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Día de difuntos

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Día de difuntos

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La ley ineludible que el mundo entero cumple al desaparecer para siempre nos sobrecoge de terror y espanto en todos los momentos: no hay espectáculo que más se repita en la naturaleza, ni otro tampoco que revista para los que lo presencian más extraña y singular novedad, ya hiera un ser amado por los lazos de la familia, o un anciano venerado por sus virtudes, o un hombre en que la patria cifre fundadas esperanzas. Pero, en ningún caso sorprende y sobrecoge más que en la desaparición de los niños, capullos embalsamados de gloria, de ciencias, de dicha y virtud. Aquellos por razón de su ministerio batallan en tan supremos momentos, conocen bien esas horas de angustia, horas en que puede creerse que la vida y la naturaleza han trocado sus eternas e inmutables leyes. Cuando perdida ya toda esperanza, ha desaparecido el último aliento de vida, veréis acercándoos al lecho del niño muerto, por los vivos deseos de la imaginación y del cariño, agitarse la sábana que lo cubre, le veréis mover tímidamente los brazos, y acaso escucharéis el estertor triste y largo de la agonía; mas, todo aquello es pura ilusión: sólo queda la imagen del dolor profundamente grabada, y que su misma intensidad renueva en vuestra mente. Ah ¡si en aquellos momentos fuera dable todavía luchar; pero es inexorable la naturaleza y se han cumplido sus fallos!

Tomado de El Fígaro. Año VII, Núm.40, La Habana. Noviembre 1ro de 1891, p.3.

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