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Días de espanto y duelo han pesado sobre La Habana. La horrenda catástrofe del 17 de mayo quedará registrada en sus anales entre sus fechas luctuosas. Nadie puede negar su tributo de conmiseración a las víctimas, ni dejar de penetrarse, ante sus tumbas, de toda la austeridad, de toda la grandeza del sentimiento del deber.

Pero una vez pagado su tributo a estos nobles afecto (sic), justo y conveniente es que volvamos la consideración hacia la causa de esta dolorosa hecatombe, no para prorrumpir en estériles imprecaciones, sino para pensar lo que nos demandan de consuno la previsión y la humanidad, virtudes que parecen haberse alejado de nosotros.

Vivimos indiferentes rodeados de peligros, y lo que es más triste: de esos peligros que en todas partes se combaten o se alejan, atendiendo a lo que enseña la ciencia u obedeciendo a lo que prescribe la ley. De nada sirve llorar sobre los muertos; de muy poco honrar pomposamente su memoria. Lo que importa es precavernos, en bien de los vivos, de los males que han costado tantas muertes. Aprendamos en lo que murieron por servir a la comunidad a cumplir nuestros deberes cívicos. A veces los más modestos son los más importantes. Así nos lo enseña con terrible elocuencia la espantosa catástrofe que ha enlutado nuestra ciudad.


Publicado en la
Revista Cubana, t.XI, La Habana, mayo de 1890. Tomado de Artículos. Compilación y prólogo de Aureliano Sánchez Arango. (“Grandes periodistas cubanos”, 10) La Habana. Publicaciones del Ministerio de Educación. Dirección de Cultura. 1951, pp.73-74.

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