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Para una historia de Puerto Príncipe (2)

Para una historia de Puerto Príncipe (2)

Puerto Príncipe, en los perfiles más generales de su evolución, forma parte inalienable de la historia de la nación cubana. Pero, según se ha comentado a menudo, muchos de sus matices específicamente regionales han permanecido insuficientemente conocidos. No es necesario, pues, en estas reflexiones, detenerse en los aspectos mejor estudiados de su trayectoria. Antes bien, se trata aquí de examinar algunas cuestiones que, si bien son esenciales para comprender la historia de la región, se mantienen hasta hoy en una especie de claroscuro. Así pues, este capítulo recorre, a vuelapluma, las facetas esenciales del desarrollo principeño, pero con el propósito, no de trazar un completo panorama en sus detalles, sino de reflexionar sobre algunas de las cuestiones de mayor interés para una comprensión regional de la ciudad y su entorno.

El ferrocarril a Nuevitas, que bien pudo ser el primero de Cuba, estuvo en el sueño de los más preclaros principeños.


Economía

“...la comarca de la crianza por excelencia, que es la de Puerto Príncipe
Ramón de la Sagra (1860)

La ganadería marcó el pulso del Camagüey y la identidad de sus habitantes por siglos. A Ramón de la Sagra —tal vez en contraste con el distanciamiento esclavista del azúcar—, le llamó la atención la vinculación directa del camagüeyano con el mundo del ganado y apreció, no sin cierto toque de simpatía, “en los ojos de todos, lo mismo del entendido criador que de la modesta doncella, como por una intuición hereditaria, los tipos y el criterio de las formas que acusan un animal distinguido, ora en la raza vacuna, ora en la caballar”[1]. Una percepción similar tuvo José Martí quien consideró, con fina perspicacia, que ésta era tierra de “señorío trabajador”[2].  La sintética apreciación martiana acierta con uno de los rasgos claves de la sociedad principeña: en las labores del ganado participaban blancos, incluidos los dueños de las haciendas, quienes como norma tenían participación directa en el manejo de sus propiedades a diferencia de sus homólogos del occidente de la Isla, la mayoría propietarios absentistas. Es sugerente en ese sentido el comentario que La Avellaneda pone en boca de Enrique Otway, impresionado por las buenas maneras de Sab: “Presumo que tengo el gusto de estar hablando con algún distinguido propietario de estas cercanías. No ignoro que los criollos, cuando están en sus haciendas del campo, gustan vestirse como simples labriegos”[3].

Este rasgo de la sociedad principeña fue considerado muy peligroso por un político tan funestamente sagaz para Cuba como lo fue José Gutiérrez de la Concha. Su apreciación, escrita en 1851, resultó premonitoria:

Sus moradores son robustos y apropósito, por lo mismo, para la guerra, porque dedicados a los duros trabajos del campo, su fuerza física se desarrolla con vigor […] su riqueza principal consiste en extensas haciendas de ganado, cuidadas o dirigidas por blancos que las recorren a caballo con frecuencia, y como los caballos abundan, y en aquel ejercicio se acostumbran a manejarlos con destreza, si la insurrección estalla, será fácil que los rebeldes formen numerosos cuerpos de caballería, muy temibles en terrenos llanos y abundantes de pastos, como lo son los de Puerto Príncipe[4].

La masa ganadera fue muy numerosa. Aunque las cifras no resulten fáciles de admitir —en especial por su eventual repercusión en el sistema tributario—, el cabildo informó en 1812 la existencia de un millón de cabezas de ganado vacuno más otras cifras igualmente impresionantes de cerda y caballar. Cálculos realizados en 1837 por la Sociedad Patriótica de La Habana publicados en las Memorias de ese año[5] demuestran que Puerto Príncipe aportaba el 41,1% de todos los animales de cría del Departamento Central. En cuanto al ganado vacuno las cifras ascendían al 47.7%, mientras que Sancti Spíritus —la comarca de estructura agraria más parecida a la principeña—, el otro gran productor de la región central, cubría el 23,2%.

Gaspar Betancourt Cisneros, El Lugareño, un adalid del progreso en el Camagüey.

En el Príncipe los grandes hatos originales permanecieron indivisos bajo la forma de haciendas comuneras o de crianza suelta. Fenómeno típico de las regiones central y oriental, constituía un complicado sistema de propiedad de la tierra en el que la hacienda no se repartía materialmente, sino que se tasaba y “dividía” en porciones proporcionales a su valor total, expresados en los llamados “pesos de la tierra” o “pesos de posesión.” ¿Por qué se mantuvo por siglos tan complicado sistema de propiedad? Sin que signifique olvido del importante protagonismo de las redes familiares —y a su vez por ello—, básicamente, porque la ganadería extensiva no exigía una activa movilización del suelo y sí del libre uso de los pastos y las aguadas. Tal estado de cosas permitió la conservación de los bosques en muchos puntos del territorio, en contraste con las prácticas destructivas propias de la plantación azucarera. Gaspar Betancourt Cisneros, quien tanto hizo por el progreso de su tierra natal, escribió en una de sus Escenas Cotidianas: “La rutina de criar vacas en comunidad, o mejor dicho, de que las críe la Naturaleza, ocupando una extensión inmensa con los mismos animales que pudieran criarse en pocas caballerías, es la más perjudicial a la industria y a la población del Camagüey”[6]; aunque es justo reconocer los esfuerzos de algunos propietarios por lograr mejoras en la ganadería, de lo cual son su mejor muestra las ferias ganaderas iniciadas en los años 40 del XIX.

La definición de la hacienda comunera como “complejo económico – social” formulada por José Fernando Novoa es muy precisa. Este autor considera que de ella

emanó una peculiar estructura cultural […] y, colateralmente una red de prácticas productivas emanadas de la explotación del ganado, ya fueran directas sobre su producción de carnes saladas, quesos y el cuero; complementarias como la industria del curtido en las tenerías y todo el complejo artesanal, nacido de la riqueza de soportes propiciados particularmente por los animales vacunos; o vinculados a las acciones socioculturales, como las corridas de caballos, manipulación del ganado, las carreras de cintas, etc., y toda la amalgama del vestuario vinculado a la ganadería.

Precisa Novoa a su vez que de la hacienda comunera también “emanó una compleja red de relaciones sociales, desde la formación de familias con un marcado espíritu clanístico, hasta un ambiente patriarcalista tanto en las relaciones entre las oligarquías locales y su servidumbre libre o esclava, como en las definiciones del liderazgo comarcal”[7], algo que el estallido de la Guerra Grande pondrá de manifiesto a través de los caudillos regionales.

El auge de los cultivos comerciales, llegado a Cuba con el siglo XIX, creó en el Príncipe escenarios particulares, aunque en general, la “escasez de estudios específicos sobre la evolución de la actividad ganadera en la historia de Cuba ha hecho que se conozca poco su dinámica interna y de su complementación o conflictos con el mundo del azúcar”[8].

Síntomas visibles de crisis pueden ser apreciados en la industria pecuaria de toda la Isla. Sus efectos regionales estarán en dependencia de su peso en el marco productivo particular. La pérdida de terreno de la ganadería como actividad económica puede atribuirse “en primer término a las formas de explotación del ganado, cuya rutina había sobrevivido tres siglos sin mejoría perceptible y, también en parte a la gama de impuestos que aumentaban los costos más allá de lo conveniente”[9]. No se pase por alto tampoco que la mecanización de los ingenios y la introducción del ferrocarril redujeron el uso de la tracción animal.

La carne salada proveniente de Uruguay y Argentina comenzó a desplazar del mercado la proveniente de Puerto Príncipe, Sancti Spiritus y Bayamo. Tal competencia resultaba ruinosa para la economía de estas zonas, pues salarlas era la única forma de aprovechar la carne de los animales sacrificados para obtener los cueros, además de que, históricamente, no siempre existieron los “conductos por donde sacar vivos” los animales[10]. Aunque dada su importancia parezca difícil de creer, la sal era un producto casi siempre deficitario, entre otras razones por el mal estado de las comunicaciones con las salinas de Cayo Romano, las principales proveedoras.

Otro golpe sería la autorización para la introducción de ganado vivo “con el pretexto de la carestía y la escasez de las carnes en los mercados de La Habana”, lo cual generó airadas protestas desde Puerto Príncipe. Con agudeza Reinaldo Funes Monzote opina:

La entrada de ganado en pie a partir de 1859 significaba una nueva fase en los debates en torno al efecto de las políticas comerciales sobre la ganadería cubana; esta vez con dos polos bien definidos, de una parte las autoridades coloniales, corporaciones e intereses de las zonas plantacionistas y de la otra los hacendados ganaderos de la mitad centro oriental de la isla. Es decir, entre los defensores del librecambio como requisito indispensable para el azúcar y los partidarios de medidas proteccionistas a favor de la ganadería. Desde luego, el análisis no podría obviar que los cultivos comerciales de la colonia, y en particular el azúcar, no tenían competencia de productos similares extranjeros, cuya importación estaba prohibida[11].

Considero que la historiografía local camagüeyana se ha empeñado en sostener la tesis del predominio ganadero en su economía –orientación que tiene de modo innegable— sin conceder el espacio requerido a las señales enviadas por el azúcar, –en tanto tendencia de desarrollo—; y que son necesarias para entender en toda su complejidad algunos sucesos de la Guerra de los Diez Años y la construcción de centrales durante los años de la entreguerra.

Los patricios principeños no se arriesgaron por generaciones a depender del azúcar y continuaron dedicando la mayor parte de sus tierras a la ganadería. ¿Fue la rutina la que impidió en esta época el salto hacia el azúcar? Algo debió existir en ese sentido. Tampoco se puede obviar un elemento importante: los mecanismos de poder colonialistas, puesto que España gobernó a Cuba con una mentalidad de rentas e impuestos. Como descargo de ese —tan llevado y traído—, espíritu conservador, no debe dejar de tenerse en cuenta que, además de la tierra, el negocio del azúcar requería capitales, transporte y mano de obra. ¿Cuáles de esos requisitos podían satisfacer los camagüeyanos? En justicia, no todos y mucho menos contar con el apoyo de las estructuras estatales. ¿Cuántos obstáculos tuvo que vencer Gaspar Betancourt Cisneros, El Lugareño, para la construcción del ferrocarril a Nuevitas, que pudo haber sido el primero de Cuba? ¿Qué sucedió con los proyectos de inmigración blanca? En las Memorias de la Sociedad Patriótica se afirma con referencia al azúcar principeña que “hay escelentes [sic.] terrenos en algunos puntos para este ramo de industria agrícola, pero la falta de brazos y la dificultad en la estracción [sic.] paraliza el fomento de este precioso fruto que principia á [sic.] beneficiarse bien en algunos ingenios”[12]. Resulta muy revelador que en Nuevitas, jurisdicción privilegiada por el puerto, 12 de sus 19 ingenios en producción, tuvieran instaladas máquinas de vapor a mediados del XIX, lo que representaba un 66,8%, muy cercano al general de la Isla que era de 69,5%, según cifras anotadas por Carlos Rebello[13].

El camino hacia el azúcar no pasa sólo por lo económico, es una decisión que debe encontrar su espacio en una mentalidad de tanto arraigo, que se hace identitaria en los rasgos de conservadurismo y austeridad, reconocidos históricamente para los habitantes de esta región. Anclados a un pasado construido por generaciones de propietarios de grandes heredades, estos señores de hatos —caudillos de un pueblo pastor—, anhelaban mantener su patrimonio indiviso. El testamento de don Tomás Cisneros Gerardo, aspirante al título de Conde del Cercado y Magantilla, es un buen ejemplo de lo dicho, pues en él se hace “la precisa advertencia y obligación inviolable a todos, de conservar en pie las haciendas hereditarias que componen mi caudal […] sin poderlas desolar ni deteriorar”[14]. Pudiera parecer que la movilidad capitalista del azúcar era mucho más que lo tolerado por la mentalidad semifeudal de algunos de estos patricios, miembros orgullosos de una clase que desapareció como tal en el fragor de las guerras por la independencia.

Poco a poco el azúcar fue ganando protagonismo.

Sin embargo el azúcar se abría camino y no solo en el hinterland de la ciudad portuaria de San Fernando de Nuevitas. Algunas cifras. Según el padrón de esclavos de 1855[15], los diez partidos con mayor número de ellos en Puerto Príncipe eran en esa fecha Maraguán, Guayabo, Sabanagrande, Zaragozano, Caonao, Monte de Horno, Guanausí, Yaguajay, Porcayo y Padre Valencia; todos ubicados en los alrededores de la ciudad cabecera. Tienen también la mayor concentración de ingenios y de los esclavos dedicados al azúcar, el 70,6%. La suma de los esclavos empadronados en los restantes 28 partidos, representa el 45,3% del total de la jurisdicción; o sea, solo diez partidos —apenas la tercera parte—, concentraban el 79,4% de la producción y más de la mitad de los esclavos, el 54,7%[16].

Por otra parte, los índices de esclavitud son impresionantes: en Porcayo, 73,2%; Padre Valencia, 61,5; Zaragozano, 55%; Monte de Horno, 55% y Caunao, 47,1%. No se pierda de vista el papel que algunos de los mayores propietarios de esa zona —simbolizados en Napoleón Arango— desempeñaron como factor entorpecedor de la revolución, principalmente hasta el año 1871.

Otro alerta es el declive de las utilidades del negocio ganadero. Que por las sábanas camagüeyanas vagaran decenas de miles de cabezas de ganado —aunque de mucha importancia— no implica correlativamente una pujanza de la actividad. Habría que preguntarse si, de modo generalizado, este ganado tenía condiciones óptimas para competir en un mercado que se abría cada vez más al exterior. Al parecer no. Gloria García ha señalado que: “So pretexto de que la economía pecuaria se rezaga, se abren las puertas para los productos extranjeros. Sin embargo, no se eliminan los impuestos que gravitan negativamente sobre la actividad”[17]. Esta autora considera también que:

Quizás el retraso de la ganadería se deba ante todo al interés de los grupos habanero-matanceros por debilitar la posición de los grupos que se formaron históricamente en Sancti Spíritus y Puerto Príncipe, basados en la actividad pecuaria y cuya influencia sociopolítica sobre el conjunto de la isla disminuye al mismo ritmo en que sus explotaciones se estancan y se cortan las posibilidades de articular una red de comercialización en la colonia[18].

La más convincente de las alertas, procede de la comparación del valor de la producción agropecuaria de Puerto Príncipe, según cálculos hechos para el libro Historia de Cuba. La colonia, evolución socioeconómica y formación nacional.

Fuente: Instituto de Historia de Cuba: Historia de Cuba. La colonia, evolución socioeconómica y formación nacional,p.486. (Anexo 1, tomado de las tablas 30 y 31)

En 1862 la renta líquida de los ingenios representó el 44,2% del monto total del producto de ese año en Puerto Príncipe –por demás el más reducido de toda la Isla—; mientras que las haciendas y los potreros aportaron el 29,5; y los sitios y las estancias el 25,2%[19]. El avance del azúcar, y con él de los esclavos, es un factor a considerar en la evolución económica de la gran región en vísperas del estallido de la primera contienda anticolonialista. “Los estudios sobre la Guerra de los Diez Años prestan relativamente poca atención a la larga crisis de la ganadería como una de sus causas […] En cualquier caso no se puede desconocer que el escenario fundamental de la primera guerra de independencia fuera precisamente el de las principales zonas ganaderas de centro y oriente de la Isla”[20].

Calle de la Reina, rebautizada como República en el siglo XX.

Tomado de La luz perenne, la cultura en Puerto Príncipe (1514-1898) Coordinadores: Luis Álvarez, Olga García Yero y Elda Cento. Editorial Ácana y Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2013, pp.27-34.

Este texto es continuación de ·Para una historia de Puerto Príncipe (1)", https://bit.ly/2NH3Pwv

Referencias:

[1] Ramón de la Sagra: Cuba en 1860. Selección de artículos sobre agricultura cubana-Prólogo de Manuel Moreno Fraginals. Comisión Nacional Cubana de la UNESCO, La Habana, 1963, pp. 72-73.
[2] José Martí: “Salvador Cisneros Betancourt”, Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. 5, p. 445.
[3] Gertrudis Gómez de Avellaneda: Sab. Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1973, p. 136.
[4] José Gutiérrez de la Concha: “Carta al Sr. Ministro de Gracia y Justicia, 9 de enero de 1851”, en Jorge Juárez Cano: Hombres del 51. Imprenta El Siglo XX, La Habana, 1930, p. 90. 
[5] Memorias de la Real Sociedad Patriótica de La Habana. Número 16, pp. 306 – 307.
[6] Gaspar Betancourt Cisneros: Escenas cotidianas. Dirección de Cultura del Ministerio de Educación, La Habana, 1950, p. 32.
[7] José F. Novoa Betancourt: “Documentos principeños sobre la hacienda comunera” en Elda Cento Gómez (comp.): Cuadernos de historia principeña 9. Editorial Ácana, Camagüey, 2010, pp. 36-37. 
[8] Reinaldo Funes Monzote: “Protesta desoída: Puerto Príncipe frente a la importación de ganado en La Habana desde 1859” en Elda Cento Gómez (comp.): Cuadernos de historia principeña 10. Editorial Ácana, Camagüey, 2011, p. 55.
[9] Gloria García: “El auge de la sociedad esclavista en Cuba” en Instituto de Historia de Cuba: Historia de Cuba. La colonia. Evolución socioeconómica y formación social desde los orígenes hasta 1867. Editora Política, La Habana, 1994, p. 245.
[10] AMIA, Ayuntamiento, Actas Capitulares, 23 de junio de 1786.
[11] Reinaldo Funes Monzote: Ob. cit, p. 57.
[12] Memorias de la Real Sociedad Patriótica de La Habana. número 16, p. 308. Énfasis en el original.
[13] Carlos Rebello: Estados relativos a la producción azucarera de la isla de Cuba formado competentemente y con autorización de la intendencia del Ejército y de Hacienda. [s.n], La Habana, 1860. 
[14] AHPC, Protocolos Notariales, Escribanía de Tomás O’Reilly, 1802, ff. 712-717. 
[15] Archivo Nacional de Cuba (en lo sucesivo ANC), Gobierno General, 315/15307. Padrón general de los esclavos de la jurisdicción de Puerto Príncipe dedicados a las faenas rurales, 1855. Agradezco a Gloria García la guía hasta este documento.
[16] AMIA: Ayuntamiento, 1855, exp. 1434, “Cuadro sinóptico de la expresada jurisdicción (Puerto Príncipe)”.[17] Gloria García: Ob.cit., p. 260.
[18] Ibíd., p. 246. 
[19] Ibíd., p. 487 (Anexo 1, tomado de la tabla 32).
[20] Reinaldo Funes Monzote: Ob. cit., pp. 71-72.

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