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   Quiero en la tierra que me dio la vida
   en olvido yacer cuando la muerte
   me llame con su voz callada y fuerte
   a su danza de asfódelos crecida...

   ¿Nadie reclamará la destruida
   cáscara inútil, la corteza inerte
   de esta llama que ardiente y conmovida
   no ha de alterar ni el soplo de la muerte?

   Yo nada sé sino que debo darte,
   tierra camagüeyana en que he nacido,
   lo que de ti tomé, la breve parte

   de humilde arcilla con que me he vestido
   y que mi levadura trocó en arte...
   ¡Oh! suelo en que estaré ¡por fin! dormido.

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