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Carta a Matilde Simoni Argilagos (3)

Carta a Matilde Simoni Argilagos (3)

Mi idolatrada Matildita:

¿Cómo puedes creer que yo pudiera incomodarme contigo y regañarte porque me des tus consejos? Al contrario, vida mía, yo tengo siempre el más vivo placer en consultarte, pues yo sé bien que tu criterio es muy bueno y tu talento muy claro, y lo que me pesa es que tú no seas siempre bastante franca para darme tu parecer. Nadie más que yo hubiera deseado un arreglo; pero después de haber hecho el alarde de andar con las armas en la mano durante 20 días, después de haber dejado penetrar en Puerto Príncipe la columna de Balmaseda, sin dispararle un tiro (no por culpa de nosotros sino de esta persona, que tal vez con la mejor voluntad nos hizo un flaco servicio) no era decente entrar en un arreglo sin que fuese muy honroso. Ahora bien, ni se nos ofrecen las libertades que teníamos derecho a esperar, ni se contesta a nuestras exigencias sino con palabras huecas y vacías de sentido, si en buenas palabras nos mandan deponer las armas en la Casa de Gobierno, e irnos a nuestra casa como si tal cosa no fuera. Es decir que confesemos que hemos hecho mal y que hemos cogido miedo, o reconocido nuestro error. Nada de eso sería honroso, pues sería muy duro confesar miedo, y no lo sería bueno confesar un error en materia tan trascendental (lo que demostraría mucha ligereza de nuestra parte) sobre todo cuando si algo debemos reprocharnos es no haber realizado antes lo que de derecho se nos debía, y solo una nación tan desnaturalizada y tiránica como España pudiera negarnos. Simoni te dirá como la gran mayoría de los que comprendieron la Asamblea se decidieron por proclamar la independencia una vez que España demuestra estar resuelta a no reconocer de nuestros derechos sino los que le convienen, y eso con restricciones. La pequeña parte que aceptó el programa español, no como rejirá (sic.) en España (que eso sería bocado demasiado fino para nosotros) sino que a ella se le antoje arreglar sólo para su conveniencia, había ya dado muestras de su arrepentimiento de haber dejado las dulzuras de la vida doméstica por las intemperies y molestias del campamento. No otra cosa que el miedo pudiera haberlos decidido a alejarse de nosotros y retirarse tranquilamente a sus casas, sobre todo después de mil esfuerzos por nuestra parte para evitar la división, y evitarles la vergüenza que ha de caer sobre ellos. Éstos son los mismos que enviaron a Balmaseda una comisión que se comprometió a que no se les haría fuego; los que han tratado de hacer el pastel, y los que se han visto solos en el papel más ridículo en el que se verán los hombres, y que no sé con qué cara se presentarán a sus mujeres o a sus familias. Por cuanto hay en la vida no hubiera consentido en hallarme a su lado, cuando todos les pedíamos las causas de su abandono, habiendo sido algunos de ellos de los que más han contribuido y precipitado nuestra revolución. Apenas se alejaron, tres de ellos volvieron acá diciendo que les remordía dejarnos así, y que estaban dispuestos a derrocar de todos modos el gobierno español, y aseguraron que los demás tarde o temprano tendrían que venir. De todos modos, vida mía, los que se fueron a pedir perdón de su pecado llevaban pintada la vergüenza en sus rostros, mientras que los nuestros se hallaban radiantes con la conciencia de haber cumplido su deber. Estoy bien seguro de que ninguno de ninguno de ellos va a su casa sino escondido, pues no creo que se atrevan a arrostrar la opinión del mundo que al verlos ha de recordar el papel ridículo que han hecho. Tú comprendes, vida mía que entre dos caminos de los cuales uno brindaba la felicidad doméstica con la deshonra y el otro los trabajos de una campaña con los peligros, en cumplimiento del deber, la elección no podía ser de dudar. Por otra parte esa felicidad hubiera sido ficticia y efímera. Ficticia porque no sé cómo hubiera sufrido los remordimientos viendo a mis compañeros batirse y morir por la Patria, mientras yo estaba gozando de las delicias domésticas. Por otra parte, tú sabes que nosotros somos muy pocos en comparación con los 15 mil hombres que hay en Bayamo y las Tunas (sic.) sobre las armas. Están dispuestos a tomar a Cuba muy pronto, y si nosotros nos sometiéramos vergonzosamente al gobierno, sin siquiera disparar un tiro, no cejarían por ello los Bayameses (sic), y probablemente vendrían a Puerto Príncipe y lo tomarían. Y ¿qué papel haríamos nosotros en tal situación? ¿no mereceríamos que nos pusieran túnicos? ¿Permaneceríamos inactivos? Tú ves que eso sería cuanto ridículo puede ser, y no seríamos solo nosotros los deshonrados, sino nuestro Camagüey que tan alto ha llevado siempre la bandera del progreso y la libertad. Simoni nos ha prometido llevárselas a la Matilde y nosotros vamos a tratar de ir hacia esa dirección y de ese modo nos reuniríamos pronto, y nos veríamos con alguna frecuencia. ¡Qué dicha! Resuelto el grito de guerra de nuestras fuerzas, se convino en nombrar un comité directivo, una vez que la Junta de Puerto Príncipe perseguida y asendereada no puede continuar dirijiendo (sic). Han salido electos para componerlo Ignacio, Salvador Cisneros y yo. Eso nos permite cierta libertad de acción que no nos viene mal. No temas alma mía que yo procuraré conservarme para ti y nuestro hijito. ¡Alma mía! Cuántas ganas tengo de verlo. Dámele un millón de besos. Mil recuerdos cariñosos a toda la familia, y tú mi tesoro, cuenta siempre que tu Eduardo te idolatra cuanto no es creíble, pues no piensa ni sueña en otra cosa que en mi pequeña e idolatrada familia. Adiós, alma de mi vida hasta que tenga la dicha de abrazarte tu amantísimo

Eduardo


Beata Beatrix – Dante Gabriel Rossetti, 1864.


Tomada de Elda Cento Gómez: Documentos: Correspondencia de Eduardo Agramonte Piña y Matilde Simoni Argilagos, en 
Cuadernos de historia principeña 6. Ed. Ácana, Camagüey, 2007, pp.112-114, Nota: Las abreviaturas utilizadas por Eduardo Agramonte han sido suprimidas, y en su lugar se han colocado las palabras completas, lo que facilita considerablemente la lectura y acerca el texto a las normas actuales.

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