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El Lugareño

El Lugareño

BARTOLO: —¿Les parece que este traje rústico
será propio de un hombre tan sapientísimo como yo?
GINÉS: —No hay que afligirse. Antes de presentarle
a Ud. le vestiremos con mucha decencia.
Moratín.
“Médico a palos”
Acto I. Escena 4ª.


Muchas veces he tenido que responder a gente preguntona que no se satisface con ver y leer las cosas, sino que han de averiguar el porqué y el cómo se hicieron y están así. No contentos algunos con leer en letra de molde El Lugareño, han de escudriñar por qué uno se llama El Lugareño, y se lo han de preguntar al mismo Lugareño, que es como mentar la soga en casa del ahorcado.

Pensando y repensando de qué arbitrio me valdría yo para verme libre de la preguntilla, ocurrióme escribir un artículo explicatorio. Pero el asunto me pareció tan estéril, que por más que me comprimiese la mollera, no filtraría cosa de sustancia. Los preguntones persisten, y el deseo de verme libre de ellos renace con más fuerza. ¿Cómo haré, dije invocando a mi diosa, para salir del apuro? —¡Pobre hombre!, ¿ahora te andas con melindres? Ánimo y a ello: echar por el atajo como hacen otros, y si te cierran la puerta, salir por la ventana. —¿Conque así saldrá un artículo? —¡Pintipirado! —¿Y el público qué dirá de él? —¿Y a ti qué te importa lo que diga? El público está obligado a pagar por la Gaceta, y a recibir lo que en ella le presenten. La Gaceta es un buque a flete, pide carga, y de eso se sostiene. Cuando recibe, lo lleva a Puerto Público: muebles exquisitos, joyerías, sederías, como también licores, carnes, materias en bruto, etc. Los ricos se surten de unas cosas, los pobres de otras, y la Gaceta medra y vuelve a cargar y vender. Decídete, pues, y embarca al Lugareño con todos sus defectos y nulidades, que no faltarán compradores. —Si no es ésa la dificultad… Si fuera la personita del Lugareño, ya no temería yo la falta de compradores donde hay tanta vieja… tanta viudita desamparada… tanto roto, como dicen, para un descosido; pero nada más que un nombre, ¡un simple nombre!... ¿Qué razón expondré para haber preferido llamarme El Lugareño más bien que El Cortesano? —¡Dale, menguado! ¿Acaso se necesita de buenas razones para explicar un capricho? ¿Cuántas palabras circulan en tu tierra que no tienen significación racional? —Sí, pero parece que un artículo de Gaceta debía escribirse… Escribiéndose, y salga la arria de casa y lleve el diablo al arriero; con burlas por aquí, veras por allí, digresiones acá, símiles por allá, ensaladilla arriba, pepitoria abajo, y de trecho en trecho su puntita de murmuración inocente que produzca en los entendimientos de los lectores, y si son lectoras en el corazón, el mismo efecto que un grano de ají jobito, en espaciosa fuente de ajiaco, ya está hecho un artículo, y tú libre de compromiso. ¡Gracias, Diosa mía, tú me infundes valor tú me inspirarás! —Pues manos a la obra.

Digo yo: este conjunto de calles tortuosas, sucias, desniveladas y estrechas; y estos grupos de casas gachas, disformes y desvencijadas, ¿no se llaman la siempre fiel, muy noble, y muy leal Ciudad de Santa María de Puerto Príncipe? Y llamar Santa a una ciudad tan pecadora; Puerto a la que dista por lo menos 14 leguas del mar; y Príncipe a la que sólo tiene de real la realidad de sus males, ¿no es como llamar al pelado, pelón, y al pájaro sin rabo, rabón? ¿No es una pulla? Yo, que ni en chanza gusto de pullas, he preferido, como lo habrán notado mis lectores, llamarla modestamente Camagüey, hasta tanto que reformemos nuestras costumbres y sea ésta la Ciudad Santa, y hagamos nuestro camino de hierro y sea Puerto, y tengamos cosas de Príncipes, digo cosas reales como cátedras de todas las ciencias, fábricas de todas las artes, talleres de todos los oficios, colegios y escuelas para todos nuestros niños, hospicios para todos nuestros inválidos, huérfanos y articulistas que hemos de perder la chaveta, edificios y calles que anuncien un pueblo industrioso, opulento, culto y feliz. Entonces, reuniendo como en un misterio sagrado los tres consabidos nombres, quedará para mí y para todo el mundo formada la siempre fiel, muy noble y muy leal Ciudad de Santa María de Puerto del Príncipe. Ahora bien (y para esto es todo el preámbulo), lectores míos, ¿qué se diría por esos mundos de mí, si tomando un nombre altisonante, sólo se encontrasen aldeanismo, provincialismo, ideas retrógradas, vaciedades y ridiculeces, en prosa y verso…

       “Escritas que Apolo al leerlas
       “Padece gota coral?”

¿No dirían con razón que yo los había engañado, como engañan los relojeros franceses con las tapas de los relojes? ¡No quiera Dios que yo engañe a nadie, ni que mis lectores se lleven chasco con un nombre retumbante! Quiero que al leer El Lugareño entiendan que habla un lugareño. En todo caso prefiero presentarles pichones y sorbetes sobre un mantel de crea, a servirles sobre brillante alemanisco tayuyos y ahogagato. Esto, al menos, es honrado, y la sorpresa les aumentará el placer.

Otra razón he tenido para escoger el humilde nombre de El Lugareño. ¿No es cordura vestirse a la moda? ¿Y cuál es la moda reinante, el aire de tono para presentarse ante el público? Venga un figurín, tipo del buen gusto. Es una muchacha romántica: los párpados a medio cerrar; fijas las pupilas en el humilde suelo; la cabeza oblicuamente inclinada sobre el pecho; los labios ligeramente contraídos (es la sonrisa del niño que al despertar ve a su madre) cuanto baste sólo a formar dos hoyuelos que un enamorado filósofo llamó niditos de amor; los brazos muellemente abandonados y cruzadas las manos sobre el regazo: he aquí la modestia en carne humana: el materialismo embelesando al idealismo. En tal postura ¿no se os antoja ver la tímida tojosita, la inocente mariposa? Y lo será, tal vez; yo no lo dudo; pero muy bien pudiera ser la sagaz y codiciosa abeja que acecha el cáliz de la flor, no para herirla porque moriría, sino para sorberle la miel y fabricar su panal, en lo que ciertamente hace muy bien. Pues de la misma manera he tomado el nombre, el aire y apostura de El Lugareño para que en mí se os antoje el tímido lugareño, el inocente lugareño, que bien podré serlo; pero si acechare la hermosa flor del Camagüey, y sorbiere en su cáliz la rica almíbar, y fabricare un panal, ¿qué daño hay en esto? Coméos el panal, buen provecho os haga.

¿Bajo el nombre de El Lugareño qué esperáis encontrar? Un lugareño. Pues no os engaño: acaso hallaréis un mocito bobalicón, guanguero, bullabulla, echador de roncas como andaluz, y llorón como hijo de vieja, que regaña como marido, y suplica como amante, que os tiende lacitos aquí y allí, y os descubre los lazos que os tienden otros, que censura vuestras costumbres, maldice vuestras malas manías y repugna vuestras rutinas, y se deja arrastrar de todas ellas: tal es un lugareño: fírmome pues







Gaceta de Puerto Príncipe
. Miércoles 20 de Febrero de 1839. Año 14. No. 15. Pág. 2. Tomado de Escenas Cotidianas. Prólogo de María Antonia Borroto. Camagüey, Ediciones El Lugareño, 2017, pp.200-202.

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