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A la muerte de don José María de Heredia

A la muerte de don José María de Heredia

Le poète est semblable aux oiseaux de passage,
Qui ne batissent point leur nid sur le rivage.
– Lamartine

         Voz pavorosa en funeral lamento,
    Desde los mares de mi patria vuela
    A las playas de Iberia; tristemente
    En son confuso la dilata el viento;
    El dulce canto en mi garganta hiela,
    Y sombras de dolor viste a mi mente[1].
         ¡Ay!, que esa voz doliente,
     Con que su pena América denota
     Y en estas playas lanza el Océano,
     Murió —pronuncia— el férvido patriota...
     Murió —repite— el trovador cubano;
     Y un eco triste en lontananza gime,
     ¡Murió el cantor del Niágara sublime!

          ¿Y es verdad? ¿Y es verdad?... ¿La muerte impía
     Apagar pudo con su soplo helado
     El generoso corazón del vate,
     Do tanto fuego de entusiasmo ardía?
     ¿No ya en amor se enciende, ni agitado
     De la santa virtud al nombre late?...
          ¡Ay! cual cede al embate[2]
     Del aquilón el roble erguido,
     Así en la fuerza de su edad lozana
     Fue por el fallo del destino herido:
     Astro eclipsado en su primer mañana,
     Sepúltanle las sombras de la muerte,
     Y en luto Cuba su placer convierte.
   
          ¡Patria! ¡Numen feliz! ¡Nombre divino!
     ¡Ídolo puro de las nobles almas!
     ¡Objeto dulce de su eterno anhelo!
     Ya enmudeció tu cisne peregrino...
     ¿Quién cantará tus brisas y tus palmas,
     Tu sol de fuego, tu brillante cielo?
          Ostenta, sí, tu duelo;
      Que en ti rodó su venturosa cuna,
      Por ti clamaba en el destierro impío,
      Y hoy condena la pérfida fortuna
      A suelo extraño su cadáver frío,
      Do tus arroyos, ¡ay!, con su murmullo
      No darán a su sueño blando arrullo.

            ¡Silencio!, de sus hados la fiereza
      No recordemos en la tumba helada
      Que lo defiende de la injusta suerte.
       Ya reclinó su lánguida cabeza
       —De genio y desventuras abrumada—
       En el inmóvil seno de la muerte.
             ¿Qué importa al polvo inerte,
       Que torna a su elemento primitivo,
       Ser en este lugar o en otro hollado?
       ¿Yace con él el pensamiento altivo?...
       Que el vulgo de los hombres, asombrado
       Tiemble al alzar la eternidad su velo;
       Mas la patria del genio está en el cielo.

              Allí jamás las tempestades braman,
        Ni roba al sol su luz la noche oscura,
        Ni se conoce de la tierra el lloro:
        Allí el amor y la virtud proclaman
        Espíritus vestidos de luz pura
        Que cantan el Hosanna en arpas de oro.
               Allí el raudal sonoro
        Sin cesar corre de aguas misteriosas,
        Para apagar la sed que enciende al alma
        Sed que en sus fuentes pobres, cenagosas,
        Nunca este mundo satisface o calma:
        Allí tiene el señor su regio asiento[3],
        Y tendido a sus pies el firmamento![4]

               ¿Y qué, al dejar la vida, deja el hombre?
        El amor inconstante; la esperanza,
        Engañosa visión que lo extravía;
        Tal vez la gloria, bello y vano nombre[5]
        Que con desvelos y dolor alcanza;
        El mentido poder; la amistad fría;
               Y el venidero día
        —Cual el que expira breve y pasajero—
        Al abismo corriendo del olvido...
        Y el placer, cual relámpago ligero,
        De tempestades y pavor seguido...
        Grandes proyectos que medita a solas[6],
        Cimientos, ¡ay!, sobre agitadas olas[7].

               De verte ufano, en el umbral del mundo
         El Ángel de la hermosa poesía
         Te alzó en sus brazos y encendió tu mente,
         Y ora lanzas, Heredia, el barro inmundo
         Que tu sublime espíritu oprimía,
         Y en alas vuelas de tu genio ardiente.
                  No más, no más lamente
          Destino tal nuestra ternura ciega,
          Ni la importuna queja al cielo suba.
          ¡Murió!... A la tierra su despojo entrega,
          Su espíritu al Señor, su gloria a Cuba;
          ¡Que el genio, como el sol, llega a su ocaso,
          Dejando un rastro fúlgido su paso!


En la versión aparecida en Poesías de la 
Excelentísima Señora Da. Gertrudis Gomez de Avellanedade Sabater (1850) hay otra versión de noviembre de 1840 en que se modifican estos versos:
[1] Y muerto deja mi entusiasmo ardiente.
[2] Bien cual cede al embate
[3] Allí jamás la gloria se mancilla,
[4] Y eterno el sol de la justicia brilla.
[5] Tal vez los vanos ecos de un renombre
[6] Y mil proyectos que medita a solas,
[7] Fundados, ¡ay!, sobre agitadas olas.

Tomado de Poeticous.

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