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Anhelo frustrado

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Anhelo frustrado

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Siempre he creído que para que un pueblo pueda considerarse verdaderamente dentro de la civilización no basta que disfrute de todas las comodidades que la misma supone, sino que, además, debe de tener en su seno y ofrecerlo a la admiración universal todo ese conjunto de miserias y horrores que leemos en los periódicos de París, de Buenos Aires o de New York.

Hasta ahora, pues, y siguiendo esta opinión que siempre he sustentado, no consideraba a Camagüey bastante civilizado todavía a pesar de que cuenta, como ustedes saben con un sastre como el señor Leoncio Barrios, que nada tiene que envidiar al de cualquier capital europea o norteamericana.

Era menester que ocurriera algo de lo que ocurre a diario en las grandes ciudades, algún crimen espantoso, algún secuestro estupefaciente, algún suicidio extraordinario que llamara poderosamente la atención del mundo y que por un momento hiciera saber que en el planeta hay un pueblo que se llama Camagüey, y como nada de esto ocurría, he aquí que para mí Camagüey no pasaba de ser una mísera aldehuela, con habitantes mucho más míseros todavía.

Ayer por un momento modifiqué esta opinión, al leer una noticia que poco más o menos puede ser sintetizada de este modo: un cadáver desconocido ha viajado de “incógnito” desde Camagüey a La Habana metido en una caja que, aunque tenía la apariencia de un sarcófago, podía bien ser otra cosa cualquiera, llegando a la capital de la República, donde ha sido descubierto el hecho terrible…

Ahí está, pensé lleno de entusiasmo, ya somos una ciudad completamente civilizada. Ahora teniendo un periódico como El Camagüeyano, que nada tiene que envidiar a cualquiera de La Habana, poseyendo una ferretería como la Casa Casildo López, que vende las camas más cómodas del continente y contando en nuestro seno con un Manuel Zabalo, cuyos maravillosos trabajos en cemento pueden ser comparados ventajosamente con los mejores, hemos entrado de lleno en la gran vía de la civilización, en el próximo texto de geografía que se escriba, se dirá justamente: “Las grandes capitales como New York, Berlín y Camagüey, etc.” ¡El paso definitivo, el paso último, estaba dado! ¡Camagüey, la ciudad desconocida, la aldea ignorada, estaba ya en las “grandes ligas”, tratando de tú a las urbes más aristocráticas del planeta, nada más que por virtud de un muerto misterioso metido en una caja mucho más misteriosa todavía!


De seguro, pensé yo, sin acabar la información truculenta, que ha sido un crimen. Un esposo ha sorprendido a su cara mitad con otra mitad que no era justamente la que le correspondía y, loco, desesperado, lleno de furor, le ha dado muerte. Después, ante el hecho tremendo, ha recogido el cadáver palpitante aún y lo ha fletado hacia La Habana, como el que manda un vestido o una carga de casabe de Cubitas. ¡Igual que en New York, lo mismo que en París!

Debo confesar sinceramente que el hecho me entusiasmó por un motivo de patriotismo regional y si algo lamentaba era que la víctima infeliz que había servido para hacer surgir un pueblo a la vida encantada de la civilización no seguiría tomando la gaseosa Pijuán, ni montaría más nunca en un automóvil tan cómodo y tan elegante como el que lleva la marca Studebaker… Sin embargo, me consolé bien pronto, pensando que eso era un hecho lo más natural del mundo y que esa infeliz mujer a quien su esposo había dado muerte de tal manera era una de las tantas víctimas que deja el progreso en su camino por el mundo…


Me decidí, sin embargo, a leer la información. En primer lugar, sufrí un espantoso desencanto en cuanto a lo del crimen. Nada de heridas, nada de cuerpos sangrantes y destrozados, nada de tripas empaquetadas en papel de periódico. Se trataba de un cadáver intacto, sin un rasguño, sin una herida, que de seguro había sido enviado a La Habana de esa peregrina manera por un ignorante que no sabía que aquí, en Camagüey, hay una funeraria como la de los señores Varona, Gómez y Cía., cuya prontitud, elegancia y modicidad, la han hecho la primera de la Isla y una de las primeras de toda América.

Sentí que todas mis ilusiones se derrumbaban. El hecho que en un exceso de imaginación había conceptuado con importancia suficiente para elevar la categoría de una ciudad como la nuestra, no había sido más que una metida de pata de un tipo cualquiera que desconocía las ordenanzas sanitarias. Cuanto más, todo se reducía a una defraudación a la empresa ferrocarrilera.

De golpe había retornado de nuevo a la aldea sin importancia, a la vida plana, vulgar, sin que el menor accidente altere la línea eternamente recta y gris de la existencia provinciana…

He tenido que guardar, pues, para mejor oportunidad mis deseos de progreso para Camagüey; y no pierdo mis esperanzas de que así como El Baturro ha logrado ser un establecimiento de indiscutible importancia por la calidad de los vinos que siempre ha vendido, nosotros veremos llegar un día en que podamos ser verdaderamente civilizados: aquel en que con morboso refinamiento, de acuerdo con los últimos métodos que rigen en la materia, destrocemos a un cristiano, nos comamos una niña, o echemos al Hatibonico metida en una caja de hierro a la mujer en quien tengamos una ofensa que vengar.

Hasta entonces, pues.

Interino
Miércoles 28


Incluido originalmente en
El Camagüeyano, el miércoles 28 de mayo de 1924.  Tomado de Nicolás Guillén: Pisto manchego. Compilación y prólogo de Manuel Villabella. La Habana, Ed. Letras Cubanas, 2013, t.I, pp.267-269.

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