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Un homenaje excepcionalmente justo: a Varona

Un homenaje excepcionalmente justo: a Varona

El doble aniversario que el próximo año de 1930 celebra nuestro gran Enrique José Varona—ochenta años de vida y cincuenta de profesorado— va a servir de oportunísimo pretexto para que el Maestro reciba el homenaje público de cuantos elementos intelectuales representativos, no sólo en Cuba, sino en la América de nuestra habla y en España, conocen, han seguido y saben aquilatar el valor y la significación de Varona como propulsor infatigable de Cultura, como ejemplo de honradez intelectual y símbolo de pureza ciudadana.

Muchos, en distintas épocas, hemos pensado en la necesidad de ese homenaje y hasta discutido y planeado la forma de realizarlo: ya era una edición completa de sus obras; ya un acto público sencillo, pero expresivo y elocuente, al hombre y al intelectual; ya un monumento levantado en uno de nuestros paseos —que está construido, con el de aquel otro gran cubano Sanguily, y sólo faltan su colocación e inauguración. En distintas épocas, Varona ha recibido demostraciones de reconocimiento y adhesión a su talento, a su saber o a su civismo, tan espontáneas y tan significativas, que equivalen a otros tantos homenajes públicos: ora es el que se le eligiera en cierta ocasión para convocar y dirigir un congreso de intelectuales de América; ora el que su nombre haya sido siempre el primero que se demandara en Cuba o en nuestra América para realizar cualquier acto o cualquier movimiento o campaña de carácter cívico en defensa del derecho y de la justicia o de protesta contra atropellos de hombres a su pueblo o de naciones a otros pueblos...

La realización de este homenaje de ahora se la deberemos a José María Chacón y Calvo, el joven y admirable y admirado escritor que ha logrado crearse prestigiosa y sólida personalidad literaria en España y en América.

Chacón ha pensado que aprovechando los ochenta años que va a cumplir Varona en 1930, y los cincuenta que también celebra de haber iniciado sus Conferencias filosóficas, podría tributarse al Maestro cubano homenaje, de carácter intelectual, desde luego, y de una ampliplitud que casi podríamos considerar internacional, pues en el homenaje participarán las primeras figuras intelectuales de Cuba y de todos los pueblos de la América nuestra y de España.

Consistirá el homenaje en la publicación de una obra —en tres tomos probablemente— en la que colaborarán con trabajos de temas libres pero que se procurará guarden relación con las disciplinas preferentemente cultivadas por Varona, los más altos valores del pensamiento hispanoamericano y español.

Sería petulancia intolerable el que yo tratara, siquiera, de explicar o demostrar la necesidad, oportunidad y justicia de este homenaje a Enrique José Varona.

Varona filósofo, continuador en nuestra patria de la obra iniciada en 1797 por José Agustín Caballero, y desenvuelta a través de varias generaciones por Félix Varela, los González del Valle, Luz Caballero, Mestre, Bachiller y Morales, es figura que no pueden ignorar cuantos en América o España están familiarizados con las especulaciones filosóficas, porque las Conferencias de Varona constituyen el esfuerzo y la realización, en ese sentido, más vigorosos, meritorios, amplios y completos de su época en España y Cuba.

Varona, educador, renovó, transformó y modernizó la enseñanza en Cuba, en momentos difíciles de cambios de regímenes políticos; y de los lunares que posteriormente se han querido ver a su plan de enseñanza, son culpables los que no supieron ir haciendo, en sus respectivos períodos de actuación, la misma labor renovadora que Varona hizo en aquél en que le tocó actuar.

La obra literaria de Varona pertenece ya a lo permanente en las letras hispanoamericanas, a lo que vivirá a través de los siglos, junto a las de Martí, Montalvo, Bello, Darío, Rodó.

No estaría completa una biblioteca de las figuras representativas del pensamiento hispanoamericano, si faltara nuestro Varona, porque entre las grandes figuras contemporáneas de nuestra América, una de las más insignes es Enrique José Varona, al extremo, según esbocé antes, de que cuando hace cinco años, mi nunca bien llorado amigo Edwin Elmore, asesinado por el poeta bufón y trovero de dictadores, Chocano, quiso organizar en unión de otros jóvenes escritores y artistas de nuestro Continente, un Congreso libre de intelectuales de América, al que concurriesen los hombres más representativos del pensamiento en los pueblos iberoamericanos, fue a Enrique José Varona al que todos señalaron como el director y jefe, la figura central en torno a la cual estaban dispuestos a agruparse, movidos y dirigidos por su palabra, cuantos en América significan y representan algo en valores intelectuales e ideológicos.

Pero, si ese es el puesto que en América ocupa Varona, en nuestra patria, desde hace muchos años, es la figura más respetable y respetada en el orden intelectual y político, —en el orden político, sin sectarismos, desde luego.

Varona es entre nosotros, por excelencia, el maestro, el guía y el mentor. Cada vez que sufrimos alguna aguda crisis político nacional; siempre que surge algún grave problema que amenaza o pone en peligro la libertad y la soberanía o se asesta rudo golpe a los principios liberales y democráticos; en todo momento en que la confianza en el esfuerzo propio flaquea, la fe en la conservación de los ideales republicanos se debilita, y surgen el temor y la duda en cuanto al camino que conviene seguir y las medidas que deben tomarse para conjurar la crisis, o resolver el problema planteado; siempre, ayer como hoy, todas las miradas se vuelven a ese venerable anciano, y a su casa, modesta y sencilla, templo de virtudes ciudadanas, acuden grandes y pequeños, los hombres maduros y los jóvenes, en demanda de consejos, enseñanzas y orientaciones. Y siempre ese venerable anciano tiene para todos y en todas las circunstancias, el bálsamo de su palabra que es también bandera, norte y estrella. Y los jóvenes de hoy, principalmente, que en una justipreciación de valores—morales e intelectuales— necesaria de realizar en nuestra patria, hemos desenmascarado a incontables consagrados, haciendo ver que no tenían más que fachada o eran ridículos Pachecos, derribando a esos falsos ídolos de sus pedestales de arcilla, nosotros, jóvenes en edad y en pensamiento e ideología y muchos francamente radicales, tenemos en Varona, en el viejo Varona, el Maestro, que maestro indiscutible de la juventud cubana de nuestros días, es Enrique José Varona.

Y resulta maravilloso contemplar cómo los años y las contrariedades y decepciones de la vida, lejos de restarle, le dan cada vez a Varona mayores arrestos y entusiasmos para la lucha; de tal modo, que somos nosotros, los jóvenes, los que tenemos que esforzarnos para marchar junto al viejo Varona sin que éste nos deje atrás. Libre de escuelas partidaristas, Varona lejos de aferrarse estancado, como tantos otros, a las ideas, principios y doctrinas de años pretéritos, de su época, piensa y siente tan modernamente, como nosotros los jóvenes, al extremo de que es imposible, al hablar de él, decir, como de casi todos los hombres que tuvo su época, porque si fuéramos a señalar alguna época, como la época de Varona, ésta sería —más bien que otra ya pasada— la época presente. Que los hombres como Varona no tienen época, y aún después de desaparecidos reviven, porque sus ideas no son de ayer ni de hoy, porque son las ideas bases, humanas, que aunque expresadas en forma diversa, son inalterables y permanentes, en su esencia, a través de las épocas todas.

¿Tenemos que expresar nuestro aplauso personal y el de esta revista a ese proyecto de homenaje, y nuestro apoyo, en cuanto pueda ser útil, a su más feliz realización?

Queremos, sí, lanzar una sugestión que, seguramente encontrará calor y ayuda y adhesión. ¿Por qué no aprovechamos, los cubanos, esa oportunidad del homenaje casi mundial iniciado por Chacón, para ofrecer, nosotros en particular, algún otro homenaje público a nuestro compatriota esclarecido?

Hay, por lo pronto, un busto en bronce que sólo falta colocarlo en alguna plaza o paseo de la Capital. ¿Por qué no aprovechamos, para inaugurarlo, ese doble aniversario que Varona va a celebrar y ese homenaje que toda la América nuestra y España, le van a rendir?

Y, ¿por qué no afrontamos la edición completa de sus obras?

¿De qué otra manera más perdurable, expresiva y útil podemos los cubanos honrar a quien como Varona nos ha honrado siempre con su vida y con su obra? En esta época en que los homenajes han perdido todo su valor y su significación, no obstante, éste a Varona sería excepcionalmente justo.


Publicado en Social, vol.14, no.2, 1929, pp. 41, 86-87.

Leído por María Antonia Borroto.
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