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Palmas históricas del Camagüey

Palmas históricas del Camagüey

La Discusión, 12 de agosto de 1910: Hoy es el 59º aniversario del luctuoso hecho que tuvo por escena y teatro la capital del Camagüey. Este día, gobernando a Cuba el sanguinario general don José Gutiérrez de la Concha, fueron fusilados en el lugar conocido como Arroyo Méndez el insigne patriota Joaquín Agüero, en unión de los no menos dignos y valerosos Arteaga, Benavides y Zayas, que estaban de acuerdo con la Junta Cubana de Nueva York, del general Narciso López y de Isidro Armenteros, que residía en Trinidad.

Alzado Agüero con unos pocos —como ya he referido extensamente en efemérides de este mismo día, en años anteriores, no logró que se le uniera número suficiente de cubanos para llevar adelante el movimiento revolucionario iniciado; así fue que después de ligeros combates fueron hechos prisioneros y condenados a muerte por el Consejo de Guerra de la Comisión Militar Permanente que los juzgó.

En el año 1853 se sembraron en la Plaza de Armas de Puerto Príncipe cuatro palmas, para conmemorar el fusilamiento de los expresados patriotas.

He aquí lo que con ese motivo ha escrito la señorita Isabel Velazco y Cisneros:


Palmas históricas del Camagüey

Con orgullo decimos que cuando se terminó de reedificar en 1852 la Plaza de Armas (hoy Agramonte) todavía palpitaba en la memoria de los camagüeyanos el recuerdo de Joaquín de Agüero y sus inolvidables compañeros. El pueblo, que admira a los héroes del 51, aprovecha esta oportunidad para conmemorar, de modo original, un hecho tan glorioso.

Era entonces Alcalde el señor José Antonio de Miranda Boza, el cual, enterado de que se formaban cuatro jardines alrededor de la plaza, iba todas las mañanas como pasatiempo, a presenciar los trabajos que se hacían para embellecer el lugar. Celebrándolo todo, el señor Miranda dijo al Arquitecto Municipal, amigo suyo, que sería de gran efecto colocar una mata de coco o de palma. Gustándole la idea al Arquitecto, el señor Miranda le hace ver que resultarían lindas, al creer (sic), las palmas; ofreciendo proporcionar, en breve tiempo, y pidiéndolas con este final al ingenio de su hermano José Agustín.

Miranda Boza, que vivía frente a un costado de la mencionada plaza, manifestó a sus contertulianos diarios Pedro Recio Sánchez (a) “El Patriota”, licenciado José Agramonte Porro y don José Manuel de Velazco Sánchez que el haber él indicado la plantación de las palmas era con el objeto de que cada una representara, respectivamente, a Joaquín de Agüero, Fernando de Zayas, Miguel Benavides y Tomás Betancourt.

Aplaudiendo la patriótica intención, propuso el venerable señor Velazco levantar un acta donde constase lo expresado; hasta que la Patria libre reemplaza las palmas con un busto de cada mártir. Hecha el acta, fue firmada por los amigos con los nombres simbólicos que usaban como masones y revolucionarios.

Sembradas las palmas y concluido el arreglo de la plaza, influyó Miranda para que se encomendase el cuidado de los jardines a los vecinos siguientes: él se hacía cargo del que quedaba frente a su casa y cuya palma simbolizaba a Joaquín Agüero; a Ramón Castillo y Betancourt le tocó aquella en que estaba Fernando de Zayas; al licenciado Miguel Xiques, el cuadro en que se elevaba Miguel Benavides, y a don Feliciano Vilató el que correspondía a Tomás Betancourt. Las personas designadas, que eran de arraigo en la ciudad, aceptaron con entusiasmo la comisión, incluso el señor Vilató, comerciante español, único que ignoraba que la palma que lucía en el cuadro que se le destinó estaba consagrada a Betancourt.

Pasado algún tiempo Miranda hizo notar a sus visitadores lo hermosas que se destacaban las palmas, y marcando la que estaba en el tramo que le correspondía a él, dijo: “El rumor de las hojas acariciadas por el viento será conocido por “los lamentos de Joaquín de Agüero”. Estas palabras impresionaron a los oyentes, dando origen para que Agramonte Porro, al encontrarse con el joven doctor Nicolás González, músico de la Academia de San Fernando, le suplicara que le hiciera una danza muy sentimental y que se la llevara. González hizo lo que se le pedía y llenando la danza que fue tocada por la señorita Luisa Porro y Muñoz, los deseos de Agramonte, éste le significa al compositor que su lindo trabajo tendría por nombre “Los lamentos”. Con este distintivo fue muy popular en Camagüey, llegando su fama a Santiago de Cuba, donde era conocida por “La sombra de Joaquín Agüero”. La referida danza existe aún en poder del benemérito C. Francisco de Arredondo y Miranda.

En 1868 trataron los intransigentes de echar abajo las palmas porque simbolizaban la libertad de Cuba, pero fue rechazada la idea, pues algunos de los españoles manifestaron que no debía tener esa significación; que el emblema de la Libertad sería si en vez de cuatro fuera una sola sembrada al centro de la plaza, en cuyo caso la hubieran tumbado al principio de la insurrección.

Conserven los camagüeyanos, como reliquias, esas palmas que durante medio siglo han representado a los cuatro valientes que sucumbieron en el memorable 12 de agosto de 1851 hasta que se lleve a cabo lo consignado en el acta que levantara el señor Velazco, y que fue escrita en el bufete del señor Miranda Boza, iniciador de la obra magna. ¡Ojalá los que nos sobrevivan puedan contemplar las estatuas de esos célebres cubanos, teniendo al centro la del inmortal y más virtuoso de los hombres: Ignacio Agramonte y Loynaz. Enlazando así las dos fechas memorables de 1851 y 1868, no se olvidará que en esa misma plaza fueron sacrificados Andrés M. Sánchez y Francisco Agüero Velazco, en 1826, por la independencia de Cuba.

    Palmas heroicas

    Palmas que han sido la sombra
    gloriosa de cuatro mártires,
    merecen que todo el mundo
    con entusiasmo les cante.

    Desde unos campos hermosos
    Miranda Boza las trae
    al pueblo, donde con gloria
    se columpia su ramaje.

    Ninguna se puso triste
    al cambiar de punto y aire,
    resistiendo con firmeza
    de dos guerras los ataques.

    Aún conservan en el tronco
    de dimensiones gigantes,
    el recuerdo de esos nombres
    que es escribieron con sangre.

    Alzando su verde copa,
    como sublime homenaje,
    parece que toca el cielo
    Joaquín de Agüero triunfante.

    Y Zayas, y Benavides,
    y Betancourt, no distantes,
    se ven de laurel ceñidos
    como cubanos notables.

    Pronto lucirá entre ellos
    la figura interesante
    del general Agramonte,
    que al centro va a levantarse.

    Un aplauso al Camagüey,
    que honrar a los suyos sabe
    haciendo, con brillo, un lazo
    de dos fechas memorables!


    Célebres palmas

    ¿Cómo no amar las palmas misteriosas
    que con sabia intención fueron sembradas
    en medio de otras plantas olorosas?

    El pensamiento sueña que las hadas,
    en concierto feliz con las estrellas,
    bruñen las ramas por el sol doradas.

    Se alzan en la memoria, siempre bellas,
    siendo mucho mayor el lucimiento
    por el brillo especial que tienen ellas.

    Cuando juegan las hojas con el viento,
    vibra como una lira en el oído;
    con eterna expresión de sentimiento,

    ¡Cuánta nota patriótica ha salido
    envuelta en ese tono lastimero,
    que llega al corazón como un gemido!

    ¿Cómo no ser así, de Enero a Enero,
    si de esas cuatro palmas, una ostenta
    este nombre inmortal: Joaquín de Agüero?

    La del lado derecho representa
    a Fernando de Zayas, cuya muerte
    como gloria política se cuenta.

    Al frente, unido con cariño fuerte,
    va Miguel Benavides, compartiendo,
    por voto popular, la misma suerte.

    Luego el insigne cuadro concluyendo
    con Tomás Betancourt, otro cubano
    muy digno del laurel que está ciñendo.

    Siempre será un placer, que en lo más sano
    de la alegre ciudad del Camagüey
    se halla honrado el valor camagüeyano.

    Que no pudo impedir ninguna ley
    el hacer unas pompas funerales
    como nunca las tuvo ningún rey.

    Medio siglo, por manos especiales,
    esos nombres queridos, hora a hora,
    se cubrieron con flores naturales.

    Sin que hubiera huracán ni mano traidora
    que los troncos mochando (palabra ilegible)
    diera fin a la fiesta encantadora.

    Que culmina erigiéndose al presente
    la estatua de Agramonte al centro mismo
    de una plaza y de un pueblo tan valiente.

    Parece consagrado al heroísmo
    ese hermoso pedazo de la tierra,
    cuna y tumba, a la vez, del patriotismo.

    Así en el libro que la Historia cierra
    al escribir con fuego algunos nombres,
    se bendice a los hombres de la guerra
    y a Cuba porque dio tan grandes hombres.


Publicado en el periódico La Discusión, el 12 de agosto de 1910. Transcrito a partir de recortes pertenecientes a la Colección Facticia de Emilio Roig de Leuchsenring, conservada en la Biblioteca Histórica Cubana y Americana Francisco González del Valle, de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana. 

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