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Escenas cotidianas (7)

Escenas cotidianas (7)

Esta sí que es Escena camagüeyana, Escena de Lugarón, Escena de Lugareño. De salir en ella sólo se escapan los niños de pecho, y eso porque no encuentro modo de meterlos y los dejo como en el limbo sin pena ni gloria; pero como es Escena pública y privada, general y particular, diurna y nocturna, hemos de vernos en ella todos los rangos, todas las clases y todos los sexos.

Pues, así como así, lectora queridísima que me diste el tema de esta Escena y me encargaste que fuese pintor leal, no he podido exprimir de mi caletre un nombre con que bautizarla, digo, un título que la caracterice completamente. ¡Pobre ingenio mío! ¡Qué esterilidad!... Aquí no me queda otro recurso que suplir la falta de cacumen con la abundancia de corazón… como hizo el grande Alejandro para dejarnos el ejemplo práctico de que en lances apretados lo mismo viene a ser cortar que desatar. Llamo, pues, a ésta, Escena de lenguas.

Y lo mismo también es, para el caso, una digresión que veinte. Gran chasco se llevará el lector que piense en tomar en esta Escena lecciones de lenguas antiguas y modernas, porque de idiomas apenas sé lo que basta del castellano para cacarear la verdad.

No son pues estas lenguas el objeto de esta Escena ni las de cíbolo, ovejas y otras alimañas; ni las de bacalao y otros peces; ni las de pavo real que tanto le agradaban a un glotón famoso; ni las de flamenco que la mayor parte de los lectores no sabrá que si las pusiéramos en latitas y se las enviásemos a la reina de Inglaterra, nos daría muchas esterlinas si una vez las catase. Las lenguas de que voy a tratar son lenguas humanas que los poetas han llamado lenguas de víboras y serpientes, y yo, porque no soy poeta, pero que tengo la mía para llamarlas como me diere la gana, las llamaré lenguas de maya, lenguas de zarza, lenguas de jía que a éste enganchan, a áquel rasgan, al otro taladran y le acarrean el pasmo, la punzada y la muerte.

No todos saben, y es preciso que lo sepan, que en nuestro Camagüey es la lengua la parte del cuerpo que más se ejercita. Hay muchos hombres (centenares) que no moverán los brazos así los maten, porque otros los mueven por y para ellos. Hay muchas mujeres (millares) que ni brazos ni piernas moverán, así diste la tinaja ocho pasos de ellas, porque para sacar un jarro de agua llamarán a una criada. Pero la lengua …¡jú…ú…ú…ú! Vaya noramala el gas que eleva el globo aerostático, y el vapor que empuja la máquina de Fulton, y el rayo que derriba la ceiba americana.

El ejercicio continuo de la lengua nos da una facilidad inconcebible en el ramo a que la dedicamos. Así, por ejemplo, nadie puede imitar a una de nuestras mujeres regañonas. ¡Qué caudal de voces! No las tiene el diccionario de Castilla. ¡Qué chorro! Así fuera el del Hatibonico. ¡Qué ruido! No lo produce igual el tráfico de nuestro comercio. Desde que uno entra en el Camagüey ya le taladran el oído los desentonados gritos de las mujeres regañonas… Sí, de mujeres cuya voz debilitó y endulzó el Cielo para que no se oyeran fuera de su aposento. Resuenan y retumban las amenazas, los dicterios, los dicterios, los epítetos humillantes en labios de carmín y almíbar que Dios formó para proferir palabras de esperanza, de amor y de consuelo. ¡Ah! ¿Quién pudo jamás resistirse a la dulce reconvención, a la sentida queja de una mujer amable?

Regañar entre nuestras mujeres es una costumbre heredada, una rutina de gobierno económico, una manía irresistible. La camagüeyana regañona regañará a sus criados, a sus hijos, a su marido, y cuando no tenga a quien regañar, regañará a las gallinas para que sepan los de afuera que tiene a quien regañar. ¿Quién me lo creerá? Regañona he conocido que regañaba a un cadáver porque se dejó matar de un médico… y le regañaba también porque se había muerto cuando empezaba a quererla, y no se murió cuando la dejó abandonada por aquella fierísima yagua seca

Figuraos, jóvenes románticas del sexo amoroso, a una mujer regañando, y tal será vuestro retrato si os hacéis cargo de la herencia; he aquí un ligero bosquejo. La regañona mudará de colores como el caguayo (lagarto); sus ojos despiden fuego como los del gato acosado en una cuarto obscuro: su boca se desencaja como la de la rana cuando le echan sal; y engarrotados sus músculos, hinchadas sus venas, encrespadas sus arterias y estirados sus tendones, apenas dejarán ver la hermosísima garganta, como aparece la palma criolla entre entre los raigones del jagüey que la sofoca.

Otra clase de lengüitas abunda en el Camagüey que forman una mayoría respetable: la de los murmuradores. Así como los de casa son víctimas de las regañonas, así los de afuera son la presa en que se ceban los murmuradores. Murmurarán de lo que viste y come y gasta la vecina; murmurarán de la educación que les dé a sus hijos; murmurarán de los que entran y salen y visitan la casa. La lengua murmuradora no perdona las cualidades morales ni físicas: las ideas, los pensamientos, los proyectos más útiles caerán bajo sus tiros, y también los defectos, lesiones, y enfermedades que Dios manda. De la baja murmuración vienen los apodos que recaen sobre las familias y sobre los individuos. Y ni aun estos éstos bastan a saciar la gula de la murmuración: no escaparán el forastero y extranjero que nos honran con su visita. ¿Qué digo?, la lengua del murmurador desenterrará al muerto para cortarle nueva mortaja. La murmuración, dicen los moralistas, es hija de una envidia impotente, es el comprobante de la falta de mérito personal, y de caridad cristiana.

Entra ahora otra clase de lenguas: las chismosas. Cuidado no confundirlas con los habladores mentirosos que son subdivisiones de la clase-tipo, y se diferencian de un modo preciso e inequivocable. Las lenguas habladoras y mentirosas pican como el mosquito y el jején al descubierto. La lengua chismosa pica como la nigua encubriéndose bajo la epidermis. “Aquí vengo, hija de mi vida, con el corazón entre dos piedras, porque acabo de coger un güiro de vuestro buen marido: he averiguado que va a acomodar a un mayoral que tiene dos hijas preciosas. En la tienda de los loros compró una caja de medias y pañuelos para las mayoralas y así os lo aviso para que con tiempo pongáis remedio, etc….” He aquí como se encubren tantos y tantas chismosas que no tienen otro oficio, ni mayor placer, que acechar los pasos de cada persona, introducirse en el santuario del hogar doméstico y traspasar el corazón de una esposa tranquila, o de un padre honrado.

El subgénero de habladores y metirosos es más abundante y por lo mismo son más conocidos. El hablador petardista se andará de mesa en mesa, y de tertulia en tertulia, para salir de allí a campanear cuanto sus oídos oyeron, no importa la materia o asuntos de las conversaciones que pasaron, sin respetar aquella garantía táctica que debe haber en todo paseo de campo, todo convite, toda reunión de amigos donde se avivan las pasiones, se ensancha el ánimo, se regocija el espíritu, y se explican los concurrentes con más libertad o indiscreción que de ordinario. Este hablador, aunque en efecto no sea un infame espía, sino tal vez un atronado, ejerce el oficio de un espía voluntario. El mentiroso es otro carácter diferente: acecha la venida del correo para explotar la mira de mentiras políticas; se entera de los pleitos para tergiversar los hechos con datos falsos; se entretiene en combinar y zurcir mentiras para alarmar las familias o por el gusto de hacer reír a los bobos. Si es mentiroso en grande, aquéllas son su objeto; si es en pequeño, éstos. El hábito de mentir y oír mentiras todos los días, influye poderosamente en nuestro carácter poco sólido, y nada observador. Llega a nosotros una noticia, una idea nueva: nuestro primer juicio es que todo es mentira, y sin analizar ni escudriñar, se desprecia como tal.

Se me parecen a estos hombres pródigos de lo suyo y codiciosos de lo ajeno. O como el pirata que echa al agua la carga que ha robado y posee, por alcanzar al buque que divisa a los lejos, y si no puede alcanzarle, le hace fuego y le echará a pique aunque se perdiese para todos: tal es la idea que me he formado de los difamadores y calumniadores. 
Sandro Botticelli - La calumnia de Apeles (detalle).

La última clase de lenguas es gemela o jimagua, por lo cual es la menos abundante. Unas veces están pegadas como los plátanos: otras sólo unidas como los anoncillos, pero son proles de un mismo parto. Cuando están en el mismo individuo pertenecen a la primera clase; cuando en dos, a la segunda. De cualquier modo parece que reina entre ambas una antipatía moral por sus opuestas cualidades, pero no es así, ni tampoco sé yo explicar el fenómeno. Se me parecen a estos hombres pródigos de lo suyo y codiciosos de lo ajeno. O como el pirata que echa al agua la carga que ha robado y posee, por alcanzar al buque que divisa a los lejos, y si no puede alcanzarle, le hace fuego y le echará a pique aunque se perdiese para todos: tal es la idea que me he formado de los difamadores y calumniadores. El difamador nunca puede ocultar la verdad; el calumniador siempre dice mentira: el uno es verídico de puro osado; el otro mentiroso de puro cobarde; el primero se empeña en conseguir, por gusto de difamar; el segundo se empeña en calumniar, por la esperanza de conseguir: aquel asesina al rendido; éste asesina al que le resiste.

Será conveniente abalizar los parajes donde se reúnen los difamadores y calumniadores para que desde lejos se preparen las mujeres que inocentes o culpadas son las tristes víctimas de estas lenguas. Balizas debe ponerse en todos los lugares de vagancia y ociosidad. Pero, cuidado con no entender más de lo que yo digo, pues protesto solemnemente contra los que interpretan a su modo. Digo que los difamadores y calumniadores concurren de preferencia a esos lugares; no que en el hecho de concurrir a ellos se acredita el difamador o calumniador como en el hecho de navegar en el golfo no se acredita el pirata. Lo más seguro es describir el buque.

¿Veis a un hombre de mañana, de tarde y de noche vagando del billar a la casa de juego, de ésta a la gallería y de aquí a la taberna? ¿O no lo veis ejercitar en una profesión o industria, ni concurrir a la academia de jurisprudencia, o a la de matemáticas, o a la de idiomas, o a una finca rural, o a un taller público a aprender un arte u oficio? ¿O bien no le oís jamás hablar de cosa de sustancia, ni tomar en sus labios las palabras patria, derechos, progresos, escuelas públicas, sino solamente hablaros del peinado y vestido romántico, del velorito de Guasiminí, y de las carreras de caballo de la Vigía? Pues si tales cosas viereis o no viereis; si tales cosas oyereis o no oyereis, contad sobre seguro, amiga mía desgraciada, que con una sonrisa de vuestros labios será para una baladí de esta calaña, una victoria cuando tal vez no ostente su desprecio a vuestra adelantada cita.

Paréceme que las muchachas me rodean a pedirme remedio contra tantas lenguas…. Sí que los tengo, para todas; pero no quiero descubrir mi secreto porque con él pienso hacer fortuna en mi pobreza. Por ahora, y por ser lo más urgente, voy a comunicar dos remedios contra difamadores y calumniadores. Es el primero, muchachas, comportaros de manera que no tengan que difamar de vosotras: éste es infalible contra difamadores. El mismo remedio es utilísimo, pero no eficaz, contra calumniadores. El que tengo eficaz, no puedo demostrarlo prácticamente, sin que vosotras consigáis que no me ahorquen si lo pongo en planta. Se reduce simplemente a hacer una pailada de tayuyos de sesos y lenguas.

Por ahora, y por ser lo más urgente, voy a comunicar dos remedios contra difamadores y calumniadores. Es el primero, muchachas, comportaros de manera que no tengan que difamar de vosotras: éste es infalible contra difamadores. 
Antoine Coypel - Susana acusada de adulterio. Óleo sobre lienzo, 1695-1696.
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