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El excepcional entramado urbano de Camagüey

El excepcional entramado urbano de Camagüey

Desplazarse por las antiguas calles de Camagüey es una experiencia excepcional. Reconocido como su rasgo más característico, este peculiar trazado ha ocupado la atención de investigadores de disímiles ramas del saber. Desde mi punto de vista, ninguna de las teorías expuestas hasta la fecha es suficiente para explicar Camagüey y, al mismo tiempo, todas tienen parte de razón. Aunque estos estudios han aportado valiosísimos elementos sobre la evolución de la localidad y están sostenidos en criterios científicos, no son más que facetas diversas de una sola historia, no son argumentos que se contraponen sino aportes que se complementan. Se necesita una mirada integradora para comprender cabalmente esta singular estructura urbana, pues la ciudad en sí misma es el resultado de múltiples factores. Con esta postura que da cabida a las diversas influencias que determinaron la conformación del núcleo citadino podemos alcanzar una mayor conciencia de nuestro patrimonio. Este modo constituye la clave para un acercamiento fidedigno al complejo suceso cultural que constituye Camagüey, imposible de revelar a partir de una sola arista.

Una retícula ajena a toda norma

En la propia génesis de la ciudad se encuentran los primeros elementos que predisponen la irregularidad del asentamiento. Es distintiva Camagüey entre las antiguas fundaciones cubanas por desplazarse varias veces en busca de un mejor emplazamiento, o por razones de fuerza como la agresividad de los aborígenes sublevados en Caonao. De este modo, al llegar a las inmediaciones de los ríos Tínima y Hatibonico, la inestabilidad e inseguridad eran las sensaciones más latentes en los hombres que viajaban con la villa de Santa María del Puerto del Príncipe en sus espaldas. Este carácter azaroso de los inicios condiciona que no existiese una preocupación de planificación a largo plazo en la mentalidad de los colonizadores: cuestiones más apremiantes —la mismísima supervivencia—, estaban en juego como para dedicarse a pensar un posible trazado del sitio. En este sentido, la espontaneidad y la improvisación marcaron el desarrollo del emporio desde los primeros momentos. Otro factor influyente en la naciente disposición urbana radica en la antropización del área entre ríos por parte de los aborígenes allí establecidos. Los colonizadores llegaron a un lugar ya modelado por la mano del hombre y estas estructuras no se desecharon, al contrario, se utilizaron como trabajo ya adelantado, como punto de partida para las nuevas pretensiones civilizatorias. O sea, las preexistencias aborígenes son el sustrato insoslayable del proceso inicial de ordenación.

Siguiendo la cronología de la ciudad constatamos un siglo XVII lleno de eventos adversos, díganse el incendio de 1616 que devastó todo lo edificado, y el ciclón de 1692 que igualmente destruyó la ciudad. También ocurrieron en esta centuria los ataques de los piratas Henry Morgan, en 1668, y François Grammont, en 1679. Se ha extendido la absurda idea de que los camagüeyanos generaron una red laberíntica de calles para confundir a los piratas en sus incursiones, fundamento carente de solidez, pues en aquellos momentos era impensable planificar una urbanización tan grande como para lograr el efecto laberinto. Por otra parte, la concreción de una ciudad significa un proyecto muy extendido en el tiempo. La respuesta urbana más común a este tipo de hostilidades foráneas era la construcción de murallas, empeño en el cual los principeños nunca gastaron su dinero: sólo llegaron a concretarse algunas torres vigías en la periferia del asentamiento, realizadas con materiales perecederos. Si alguna incidencia puede atribuirse a los filibusteros en el devenir de la localidad es su decisiva contribución al auge financiero de sus pobladores, ya que los principales movimientos comerciales se realizaban a través del contrabando con dichos personajes. Sacando la cuenta, fue más provechoso que desventajoso el contacto con la piratería.

Lograr la comunicación entre dos calles inconexas: buen pretexto para un nuevo callejón.

Quizás el punto neurálgico para entender el crecimiento caótico de la ciudad es este desarrollo económico independiente y al margen de las leyes coloniales. La circunstancia más propicia para una desorganizada evolución urbana es precisamente la autonomía de esta sociedad donde el Ayuntamiento es permisible, o le conviene ser permisible, pues las propias familias pudientes son las representantes en el Cabildo. Se constata en los documentos de archivo las recurrentes peticiones de los vecinos al Ayuntamiento para abrir un nuevo callejón con el pretexto de que se logrará una mejor comunicación entre dos calles inconexas, o en otros casos solicitudes de anexarse algunos metros del espacio público en beneficio de una edificación particular, ya que esto hará más hermosa la ciudad. El Ayuntamiento carece de fondos y, por tanto, de iniciativas para modificar o planificar la ciudad, y no es nada riguroso en el control urbano. Este comportamiento de las autoridades con respecto a la distribución física de la ciudad sólo se hará más recio a mediados del siglo XIX cuando ya el intrincado entramado urbano es un hecho.

Categórica influencia ejercieron también las condicionantes topográficas en la direccionalidad de las calles. Al observar con detenimiento el plano de la ciudad se advierte la curvatura de arterias principales como Cisneros, Independencia y Rosario para converger hacia el puente de la Caridad, único punto de cruce sobre el río Hatibonico durante todo el período colonial. Este tipo de exigencias funcionales siempre prevaleció sobre cualquier otro ideal compositivo.

Imposible dejar de mencionar la arquitectura religiosa como otro de los componentes decisivos en la evolución de Camagüey. La ubicación de los templos coloniales en la trama urbana no responde a una premeditada concepción de diseño sino a una compensada y lógica distribución radial en torno a la Plaza de Armas. También en este caso la iniciativa y poder adquisitivo de los devotos vecinos constituyó el motor impulsor de las obras. En la mayoría de los casos, tanto la elección del lugar como los gastos constructivos están relacionados con las propiedades e intenciones caritativas de los principeños. Las iglesias tuvieron un papel dinamizador para la conformación de los diferentes barrios, y ésa es su determinante repercusión en la estructura de la ciudad. Estos edificios religiosos, que por lo general presidían una plaza o plazuela, devinieron hitos representativos de cada sector y funcionaron como focos secundarios de generación urbana, aunque siempre con la misma espontaneidad.

Hoy los camagüeyanos nos desplazamos con orgullo, y de forma natural y cotidiana, en esta retícula ajena a toda norma, complicada para el visitante que si por arrogancia no solicita ayuda  puede terminar, literalmente, en un callejón sin salida.

Múltiples factores condicionaron este entramado de calles que convergen y se bifurcan. (En la imagen, antigua plazuela de Paco Recio, actual plazuela de las cinco esquinas.)


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