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Cartas a Amalia Simoni (abril de 1870)

Cartas a Amalia Simoni (abril de 1870)

Idolatrada mía

No puedes figurarte, mi bien, los deseos que tengo de verte y tener entre mis brazos tu hermoso ser. Cuando tantas dificultades me agobian es tu imagen la que me da el consuelo.

Estuvimos tres días emboscados esperando el avance de una columna española al ver que no se movía decidimos tomar la iniciativa y atacar fue una sorpresa para ellos. El combate duró varias horas; no importó que el terreno estuviera mojado, desfavorable para ambos, a pesar de esto el triunfo nos favoreció. La tropa demostró gran valentía, quedando claro que nuestro ideal por la independencia de Cuba se mantiene firme. Ocupamos 170 armas de (ilegible), 700 tiros y 6 caballos que mucha falta que estaban haciendo. Sólo tuvimos 8 bajas, 3 muertos y 5 heridos, entre ellos yo, pero no te preocupes, no fue nada serio. El dolor de mis heridas no es más profundo que el que siente mi corazón estando alejado de ti, amada mía.

No dudes jamás, ángel adorado, de que tu amor es la dicha de esta alma enamorada,

tuyo eternamente

Ignacio
Abril 18/70


Mi cielo adorado:

Te devuelvo la comunicación del Gobierno a Morales Lemus: es insuficiente la cantidad de 170 pesos pa(ra) las necesidades de mi madre y mis tres hermanos pequeños.

Necesitan trescientos pesos mensuales por lo menos, y el sueldo que se me señale oportunamente no bajará de seguro de esa cantidad.

(Ignacio)
Abril 9/70




María Antonia Borroto lee las notas de El Camagüey.


Notas de El Camagüey


No nos atrevemos a asegurar de manera tajante que estas dos cartas sean inéditas. Sería, tal vez, una afirmación muy soberbia, ajena al espíritu mismo de este website. Sin embargo, no las hemos encontrado en “Para no separarnos nunca más”, compilación del epistolario de Ignacio y Amalia, preparada por Elda Cento, Roberto Pérez y José María Camero —ni en la edición del 2009, ni en la del 2018—.

Sea, entonces, esta publicación, a partir de copias digitalizadas de fondos resguardados en la biblioteca de la Universidad de Miami, puestas en nuestras manos por la generosidad de Pável García, un aporte al completamiento de la bibliografía sobre El Mayor y, sobre todo, muestra de nuestro agradecimiento y deuda con quienes, a lo largo de los años, han resguardado con celo ejemplar la memoria de Ignacio Agramonte.


El 17 de abril fue un día muy significativo en la vida de El Mayor: ese día el Gobierno de la República de Cuba en Armas aceptó su renuncia a la jefatura militar del Camagüey. Al parecer, al momento de la escritura de la carta, el 18 de abril, no tenía noticias del asunto. Tampoco existen, al menos no en “Para no separarnos nunca más” otras misivas posteriores al suceso que permitan conocer cómo comunicaría el asunto a su compañera.

De hecho, el de 1870 fue un año tan complejo para él y los suyos que Carlos Márquez Sterling lo equipara a una “prueba suprema” de su patriotismo: “A modo de un artista, conocedor del poderoso registro de aquella orquesta de maravillosas armonías humanas, el año terrible de 1870 fue tocando cada una de las tonalidades producidas en ese patriota ejemplar por aquel medio ambiente, saturado de tragedias y heroísmos. Probó su valor, su moral inquebrantable, su rectitud de principios, su patriotismo nítido, su moral a la familia, su virtud pública y privada. Lo colocó frente a negaciones dolorosas, para hacerlo experimentar en aquellos días, en que ha perdido el mando y la familia, la amargura de la soledad, de cuyas profundidades no sale más hombre que aquél que conoce íntegra la vida, templando en ella su carácter; y cuando le halla impoluto, fecundo, como lo necesita la Revolución que le ha creado en una tarde del mes de noviembre de 1868, le confiere un grado supremo para que pueda llevar adelante las gloriosas audacias de sus exaltadas pero virtuosas pasiones”.

En lo adelante, citaré o glosaré fragmentos del exhaustivo libro de Carlos Márquez Sterling —Ignacio Agramonte. El Bayardo de la Revolución Cubana, La Habana, Seoane, Fernández y Cía, Impresores, 1936—, libro cuya publicación por entregas iniciaremos en breve.

Inicia 1870 con el nombramiento de Thomas Jordan como General en Jefe del Ejército cubano. Aunque en algunas ocasiones Agramonte se ha quejado de “las majaderías del general Jordan”, el trato de este militar norteamericano ha de resultarle muy beneficioso. Más adelante discrepan en algunos aspectos de la dirección general de la guerra, como la disposición de separar a los soldados de sus familias, que, según Agramonte, debe ser ejecutada gradualmente, porque, acostumbrados a la compañía de sus esposas e hijos, podían presentarse al enemigo que organizaba incesantes persecuciones para capturarlas. En el breve período de tiempo que media del mes de enero al día 23 de febrero, los cubanos, al mando de Jordan como jefe, y de Agramonte como general de la división del Camagüey, reorganizan sus fuerzas para lanzarlas al ataque nuevamente.

“Es una mescolanza de principios militares los que hay que poner en práctica en aquellos días, sin seguir las mismas disposiciones, ni emplear parecida estrategia. Algo de ésto ha leído Agramonte en los libros que ha consultado, y de esas lecciones, que tan diferentes resultan cuando salen del campo de la teoría, ha llegado a la conclusión de que el éxito no se mide por el brillo de los combates, sino por el número de bajas que logra hacerse al enemigo. ¿Será por estas indicaciones hechas a Jordan, que éste dice “sin la completa simpatía del general Agramonte por mis planes”? Agramonte redacta su renuncia en los primeros días de febrero por discrepancias con Jordan. ¿Se la admiten? Seguramente no la envía: la retiene. Cuando las tropas españolas ocupan su archivo en “El Idilio”, encuentran la carta que contiene esta renuncia.

En los días iniciales del año recibe la terrible noticia de la muerte del padre en New York. “Por unos instantes decide embarcar hacia los Estados Unidos, y obtiene autorización del Presidente de la República, que se la concede, no sin algunas reflexiones. (…) Agramonte tiene decidido ir a New York; pero se le ruega que no vaya. Si quiere, puede mandar a su hermano Enrique, Su ausencia en aquel período dañará a la Revolución hondamente. Un sacrificio más en aras de la patria no es para él nada, ya que ha hecho tantos. Y Agramonte se queda. (…) Iría su hermano Enrique”.

Márquez Sterling se pregunta: “¿Por qué no se nombra a Agramonte jefe supremo de la Revolución? Éstas son cosas que están más allá de los papeles que nos ha legado la Historia. Es cierto que el Mayor no ha llegado aún a la plenitud que habrá de alcanzar más tarde, pero goza de la simpatía de los primeros jefes y tiene, sobre todo en unos de ellos, en el que habrá de sucederle más tarde la admiración más decidida: la de Máximo Gómez, a quien el destino reserva la hoja militar más brillante de todas nuestras guerras, a quien Martínez Campos habrá de llamar el más terrible de los guerrilleros de América (…) Ser respetado y admirado por Gómez ya es un laurel indisputable. De estos casos, ha de sumar cientos el jefe camagüeyano, que está en todo y que ha logrado lo que tanto necesitan las tropas camagüeyanas: la disciplina. Sus coterráneos le miran con una confianza ilimitada. Le tienen por hombre de las más altas virtudes. Cuando da una orden, todos se precipitan ciegamente a cumplirla porque lo ha mandado el Mayor”.

El 9 de enero de 1870 embarca Jordan rumbo a New York. Lo acompaña Enrique.

Se suscita un desagradable incidente con Céspedes, quien de visita a un taller para la confección de botas subordinado directamente al Cuartel General, da la orden de que su amplia comitiva sea calzada. “Los militares ven ese acto con desagrado. Los zapatos en aquellos tiempos no abundan. No es lo mismo calzar a un civil que a un militar. El soldado necesita resguardar su pie porque camina leguas enteras, hace marchas forzadas, sube montañas, trajina por los montes tupidos y llenos de malezas que lastiman sus plantas. En cambio, el civil no pierde mucho con no tenerlos, aunque también está expuesto al traslado de un lado a otro; pero no combate, y ésto es lo fundamental.

“Figura Agramonte con seguridad entre los más contrariados. Desde aquella ocasión en que solicitaba, con Quesada, mayores prerrogativas para el poder militar, ha llegado a persuadirse de que el éxito en la guerra está en la disciplina, y si el Presidente, que es el más llamado a observarla, rompe con ella, se estará expuesto a que todos los que se consideren con autoridad hagan lo que les parezca. Y no oculta su contrariedad porque las órdenes deben cumplirse para no entronizar la desmoralización en el Ejército. ¿Quién duda de que el Presidente tiene derecho a proveerse de zapatos, para él y para los suyos? Seguramente, nadie; pero todas las cosas han de estar revestidas de ciertas formalidades. Y éstas las ha debido llenar Céspedes como cualquier otro ciudadano de la República.

Agramonte pasa de la contrariedad al disgusto; del disgusto a la inconformidad. (…) Las órdenes son suyas, y las órdenes militares hay que revestirlas de un cumplimiento exacto. ¿No estaría desairado? ¿No perjudicaría aquello a la marcha de la Revolución, a su propio prestigio, que necesitaba conservarlo incólume para exigir a los demás lo que comenzaba por exigirse a sí mismo?

“Sobrevienen algunas diferencias entre el Presidente y el General, que tienen la raigambre de las luchas pasadas entre la idea de la dictadura y la de la democracia en que ambos se inspiraron al comienzo de la Revolución. No; no es posible que al Presidente se le discuta ese acto. Pero tampoco es aceptable que al General se le prive de la observancia absoluta de sus órdenes inspiradas en el bien. En el uno hay un deseo incontenible de que no se recorte su ímpetu; en el otro el anhelo inatacable de que no se estropee la forma en que sus manos van modelando el Ejército, que no debe ser de barro, sino fuerte como el mármol o duro e irrompible como el bronce.

“¿Hay alguna otra dificultad por el medio? ¿Han chocado de nuevo estas dos naturalezas de hierro que van al mismo fin, pero por distintos conductos, por algo que no sea en el fondo un amor profundo a la patria? Céspedes todo lo quiere sometido a su autoridad. Agramonte aspira a la autoridad suprema, pero creando especies de fuerzas que, como islas independientes entre sí, produzcan al cabo una jefatura máxima, que debe hacerse y no imponerse. El uno desafía con autoridad como de Rey y con fuerza como de luz; el otro vence. Vendrá la historia con sus pasiones y justicias y cuando los haya mordido y recortado, a su sabor, aun quedará en el arranque del uno y en la dignidad del otro asunto para la epopeya”.

Pero no hay inteligencia posible. Y Agramonte pide la renuncia.

“Acaso crea por las pruebas de capacidad y patriotismo que lleva dadas de un año a esta parte, que la renuncia no le será admitida. En este caso su opinión quedará en buen lugar, y aunque no obtenga un reconocimiento expreso de la autoridad de su mando en el distrito que se halla bajo su jefatura, el hecho de no admitírsele la dimisión es ya una reparación implícita de la opinión que la ha precedido. Pero no sucede así. El Gobierno acepta la renuncia el 17 de abril de 1870. Y aquello, aunque nadie lo ha dicho ni los historiadores lo publiquen en largos y sesudos documentos, autenticados por el dicho de cien testigos veraces, le hace un efecto desastroso, que no aminora sin embargo su entusiasmo por la independencia, ni le hace pensar un solo minuto en abandonar el teatro de sus actividades, pues habrá de seguir peleando lo mismo que hasta entonces, aunque mucho más expuesto por la carencia de misión oficial y lo reducido de las fuerzas que le siguen en aquella etapa extraordinaria de su vida de libertador, sin más Dios que su amor inconmensurable a la causa de la libertad, ni más juez que su propia conciencia.

Y, por supuesto, el ambiente se caldea. En sus propios apuntes, asegura Márquez Sterling, se leen estas palabras: “Bajo el Palio, que nada importante significan: “Acaso que Céspedes entró en Bayamo bajo palio como un Rey. Lo demás alienta pasiones que no llegaron a inflamarse. Pero Agramonte está herido en lo más profundo. En una carta a Miguel Betancourt dice, irónicamente, «me retiraré en la convicción de que la Revolución marchará conmigo y sin mí, siempre que se conserve a su frente al invicto Carlos Manuel de Céspedes». A todos notifica: «Estoy separado del mando». «Ya no dirijo las tropas del Camagüey». «Ya no soy el Jefe de mi Provincia». Con su madre cree que debe ser más explícito: «estoy separado del mando de las fuerzas del Camagüey porque los abusos y la marcha tortuosa de Carlos Manuel de Céspedes me pusieron en la alternativa de tolerarlos con perjuicio del país y desprestigio mío o de renunciar. La elección no fue dudosa para mí y desde el 17 del mes próximo pasado fue admitida mi dimisión».

¿Es admisible que Agramonte se conforme, él que ama la independencia, a permanecer en una situación oscura, sin contribuir con su acción a la libertad de su patria? Imposible. Pero esa especie de destierro en que se le ha colocado, motivada por su renuncia, lo limita a un campo de acción muy reducido.

Se siguen sumando contrariedades y sufrimientos. El 26 de mayo de ese mismo año, mientras se preparaban para celebrar el primer añito de Ernesto, una tropa española se precipitaría sobre El Idilio y llevaría consigo a las mujeres y a los niños. Sería ese el último día en que ambos se verían y en que besaría por última vez a su hijo.


Respecto a la carta fechada el 9 de abril, y relacionada, sin duda, con el sostenimiento de su familia, una vez muerto su padre en New York, cabría apuntar varias cosas, entre ellas la propia mención de José Morales Lemus y algunos detalles concernientes a la diplomacia mambisa.

Gracias a un texto de la Dra.Ivette García —“La diplomacia cubana durante la Guerra de los Diez Años: un acercamiento a la gestión en Haití entre 1871 y 1873”— pude comprender la muy pensada articulación de la diplomacia de la República de Cuba en Armas y el protagonismo de José Morales Lemus: Adoptada la Constitución y en correspondencia con las funciones que a ella le confería, la Cámara aprueba el nombramiento de José Morales Lemus, que entonces contaba con 61 años, como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de la República de Cuba en los Estados Unidos de América. Fungiría también como Apoderado, Agente de la Revolución y Presidente de la Junta Central Republicana de Cuba y Puerto Rico, organización que se había constituido en Nueva York hacía poco tiempo para aglutinar en ese país a los grupos de la emigración cubana y puertorriqueña. A lo largo de los diez años, la República en Armas contó con importantes figuras que desempeñaron la Secretaría de Estado. Estos generalmente permanecían en Cuba, emitían las instrucciones a las acreditaciones diplomáticas, casi siempre a través del centro de ese servicio exterior en EUA.

También recomiendo a los interesados la lectura del libro de Enrique Piñeyro, Morales Lemus y la revolución cubana, editado en 1872, dos años después de la muerte de Morales Lemus. Piñeyro fue colaborador de éste.


El propio Thomas Jordan, a su regreso a Estados Unidos, abogó a favor de la causa cubana. Carlos Márquez Sterling cita estos fragmentos suyos:

“Ningún pueblo ha peleado jamás con tanta obstinación por la libertad, rodeado de desventuras tan numerosas y desalentadoras, como pelean en la actualidad los cubanos, después de dos años de lucha, en los cuales ha puesto fuera de combate a mayor número de enemigos de los que pusieron nuestros antepasados en los dos primeros años de nuestra revolución.

“Los cubanos luchan solos, sin el auxilio de nadie, antes al contrario, los Gobiernos de los Estados Unidos e Inglaterra han interpuesto directamente su autoridad para impedir que reciban ayuda alguna. Nuestros antepasados obtuvieron el auxilio de Francia consistente en tropas, armas y municiones. Si se hubieran visto obligados a combatir bajo la mitad de la presión de las dificultades con que los cubanos han tropezado a cada paso, habrían tenido que someterse, antes de que Francia hubiera tenido tiempo de interponer su poderoso auxilio de tropas regulares que constituían más de la mitad.

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