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Oración fúnebre en la tumba de Salvador Cisneros Betancourt

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Oración fúnebre en la tumba de Salvador Cisneros Betancourt

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Camagüeyanos, cubanos

El Sr. Presidente de la República y el Gobierno Nacional, representado en esta solemnidad por el Sr. Secretario de Gobernación, me han honrado altísimamente en el encargo doloroso y triste, que cumplo ahora, de despedir en su nombre este que es un gran duelo de la patria, y de dar gracias a cuantos aquí, como en la capital, y en el trayecto del fúnebre convoy, han participado en estas exequias ofrendando el homenaje de sus lágrimas y las bendiciones de su cariño al insigne compatriota que, tras lucha porfiada con la muerte siempre en definitiva vencedora del hombre, abandona a nuestra piedad sus despojos corporales, mientras su grande alma renace a mejor vida en las esperanzas inmortales de la tumba. Sus restos, en lo adelante, se confundirán con la tierra bendecida de su cuna, para descansar de una vez en la paz de las sombras eternas; pero viviendo perpetuamente en el amor de sus conciudadanos como en gloria inmarcesible, quien fue sobe todo un hombre bueno y un enérgico e indomable soldado de la libertad y de la democracia.

La historia de su vida sencilla y siempre tranquilamente heroica, se identifica con la historia hazañosa y grande de su pueblo, con la historia de esta república, con nuestra ascensión trabajosa y continua hacia las cimas luminosas de la justicia, y por eso, por lo que sintió, por lo que amó, por lo que aspiró por nosotros y para nosotros, son carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre sus empeños generosos de patriota.

Desde mediados del siglo anterior puso incondicionalmente su actividad incansable, su abnegación, su ilustre nombre, el patriciado de su nobleza de familia y de la nobleza de su espíritu, cuanto poseía, cuanto representaba y era, al servicio y para la creación de una patria nueva y más digna, por lo cual y necesariamente durante la última mitad de aquel gran siglo tan duro y tan glorioso para los cubanos, batallo sin tregua contra la dominación colonial, sin vacilar un instante en su propósito y anhelo de fundar sobre las injusticias y los errores del pasado otra nacionalidad que fuera venturosa y honrada en la fecunda y altiva dignidad de la república, marchando entre vicisitudes y peligros con alma candorosa y confiada, o como un iluminado, con el corazón resuelto y estoico de un espartano y la fe devoradora de un apóstol; mas, tras las acres y viriles satisfacciones de la lucha no tuvo al fin la más intensa, la más pura, la más inefable, de contemplar el triunfo de su ideal, la cumplida realización de su ensueño; porque por caminos sembrados de sepulcros había alcanzado el privilegio de pugnante ancianidad para aspirar a mucho más, no conforme todavía con los gloriosos resultados de tantos afanes y sacrificios, pues para él la historia había conculcado los derechos del patriotismo , el destino había burlado las esperanzas heroicas y la victoria no se había enaltecido con la majestad de la justicia; por lo que, a sus ojos, para su corazón de cruzado, la nación no era tan absolutamente libre como la procuraron y deseaban sus fieles y devotos. Por tal motivo, en lo que va corrido del siglo actual, estuvo luchando con perseverancia tenaz, en su inaceptable inconformidad, por romper los nuevos vínculos que, para su orgullo de cubano, sólo eran nuevos hierros que forjara adversario sino; y así puede decirse que consagró su existencia toda a romper o sacudir las que a la pureza de su sueño y a la entereza de su ánimo parecían insufribles cadenas. Ha cruzado, por tal manera, por el horizonte cubano como un combatiente, como un sembrador, como guía, como atleta, orlada la frente con el ardiente resplandor que ilumina u ofusca a los hombres y los pueblos en los fragosos caminos del sacrificio y de la gloria, y todos le hemos visto erguido, erecto en su venerable prestancia de patriarca y de profeta, a menudo solitario, pero siempre hierático y sacerdotal, misterioso y grande, semejando enema sacudida por todos los vientos de la tempestad y hasta ahora respetada por el rayo; la recia encina que fue el último gigante de la selva colosal derribada, árbol tras árbol, por la muerte irresistible y traidora; vástago postrero de aquella estirpe asombrosa de rebeldes casi sobrehumanos que, contemplados a distancia, en las lejanías en que se confunden la historia y la leyenda, más que hombres, parecen, como en la visión del poeta florentino, las torres imponentes de una antigua ciudad sumergida.

Porque muchos le habían acompañado, como otros le precedieron; de ellos, algunos que fueron grandes hombres de su provincia y de su propia sangre, como aquel Lugareño insigne y venerado, como ese otro comprovinciano ilustre que representó nobles aspiraciones de cubanos en las Cortes españolas, y como el más grande de todos, el que hubiera sido el primero en la paz como fue el primero en la guerra, el caballero sin tacha y sin miedo, el campeón incontrastable, el egregio, el supremo, el hijo excelso de esta tierra que fue cubano sin par, que en breve vida mostró armonizadas en su carácter sublime, las fogosas y creadoras virtudes de Simón Bolívar y las austeras y santas virtudes de Jorge Washington, —el amado, el inmortal Ignacio Agramonte. Y ahora, al conjuro de tantos héroes como surgen ante mi vista, pensando melancólicamente en el vario destino, de los que les hemos sucedido sin sus merecimientos ni su justificada gloria, revive en el dolor de mi corazón aquel pasado en cuya sombra distante se desvaneció mi juventud y con ella rodaron marchitos, ensueños e ilusiones. Mas, por fortuna, está muy lejos, en la bruma fantástica que toda lo esfuma y desfigura, como si no lo hubiera yo mismo vivido, como si fuese un fragmento borroso de penetrante y triste poema, aunque muy remoto, que hubiera yo leído en algún libro de cuentos prestigiosos e increíbles. Pero entre esa niebla reaparecen los compañeros queridos que murieron, avivando el recuerdo de oíros muy amados que por suerte viven aún, aunque maltratados por la adversidad y por los años, y no me es dable ahora ahuyentar la dulce y querida imagen, hoy tan olvidada, de aquel paladín que fue mi hermano y esmaltó con sus proezas el severo heroísmo de la gran guerra....

En medio de todos ellos, sus compañeros y sus pares, descuellan, sin embargo, la imagen juvenil de Ignacio Agramonte, resplandeciente como un arcángel, y la imagen venerable del anciano Marqués, como dos monolitos solitarios que señalan los lindes extremos de nuestra historia y nuestra alma: la juventud impetuosa que conquista y muere, y la vejez perseverante e indómita, símbolos sagrados de la grandeza moral y de la devoción sincera al ideal y a la patria.

Ya el bronce y el granito han procurado, aunque en vano, reproducir la forma apolínea del uno, y pronto seguramente reaparecerá la del otro prócer augusto, en la impasible serenidad del mármol monumental, para que sean ambos como lares protectores y benditos de su pueblo.

Entre tanto, descanse en paz quien fue obrero infatigable de nuestra regeneración histórica; duerma confiado su último sueño en el amor y el respeto de la República quien fue uno de sus eximios fundadores. Viva en la gloria quien nunca a sabiendas hizo mal a nadie, quien no alimentó en su ánimo sino ideas de bien y ansias de justicia. ¡Repose el sincero demócrata en la misma huesa en que su noble fraternidad dispuso que yaciera aquel Gabino de Quesada, el compañero de la guerra, el negro caballero y puro, uno de los gloriosos treinticinco del pasmoso Rescate!

Se ha dicho que nunca como al borde de una tumba se está tan cerca de Dios, y yo os digo que si algo terrenal nos aproxima a lo divino o en él nos sume, es una vida entera consagrada a la defensa de las grandes causas, como esa vida que ha salido de la comunidad de los hombres y acaba de entrar en el templo de la historia, acaba de ascender a los altares de la patria. Y antes de separarnos de él para siempre, permitidme aquí, frente a lo infinito de lo pasado y el oscuro e insondable infinito porvenir, decir una grave y solemne palabra que pueda germinar en la conciencia pública. El piadoso respeto, el cariño entristecido que por donde quiera ha demostrado el pueblo cubano ante los restos de este noble ciudadano, prueban que en su bondad natural reverencia las obras de bien y de verdad, y esto ya de suyo es un estímulo y una consoladora esperanza; y la vida ejemplar que ha terminado ya donde terminan todas las agitaciones de los hombres, es a su vez ejemplo y prueba de que la república ha tenido y tiene defensores abnegados... ¡De la fosa que habrá de cerrarse en breve no brotan, pues, las notas desgarradoras del miserere; sino el canto de la vida, el salmo de la esperanza, el himno de triunfo!


Tomado de Oración fúnebre pronunciada por el Sr. Manuel Sanguily ante la tumba del prócer Salvador Cisneros Betancourt, al despedir el duelo en nombre del Gobierno. Habana, Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, Imp. de Cuba Pedagógica, 1914.

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