No hay en su rostro alburas de frío alabastro ni la pálida lumbre de un disco puro; difúndense en el nácar de sus mejillas los tintes melancólicos del crepúsculo.
Ciñen su augusta frente soberbios lauros ¡inmortales conquistas de excelsos triunfos! y en su cuello proyectan los crespos bucles la penumbra azulada de un palio bruno.
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