La primera vez que tuve alguna referencia (ahora ya bastante disuelta en mi memoria) acerca de los rollitos de tasajo era casi un niño y vivía en Azerbaijan, por allá por los Montes Cáucasos. Había comprado en un kiosco de la ciudad de Bakú una revista cubana (¿acaso Bohemia?) y grande fue mi sorpresa cuando descubrí un larguísimo artículo dedicado a María Gertrudis de los Dolores Gómez de Avellaneda, nuestra querida Tula, la Peregrina o, simplemente, La Avellaneda; en el que se hablaba, entre muchas cosas, de la predilección de esta por los rollitos de casabe y tasajo y su perenne insistencia para que la esclava cocinera de la casa preparara este plato.
La segunda vez la referencia me llegó en la voz de Héctor Juárez Figueredo (Camagüey, 1950-2005), químico de profesión; historiador, investigador y maestro por convicción; maravilloso ser humano por amor a la gente y camagüeyano de pura cepa, quien dedicó gran parte de su vida a investigar y hurgar en muchas aristas del viejo Camagüey. Aquí está la receta que me confió Juárez, de palabra, en una conversación, casi achicharrados en un terriblemente caluroso mediodía de un julio camagüeyano, en la acera frente a la Casa de la Trova y contemplando las obras recién concluidas de la última remodelación del Parque Agramonte.
Continúa la lectura con una subscripción a El Camagüey
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