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Fidelio Ponce de León, el pintor que ahora exhibe y, como siempre, asombra en el edificio universitario de Física, dio un tiempo, hace unos quince años, en llamarme su padre espiritual. Se lo toleraba, y hasta se lo reía, por notar yo una gran dosis de malicia en aquella humanidad, en su traviesa reverencia. Pero fue así como, animado por él, me permití en una ocasión hacerle las veces de padre severísimo. Tanto —y lo propalo ahora para llevarle un poco de diversión a los dolores físicos— que lo metí por ocho días en la cárcel. Me había tocado como director de exposiciones de la Dirección de Cultura, del Ministerio de Educación, y a las órdenes gratísimas de José María Chacón y Calvo, iniciar lo que quería ser una costumbre anual de exposiciones nacionales de Artes Plásticas. Era en el 1935. Se eligió para ello el local del Colegio de Arquitectos de La Habana. Y aquel primer suceso produjo un escándalo tan fecundo que, desde entonces, lo moderno cubano en pintura y escultura ganó prestigio y máxima autoridad dentro y fuera del país. La segunda exposición no pudo realizarse hasta que yo, en el 1938, volví a la Dirección de Cultura, otra vez regida por el ilustre Chacón y Calvo. La instalamos en el Castillo de la Fuerza. La tercera, y hasta ahora última, se hizo en el Salón de los Pasos Perdidos del Capitolo, a la que el profesor Casagrán, substituto de Chacón, no pudo dar prestigio por las limitaciones a que le tienen sometido los que han ahogado la cultura en un inciso burocrático.

Pero volvamos a Ponce el Fidelísimo y a mi feroz paternidad espiritual. Estaba él deliciosamente insoportable. Era el peor momento de su bohemia y el mejor de su pintura. Me llamaba el padre de su espíritu por haberle destacado yo entre los pintores de su época a cuenta de una manera nueva y suya de ver, sentir y realizar con destino al asombro de todos en cualquier meridiano estético. Fui tan terminante y él tan vanidoso que nos perjudicamos ambos a causa de una verdad tan simple. Acerté a ver en el blanco total y exclusivo de sus cuadros la fusión de los colores en la luz. Ponce hacía vibrar los matices hasta el blanco puro. Había encontrado el modo de educar a los ojos ajenos para la discriminación cromática de lo incoloro.

Fidelio Ponce de León en 1947.
José Gómez-Sicre.

Desde aquel momento milagroso, Ponce, como su obra, se convierte en un fantasma. ¡Y yo en su víctima! Era él como una sombra blanca, espectral, diligentísima, que se aparecía, día y noche, en todas las paredes de habitaciones habaneras, entreteniendo los insomnios de los moradores y cortando las conversaciones de los tertulianos. Sólo se podía hablar de Ponce o pensar en él allí donde había un cuadro suyo. Y bien pronto La Habana entera fue un museo único donde Ponce exhibía como un fantasma dictatorial.

Pero además él mismo era una sombra, una aparición ensabanada, ululante, presente a todas horas y fantasmalmente en todas partes. Sonaba a las tres de la mañana la puerta de mi casa y yo veía en el portal el fantasma de Ponce. ¡Y en qué atuendo! Lo de ensabanado es una metáfora. Lo blanco, entonces en sentido paradójico, era una división cromática del iris en los tonos más tétricos que puede provocar la oscuridad. No era en mi casa donde más me turbaba la presencia de Ponce. Era en los salones de la exposición. Llegaba, insolente de triunfo y sátira, de simpatía e ingenuo, a dar conferencias informales frente a cada uno de los cuadros expuestos. Solía terminar su crítica con un resumen en verso, que unas veces ponía en solfa la obra y otras al autor. De su sarcasmo inteligente y certero no se libraba nadie, ni él mismo. Pero no todos se resignaban a tolerarlo con el buen vino que él se toleraba.

Máxima autoridad oficial yo en aquel sitio me decidí, a pesar de mi admiración y cariño a Ponce, a quitármelo de encima. Aquello acabaría mal y amenazaba con echar a perder el artístico ensayo. Apelé al consejo, a la súplica, el regaño, la amenaza, el soborno. Nada valía. Los curiosos ya iban a la exposición más a escuchar a Ponce que a ver los cuadros. Los agredidos hablaban de agredirle. Y antes de que todo acabara mal tomé la decisión de ser, como padre de Ponce, más efectivo que espiritual. Me confabulé con el policía de guardia y lo mandé a la cárcel. Fue una semana plácida y fecunda. Ocho días después se me presentó Ponce en la exposición hecho una fiera. Desintoxicado por la abstinencia, razonaba justamente indignado.

—Juro a usted, Suárez Solís —me dijo—, no probar una gota de ron hasta no averiguar quién fue el granuja que me metió en la cárcel. Cuando lo descubra van a saber que Ponce, como fiera ofendida, es mucho más peligroso que como pintor ilustre.

Pero una hora después el “fantasma”, rodeado de admiradores divertidos, hacía pareados eutrapélicos ante cuadros de los académicos. Y ya empezaba yo a pensar en el penal de Isla de Pinos cuando vino la huelga de Marzo a solucionar el conflicto. Me exilé en Madrid, y al volver a La Habana y a la Sección de Bellas Artes vi la obra de Ponce premiada en el Ministerio de Educación. En 1939 la incluí entre las que llevé a la exposición interamericana del Riverside Museum, de Nueva York, y gocé al comprobar que uno de los casos artísticos más admirados por el público y la crítica norteamericanos.

El fantasma ya no ulula por la ciudad. Ha vuelto a nacer como pintor. Es otro pintor él mismo: el mismo y otro. Ahora entregado a la tarea de ser él quien extraiga al blanco los misteriosos matices fundidos en el iris; empeñado en aliviar a los contemplativos de la tarea de discriminar los colores. Tal como si el fantasma se acordase de su ser inmortal y quisiera, convertido en celaje cromático, seguir siendo por siempre en el futuro nuestro Ponce de hoy. Con esa luz que se coloca cuando el blanco absoluto deja de reverberar intensamente. Tal un fantasma que se aquieta en la eternidad. ¡Cuando el alma deja de pensar!

    Joven con pecera – Fidelio Ponce, 1935.


Publicado en
Pueblo, Año XII, No.649, La Habana, 17 de agosto de 1948, pp. 1 y 9. Tomado de Rafael Suárez Solís: Periodismo y cultura. Introducción y selección de Jorge Domingo Cuadriello. Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2012, pp.182-184

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