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Carta a don Luis Pichardo, 1867

Carta a don Luis Pichardo, 1867

Sevilla, 13 de noviembre de 1867

Señor don Luis Pichardo, Puerto Príncipe.
Querido amigo y paisano:

Me apresuro a darte las gracias por el periódico que me has remitido, y te ruego que en mi nombre las des también al ilustrado Monteverde y a todas las personas amables y benévolas que han tenido a bien salir a la palestra periodística, suscitada por esos peregrinos señores que, dándose ellos mismos con singular modestia el gran título de areópago, han decidido que yo no pertenezco a la literatura cubana. Mis queridos paisanos camagüeyanos, al defender, como lo han hecho brillantemente y en términos tan lisonjeros para mí, la verdad incuestionable de mi nacimiento en esa querida ciudad, no han comprendido cuál es la idea de los que me excluyen de su Parnaso, pues ellos no es posible que pretendan negarme mi derecho de nacimiento en Puerto Príncipe; lo que han querido significar es que no me conceptúan cubana de corazón, que no me conceden índole de poeta cubana. Tal es, en mi concepto, la cuestión, y tomándola en ese terreno es que me la explico y disculpo un tanto la soberana ridiculez de tal areópago soi disant. La disculpo un tanto porque creo, querido Luis, que esa ridiculez es hija de un amor propio y de un amor patrio que se consideran heridos por mí, y se venga, con poco acierto en verdad, pero en fin, con alguna apariencia de justicia. Voy a explicarte, y tú lo harás a Monteverde y a mis demás amigos, la causa que en mi concepto tiene la tontería que hacen en La Habana algunos poetas pollos y gallos apollados.

Hará cosa de seis meses que me hallé sorprendida con voces esparcidas aquí y en Cádiz por ciertos jóvenes cubanos (que se hallaban en estas tierras andaluzas), de que yo decía que no quería se me considerase como poeta cubana, sino como española peninsular, y que decía pestes de la literatura de mi país... etc. etc. Atónita al saber tan necia y absurda calumnia, que no acertaba a comprender tuviese objeto, inquirí con afán el origen y fundamento, no sin desmentirla, desde luego, enérgicamente. Sin gran trabajo descubrí, amigo mío, que, como ya indiqué, los necios rumores mencionados partían de sólo dos bocas, de dos bocas cubanas, una de las cuales no hacía más que repetir lo que oía de la otra; por manera que, en resumidas cuentas, todo tenía por origen una sola persona, pues la otra se limitaba a ser eco de aquélla. Yo no podía sospechar que un corazón cubano, —aun siendo el de un joven sin mundo y con la ligereza propia de los pocos años—, fuese capaz de la infamia y de inventar una mentira mal intencionada, un falso testimonio, como lo designa el Decálogo, y así, busqué y rebusqué el error en que podía fundarse lo que decía respecto de mí, hasta que, en efecto, lo comprendí perfectamente. Voy a decir en las menos palabras posibles, lo ocurrido: 

Un célebre escritor madrileño, encargado por cierta Sociedad editorial de preparar material para la publicación de una grande obra, cuyo objeto era coleccionar composiciones escogidas de los más notables poetas y publicistas modernos, tanto peninsulares como hispanoamericanos, vino a verme expresamente para hablarme de dicha obra, consultándome sobre si sería o no conveniente que los escritores hispanoamericanos figurasen todos juntos o si se pondrían a los cubanos entre los peninsulares y no entre los demás escritores hispanoamericanos. Yo les dije, sencillamente, mi verdadera opinión en tal punto, y fue que me parecía lo mejor que los americanos todos figurásemos juntos, porque sólo así se daría una idea de la índole especial de la literatura hispanoamericana, que yo hallaba muy semejante, pero no idéntica en condiciones a la peninsular. El célebre personaje con quien hablaba aprobó mi dictamen, pero al repasar la lista de escritores hispanoamericanos que debían formar la colección especial de obras pertenecientes a nuestra literatura, eché de ver que faltaban nombres muy dignos, entre otros los de los señores Ventura de Vega, Baralt, Pezuela, Calixto de Bernal, etc. Creí de mi deber, como americana que se honra en serlo y desea el mayor brillo y gloria de la parte del mundo en que nació, reclamar aquellos ilustres nombres para la literatura hispanoamericana, a la que corresponden en justicia.

Mi contrincante no accedió a dicha reclamación, diciendo que Vega, Pezuela y otros americanos, que aunque nacidos allá, habían vivido y escrito en España, debían figurar entre los escritores peninsulares, porque para España y en España habían publicado sus obras. Al oír tan singular idea, no pude menos de hacerle observar que si, en efecto, los escritores pertenecían, no a su país, sino al país en donde escriben, España tendría que ceder algunas de sus glorias literarias a otras naciones, y que con semejante principio, ni aún Heredia, ni aún yo, deberíamos figurar entre los americanos. Sobre esto cuestionamos largo rato (en cuyos momentos entró en la sala en que estábamos el joven cubano, que parece tomó el rábano por las hojas, como suele decirse, o según otro dicho vulgar, oyendo campanas, no supo dónde era que se repicaba); pero toda la discusión no bastó a ponernos de acuerdo al tal literato y a mí. Él se empeñaba en que Vega y los otros escritores que quería colocar en la literatura peninsular no podían mirarse como glorias literarias hispanoamericanas; y yo, por mi parte, defendiendo los derechos de ésta, sostuve que si no se le dejaban todos los nombres que la honraban y la enriquecían, más valía suprimirla. En fin, recuerdo que dije muy enfadada: “Lo que es yo, prohíbo que nadie se permita tomar mi nombre para colocarlo a su capricho. Si es verdad que se quiere presentar un cuadro fiel del estado de las letras castellanas en la América, póngase todos los escritores de valía que le pertenecen a la América que es o fue española, y si no se quiere sino rebajar la literatura hispanoamericana, quitándole muchas de sus glorias para dárselas a la Península, que no se deje mi nombre, tampoco en tal caso, pues no me agrada. Si Vega, Baralt, etc., han escrito y vivido en Europa, y no en América, yo también me hallo en igual circunstancia; y o se le dejan a América sus hijos, cualquiera que sea el punto en que hayan vivido y escrito, o si arbitrariamente le quitan los que quieren, sepan que yo retiro mi nombre, y no autorizo a nadie a colocarlo a su arbitrio; pues, según la regla que dan, debo figurar donde figuren Vega, Baralt, etc., y no entre los escritores que han vivido y escrito en América; pero yo no acepto figurar en ninguna parte si ellos y yo no estamos donde debemos, es decir, entre los americanos, pero todos los americanos; si no, no.

Tal fue la cuestión y comprendí que no la había entendido el susodicho joven cubano que oyó parte de ella, porque salió diciendo, sin ton ni son, que Cuba tenía bastantes buenos poetas, aunque algunos cubanos se desdeñaran en figurar en su literatura. Ni yo ni mi contrincante paramos mientes en tal sandez fuera del caso; pero a pocos días de esto, fue que empezó a correr la voz de que yo decía pestes de los poetas cubanos y que no quería figurar entre ellos.

Vi claro que el pollo cubano no había entendido palabra de lo que oyó casualmente; y ahora creo ver claro también que son chismes suyos los que han dado motivo a la puerilidad que están haciendo algunos escritores habaneros, puerilidad que me haría reír, a no ver en el fondo de ella una herida que el amor patrio y el amor propio creen haber recibido de mi mano. Yo autorizo a mis amigos a desmentir altamente semejante calumnia, explicando los hechos; y reservando para otro correo, querido Luis, el hablarte de mi “Devocionario”, quedo tu afectísima amiga,

Tula


Nota de Dulce María Loynaz: Esta carta fue publicada en El Fanal de Puerto Príncipe (Camagüey), el 26 de diciembre de 1867; y también en La Lucha, semanario que se editaba en La Habana, muchos años después, ya fallecida la Avellaneda, el 4 de febrero de 1883.


Tomada de Dulce María Loynaz: 
“La Avellaneda: una cubana universal”, Conferencia dictada en el Liceo de Camagüey el 10 de enero de 1953. 

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