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Camagüey, la ciudad enferma

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Camagüey, la ciudad enferma

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¡Camagüey!

El conductor lanza este grito como quien cumple maquinalmente un deber, pero sin entusiasmo, porque el tren está vacío. En el vagón de primera, sólo hay dos personas: un capitán del Ejército y yo.

Desde La Habana, la locomotora ha venido penetrando la Isla en un viaje frío. En los paraderos, un poco de carga distrae brevemente el ocio de varios peones somnolientos mientras las caras estúpidas de gentes sin trabajo se quedan mirando el tren desde el fondo de unos ojos apagados. Zapatos rotos. Manos sucias. Zarabanda de chiquillos famélicos que piden dinero:

—¡Señor, un kilo! ¡Un kilo, señor!

Cuando el tren parte lentamente, como defraudado por un pasaje ilusorio, la turba infantil la acompaña un momento hasta que se le escurre la última ventanilla vacía. Pero no importa: la escena se va repitiendo indefinidamente, de estación en estación. A mí me parecen las mismas gentes, que por un milagro de ubicuidad salvan cientos de kilómetros para empezar de nuevo el convoy y repetir otra vez la desgarrada súplica.

A un lado y a otro, campos verdes, pero mudos. Bohíos rodeados de fango por todas partes, como unas mentirosas islas de guano. Ingenios coléricos. Un gran cielo impasible, cóncavo y transparente, que recuerda unas campanas de vidrio en cuyo interior se ha hecho el vacío.

Después de una noche de sueño frustrado, sin litera, el cuerpo duele y los ojos arden. La luz matinal quema la retina. Mis pantalones tubulares, sin las rayas con que los marcó el lavandero capitalino, están señalados profundamente por la pajilla del sillón. Y el saco se dobla con un gesto de inútil rebeldía en las solapas débiles.

El militar, más feliz que yo, porque pudo dormir, me mira con ojos incomprensivos, y se hunde en la lectura de El Camagüeyano, que compró en Florida. Me estiro. Bostezo. Y me dispongo por fin a retirar de la rejilla mi elemental maleta de cartón. El tren pita una y otra vez. Desde la ventanilla voy descubriendo emocionado el perfil de la vieja ciudad: San Francisco, las Mercedes, el Matadero Industrial… ¡Camagüey! Un frenazo áspero, y el tren se queda estacionado con el hocico férreo resollando sobre la calle República, donde el tránsito de la hora levanta espesas nubes de polvo. Son las doce del día.


Llegada

El polvo es, realmente, una característica provinciana. Pero en Camagüey representa una verdadera institución. Cuando se alía con la lluvia, tiende sobre las calles un manto negro y resbaladizo, removido constantemente por las ruedas de los vehículos y por las patas de los caballos. Es el fango. El famoso fango camagüeyano, que ocupa entonces las extensas caries urbanas bajo una costra verde, espesa y arrugada, muy parecida a la piel horrible del leproso.

Una corta teoría (sic) de automóviles espera al viajero frente a la estación del ferrocarril, por la calle Francisquito. Son viejos “fotingos”, manejados por choferes sin gorra y sin uniforme. Para el que trata diariamente al chofer de La Habana, que tiene una característica inconfundible, estos obreros no dejan de ser una sorpresa. Uno no se acostumbra fácilmente al chofer tocado con sombrero de pajilla, a veces de alas enormes, que agarra el timón con ese aire provisional de quien maneja un automóvil por simple necesidad y nunca como una verdadera profesión. Pero la sorpresa es dolorosa cuando, al final del viaje, inquirimos el precio de la carrera:

—¡Cuarenta centavos!

En vano es discutir. Así es la tarifa. En realidad, yo no me sorprendo, porque hace muchos años que ése es el precio de una carrera de automóvil en Camagüey. Lo que pasa es que, a pesar de haber nacido y haberme criado en esta ciudad, muy pocas veces tomé un “fotingo”. Las distancias aquí son cortas. Y las piernas fuertes. El hábito del automóvil se adquiere en La Habana, donde cuesta mucho trabajo moverse, y donde las carreras son a diez centavos por zona.

Pago religiosamente mi deuda circunstancial y, en seguida, el hombre del timón maniobra para marcharse. El motor trepida con escándalo. Una de las ruedas traseras de la máquina, presa en el lodo de la calle, da vueltas inútiles sin adelantar una pulgada. Acude una nube de muchachos que rodea bien pronto el Ford paralítico, y mientras el chofer jura y los vecinos asustados se asoman a puertas y ventanas, me entrego al abrazo de los que me quieren y que me ven llegar como caído de un cielo en el que nunca fui santo de una vez…


Redescubrimiento de Camagüey

Cuando uno regresa al lugar en que nació, después de una ausencia larga, redescubre su pueblo. A veces lo “descubre” simplemente. Porque está en condiciones de observar muchas cosas sobre las que antes el ojo resbalaba sin detenerse a estudiar.

Este paseo de ahora por calles que me son familiares, tiene algo de novedoso en mi espíritu. Caras conocidas que saludan sonrientes, después de un ancho gesto de asombro. Y la exclamación final:

—Muchacho, ¡qué gordo etái!

Con el alma voy mirando las casas aplastadas, de grandes ventanas de madera, o de menudas ventanitas de hierro comido por los años. Hay pobreza en el pueblo. Las fachadas sucias ignoran la lechada desde hace largo tiempo. Muchas dejan al descubierto sus ladrillos centenarios. Y sobre las aceras, el polvo de meses se tiende en una alfombra frágil que nuestros pies aplastan con ruido quebradizo.

Paso por el colegio en que estudié, pero a duras penas logro descubrir, sobre la antigua placa de madera, la inscripción donde antes lucía, en letras azules renovadas todos los años, el nombre de la escuela y el de su director…

Noto que me va ganando una impresión de asfixia, una apretada sensación de ahogo. Descubro, horrorizado, que la basura permanece durante días en pequeños recipientes a las puertas de las casas. Fango en las calles humildes. Polvo en las vías principales. Papeles viejos, periódicos lavados por las lluvias recientes y que ya se están volviendo a ensuciar… hasta que los enjuague un nuevo aguacero. En la calle Santa Rita es seguro que el día anterior alguien estuvo pelando cañas, porque hay un cascarero inmenso. Hombres blancos que están amarillos por las necesidades. Hombres negros, que casi están blancos por la privación. Me acuerdo de Cervantes:

     Dicen que está escrito
     y no sin razón
     ser la privazón
     causa de apetito…

¡Apetito! Debe haber mucho apetito en Camagüey.

Como he salido de mañana, me dispongo a ganar la calle Cisneros, que es una de las más movidas. Frente al Ayuntamiento, los transeúntes circulan con la cabeza baja y los labios secos. Otros se estacionan pendientes de lo que ocurre en la Casa del Pueblo. Sigo. Café El Chorrito. Aquí hay grupos de políticos que discuten sus pequeños intereses de fila. Si Humberto está con Villena. Si Barahona apoya a Recio… Es una manera de olvidar el desempleo, o de soñar con un destino que no viene, que no vendrá nunca. Adelante. Plaza de las Mercedes. Recostados en el muro de la vieja iglesia, hombres de catadura diversa están de imaginaria. Es una guardia resignada, fatalista, que se repite todos los días. ¿Pero a quién pedir, si nadie tiene? Hace muy pocos años, Camagüey era una ciudad rica. El ganado constituía su industria opulenta y el dinero corría a manos llenas. El más humilde, al parecer, tenía su puñado de pesos escondidos. Las fiestas de San Juan, las de la Caridad, un simple bautizo, una boda, eran pretextos para grandes derroches, que en nada herían la fortuna del rumboso. Ahora, el más rico está materialmente en la calle, puesto a pedir limosna.

A Camagüey ha llegado también la honda de miseria que invade el mundo. ¿Cómo iba a escapar? Apenas hay un pedazo de tierra en el planeta que no esté sacudido actualmente por el sismo económico que agrieta el muro capitalista y que ha convocado a las más altas inteligencias para una junta desesperada, como médicos sin fe a la cabecera de un enfermo que no se puede salvar.

Francia, los Estados Unidos, Alemania, Inglaterra afrontan gravísimos problemas sociales, producidos por la desocupación. Cada día que pasa, sobran brazos y faltan alimentos. Grupos imponentes de obreros recorren en esos países las principales avenidas urbanas pidiendo pan y trabajo. Masas de hombres, de mujeres, de niños, duermen en parques y paseos, sin más abrigo que la noche misma. Los negocios se paralizan. Como no hay dinero, o —mejor dicho— como el dinero está acaparado por unos cuantos, los productos se amontonan. Y como sobran productos, las fábricas tienen menos demanda, es decir, menos trabajo. Es un círculo férreo, apretado, agotador, por donde la humanidad encarrilada da vueltas angustiosas… hasta que se salga estrepitosamente del carril.

Ya Camagüey ha empezado a darse cuenta, en forma bien desagradable, por supuesto, de que también forma parte de la humanidad.


Un paseo por la noche

Colocado ya en la condición de forastero en propio pueblo, decido recorrerlo de noche. Para ello busco un amigo de la infancia, y salimos a las siete.

Después de esta hora, o quizás un poco antes, la vida camagüeyana se va estrechando, recogiendo desde la periferia hacia el centro. Por el día, hay muchas calles “de la orilla” que están llenas de color. Entre los transeúntes vuelan las conversaciones de acera a acera, porque generalmente el fango, los baches, las furnias de un alcantarillado que nunca termina, impiden circular por la vía… A medida que la noche desciende sobre la población, se diría que ésta se frunce, se achica, hasta quedar en la yema central: Soledad, República, Plaza de las Mercedes. A estos lugares afluye la gente para discutir los sucesos de la urbe. Esa Plaza de las Mercedes es un ateneo popular donde se exponen teorías, se rebaten sistemas y hasta se fraguan revoluciones. Allí, junto a un buzón situado en la esquina de Cisneros, nos reuníamos los literatos y poetas camagüeyanos de 1920 —Arturo Doreste, Adán Villa (muerto recientemente), César Luis de León, Menéndez Roque y este servidor— para confesarse en secreto que la Sonatina es una bella obra de arte, o que el poeta Villaespesa le hurtara lindamente más de un soneto a Camoens

Sociedad Popular Santa Cecilia, el adefesio de un edificio nuevo construido junto al callejón de Mojarrieta, según Guillén. La foto fue tomada unos años después del momento de escritura de esta crónica.

Ahora, al llegar esta noche aquí, todo el pasado se me atropella en la memoria, pugnando por salir. Sólo que me parece estar viendo las cosas al través del sueño. Es el mismo escenario, son las mismas calles, son las mismas cosas, salvo el adefesio de un edificio nuevo construido junto al estrecho callejón de Mojarrieta… pero no son los mismos tiempos. Casi dan ganas de cantar, al modo cursi de Zenea: “¡Yo estoy triste y tú estás muerta!” 

En la acera de Correos hay, como antes a esta hora, los mismos grupos que conversan, en un intercambio de impresiones, de rumores, de chismes. La ropa es menos brillante y los zapatos tienen muy poco lustre. En una pequeña barra ubicada en Estrada Palma e Independencia, la gente hace más gasto de palabras que de bebidas. Los dependientes bromean, pero no despachan. Hacia la Plaza de la Soledad, la animación crece débilmente para deshacerse al fin en pequeños núcleos en el café La Norma o junto al Edificio Alonso. La calle República —estrecho bulevar sin árboles— recta hacia la estación del ferrocarril, parece hacernos guiños de que marchemos otra vez… ¿A dónde se va por la noche en Camagüey? A todas partes. Es decir, a ninguna. Andar por el pueblo, pellizcando emociones. El cine. Visitas familiares…

Cuando son las diez, mi amigo y yo estamos molidos, con los zapatos lleno de polvo y con la boca seca.

—Bueno, tú, ¿qué hacemos?

—Yo me voy a dormir…

Me sublevo ante esa posibilidad:

—¿Cómo a dormir? Vamos a dar una vuelta por la carretera. ¿Ya se acabó “El Dulce Meneo”?

Mi amigo mueve la cabeza afirmativamente.

A las once ya hay muy poca gente en la calle. A las doce, ya no hay nadie.

—Bueno… entonces hasta mañana.

—Sí, ¡hasta mañana!

Media hora después, ya metido en la cama, lucho en vano por pactar con los mosquitos una tregua en que poner un pedazo de sueño. Entonces pienso, casi en alta voz:

—Camagüey es una ciudad enferma. Enferma de tedio, de pasado y de polvo…

Y abro la Imitación de Cristo para que me dé Kempis esa serena bondad frente a la vida que sólo tienen los espíritus bienaventurados… cuando pueden dormir.


Publicado originalmente en
Orbe, 5-II-1932. Tomado de Prosa de prisa. La Habana, Ed. Arte y Literatura, 1975, t.I, pp.27-33.

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