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Maydelina o la inocencia original

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Maydelina o la inocencia original

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Últimamente el arte es todo maldad. Como si cada artista se sintiese en la obligación de cultivar una negatividad, un insulto, un disgusto intraspasable; o por lo menos una languidez o una distancia, una frialdad o un rasgado de vestiduras. Estar en contra de cualquier cosa, especialmente si es buena o ideal, ya va siendo una tradición, una prosapia de la que estos iconoclastas a ultranza más bien debieran empezar a sospechar. La representación de la dignidad de la figura humana se diría que quedó agotada en Rodin. Los soviéticos pintaron gimnastas, y obreros que parecían asiduos a un gimnasio, y retratos de Shostakóvich, y Brezhnev con todas sus medallas, como para demostrar que se había llegado más abajo del fondo: que el bien resultara, en el arte, falso o ridículo, o lo que es peor, contraproducente o por lo menos inútil. Verdad que la época ha sido bestial y que muchos artistas han sucumbido frente a las enfermedades y la locura de un mundo que ha hecho un culto descarado del mal: han rendido un testimonio. Conozco un famoso dibujante que, cuando no hace monstruos, se vuelve cursi. Pero el arte tampoco es inocente y habría que preguntarse hasta qué punto se nos ha convertido, por moda o por facilismo, en una vulgar película de horror o en una novela jabonera. El único escape estaría entonces en el arte irónico, que nos refrescaría con su aire de comedia, sus secretos de proscenio, su razón crítica; o la sinrazón de la crítica en lo lúdico, lo efímero y lo banal. ¿No hay a menudo una punta de maldad, ya sin las excusas del sufrimiento o de la tontería, en esa mirada al sesgo que no deja en pie ninguna seriedad, empezando por ella misma? El espectador ingenuo sale desconcertado de la galería, con la extrañeza de que la pintura o la escultura se parezcan tanto a la televisión, y con el terror de que no haya respuesta para su natural demanda de afirmación vital, de descanso profundo, de legitimación del bien en la verdad y en la belleza. No, le dicen, no tienes, no tenemos donde refugiarnos: ahora el arte es otra cosa, es una cosa entre las otras espantosas cosas. —Y a sufrir.

Maydelina Pérez Lezcano, que es una artista de confesión católica, pudiera respondernos tranquilamente: he ahí las nuevas del pecado original. Y, en efecto, eso dice también su pintura, establecida sin embargo desde la evidencia espiritual opuesta: la permanencia de la inocencia en el hombre. Como si recordara que el dogma del pecado original no estuvo en los orígenes: es elaborado a partir de San Agustín, en el siglo IV: durante los primeros siglos del cristianismo la atención pudo estar quizás más bien dirigida al concepto paulino de que Cristo había restaurado con su sangre al Adán primero: tal vez el énfasis iba hacia la redención y no hacia la culpa. Habría que preguntarse si no fue la cercanía de esos creyentes al acontecimiento proclamado por los apóstoles —la resurrección de Jesús, de quien confesaban haberlo visto vivo después de muerto—, lo que hacía atender más bien a la inocencia recuperada y no a la cadena del pecado; y si no es precisamente el alejamiento de esa alegría histórica lo que conduce a los cristianos a la fijación en la condición culpable del hombre. En todo caso, es un hecho que el mito de la inocencia genesíaca resulta persistente: un oscuro relato babilónico que pasa a la religión judía y que es de inmediato asimilado y reinterpretado en forma central por el cristianismo —que venía a poner de cabeza a la cosmovisión judaica. No ha de extrañarnos entonces que a finales del siglo XX una humilde muchacha de una remota ciudad latinoamericana comience a cubrir unas cerámicas, unos platos y unas ánforas con imágenes que evocan el jardín de Adán y Eva, y que lo haga casi sin ironía, o con una dulzura sesgada que no traiciona sino que refresca la idea ortodoxa que cita. Ah, ya tenemos aquí esa palabra: pero cuidado, porque en ella la cita no es, como al uso postmoderno, ni un motivo para la parodia ni un elemento del coctel cultural servido para disfrazar la ausencia de un centro propio: lo que ocurre es que en ella el centro espiritual es el mismo de la tradición. No está de moda pero algunos se siguen queriendo cristianos, incluso en el bando de los creadores; y si al nihilista o al pesimista del día le reconocemos el derecho a descender de Nietzsche o Schopenhauer, habría que respetar la voluntad de aquellos de acogerse a una teología, a las formas de una espiritualidad y al espíritu de unas formas. Así, cuando el espectador enlaza fácilmente la obra que comentamos con los avatares de la pintura gótica, tendríamos que precisar cuál de ellos le inspira, y cómo y por qué. El gótico es demasiado vasto como para influir por unanimidad una creación moderna y coherente.

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Hombre anatómico u hombre zodiacal, del Libro de Horas del Duque de Berry.

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Varón de Dolores 
Maestro Francke

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De la serie Prodigios y maravillas de un sueño 
Maydelina Pérez Lezcano, 1991.

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El Jardín de las Delicias 
El Bosco.

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Platos y vasijas de barro historiados por la tempera y el acrílico de Maydelina Pérez Lezcano que engendran la estremecedora lectura de un pacto virtual de lo sagrado y lo profano.

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Jesús es sepultado, de la serie De la Cruz a la Gloria, 2004. 
Maydelina Pérez Lezcano

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La entrega, de la serie Primavera de la Virgen, 2012.
Maydelina Pérez Lezcano

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