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Don Gonzalo Aróstegui y del Castillo

Don Gonzalo Aróstegui y del Castillo

Como fervoroso homenaje al ilustre cubano, que desempeñó durante dos años la cartera de Educación, reproducimos las palabras que nuestro Director, en su carácter de Presidente del Ateneo de La Habana, pronunció al siguiente día de la súbita desaparición del inolvidable Dr. Aróstegui. Revista Cubana hace suyo el homenaje del Ateneo. Don Gonzalo de (sic) Aróstegui, lector infatigable siempre —“el médico más lector que he conocido” decía de él Don Enrique José Varona— fue un generoso amigo de esta revista, que encontró en él, en todo momento, una actitud cordial y una palabra de estímulo.

Señoras, señores:

Sé bien que estas breves palabras interpretan un estado de conciencia colectivo. Sé bien que el ilustre conferenciante de esta noche, a quien expreso en nombre del Ateneo la más viva gratitud por su colaboración generosa, ha de dar a las mismas su más explícita aprobación.

El Ateneo de La Habana participa de la manera más íntima en el hondo duelo de la sociedad cubana por la muerte de Don Gonzalo Aróstegui, médico ilustre, maravillosa capacidad de entusiasmo, hombre generoso y cordial en quien la cortesía alcanzaba un valor del más alto rango en la vida del espíritu.

Nos acompañó en actos muy recientes. Su última salida en la noche fue para asistir a la conferencia inaugural de esta serie. El insigne Presidente de la Academia de Ciencias, el Dr. Presno, unido al Dr. Aróstegui por una amistad de largos años, recordará el fervoroso, el comunicativo entusiasmo con que Don Gonzalo oyó su magnífica disertación sobre el maestro Albarrán.

A los 82 años poseía esa agilidad de espíritu que es la nota distintiva de toda verdadera juventud. Agilidad de espíritu y conciencia alerta y vigilante en las perspectivas más varias de la cultura humana. Y junto a estas virtudes del intelecto la afabilidad del trato, la caballerosidad perfecta, la pulcritud invariable, no eran sólo maneras de un señorío auténtico, sino la expresión fiel de una profunda bondad, una interior, ingrávida bondad que le resplandecía en el rostro venerable, que iluminaba en su mirada suave, serena, que irradiaba en su palabra, que no conoció jamás el iracundo tono.

Yo fui su amigo desde mi niñez. Yo le soy deudor de un estímulo puro, y de una lección constante de sinceridad. Tuvo la muerte adecuada a su vida. Una muerte ejemplar, corona digna de un vivir sosegado, suave, generoso, fecundo.

Su memoria no se borrará nunca en los que le conocieron y en esta casa siempre se mantendrá vivo su culto.

Y cumplida, con toda la limitación de mi palabra humilde, nuestra deuda de conciencia, nuestra sagrada deuda de conciencia, apercibámonos a oír a un maestro de la actual investigación científica que va a hablarnos de un inmortal maestro de ayer, el Padre Benito Viñez.

El padre Gutiérrez Lanza, Director del Observatorio de Belén, tiene la palabra.


Tomado de Revista Cubana. La Habana, Publicaciones del Ministerio de Educación. Dirección de Cultura, enero-junio, 1941, vol. XV, pp.275-276.

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