio allá en sus casas. Los del país menos, singularmente las mujeres: las señoras, ninguna trabaja… las más pobres cosen un poquito; todo lo hacen las negras: ellas lavan, planchan”[8].

Aunque es cierto que el mayor número de los esclavos y de la población en general residía en las áreas urbanas, no eran las labores de servidumbre doméstica su destino preferencial, entre otras razones porque a la idiosincrasia del principeño no le iban los grandes palacios al estilo habanero, atendidos por decenas de esclavos que de ese modo a su vez anunciaban la solvencia económica de sus amos. Tal consideración no debe llegar al extremo de pensar en una ausencia de refinamiento en las casas de los ricos locales; aunque el camagüeyano —al decir de José Ramón de Betancourt— era un pueblo pastor que “criaba para sus necesidades, y como éstas eran pocas, dormía después de haberlas satisfecho y derramaba el sobrante en los templos o en arcas inseguras de madera”[9].

Debió existir un número bastante elevado de esclavos bajo régimen de arriendo o jornal en labores que podían requerir una cierta calificación, lo que permitía a sus dueños un ingreso estable, incluso para familias que compraban esclavos con ese objetivo. Se sabe, por ejemplo, que para las obras de construcción del ferrocarril a Nuevitas se alquilaron esclavos. Por supuesto que el esclavo alquilado no es un fenómeno privativo del Camagüey, pues estuvo difundido por toda la Isla, en especial en La Habana, donde eran parte decisiva entre los trabajadores de los muelles, en los que podían ganar hasta 4 o 5 reales diarios.

La iglesia y la plaza de San Francisco tal como lucían a inicios del siglo XX.

Las cifras de negros y mulatos libres tuvieron en el Camagüey una proporción importante. Resultado primordial del otorgamiento de las cartas de libertad por voluntad de sus amos, también muchos la obtuvieron como coartados, o sea como resultado de pagarle al amo una cantidad pactada, una autocompra. Lo curioso de este mecanismo en Puerto Príncipe es que mantuvo cifras importantes dentro de las libertades concedidas a lo largo del siglo XIX. En ello debió ser determinante el mantenimiento de una esclavitud patriarcal, pero también la existencia entre las masas negras de una cantidad apreciable de sujetos activos, conocedores e interesados en obtener la libertad por esa vía, lo cual puede constituirse en un elemento significativo cuando de analizar el movimiento abolicionista desde la óptica de los esclavos se trate.

Uno de los fenómenos más complejos de la sociedad cubana del siglo XIX fueron los proyectos de inmigración blanca que por iniciativas particulares, o con la participación oficial se intentaron materializar en estos años. La propia fundación de San Fernando de Nuevitas en 1819 se vio estimulada por la Real Cédula del 21 de octubre de 1817, favorecedora de la colonización blanca. No obstante estos planes tropezaron con incontables trabas e incomprensiones generadas por los compromisos contraídos por las autoridades coloniales con los negreros y con la huella sembrada por siglos de esclavitud en la sociedad.

Entre esos proyectos se destacó el que intentó materializar para la zafra 1840-41, Miguel Estorch y Cia, al contratar para su ingenio La Colonia a un grupo de catalanes; proyecto fracasado porque pasado algún tiempo estos encontraron otras ocupaciones pues se negaron, en su mayoría, a continuar trabajando en las labores azucareras, donde sólo se tenía experiencia de trabajo esclavo. El impacto de este suceso fue reflejado por la prensa, los detractores se cebaron, incluso hacia lo personal de sus promotores. El Lugareño defendió el proyecto en la Gaceta de Puerto Príncipe al precisar que esta región era “el más adecuado terreno para ensayos de colonización blanca, porque este es uno de los más despoblados de la isla y donde la propiedad territorial está menos subdividida”, y ante las críticas hechas a Estorch, recordó que no eran agricultores y que no sabían “sembrar más que letras, números y moralidad en el Colegio Calasancio”[10].  En el número del 11 de marzo de 1841, se reprodujo un artículo del Boletín Cubano del Diario de La Habana dando apoyo a estos proyectos: “Temprano o tarde hemos de ver realizada esta empresa verdaderamente patriótica: nuestros campos necesitan brazos blancos, bien de personas asalariadas o a quienes se dé tierras a censo. El mérito está en que lo verifique cuanto antes y ese es el principal que han tenido los colonizadores de Puerto Príncipe”.

Ese mismo año, el 6 de febrero, apareció también en la Gaceta de Puerto Príncipe, un anuncio pagado por Martín del Castillo Quesada, en el que declaraba que deseando aumentar su establecimiento de azúcar, solicitaba trabajadores libres para cultivar cañas en las tierras de su ingenio, comprometiéndose a comprar “toda la que cultivaren”: ¿No puede ser considerado tal proyecto, un antecedente del colonato? Es interesante mencionar también que Gaspar Betancourt Cisneros destinó a trabajadores libres los lotes de terreno conque inició la demolición del hato de Najasa. Un pensamiento antiesclavista, o al menos cuestionador de esa práctica, tiene de modo indudable, antecedentes válidos en el Príncipe.

El cuestionamiento a la esclavitud estaba para algunos sólo en el plano moral, en el rechazo a los maltratos físicos o en reconocer que podían vivir como hombres libres. La sociedad principeña leyó y escuchó con asombro las composiciones de los poetas esclavos Juan Antonio Frías y Manuel Roblejo. Del primero fueron leídos unos versos en el homenaje que se le tributara a Gertrudis Gómez de Avellaneda en la Sociedad Filarmónica; pero lo inusual del autor no alcanzó para flanquearle la entrada.

Iglesia y plaza de Santa Ana.

Tomado de La luz perenne, la cultura en Puerto Príncipe (1514-1898) Coordinadores: Luis Álvarez, Olga García Yero y Elda Cento. Editorial Ácana y Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2013, pp.27-34. (Este texto es continuación de Para una historia de Puerto Príncipe (2), ·https://bit.ly/3uD1EuZ)

Referencias: 
[1] Cuba. Comité Estatal de Estadísticas: Los Censos de población y viviendas en Cuba, Estimaciones, empadronamientos y censos de población de la época colonial y la primera intervención norteamericana. Instituto de Investigaciones Estadísticas, La Habana, 1988, t. 1, vol. 1, pp. 1 y 31.
[2] José Gutiérrez de la Concha: “Carta al Sr. Ministro de Gracia y Justicia, 9 de enero de 1851”, en Jorge Juárez Cano: Hombres del 51. Imprenta El Siglo XX, La Habana, 1930, pp. 89-90.
[3] Cuba. Comité Estatal de Estadísticas: Ob. cit., t. 1, vol. 1, pp. 11 y 31.
[4] María del Carmen Barcia: Burguesía esclavista y abolición. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1989, p. 139.
[5] Olga Portuondo: “La consolidación de la sociedad criolla (1700-1765)” en Instituto de Historia de Cuba: La Colonia. Evolución socioeconómica y formación social desde los orígenes hasta 1867. Editora Política, La Habana, 1994, p. 222, nota 21.
[6] Manuel Moreno Fraginals: Cuba/España, España/Cuba. Historia común. Grijalbo Mondadori, Barcelona, [1996], p. 177.
[7] María del Carmen Barcia: La otra familia: Parientes, redes y descendencia de los esclavos en Cuba. Fondo Editorial Casa de las Américas, La Habana, 2003, p. 39.
[8] Carta al reverendo don Fortián Bres, Puerto Príncipe, 5 de enero de 1852, en Jesús Bermejo: San Antonio María Claret: Cartas selectas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1996, p. 162.
[9] José Ramón de Betancourt: Una feria de La Caridad en 183... Imprenta Militar de Soler, La Habana, 1858, p. 23.
[10] Gaceta de Puerto Príncipe, Año 17, 28 de enero de 1841, p.1.

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