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El espíritu de Casal

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El espíritu de Casal

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Octubre, 21


En un diario, acabo de leer estas líneas escritas por un íntimo de Julián del Casal:

Hoy hace nueve años que dejó de existir en plena juventud y cuando ya su talento e inspiración eran geniales, el soñador y exquisito artista de Hojas al viento, Nieve y Bustos y Rimas, los tres primorosos libros que tanta fama dieron al poeta cubano, más apreciado fuera de su patria —triste es decirlo— que en su patria misma. Sin embargo, su memoria agrandada por el cariño de fieles amigos y de otros que, sin haberlo conocido lo aman y admira, perdura en Cuba.

Otra vez han de ir hoy, a la tumba que guarda sus restos, a recitar sus versos y a llevarle flores, los que nunca lo olvidan.

Y en efecto fueron. En la mesa de un café oí hablar del poeta y de su tumba; varios escritores de la nueva generación, opinaban, a capricho, acerca de mérito de Hojas al viento; algunos bostezaron, en honor al difunto, y en las tinieblas insondables del olvido, me pareció que se perdía, por el plazo de un año, la figura del poeta. El íntimo amigo, el que asume la noble misión de recojer (sic) sus cenizas, tocará de nuevo, en el próximo aniversario, a la puerta de los pocos elegidos, y extenderá su mano en demanda de una limosna, la limosna de una lágrima para el poeta muerto.

Casal fue un error de las musas, que lo enviaron a esta tierra anticipadamente. Le fue adversa la época en que comenzó su desenvolvimiento, pero más adversa le fue aún, para su memoria, la conmoción política que borró, de la consciencia cubana, el espíritu del artista soberano. Murió joven, en los principios de su esplendor, cuando aún no divisaba el término medio de su obra literaria. Tal vez la Naturaleza, compadecida, le arrancó la existencia, rectificando una triste equivocación que dejó, por huella, una ternura infinita en corazones piadosos.

Para nosotros, un poeta como Casal era un exceso al que no resistíamos por falta de preparación; no nos era posible, tampoco, estimularle, y lentamente, como una luz que oscila y describe enigmas en la sombra, el poeta fue haciéndose exótico. No pudo ejercer la influencia que su arte necesitaba; no tuvo horizonte; su verso palpitaba solo, en el hastío de su retiro, y la vida, para él, era algo triste, una energía insoportable, de la que tenía que escapar, con las alas que al espíritu lleva la muerte. Este proceso pasó inadvertido para las multitudes; su fin se lamentó porque las le gentes consideraban un “buen muchacho, un muchacho de talento”… y sus versos, reproducidos con escasa frecuencia, eran gemidos de ultratumba que apenas lograban conmover a los mismos que hoy van a recitar sus versos y a llevarle flores…

Fuera de Cuba, en la inmensidad sudamericana, en donde vive y prospera tanto poeta medianejo, su obra fue más apreciada, su nombre obtuvo más gloria, y acaso ejerció un influjo de que aquí apenas nos damos cuenta. Allá, el arte tiene campo, aquí el arte es una mentira. Allá la obra tiene su valor, el mérito tiene su premio, como la religión su altar sagrado. Aquí nuestro espíritu, enfermo, no se detiene a libar, en los buenos versos, el ritmo divino, y allá recojen (sic), sin propósito deliberado, las flores que aquí no nos sirven.

Nuestra juventud literaria que si no está bien preparada, encuentra un campo que puede fecundar, comienza a echar sobre el pasado sus ojos y concluirá por ver mucha hojarasca en los inmortales, en los consagrados por el patriotismo, y por descubrir joyas de arte en donde nadie quiso detenerse. Estamos en un período de germinación en el que podrán brillar algunos que salvaron su lira de los extremecimientos (sic) revolucionarios.

Tendremos, al fin, más lectores y más adictos, los que borrajeamos cuartillas; se harán ediciones de la obra de Casal, se recojerá (sic) del montón anónimo lo que consérvase en viejas revistas, ignorado ya por los que no fueron de su tiempo, y cada año, mientras viva el fiel amigo, tendrá el poeta sobre su tumba la limosna de una lágrima y recitarán en ella sus versos y la cubrirán de flores los que nunca le olvidan

Octubre, 1902


Publicado en El Fígaro, octubre de 1902. (Archivo de María Antonia Borroto)

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