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El 10 de octubre

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El 10 de octubre

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Miradas a distancia, las grandes fechas históricas son como las cimas más empinadas de las alterosas cordilleras; parecen perdidas y solitarias en la inmensidad del éter. Sin embargo, no son sino el remate de una gradual ascensión, el punto elevado y casi indeciso que separa dos inmensas vertientes, opuestas, aunque contiguas, unas en el espacio, otras en el tiempo.

El diez de octubre de 1868 marca en la historia de América uno de esos altos puntos, que sirven de límite a dos épocas. El núcleo de hombres resueltos que, a la luz incierta de una madrugada tropical, se reunió en La Demajagua, para declarar que había llegado la hora de la independencia de Cuba, y para afirmar su resolución de defenderla a costa de todos los sacrificios, incluso el de su vida, aparecerá un día, a los ojos del historiador, tan extraordinario, como el de aquellos aventureros del mar que, al posar la planta en la misteriosa isla de Guanahaní, abrieron una nueva ruta al comercio de las ideas y productos de Europa, o como el de esos peregrinos, que al llegar a la playa glacial del Plymouth, consagraron un continente a la libertad de conciencia.

Bien pocos eran unos y otros; pero los impulsaba una fuerza inmensa. Su esfuerzo era la resultante de un trabajo anterior colosal. Colón y sus compañeros rompieron la brecha que necesitaba ya la energía expansiva de la civilización de occidente. Miles Standish y los suyos abrieron el primer cauce a la impetuosa corriente de ideas, que iba a regenerar esa civilización. Céspedes y sus amigos vinieron, siglos después, a socavar el dique que separaba los dos raudales nacidos de aquellos dos grandes sucesos.

Si se considerase la empresa de Céspedes como un hecho aislado, parecería obra de la temeridad, vecina a la demencia. A pesar sólo las circunstancias externas, todas las probabilidades estaban en contra suya. Contaba con pocos hombres, pocas armas y escasos recursos. Al poder que intentaba derrocar le sobraba cuanto a él le faltaba.

Esto era lo superficial. Lo profundo era la obra de disgregación lenta, pero continua, de cuanto España había representado y representaba en América. Su dominación en las Antillas parecía sólida, y estaba carcomida; carcomida por el diente invisible del anacronismo latente, que era su espíritu. España estaba en el corazón de América, en las últimas décadas del siglo diecinueve, viviendo con su sangre y su cerebro de los siglos ya muertos, de los siglos de la conquista y la colonización.

En torno suyo, enfrente, había crecido, se había agigantado otro pueblo con un espíritu totalmente diverso; flexible, apto a todo cambio, dispuesto a todo progreso, capaz de la más rápida adaptación; su antítesis, en todo lo que determina el buen éxito en las épocas de transformación, como la actual. El choque de esos dos pueblos, que encarnaban dos tendencias tan radicalmente diversas, era inevitable; y ese choque tenía que determinar una nueva orientación de los sucesos, que constituyen la vida de las sociedades; por lo menos en este Continente, que había de ser, como fue, su escenario.

La lucha entre España y la Unión Americana estaba iniciada, casi desde los albores del siglo. Cada jirón del imperio español, que desgarraba el viento de las revoluciones, entraba en la órbita de influencia de la gran nación que se consolidaba en el Norte, y contribuía a que se aproximara más el momento del conflicto final. Cuando Céspedes sacó la espada para cortar el último eslabón de la cadena que unió a España y América, ese golpe sonó como la primera campanada de la hora decisiva. En el reloj del tiempo los años son segundos. A nosotros nos ha tocado oír la última vibración. Nosotros hemos presenciado el choque fulminante. Pero el golpe inicial, que ha hecho posible el magno suceso, se dio en La Demajagua aquel diez de octubre.

Al considerar así el papel histórico de Céspedes y los demás iniciadores de la revolución cubana, en nada se empequeñece su importancia para nuestro pueblo. Todo lo contrario. Ningún acaecimiento histórico adquiere sus verdaderas proporciones, sino considerado en relación con los demás, y en el conjunto de los que componen la vida de la humanidad, en un período marcado del tiempo.

La revolución cubana, iniciada en 1868 y terminada treinta años después, además de su significación capital para el pueblo que la ha realizado, tiene la que le imprime ser un suceso de la más alta importancia en la historia de América; en la pugna y contienda de las razas que han traído a este continente la civilización occidental; en el conflicto de ideas trasplantado a nuestro hemisferio a bordo de la “Santa María” y en el puente de la “Flor de Mayo”.

Considerada así, envuelve una gran lección para nuestra raza. La pone frente a frente a una de esas inevitables encrucijadas, a que llegan los pueblos, como los individuos. España ha sucumbido en América, porque no ha sabido adaptarse a las nuevas condiciones que la vertiginosa civilización coetánea iba creando en torno nuestro. Si sus descendientes quieren subsistir, y deben quererlo, como factor apreciable e importante de esta civilización en esta parte del mundo que ocupan con buenos títulos, deben despojarse cuanto antes del manto de plomo del tradicionalismo, que sus hábitos de raza les pegan a las carnes, y entrar con nuevo espíritu en la liza.

Céspedes y sus continuadores trabajaron y se sacrificaron para que Cuba no se quedara rezagada, como hubiera quedado, si subsistía el régimen que España representaba. Derrocado ese régimen, se abrían para Cuba más amplios horizontes, que le ofrecían nueva vida, vida mejor. ¡Ay de los que no vean que para conseguirla necesitamos renovar, regenerar el espíritu con que hemos de ir a su conquista!

Publicado originalmente en el periódico Patria. Tomado Breve Antología del 10 de octubre. La Habana, Publicaciones de la Secretaría de Educación, Dirección de Cultura, 1938, pp.151-158.

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