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Y por una rara coincidencia, para mí, ha sido, casi siempre, noche mala. No tengo ningún conato de novela relacionado con ella, ni he tomado parte, durante las ricas cenas de costumbres, en escenas trágicas que el gran mundo tanto prodiga, si bien es cierto que, a ese mundo, yo no pertenecí, ni pertenezco. Jamás me he preocupado de pergaminos, ni sé si los hay en mi familia para entrar a ese gran mundo por derecho propio y, además, creo que los escritores, apergaminados o no, hacen mal papel en tan elevados centros sociales. Si se trata de poetas, y caen en la tentación aristocrática, pierden la grandeza del concepto y se encasquillan en ideas que tienen la fútil belleza del encaje que resplandece al choque de la hermosa luminaria; los filósofos, si caen en el gran mundo, apuntan, observan, analizan y luego muerden: son plantas exóticas en el más gallardo y más estéril de los jardines.

Una cena, en esa noche tan suspirada, puede pescarla un escritor con toda facilidad; se le ofrece en clase de bicho raro, como persona, y en clase de genio, como literato. En el gran mundo se le concede a cualquiera el genio: lo que no se le concede sino a ciertas gentes, y eso exentas del voto unánime, es la elegancia. Colocado en tal situación, el pobre escritor hace un papel desairado. Su traje será visto con una crítica desdeñosa muy sutil; el zapato poco elegante, la corbata, de colores demasiado fuertes, y el peinado completamente en desorden. Si llega el caso de reír un poco a costa del recién llegado, un señorito de los más atildados, dice al oído de otro señorito a quien reconoce autoridad en materia de perifollos:

—Observa esa cabeza: es la tumba de un peine que murió de hambre.

Tales desdenes no llegan al escritor sino en temores que justifican miradas poco discretas o resueltamente sospechosas; y lo mismo que a un loro se le hace repetir la morcilla de palabras que picotea a ratos y al mono se le da un trozo de tocino para hacer la colación y a un pollo se le quitan las plumas para verle en cueros tiritar de miedo, al escritor se le obliga a hablar, se le hacen decir frases con la exigencia inquisitorial de que sean frases ingeniosas, picantes, estímulos a la risa y precursoras de la broma. Y cada palabra suya, dicha al azar, sin ton ni son, como quejas disimuladas de muy hondas amarguras, se repite de labio en labio y sirve a éste para declarar su amor a una rubia, a aquél para sobresaltar el alma impía de una trigueña, y entre el combate de miradas que disparan con admirable puntería ojos amorosos, claros, ojos apasionados, negros, el pobre escritor no alcanza nada, no hace suyo el botín de los que triunfan, ni siente el ardor satánico de la herida, siquiera casual, de unos ojos negros que se le antojen soñadores. La charla vaga y forzada, con alguna suspicacia que no es bien entendida, ha sido tal vez material muy bien aprovechado para la guerra de los amores del gran mundo y su heroísmo semeja el de los grandes fabricantes de cañones que hacen, sin saberlo, felices a unos pueblos a costa de la desgracia de otros.

Una Noche Buena que para todos ha sido fecunda en goces y que para el escritor ha sido triste. No hay humillación más irritante que la del intelectual al profano e ignorante. Y las grandes fiestas humanas, los grandes centros de alegría y de placer, necesitan no de los genios, ni los artistas soberanos, sino de la maldad inconsciente de las sedas, el diabólico magnetismo de las frases de buen corte, animados por el espíritu que domina en toda reunión de muchos imbéciles, en donde piensan más los cuellos de alabastro, los senos espléndidos y rebosantes, las sonrisas maliciosas y las miradas traidoras, que los cerebros que capitulan con humildad ante la fuerza bruta de los corazones perversos.

En la vida social, las fiestas pierden su simbolismo, absorbidas por sentimientos raquíticos que flotan en una atmósfera de alientos perfumados; y en cada flor que rueda y se marchita, sucumbe una pureza y en cada suspiro que se desmaya se desliza, y se pierde, una buena intención. Son fiestas, las fiestas, humanas, que extravían, pero que son al propio tiempo arte para supremos pinceles; la escena de viejas historias que se reproduce, el campo, de tierra fresca, en donde se siembran tragedias o sainetes que enriquecen la vida intelectual, venganza oculta.

La Noche Buena tiene en sí el secreto de un gran alborozo; su nombre aleja del pensamiento ideas tristes y atrae conceptos de algo delicioso que no se define. ¿Por qué ha sido para mí casi siempre Noche Mala? Superior es la respuesta a mis fuerzas mentales. La Noche Buena es la argolla que une un año con otro año; tal parece un plazo fijo en el que la vida ha de correr sin tropiezos, aunque el cantar diga con melancólico acento:

     La Noche Buena se viene
     la Noche Buena se va
     y nosotros nos iremos
     y no volveremos más.

Despedida y esperanza, más que escepticismo. Sobre un año, otro año, sobre una Noche Buena, otra Noche Buena, y al descubrir la última, la que guarda entre sus pliegues el fantasma que alude, suenen los clarines, salgamos todos al redondel, reconozcámonos entre las sombras de los vivos y olvidemos a los muertos entre el fermento de las almas, entre los besos que dan con sus miradas los ansiosos de querer y al amarillear en el horizonte el sol, que aplasta solemnemente a la Noche Buena…

     …nosotros nos iremos
     y no volveremos más.

Diciembre, 1902


Tomado de
El Fígaro, diciembre 1902. (Recorte sin fecha exacta conservado en el archivo de María Antonia Borroto)

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