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Carta a Amalia Simoni (18 de julio de 1867)

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Carta a Amalia Simoni (18 de julio de 1867)

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Habana Julio 18/867

Idolatría única de mi alma: tres días solamente hace que nos veíamos, que conversábamos, y que juntos contemplábamos la luna, y vuelvo ya a sentir la imperiosa necesidad de verte. ¡Qué largas son las horas de ausencia, Amalia mía! Tres días amargos de separación, saboreados incesantemente y amargados más aún con el recuerdo de momentos recientes de suprema ventura, atormentan demasiado el alma cuando se piensa que estos tres días han de repetirse muchas veces antes de oír en otra ocasión de tus labios que me amas tanto como yo a ti, y de volverme a embriagar de contento a tu lado. Pero lo que más me atormenta es pensar que tú sufres como yo, y que tu alma, alma de un ángel que no debió nacer para el dolor, se estremece y agita en penoso afán. Y cuando esto pienso deseo que menos me quieras en los momentos de angustia. ¿Crees que pasó desapercibida para mí la que destrozaba tu pecho la noche de mi despedida? ¿Crees que podría entonces sentir más mi dolor que el tuyo, y que encerrándome en mí mismo no descubriría aquellas lágrimas que pugnaban por salir, y que yo te hubiera ahorrado con mi sangre de haber sido posible? Y ¿creerás que hoy que tanto me atormenta la separación no tengo otra pena mayor, que no es más cruda la que experimento pensando que también sufrirás tú?

A esta idea, Amalia idolatrada, no podré resignarme jamás. ¿Por qué has de sufrir si sólo mereces el bien y la dicha? ¿Por qué ha de luchar con el dolor tu alma delicada y no de pesar todo sobre la mía, que nunca conoció la felicidad sino cuando te amó y se sintió amada por ti, que está más habituada a la tormenta sin duda, y si no estuviere bien templada, templaríala ésta? Y hay todavía consideración más penosa: si acaso lloras, lloras porque me amas, lloras por mí que anhelo ser el ángel de tu dicha, y no el genio del dolor de amor infinito.

Pero no, Amalia mía; no nos entreguemos al sufrimiento: en buen(a) hora lo hagan así las almas débiles que no aspiran a lo grande y que se anonadan con cualquier trago amargo, o las que desfallecen soñando que luchan con un destino enemigo y superior; mas para nosotros el destino es una quimera; la separación, un hecho regular tras del cual vendrán días de felicidad; y sabemos que la grandeza del alma no se ostenta en medio del placer, sino luchando con las contrariedades y haciéndose superior a ellas. Por otra parte, si estaban vacíos nuestros corazones y están llenos hoy de un amor que nos hace felices aun en estos días que más amargos nos parecen, si a través de la distancia viven enlazados y respirando amor ¿de qué nos quejaríamos? Nada hemos perdido, todo lo hemos ganado: venga el recuerdo no para amargar más la ausencia transitoria, sino a embriagarnos con sus inefables dulzuras, y a cifrar esperanzas para el porvenir; para ese porvenir ansiado que como estrella de inestimable ventura siempre contempla el alma que te adora.

Cuando así pienso, Amalia del alma, cuando así espero, siento que la alegría envuelve mi corazón, y te sucedería lo mismo —estoy seguro de ello—, si estuvieras a mi lado; sólo viene a turbarla la idea de que estés triste, de que te encierres en el presente y no pienses en el bien futuro. No olvides éste, y procura estar contenta si quieres complacer a quien no tiene otra dicha que la tuya: alégrate, ríete, diviértete y verás alegre, risueño y divertido a tu Ignacio: tú eres mi único sueño, mi única ilusión, mi ambición constante, mi esperanza querida, tú lo eres todo para mí, y fuera de ti no hay más que tinieblas para el corazón, y puesto que me amas, debes cuidar mucho al ídolo de mis amores.

Ayer a las diez de la mañana o pocos minutos después llegué sin novedad a esta ciudad: te lo avisé por telégrafo, o mejor dicho, se lo avisé a Simoni, y aunque pensé haberte escrito por la tarde no me fue posible porque desde las cuatro me fui con Pepe a buscar a Luisa, su hija, para embarcarla: el vapor salió a las seis y media y todavía permanecimos en el muelle hasta perderle de vista; observando a Pepe un poco afectado no quise dejarlo, lo llevé a comer conmigo y procuré demorarlo; cuando nos separamos no quedaba ya tiempo para escribirte cuanto deseaba decirte y habiendo pasado un día de fatigas y de calor me acosté a las nueve y media de la noche.

La navegación fue muy buena, pero no exenta de todo disgusto, porque perdimos un compañero de pasaje que se embarcó en Nuevitas, francés, de aspecto algo ordinario; no recuerdo su nombre, aunque lo oí a bordo. El 16 después de almuerzo la tripulación corría de proa a popa gritando “hombre a bordo”, observamos los pasajeros la cabeza de un individuo que nadaba como a cien varas de nosotros en la estela dejada por el vapor: por la fuerza impulsiva de éste y porque no fueron acertadas las disposiciones del Capitán que se aturdía, cuando el buque comenzó a retroceder en busca del pasajero, la cabeza de éste era un punto negro que veía allá a lo lejos y que se perdía por momentos detrás de las olas que se agitaban: hubo una ocasión en que no se le volvió a ver, y en vano el vapor recorrió de popa la distancia adelantada: media hora después el vapor continuó su marcha dejando sepultado en las aguas a un hombre que poco antes había almorzado con nosotros y entre todos se sentaba lleno de vida. No se pudo averiguar si por alguna imprudencia cayó al agua o si voluntariamente se arrojó; lo último parecía lo más probable.

Hoy comí en casa de Calderón que encargó anoche a Pepe me llevara para que le contara las cosas del Príncipe. Asunción no salió porque tiene enfermo a su niño, aunque sin cuidado de ningún género.

Mañana veré a Inés. Hoy me dijo un hermano de ella que está enferma: no recuerdo de qué enfermedad me habló.

Ésta ha sido interrumpida por la visita de Manuel Castellanos que no sólo me ha quitado un tiempo que podía haber dedicado más provechosamente escribiéndote, sino que mandando ésta al correo ahora me expongo a que no alcance el que sale por la madrugada, pues es posible que hayan recogido la correspondencia. Quiera Dios que no resulte así.

Mis recuerdos muy cariñosos a Manuelita, Simoni, Matilde y Eduardo, y tú no olvides nunca tus ofrecimientos de cuidarte mucho y de buscar la alegría, donde quiera que se oculte, así como también que eres ardientemente adorada por tu

Ignacio

Volveré a escribirte pronto


Publicada originalmente en: Eugenio Betancourt Agramonte: Ignacio Agramonte y la Revolución Cubana. Ed. Imp. Dorrbecker, La Habana, 1928, pp.324-326. Tomado de: Elda Cento Gómez, Roberto Pérez Rivero y José María Camero Álvarez: Para no separarnos nunca más. Cartas de Ignacio Agramonte a Amalia Simoni. Casa Editora Abril, La Habana, 2009, pp.88-91.

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