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El poeta Esteban Borrero Echeverría

El poeta Esteban Borrero Echeverría

Último en el grupo de familia cuyos poemas reunió en una edición para venderla en provecho de la viuda y la huérfana de su hermano Manuel, Esteban Borrero Echeverría sintió sobre sí el peso de un compromiso por el cual, como el atlante contemplado con asombro en su niñez, debía sacrificarse y sostener. Sostener un orden, una casa, una prole; un ideal que acabaría, a los embates de fuerzas contrarias, debilitándose y destruyendo a su adalid. Al presentar aquellos textos, presentación donde reservaba para él el párrafo más escueto, se erguía solo, “tres veces solo” –muertos además su padre y su hermana Elena–, con la carga del vacío y la conciencia de sus renuncias, esas que el amigo Julián del Casal había advertido en finísima semblanza: “Su temperamento lo arrastraba al ensueño y la realidad lo condujo a la acción. Su mano, hecha para la pluma, tuvo que esgrimir el escalpelo. Su pensamiento anhelaba ascender en pos de las águilas hacia el sol y tuvo que marchar tras los reptiles hacia el lodazal”[1]. Si Casal no alcanzaría a concebir semejante sacrificio, sí iba en cambio a admirarlo. Borrero era el espíritu fuerte, “el león”, “el cíclope”, el héroe que sintiendo “deseos de gemir miserere mei, tuvo que gritar: ¡Excelsior!”, único escritor y actor de la “tragedia shakesperiana” que fue su propia vida. Lo mismo que al prosista de Calófilo y de Aventura de las hormigas, Casal celebraría al poeta. Las cualidades que, señala, “embellecen” su “musa”, concentración interior, “nostalgia de algo grande, de algo que no sabe lo que es, pero que de seguro no está dentro de la creación”, clausura para la risa[2], se agregaban a las que Enrique José Varona y Manuel de la Cruz vieran en su poesía.

Para Varona, quien postulara a partir de los poemas de Diego Vicente Tejera, José Varela Zequeira y Borrero, el surgimiento de una “nueva era” de nuestra lírica, la obra de éste estaba “dentro, no siempre fuera”; “poeta subjetivo”, dominado “por los estremecimientos de la pasión” o llevado “por la originalidad del pensamiento”, su “idealismo escéptico y pesimista”, el dolor como “quintaesencia de sus versos”, lo elevaban en el sentir sobre sus otros dos compañeros de Arpas amigas (1879)[3]. Para Manuel de la Cruz, tanto “la forma, angulosa y áspera”, como la frase, que conservaba “la sacudida nerviosa, el calor de la fiebre”, revelaban a un “artista esencial”, “demasiado atento a lo hondo de su ánimo”[4].

Esteban Borrero: el peso de un compromiso...

Libro de poemas, Borrero publicó sólo uno: Poesías (Imprenta La Económica, La Habana, 1878). Arpas amigas, Grupo de familia y Arpas cubanas (1904), apenas recogerían cinco, ocho y seis composiciones suyas, tres de las cuales (“Primavera”, “Fidelidad” y “Un juguete”) se incluyeron por igual en la primera y la segunda de esas muestras. Eclipsada por su narrativa, su labor poética, que críticos posteriores —salvo Juan José Remos y Rubio— consideraron inferior, se ha ido tornando con el tiempo invisible. Después del XIX, su poesía no ha vuelto a aparecer en tomo. En poder de su hija Dulce María quedaron dos libretas manuscritas con textos ya publicados e inéditos, así como un cuaderno, titulado “Mis postales”, que Remos y Rubio comentó, pero del que no dio a conocer sino una breve selección en su conferencia de 1943 (“Esteban Borrero Echeverría”).

Historiográficamente diluidos en el tránsito de nuestro segundo romanticismo al renacer modernista, los poetas de Arpas amigas no iniciaron la nueva era anunciada por Varona, sin embargo, enriquecieron, como creyó su principal estudioso, “la morfología de la lírica cubana”. La “tendencia filosófica del poema, que hace reflexiva y analítica la postura del poeta” y el “influjo de la tristeza, del hosco escepticismo que afincó sus garras en el siglo XIX, y que al tomar el romanticismo las nuevas rutas por donde lo llevaron las corrientes veristas, se agudizó considerablemente”[5], fueron, sobre todo en Borrero, rasgos de poderosa latencia. La indecisa voz que se abre paso en sus primeros poemas, por entre las lecturas de su padre, de José Joaquín Palma y Juan Clemente Zenea, se encontrará a sí misma al cabo en el repliegue hacia su intimidad, en el robustecimiento del yo poético que encara al mundo “con desprecio / o inmensa compasión” y se afirma en la duda, en la aridez:        

       Soy otro ya: fenecen
       Los hombres en sí mismos,
       Y sus sombras acaso reaparecen
       De la oscura conciencia en los abismos.
       ¿Cómo no se rompió de la existencia
       La unidad un momento,
       Cómo subsiste una la conciencia,
       Cómo soy y no soy, cómo me siento
       Distinto de mi propia semejanza
       Y sé reconocerme en el pasado?
       ¡Vedlo, sí, ved al hombre condenado
       A asistir a su propia decadencia
;
       Vedlo en el trance fuerte,
       Testigo de su ruina y de su muerte,
       Y, vedme a mí, con alma entristecida,
       El cadáver calzar de mi pasado,
       Y oprimirle a mi seno lacerado
       Para infundirle pasajera vida.
[6]

No recuerdo un poeta cubano que haya arribado antes que él a esa profundidad en la reflexión sobre el ser, unitario y distinto, suma de sucesivas muertes y desemejanzas. Memoria y pérdida de las ilusiones juveniles, brusco despertar del “mentido sueño” de lo real “donde el miraje espléndido fingía”, amargor lúcido del que solo el olvido podrá liberarle, son, pese a sus demoledores efectos, las materias que engendran el poema, lo suspenden sobre las simas e informan la expresión más legítima del estro de Borrero. Sus versos amorosos (“Rimas”, “Pensando en ti”, “Tus manos”), satíricos (“A una dama que me enviara un bigote postizo”, “En Capua”, “Pendiente de un cabello”), las humoradas de “Mis postales”, parecen prescindibles comparados con los de esa perturbadora personalidad lírica que asoma en “¡Que ría!”: “Cuando no guarda el agitado espíritu / Ni la memoria de un afecto santo, / Cuando ya se ha secado nuestro llanto / A fuerza de sufrir; / Cuando la duda nuestras almas hiere / Y a tal punto de todo desconfiamos, / Que nuestra propia pena nos negamos / ¡Es muy bello reír!”[7]; o que siente en “De ultra-tumba” la presencia fantasmal del padre alentando en su carne, su cuerpo dividido en comunión bajo la tierra:   

      Desde la negra bóveda sombría
      Del mudo panteón del cementerio
      Levántase tu voz y a mis oídos
      Llega solemne, gemebundo el eco.

      ¡Cómo suena tu cántico de vida
      De tu mansión en el lugar desierto!
      ¡Luz! Nos hablas de luz… Del cirio fúnebre
      El pálido fulgor tan solo veo.

      Cantas la vida tú desde la tumba,
      Hablas del sol, del azulado cielo,
      Morador de la sombra, cuando yaces
      Por siempre confundido con los muertos.

      Yo que viví tu vida y en el tuyo
      Bebí de los poetas el aliento,
      Lo mejor de mi ser murió contigo
      Y algo de ti palpita en mi cere
bro.

      De la húmeda tierra el peso grave
      Con angustia sentí sobre mi cuerpo,
      Y a veces con el mío confundido
      Comunión amorosa que establece

      Comunión amorosa que establece
      La vida con la muerte. ¡Fuera cierto
      Que vives tú de mí como mi espíritu
      Fue a compartir contigo el cementerio!...
[8]

Repetidamente golpeado por la muerte, tuvo Borrero una inclinación thanática –explícita en las estrofas un tanto teatrales de “Cavad, cavadme una fosa!...” y en el “Tengo sed de reposo” de “Fidelidad”–, que significaba para él, sin asidero de trascendencia alguna, solo el cese del “perenne batallar”. En Muerte y vida, un folleto de 1895, escribirá, con el coraje de un Oliver Alden, el personaje de George Santayana que prefiere “estar desolado” a estar “ebrio”:

Qué de esfuerzos laboriosos hechos solo para encubrir o suavizar la miseria de la existencia no suponen las creencias religiosas! Las teogonías todas, las doctrinas filosóficas más racionalistas son, en el fondo, verdaderas teodiceas: tentativas más o menos candorosas para resolver el magno problema; para explicar la gran contradicción que entraña en sí la vida. De una parte la Realidad consciente e incontrastable; buena o mala al azar; de otra, el alma humana sensible; refinadamente sensible a las veces; enamorada de un ideal de libertad y de justicia; piadosa, tierna; empeñada (en sus ensueños de pueril antropomorfismo o en los desfallecimientos supremos de su energía) en dar al mundo una conciencia; en prestarle una chispa de su propia esencia… ¿Qué digo, una chispa?

Empeñada en dar a la Naturaleza una conciencia superior, soberanamente justa y sabia, incapaz de desfallecimiento, limpia de todo error y providente además. ¡Ah! Qué hermoso sueño! Dichosos aquellos que pueden dormir halagados por ese espejismo […] [9]

El duelo de los seres queridos, como en “De lo íntimo. En la simultánea muerte de mis hermanos Elena y Manuel”, le hace más deseable el término, el día en que “la tabla del féretro, duro” sea “mullida almohada”. Pero de las interioridades de ese drama de pérdidas que iría minando paulatinamente su psiquis, un poema, “Dolor infinito”, desencajados los trazos de la letra, nos sumerge por entero en el tormento de quien, no obstante, creía que algo lo arrastraba a continuar:

       Todos los días al abrir los ojos,
       Tras el sueño fugaz y sin descanso
       Que Dios concede a mi turbada mente
       Desde la hora aciaga en que los suyos
       Para siempre cerró mi dulce hija
       De mis pupilas asombradas brotan
       Como sangre mis lágrimas: rocío
       Amargo que la noche de mi espíritu
       Cuaja para regar la árida arena
       Traidora, que se abrió para quitármela!

       ¡Oh dolor infinito, si por siempre
       Estéril has de ser, llegue el instante
       En que la muerte, de mi mal autora
       De un dolor sin consuelo me redima!

       Entonces, y al abrirse mi conciencia
       A la luz o a la sombra de ultratumba
       Podrán abrirse sin temor mis párpados
       Dilatarse sin llanto mis pupilas
       Como yo vi las suyas dilatarse
       Serenas, luminosas, anegadas
       En luz tan dulce que aún me baña el alma
       Y me convida con amor convídame al descanso
       Cual si me acariciase de otro mundo.
[10]

Dolor infinito, no “supremo”, como el de Luisa Pérez de Zambrana, sus potencias crispan la sintaxis, la encabalgan, repudian los compases melódicos del canto. Sajadura, confesión del desgarro –en vez de endecha o elegía–, ritmada por el mismo ahogo de las cartas en que irrumpe el espectro de Juana: “Oh, vive en mí, la oigo, le siento: ella y yo somos uno: mi desesperación se calmará cuando acabe de poseerla, cuando la reencarne en mí, cuando, por otro proceso no extraño a la historia del olvido y a la de los grandes dolores, mi cerebro se atrofie y muera en mí con ella algo mío”[11]. Basta este texto, donde los ojos se cierran y se abren, se dilatan presagiosamente en el límite –presagio de sobrevivencia y reencuentro o delirio, desvariada visión– para recolocar al poeta Borrero. Ninguno de sus contemporáneos, excepto José Martí, con cuyos “endecasílabos hirsutos” los de “Dolor infinito” tienen cierta similitud, se le aproxima en esta agónica, visceral desnudez de la experiencia, que aun en la autora de “La vuelta al bosque” se moldea con más sosegado lirismo.

De lo pasado la memoria vaga... (Los Borrero en Puentes Grandes)

La lucha que los poemas de Borrero manifiestan, titán en la intemperie y la desolación –véase, por ejemplo, el prometeico “Año nuevo!” que dedicó a Casal–, es la que el deber y un ethos de vida inexcusable, en el polo contrario al de su ya mencionada inclinación thanática, le obligan a entablar. ¿Lucha con qué? Más bien lucha instintiva, de resistencia, entendida como cumplimiento de su destino poético: “Y uno, entre todos, tu poder contrasta [son los versos de su diálogo con el Tiempo] / sangrando el pecho que el dolor lacera; / Uno te sigue con insomnes ojos, / Y levanta la espiga que tú siegas, / Redime al mundo de la muerte, y solo / Reconstruye la vida… es el poeta!”[12].

Mas en su heroica misión, el mundo al que debe redimir de la muerte es también el mundo horrible, sarcástico y mezquino que comercia –así en su relato “Cuestión de monedas”, en su apólogo “Sentido moral” y en su “Párafrasis de Heine”– con valores rastreros: lodo en que naufragan nobleza e idealidad. Remos y Rubio se pregunta si la poesía de Borrero es el balance de un resentimiento con la sociedad humana, un grito de protesta existencial y se responde enseguida que no, porque percibe en ella –Keyserling mediante– un proceso catártico de purificación a través del dolor, un ascenso hacia la plenitud y la gloria; pero su tesis peca de consoladora. La poesía de Borrero no conoce en absoluto esas instancias, a menos que plenitud y gloria lo sean en el agon, en el coto de sus tensiones irresueltas.

     ¿Qué pretendéis de mí; que goce y ría;
     Que vaya, en el concurso tumultuoso,
           A buscar alegría
      En los excesos del festín ruidoso?

     ¿Que vista, cual los otros, la librea
     De la servil docilidad, que al hado
          Le rinde sin pelea,
      Y ríe, con el pecho lacerado?

      ¿Que su vergüenza esconde, y que disfraza
      El dolor con mezquino sentimiento;
           Y en la pública plaza
      Se embriaga por huir de su tormento?

      ¿Que, histrión, me burle de la fe sincera,
      Y que ahogue en bastardo escepticismo
           La protesta severa
      De la inocencia, ante el brutal cinismo?

      ¿Que aplauda el mal, y por romper mi yugo
      Esconda mi rubor, borre mi afrenta;
           Cómplice del verdugo
      Que en mis carnes sus manos ensangrienta?

      ¡Oh, nunca, no! Del lacerado seno
      Crece el vigor ante la herida nueva;
            Y en su dolor sereno
       Ante la injuria, altivo se subleva!

        Sufro, sí, sufro! El asesino dardo
        En la mitad del corazón me hiere
             Mas no se rinde el bardo
        Ni vende su ideal; batalla y muere!
[13]
       

Extraña que Vitier, un crítico tan atento a las prefiguraciones de temáticas y tonos en la historia de la poesía cubana, no hubiera visto aquí una anticipación de la enérgica eticidad de Rubén Martínez Villena, ni de su sentimiento de imposible en el “Anhelo eterno” que quizás abonó “El anhelo inútil”. Las ondas de la frustración, cíclicas o intermitentes –del final de la Guerra de los Diez Años a los albores de la República–, los emparejan por debajo de cualquier apariencia cronológicamente evolutiva, pero fuera de estas notas comunes, nudos de una genealogía de la sensibilidad que es más compleja y azarosa, Borrero vuelve a retraerse.

Su proverbial pesimismo, aunque pudiese contagiar a sus hijas –Juana, Dulce María– e influir en el poeta de Nieve, fue en esencia centrípeto, una corriente que se consumió en su propio vórtice. Trató tal vez de sofrenarlo, de aligerarse, componiendo las simpáticas e ingeniosas postales, entre las que sin embargo no escasean tampoco versos como estos: “También me conocí cuando creía / Del bien en la eficacia, y abnegado, / De la virtud prendado, / Sacrificarme por el bien sabía!”[14]. El ceño adusto, el desencanto, impregnan inclusive sus poemas de álbumes (en “Por una violeta. A la Srita. Ma. Amparo Baeza” pide a la joven, para él, de las flores, la funeraria adelfa). Ethos y Thanatos lo tironean de uno y otro lado hasta dejarlo exánime. Son las cuerdas de una palabra que arraiga paradójica y decisivamente en la nada. De ahí que el “Nihil” que escribió en 1880 en Puentes Grandes, más que la literaria asunción del tópico modernista, constituya divisa de toda su poesía: “De lo pasado la memoria vaga, / Luz moribunda y sin calor, que apaga / El olvido glacial; / De lo futuro cruel presentimiento, / Eso es toda la vida, en el momento / Del presente fugaz!”[15]. Erosionado por este aprendizaje, como por la desconfianza que en “A un optimista” le haría inquirir: “Sabes tú qué es el mundo y dónde empieza / en ti la realidad o la ficción”[16], el yo de la escritura de Borrero resiste hasta nuestro desdén.

Ella y yo somos uno... (Niñas – Juana Borrero)


Referencias:

[1] Julián del Casal: “Esteban Borrero Echeverría”, en Prosas. Consejo Nacional de Cultura, La Habana, 1963, t. I, p. 262.
[2] Cf. Julián del Casal: Ibíd, p. 263.
[3] Cf. Enrique José Varona: “Poetas cubanos. La nueva era. Tejera. –Borrero. –Varela Zequeira”, en Estudios literarios y filosóficos. Librería, Imprenta y Papelería “La Nueva Principal”, La Habana, 1883, pp. 123-124.
[4] Cf. Manuel de la Cruz: “Esteban Borrero Echeverría”. Cromitos cubanos. Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1975, p. 131. 
[5] Cf. Juan José Remos y Rubio: Los poetas de Arpas amigas. Publicaciones del Ateneo de La Habana, Cárdenas y Compañía, La Habana, 1943, p. 20.
[6] Esteban Borrero Echeverría: “Clam animam”, “Poesías”, C. M. / Borrero / n. 233, BNCJM.
[7] Esteban Borrero Echeverría: “¡Que ría!”, Poesías. Imprenta La Económica, La Habana, 1878, p. 57.
[8] Esteban Borrero Echeverría: “De ultra-tumba”, Arpas amigas… Miguel de Villa, editor, La Habana, 1879, p. 55-56.
[9] Esteban Borrero Echeverría: Muerte y vida. Imprenta “La Constancia”, La Habana, 1895, pp. 2-3.
[10] Esteban Borrero Echeverría: “Dolor infinito”, “Poesías”, C. M. / Borrero / n. 233, BNCJM.
[11] Carta a Aurelia Castillo de González, 14 de abril, 1896, C. M. / Borrero / n. 155, BNCJM.
[12] Esteban Borrero Echeverría: “¡Oh, Tiempo!”, en Arpas cubanas, Imprenta de Rambla y Bouza, La Habana, 1904, p. 15.
[13] Esteban Borrero Echeverría: “¿Qué pretendéis de mí?”, Arpas amigas…, Ed. cit., pp. 79-80.
[14] Esteban Borrero Echeverría: “Postales”, C. M. / Borrero / n. 236, BNCJM.
[15] Esteban Borrero Echeverría: “Nihil”, “Poesías”, C. M. / Borrero / n. 233, BNCJM.
[16] Esteban Borrero Echeverría: “A un optimista”, en Poesías, Ob. cit., p. 83.

Tomado de Raros y valiosos de la literatura cubana decimonónica. Editorial UH, La Habana, 2019, pp.217-229.

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