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Recuerdos de mi viaje a Puerto-Príncipe (III)

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Recuerdos de mi viaje a Puerto-Príncipe (III)

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Grande es la impresión que los contrastes producen: dejar detrás de sí las muertes (sic) y tendidas sabanas que he descrito, y columbrar allá en lontananza las pardas y altas torres de una ciudad, es un contraste que afecta el ánimo del viajero observador.

Fue el Viernes Santo el día que avistamos la ciudad de Puerto-Príncipe: primero sus torres, luego quebrando el camino a la derecha su recta y larga calle nombrada de la Reina que va a confluir en el puente de la Caridad, y más adelante las casas de las orillas. Situada la población en una llanura se vieran los edificios desde mayor distancia sino los ocultasen los árboles de que están rodeados por aquel punto, y muchos que nacidos o sembrados a ambas orillas del camino, impiden por su proximidad dicha vista.

Sobresalen desde luego las torres y al distinguirlas ocurrieron a mi mente las noticias que tenía por otros compañeros, del carácter religioso y aun supersticioso del pueblo a que me dirigía: yo iba sin embargo libre de preocupaciones, porque no confío de ajenos relatos y me hallaba en situación de observarle por mí mismo… Confieso que la melancolía de que iba poseído me predisponía a recibir impresiones de ternura y sentimiento antes que a satirizar los objetos que de ellos fueren dignos: confieso que palpitó dulcemente mi corazón al contemplar en aquellos parajes los signos monásticos de nuestro culto recordando la robusta fe, la felicidad de nuestros padres, su piedad, sus virtudes en fin: ora creía hallar encarnada en el siglo XIX la antigua gente castellana; ora me figuraba que al pie de aquellas torres acudían sus almas puras en los momentos de llorar la Pasión, y elevando a Dios sus plegarias ofrecían el más grato sacrificio que ofrecerse puede al augusto libertador del mundo, al hombre Dios: la virtud

Empero pronto cesaron mis fantasías con la presencia de nuevos objetos en el camino: efectivamente algunas casas aisladas a ambos lados de él, la compañía de otros pasajeros llamaron mi excitada atención. Como la festividad del día nos impidió que entrásemos caballeros en nuestros rocines, fuenos preciso dejar las bestias y cargar en la primer casa (sic) del conocimiento del arriero y llenos de polvo colorado, recogido en la Matanza principalmente, marchamos a la ciudad. Las tiendas estaban cerradas como es de costumbre en tales días y nosotros no queríamos presentarnos a las personas a que íbamos recomendados en un traje poco conveniente: contemple el lector qué situación aquella.

Dímonos (sic) por último a buscar una fonda, pero al llegar a la Soledad ya encontramos a la población preparada para ver la procesión: atravesamos aquel inmenso gentío con cristiana resignación y nos encontramos con el lugar porque anhelábamos: aquí esperaremos la procesión; pero el lector me preguntará ¿qué le pareció a V. Puerto-Príncipe? Voy a satisfacer su curiosidad valiéndome de mis observaciones posteriores para lo que fuere necesario.

Aunque a primera vista se me pareció a Guanabacoa, Puerto-Príncipe no es semejante a las poblaciones occidentales. Hasta su arquitectura tiene sus puntas de peculiar. Muchas casas de las orillas, como llaman los arrabales, son colgadizos, como las antiquísimas que existían en esta ciudad por Belén. Las distingue a casi todas un desgraciado guarda-polvo alero que corre todo el frente. Juzgo que ese adorno sea un rezago del antedicho método de edificar, porque pudo adoptarse para cubrir los extremos de las vigas que descansaban en la pared del frente de la calle.

Típica casa principeña.

Otro adorno tienen las puertas, de mero capricho y que no revela la intención del artista: redúcese a dos medias pilastras que se quedan en el aire, como colgando. Quizá agrade a ciertas personas, como agradaron los acrósticos y pies forzados en la poesía, pero yo cumplo con describirle como adorno peculiar del punto a que me refiero. Por lo que hace a los edificios hay de todo como debe suponerse en una ciudad tan extensa y poblada, pues cuenta 49,012 almas según la estadística de 1827. Las casas de balcón tienen por lo común exacta semejanza con las antiguas de esta ciudad, si bien hay fábricas modernas que las mejoran. Las casas bajas se parecen a las nuestras antes de que se hubieran mandado embutir las ventanas, quitándole la parte que las hacía sobresalir en la línea de la calle. Son pues casi todas de aquella forma severa con gruesos balaustres de torneada madera y pintados de un color aplomado muy claro tirando al gris. Bajo este punto es muy de admirar el estado de las puertas y ventanas, que indica lo poco que se atiende a esta parte del adorno de una ciudad, porque al aparecer con tal color no tanto contribuye la especie de pintura sino la edad que cuenta sobre las maderas a la intemperie.

Indiqué la existencia de edificios de construcción moderna muy buenos y bien pintados; pero aún varios de estos conservan sus resabios principeños aferrados a su guarda-polvos y altos quicios o andenes en las puertas. En otro artículo hablaremos del interior de las casas.

Hubo un tiempo en que Puerto-Príncipe tenía fama de poseer buenos edificios. Así es que se lee en La Llave del Nuevo-Mundo del Sr. Arrate: a 150 leguas de La Habana se halla la villa de Puerto-Príncipe, que sobresale en la arquitectura y caudales. No es de extrañar este juicio que sólo debió ser comparativo, con más razón si se advierte que Puerto-Príncipe no ha tenido grandes medros en su población porque en 1810 ya contaba según cálculos que se hicieron sobre los padrones de 1791 y 1810 un número considerable de almas: 48,034.

El día de nuestra entrada se verificó la procesión del Santo Entierro, como ya sabe mi lector, pero aún no le he dicho que es una escena magnífica que pone de manifiesto la gran población de la ciudad y en que brillan en bello alarde ricas preseas y atavíos sus habitantes. La concurrencia no sólo se encuentra en la procesión: coronan las aceras de las calles en sus altos andenes largas filas de hermosas jóvenes y provectas señoras que sentadas la esperan. Lucen los caballeros sus trajes a usanza habanera, las divisas militares y uniformes de empleados de Real Hacienda y Ayuntamiento.

Cuando veía aquella columna brillante que se movía ante el Santo Sepulcro me asaltaron de nuevo ciertas ideas: yo veía un pueblo grande, civilizado y fastuoso en medio de una isla, al término de áridos terrenos; yo veía la segunda ciudad de mi patria como un misterio en la historia de las gentes. ¿Quién fue el que ideó edificarla en tal paraje? ¿Quién pudo en una isla, que tantos buenos puertos contiene, fijar la residencia del apartada de los mares? Sin embargo Puerto-Príncipe es ya un error consumado, y está en el interés de los cubanos que la industria del hombre le acerque al mar, puesto que un yerro del hombre le apartó de él: esto lo conseguirá el camino de hierro.

El Santo Sepulcro cubierto de láminas de plata y ricamente adornado de flores artificiales no es el objeto menos interesante por lo exquisito de sus adornos y riqueza material. Porción de religiosos de las diversas órdenes y sacerdotes del clero acompañaban a aquel símbolo, y una columna de infantería con armas a la funerala cerraba la procesión. Pero aquello no era un acto meramente religioso, era una fiesta nacional en que todo el pueblo tomaba parte: la calle que cruza de la iglesia de la Soledad al convento de la Merced era un mar agitado.

Varios niños vestidos de santos y santas iban por el medio de las filas de la procesión con mucha propiedad en los respectivos trajes de ricas telas: recuerdo una preciosa Magdalena con su blonda cabellera ensortijada, su vestido de tisú de oro y flores blancas y una disciplina de ramales de oro en la mano.

Las sombras de la noche no pusieron término a aquel murmullo místico, las oraciones sucedieron a la procesión. En la plaza de la iglesia mayor se veían grupos de mujeres que puestas de hinojos rezaban en alta voz oraciones análogas a la festividad: el aire de Puerto-Príncipe era el de un gran oratorio. Una de las cosas que más extrañé fue el uso de cubrirse la cabeza con la parte superior de la bata la gente pobre. Multitud de mujeres así cubiertas recorrían las calles y aunque me di a imaginar qué significaban aquellos bultos con visos de ensabanados, trabajo me costó acertar con la realidad. Luego me acostumbré a ver aquel uso, y me convencí de que es muy cómodo y útil a las pobres. A veces queda la esclavina de la bata rodeando la cara y entonces hasta no parece tan desairado el uso.

Al otro día de mi llegada se verificó por la noche una función religiosa que me indicaron ser una novedad, sin que esto valga como un axioma. La tal novedad consistió en que debiendo llevarse de casa de la camarera la imagen de escultura del Cristo que había de salir en la procesión de la resurrección prodigiosa que había de representarse, se improvisó conducirla hasta la iglesia en forma procesional, componiéndola un lucido cuerpo de señoritas con velas encendidas en la mano, sin mantón, ni mantilla y conforme se encontraban en los quicios o andenes de las casas.

La franqueza y religiosidad del pueblo en que se verificó la indicada función piadosa queda suficientemente demostrada con relatar el hecho en su elocuente sencillez: supongo que en La Habana no se hubiera efectuado; pero eso consiste en primer lugar en que mis amables paisanitas se han reducido voluntariamente a la luciente nulidad de las ventanas y quitrines…

Habiéndose dilatado mucho este artículo he dejado de tratar de algunos particulares que echarán de menos mis lectores; pero de ellos trataré más adelante.

...un misterio en la historia de las gentes.


Publicado en La Siempreviva, Tomo I, Año de 1838, p.285. Tomado de Prosas Cubanas, t.II, pp.189-194.


Leído por María Antonia Borroto.
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