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Molné en persona

Molné en persona

Héctor Molné expone en Bellas Artes una colección, bastante extensa por cierto, de sus óleos. Sumamente joven, y como casi todos nuestros artistas llegado de la provincia, Molné da en esa exposición una muestra sorprendente de pureza y de conocimiento de las más difíciles cuestiones de un verdadero métier plástico. Es este el motivo —que su extrema juventud hace más justificable— por el cual “Arte y Literatura” pensó en esta entrevista, que quisiéramos fuera recibida por nuestros lectores no sólo como un homenaje merecido sino como un estímulo a la más reciente de nuestras promociones de pintores, los cuales, como se verá en las respuestas de Molné, presentan ya caracteres definidos y propios que los identifican y salvan como una verdadera generación plástica.

Molné llega precedido de los comentarios de pintores y escritores de verdadera autoridad, tales como Abela, Graziella Pogolotti, Antonio Martínez, Luis Suardíaz.

Pero dejemos que el propio artista exprese su actitud frente a muchos de los problemas más importantes de nuestra plástica actual por medio de sus respuestas.

—De los pintores que conoces, ¿cuáles son los más importantes de la pintura actual?

—Me interesan varios y de muy distintas épocas. El Greco —espiritual, elevado— con esa pureza que sólo él sabe poner en los austeros caballeros toledanos de El entierro del conde de Orgaz, y en las damas de ojos extrañamente bellos. Me interesa en particular uno de sus retratos. Modigliani —finura de color, encanto de la expresión de los rostros—, Leonardo —misterioso y delicado—, Rembrandt —sombras y luces doradas—, Braque —sentido del color y de la forma en las naturalezas muertas, aunque su pintura es un tanto burguesa—, Van Gogh —el torbellino de las praderas—. También me interesa la pintura de Laurencin —sus flores, sus adolescentes, su mundo eternamente joven—, y en fin, toda expresión humana sincera del arte me conmueve.

—¿Qué opinas de la pintura actual?

—Me interesa el tema social. Yo no miro la sociedad como un simple núcleo de individuos que desempeñan determinadas labores o realizan determinadas funciones; yo miro la sociedad como un alma que siente y palpita ante la creación. Yo no miro en masas, yo miro a cada persona individualmente, siento la expresión de su alma. El tema social no es nuevo en Cuba. Marcelo Pogolotti hizo pintura social hace ya muchos años. El tema social es muy difícil por el escaso nivel cultural de las masas. Nuestros gobiernos anteriores no se ocuparon de educarlas y para llegar a ellas había que tener cuidado en no caer en el panfleto.

—¿Y de la pintura abstracta?

—Está decadente, burguesa, hastiada de civilización, llena de literatura. Su “canto de cisne” son esas lechadas de color, tiradas con hastío sobre la tela. Marcelo Pogolotti —y vuelvo a citarlo porque creo que es uno de los pioneros de la pintura cubana—, que hizo pintura abstracta en Europa, confiesa que ésta no conduce a nada. Eso no quiere decir que no admire a un buen Kandinsky o un buen abstracto del propio Pogolotti, pero los admiro desde algunos años atrás y en Europa. En Cuba, no me parecen funcionales, y menos en este momento. Un cuadro abstracto puede estar hecho con buen gusto —las masas bien balanceadas, los colores agradables— pero, ¿eso es la labor del arte? ¿Esto no se limitaría al decorado de una tela? ¿Dónde está el sentimiento humano, el mensaje, el amor? Usted que es poeta, ¿cree en este arte deshumanizado, frío? Si cree en esto, usted es una textura, un “collage”. Este arte y sus defensores quieren encubrirlo todo, callarlo todo. Admiro el arte abstracto como al cubista en su momento. A Cuba todo llega muy tarde —París está muy lejos de La Habana—. Por ejemplo, ahora en Francia —según palabras de Graziella Pogolotti— se está formando una escuela más humana, más figurativa, pero no académica.

—¿Qué pintor te interesa más, Víctor Manuel, Ponce o Carlos Enríquez?

—Los tres, pero prefiero a Carlos y a Víctor. Carlos me interesa a tal punto que he hecho este juicio sobre él:

     Fue un cubanísimo pintor
     que supo difundir el verde
                   de nuestras sabanas
     con la transparencia de
                  sus playas
     y el nácar de nuestras
                 conchas
     para darle forma de
                 mujer.

“Carrera de caballos” – Óleo sobre tela – Carlos Enriquez, 1953.

Los ojos melancólicos de las guajiras de Víctor son únicos. De Ponce, las gamas de color y el misterio que le sabe imprimir a sus delicados, asombrosos cuadros. Quizás él sea el mejor de los tres, pero me gustan los otros.

Hay una nueva generación figurativa, con un gran contenido emocional y humano, libre de la Academia y del panfletismo, que está logrando un arte vibrante y sincero. Hay un grupo de jóvenes que marcha firme y conscientemente, que ha hecho verdadera revolución. Mientras Cuba se desangraba, ellos no se contentaban con arte abstracto, y trabajaban —en la Revolución y en la Pintura— con el dolor de su pueblo. Estos jóvenes merecen el más decidido apoyo, el mejor estímulo, porque han sabido hacerle frente a su época sin miedo, valientemente, aún bajo el desamparo oficial en que vivían, y aún viven muchos de ellos. Cito sólo los que recuerdo en este momento: Germinal, Rosabal, Pedroso, O’Reilly, Villa. Esta es la nueva generación, firme y consciente, que vive en su época y no desprecia la figura humana. Todos somos producto de nuestra Revolución, todos sentimos que debe hacer arte figurativo nuevo, no abstracciones ni academias. No hacemos tachismo porque sentimos nuestra revolución humanista, no sentimos desprecio por la figura humana ni vivimos de espaldas a la realidad. Ahora, en lo figurativo, no se debe caer en el panfleto sino usar más bien la figura como una especie de símbolo para trasmitir a nuestros semejantes nuestro mensaje.

—¿Y de los pintores actuales más conocidos?

—Me encanta la época figurativa de Mariano por su fuerza tropical y vigor varonil, Lam es una mezcla de Cuba y África llevada al refinamiento del color, a la depuración de la línea, en lo que es único. Abela tiene en su ingenuidad algo más que un artesano, ese algo oculto, misterioso; hay poesía clara, con menos misterio, en el colorido de Portocarrero, y por último me gusta Mijares, su colorido, sus formas afrocubanas, su símbolo.

—¿Te atreverías a hacer un mural?

—Sólo si aprendiera la técnica y pudiera expresarme libremente, sin que me lo hicieran dirigido. Haría murales en el mismo estilo de mis cuadros. Haría mi mural con la libertad que nos hace respirar nuestra Revolución: un mural humano, con mensaje y sin literatura. Tratando de poner en él todo mi amor y de vivir de acuerdo con mi momento, un mural con figuras humanas, pero interpretadas libremente, dándole vuelo e imaginación creadora. En La Habana hay bellos de Amelia, Portocarrero, Cundo Bermúdez y Mariano. Son bellos porque están hechos artísticamente, sin mezcla con la política. La unión de ambas cosas —como se está haciendo en un mural actualmente— es nefasta para el arte y para la Revolución. Mi combate no es contra un pintor determinado y ni siquiera contra una escuela, sino contra la decadencia. La pintura se ha mecanizado al extremo de que hay pintores que miden los lienzos y calculan con matemáticas y reglas. Otros —no teniendo ya qué inventar— lanzan pintura o pegan papeles. Eso es lo que combato.

—¿Quién le puso en contacto activo con la pintura?

—Como todo el que tiene vocación por la pintura, comencé de niño, haciendo garabatos, luego evolucioné y empecé a emplear color, a ver reproducciones, cuadros originales y en fin, conocí de cerca la pintura. Una vez quise hacer un obsequio, y como contaba con tan pocas entradas, ofrecí un cuadro. Era un coleccionista a quien gustaban los retratos de patriotas —un médico camagüeyano—. Pinté un Maceo surrealista —su cabeza era una montaña con palmas y su cara verde. De más está decir su asombro cuando le entregué aquello, pues la Galería de él era de patriotas concebidos al modo fotográfico, académico. Después de grandes explicaciones logré que lo colgara en su consulta como algo extraño, original. Pero ocurrió que a la consulta llegaron unos viajantes con un poco frecuente sentido artístico y reconocieron mi obra. Ellos me llevaron al Dr. Antonio Martínez —intelectual de vasta cultura— y él a la Dra. Pogolotti. Luego Abela, quien siempre me trató como un amigo. Luego el Lyceum, y las siguientes exposiciones: Arte para Oriente, Cinco pintores camagüeyanos en la Escuela Profesional de Comercio de Camagüey, Lyceum de Camagüey, Lyceum de nuevo en exposición, y por último la actual exposición en Bellas Artes.

“Camagüey” – Óleo sobre tela – Héctor Molné, 1989.

Publicado originalmente en Diario Libre. La Habana, 1(161):2, jul 19, 1959.

Tomado de Severo Sarduy en Cuba 1953-1961. Compilación, prólogo y notas de Cira Romero. Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2007, pp.259-263.

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