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El breve tiempo útil

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El breve tiempo útil

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—Fíjese bien. ¿No encuentra usted un parecido entre el general Enrique Loynaz del Castillo y su hija Dulce María?

—La verdad…

—No se detenga en las facciones. También en las facciones, por supuesto. Pero no es tan superficial el gran parecido que yo les hallo.

—Pero el gesto del uno y de la otra…

—Él lleva la carga de los años con la arrogancia de la frenética y heroica Juventus. Se echa de menos la venda sobre la herida de la frente.

—Pues no… Su todavía rebelde pelo blanco parece aún la venda de entonces.

—En cambio ella, tan hija suya por el talento, las aventuras del espíritu, la limpieza del corazón, es la imagen más pura de la femineidad, de la renunciación, de íntimo y silencioso secreto. ¿Contraste? Yo no sé si debiéramos ver al General como un secreto incontenible, y a la poetisa como una continencia desbordada. Cuando la oigamos recitar sus versos dentro de pocos minutos encontrará usted, si cierra los ojos para ver más, el gran parecido entre la ilustre poetisa y el glorioso libertador.


Me hablaba así ayer en la sala de actos de Pro-Arte Musical una señora que esperaba, como yo, impaciente a que comenzase Dulce María Loynaz la lectura de algunos de sus poemas inéditos. El acto había sido organizado por la Sociedad de Artes y Letras Cubanas, que preside la señora Nena Aranda de Echevarría, parienta muy cercana de la protagonista de la fiesta poética. La sala estaba llena de muy cultas y distinguidas señoras. Y la emoción, repito, era justificadamente enorme. Y fue generosamente satisfecha.

El general Loynaz junto a su primogénita, Dulce María Loynaz.

Un estrado de flores. Fuera, por suerte, llovía a torrentes. Por suerte; porque fresca la tarde, el ruido de la calle no pudo entrar por los balcones cerrados.

Y en este silencio digno del hondo recogimiento lírico de Dulce María Loynaz, la señora Conchita Valdivia de Santo Tomás hizo la presentación. Una presentación tan tierna, tan sentida, tan inteligente, que hizo luego que Dulce María describiese a Conchita como “un espejo de plata donde me veo siempre mejor de lo que soy”.

He aquí un buen resumen de un excelente discurso debido, como palabra de poeta, a la gran humildad que tiembla siempre en el corazón de los elegidos. Porque la poesía es eso, como dijo el poeta José Bergamín: “El arte de temblar”.


La voz como rota de Dulce María Loynaz —ruptura del cristal por los sollozos sin sonido: “el agua con sonido” de Garcilaso de la Vega— comenzó el recital dando las gracias. Gracias, primero, a la Sociedad de Artes y Letras Cubanas, que ha tenido la virtud “de hacerse útil en poco tiempo”; gracias a la gentileza de Laura Rayneri, presidenta de Pro-Arte, tan generosa con todos los que algo tienen que decir en nombre de la música y la palabra; gracias a Conchita —y aquí vino la imagen del espejo de plata—; y gracias al que se disponga a escuchar el verso ahogado en el silencio del sentir.

Y luego…

Mientras la voz de cristal roto por los sollozos en silencio nos dimos a discurrir en el misterio de esta mala suerte del despilfarro cubano capaz de impedir la continentalidad de la que es, sin duda, uno de los grandes poetas de todos los tiempos de Cuba. Un poema hecho mujer que se define en una frase suya: “Un titubeo entre el minuto y la eternidad”. La prueba está en este minuto eterno de sus poemas en prosa: poemas —según Dulce María— necesarios para hablar directamente a alguien que no se sabe quién es y dónde está:

“Si estás arriba, ¿por qué no bajas en la lluvia que me moja los párpados?… Si estás abajo, ¿por qué no subes en el retoño de cada árbol, en las puntas de yerba verde que se trenza a mis rosales?... Si estás lejos, ¿qué hacen los caminos de la tierra?... Si estás cerca, ¿qué hace mi corazón que no te adivina entre todos?”


Como un homenaje de la tarde no dejó de llover durante el breve tiempo de la larga recitación. Y así fueron oídos con mayor tristeza —el corazón alegre de la tristeza— los versos de Dulce María Loynaz.

      Que no vaya la vida más allá de tus brazos;
      que yo pueda caber con mi verso en tus brazos…
      Que tus brazos me ciñan entera y temblorosa
      sin que fuera se queden ni mi luz ni mi sombra

     Que me sean tus brazos horizonte y camino;
     camino breve, y único horizonte de carne…
     Que no vaya la vida más allá… Que la muerte
     se parezca a esta muerte caliente en tus brazos…

Verdaderamente, señora, existe un enorme parecido entre Dulce María Loynaz y el General, su padre. El gran libertador y la gran independiente del verso. Cuba es grande en el mismo apellido. En la acción y el pensamiento. En la sangre del verso y del verso del brazo.

Envío: Nena Aranda: ha logrado usted ayer tarde, a mi entender, el mejor minuto de su “breve tiempo útil”.

Dulce María Loynaz conducida al altar por su padre, el general Enrique Loynaz del Castillo. 


Publicado en
Información, Año IX, No.171, La Habana, 18 de junio de 1945, p.9. Tomado de Periodismo y cultura. Introducción y selección José Domingo Cuadriello. Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2012, pp.83-85.

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