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Carta a Amalia Simoni (Noviembre 19 de 1872)

Carta a Amalia Simoni (Noviembre 19 de 1872)

Ángel mío adorado: Después de haber transcurrido larguísimo tiempo sin recibir carta tuya ni noticia alguna, hasta el punto de creer que todavía te hallabas en New York, y de ignorar la suerte de nuestro segundo chiquito que aún no había nacido cuando me escribiste la última (dic. del 70), he recibido con algunos renglones de mamá y de mis hermanos, de Agosto último, la nueva de que te hallas en Mérida con Simoni, Manuelita, y demás familia, y gratísimas referencias a tus cartas y a las gracias de nuestro Ernesto y Herminia.

Para mi ansiedad en todo lo concerniente a mi esposa que adoro con todo el frenesí de que es capaz el corazón, y a nuestros hijos que me pintan tan simpáticos y graciosos, comprenderás Amalia mía, que tales datos han debido parecerme harto insuficientes: pero al cabo sé algo de ti y de ellos.

Escríbeme, bien mío, cuéntame todas tus penas, todos tus sufrimientos, todas tus privaciones! ¡Cómo me las pinta la imaginación! ¡Cuánto me atormentan! No se me ocultan los motivos que haya podido tener Simoni para abandonar hace ya un año los Estados Unidos e ir a buscar la modicidad de la vida a Mérida; me alimenta sin embargo la convicción de que en tu alma angelical, y fuerte al propio tiempo, todo lo sobrellevarás con resignación, aguardando llena de fe un porvenir de ventura, de que sin duda disfrutaremos después de que hayamos acabado de cumplir los deberes que Cuba nos ha impuesto.

En cuanto a mí, Amalia idolatrada, puedo asegurarte que jamás he vacilado un solo instante, a pesar de cuanto he tenido que sacrificar en lo relativo a mis más caras afecciones, ni he dudado nunca de que el éxito es la consecuencia preciosa de la firmeza de los propósitos y de una voluntad inquebrantable: sobre todo, cuando se apoyan en la justicia y en los derechos del pueblo.

Escríbeme, amor mío, escríbeme mucho, sobre ti, con los detalles de cada cosa. Tú sabes cuánto me interesan. Tus cartas podrán endulzar mucho el sufrimiento de ausencia tan dilatada. Por mi bienestar material puedes estar tranquila: mi salud, siempre inalterable: de nada indispensable carecemos, porque la experiencia nos ha enseñado a proveernos del enemigo; los peligros son seguramente menores que aparecen de lejos. El 22 de Julio fui herido en el Salado donde retomamos por completo una fuerza enemiga cuyo jefe herido también cayó prisionero y luego puse en libertad. Mis heridas fueron de tan poca importancia que no me impidieron otro combate, dos días después (el 25) en Jacinto, donde derrotamos la Compañía volante del Batallón de Matanzas, muriendo y quedando en el campo, entre otros, el Comandante de ella, Capitán Alfau, y en poder nuestro el convoy que llevaban.

A Enrique le recomiendo envíe a Simoni copia de un extracto de las operaciones de las fuerzas de Camagüey en un año, el cual trato de hacer llegar a sus manos.

Aquí ha habido muchas dificultades que vencer, y en meses pasados, hombres menguados que retrocedieron ante ellas, pero ya, Amalia, la situación es más desembarazada y ninguno de los que quedaron firmes en el campo, vacila: nuestras tropas cada día más aguerridas se han hecho respetables al enemigo y entran alegres en el combate. Mira si tendré motivos para creer en los prodigios de la “tenacidad”.

En esta ocasión no escribiré a Simoni, porque tengo poco tiempo, pero tú le contarás algo, y deseo que a Manuelito y a él les asegures tienen en mí un hijo cuyo cariño no se entibia nunca y que suspira por el día en que pueda estrecharlos entre sus brazos (sic) a Ramón recuerdos cariñosos.

En cuanto a la pobre Matildita no sé qué decirle porque no quiero lastimar su pecho hablándole de Eduardo. El silencio conviene más al corazón de un hermano en estas circunstancias; y espero que no creerás que haya otro más cariñoso y decidido que yo.

A Ernesto y Herminia háblales con frecuencia de su papá, educa y forma sus corazones tiernos a semejanza del tuyo, que cuando encuentre en ellos tu retrato y tu alma, mi cariño y mi satisfacción no tendrán límites. Dales un millón de besos.

¡Quién viera a nuestros ángeles!

Y tú, adorada mía, no dudes jamás que vivo pensando en ti, que mi más ardiente deseo se cifra en que volvamos a reunirnos para no separarnos nunca más, que no conozco otra ventura ni otro bien que tu amor; que sólo por él me es grata la vida y que es inmutable la pasión, el delirio con que te idolatra tu

Ignacio

Puedes escribirme por conducto de Enrique. Siempre tuyo

Ignacio


Publicada originalmente en: Eugenio Betancourt Agramonte:
Ignacio Agramonte y la Revolución Cubana. Ed. Imp. Dorrbecker, La Habana, 1928, pp.410-411.. Tomado de: Elda Cento Gómez, Roberto Pérez Rivero y José María Camero Álvarez: Para no separarnos nunca más. Cartas de Ignacio Agramonte a Amalia Simoni. Casa Editora Abril, La Habana, 2009, pp.291-294.

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