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Carta abierta a Máximo Gómez – diciembre de 1901 (I)

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Carta abierta a Máximo Gómez – diciembre de 1901 (I)

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“Cuba sobre todo”
Salvador Cisneros B.

“Yo, como extranjero, no puedo ni debo mezclarme en la política de Cuba
                                                                          Máximo Gómez
                                                                        Diciembre de 1878.


Me impulsa a tomar la pluma la noticia de que Gómez piensa verificar su ofrecido viaje a ésta, en cumplimiento de lo pactado con los comisionados que fueron a saludarlo e invitarlo “a que se detuviese algún tiempo en esta capital”, comarca donde se había distinguido tanto en los hechos de armas que llevan por nombre “Santa Cruz”, “La Sacra”, “Palo Quemado”, “Mojacasabe”, “Guásimas”, etc.

Excusóse él, prometiendo hacerlo luego.

Si entonces lo hubiera efectuado, no dude el amigo Gómez que habría tenido un recibimiento de ésos que hacen eco en la historia; mas los tiempos varían por los acontecimientos, al par que los hombres, y conforme a estas variaciones se les debe tratar y considerar.

Todos los camagüeyanos y los que no lo son están perfectamente convencidos de sus muchos méritos, pero así como los reconocemos también preveemos cual es el objeto político que puede traer tan ilustre guerrero ahora.

Tan conocidas son sus intenciones, que ya se irá viendo según se vaya desarrollando este artículo.

Yo quiero hacer constar, antes de entrar en materia, que solamente en materia política nos hemos distanciado, porque yo conservo intacto el aspecto amistoso y no he permitido que, delante de mí, nadie ofenda injustamente a mi amigo Gómez, y prueba de ello fue que cuando eso se hizo por la prensa de la capital, yo me consideré lastimado y lo defendí, pero a este mismo amigo que quiero, cuando observo que su conducta ofende mi lema, ese lema que encabeza este escrito y que nunca se ha borrado de mi corazón y nació conmigo cuando nací para la política, entonces no tengo la más ligera consideración.

Gómez decía, según le oí muchas veces en la “Loma de Sevilla” y en otras partes más, el lema con que encabezo este artículo: “Yo, como extranjero, no puedo ni debo mezclarme en la política de Cuba”.

También dijo otras veces, llevando a efecto “que perseguiría de muerte a todo aquel que atentase contra la independencia de Cuba, bien fuera con proposiciones que no tuvieran por base la más completa independencia del país, o atentase de algún modo a evitar la realización de esta idea”.

Esta fue la causa del asesinato jurídico perpetrado en las personas de Esteban de Varona y del inocente José del Carmen Castellanos; asesinato moral, llevado a cabo por la fatal influencia de Gómez y Estrada Palma, entonces Presidente.

¡Aquel día tan lúgubre y otros más que pudiera citar, no se olvidarán ni se separarán un momento de mi mente!

Tampoco se borrará de mi memoria la triste noche en que un militar en presencia de Gómez, en aquella época Secretario de la Guerra, en la “Loma de Sevilla”, tuvo la osadía de proponer “que era preciso que la Cámara, supuesto que no permitía que se tratase con el gobierno español, sino bajo bases de independencia, dejase su puesto para que ellos, los militares, traten de llevar a efecto un convenio de paz sin este requisito”; de lo que provino lo que ha dado en llamarse la “Paz del Zanjón”.

Máximo Gómez oyó impertérrito semejante proposición y tan sólo pidió que se reformase; pero no pidió la guásima para el proponente, como días antes la había pedido para Varona y Castellanos.

¿No repasaba en su mente la Ley Spotorno?

En su mismo pabellón, con su íntimo amigo, también extranjero, “el brigadier Gonzalito el Mexicano” (el proponente de la renuncia de la Cámara), su ayudante Agustín Castellanos, y otros íntimos amigos suyos, se acabó de confeccionar lo que llegó a ser el ya citado y desgraciado tratado del Zanjón: allí, en ese mismo momento, delante de algunas otras personas ¿no se encontraría nuestro héroe con el carmín en el rostro por la vergüenza? ¿No pasaría por su cerebro aquella ley por la que hizo matar a esos dos hombres y otros acusados de traición?

A los militares, y no a la Cámara, es a quien se debe el pacto del Zanjón, medida anti-política imposible de encontrar otra parecida en la historia, pues todos sabemos hoy que España en esos momentos quemaba sus últimos cartuchos.

Gómez continúa olvidándose de su dicho, continúa, como era en aquellos tiempos, arrogándose derechos que nadie le ha conferido, y trata solapadamente de dirigir la política del país, imponiéndose, trabajando por su propia cuenta con el Gobierno Interventor y sin siquiera tomar parecer con el pueblo cubano ni participarle lo que con el interventor conviene.

Al terminar la presente guerra, se oponía Gómez a que el ejército entregase sus armas; prueba de ello es que las fuerzas de la trocha al mando del Brigadier Armando Sánchez, se mantuvieron en pie de guerra por más de tres meses. En Diciembre de 1898 recibí una carta de dicho jefe, en la que me mandaba a buscar para ver que debíamos hacer, y mientras me trasladaba a la Habana para desde allí dirigirme al lugar donde se encontraba supe que había tenido una entrevista con Porter y Quesada.

Otra vez más demostró con ésta, su respecto a nuestra leyes, tan patente con esta muestra de insubordinación.

Nuestro gobierno había decretado “que nadie tuviese conferencia, ni pacto alguno sin su consentimiento”, haciéndose por lo tanto, el que tal hiciera, acreedor al castigo que prevenían las leyes.

Al encontrarme con él en Marianao y La Habana, a los pocos días, nada me dijo referente a la carta que me había enviado; sin duda ya había variado con la ya citada entrevista Porter-Quesada.

Hasta el día, ni la Asamblea, ni yo, que soy miembro de ella, ni el amigo a quien mandó a buscar para determinar lo que debía hacerse, hemos sabido lo que en ella se trató, ni el objeto de dicha conferencia, corroborando con creces la opinión que con sus hechos ha venido demostrando en ambas guerras: que él se había creído un ciudadano Dictador, tan autócrata, que deja en pañales al prototipo de los autócratas: el Monarca Ruso.

Todos sabemos, porque conocemos la historia de la lucha por nuestra independencia, sus disposiciones y acometidas por arrogarse derechos dictatoriales. ¿Acaso nos hemos olvidados de su conducta cuando, al regreso de Las Villas, de aquella marcha infernal por el Camagüey, y Oriente, cuando quiso imitar a Anibal, al pasar de Las Villas a Oriente, en que, por ese cerebro por donde varias veces ha pasado ese crimen jurídico, cruzó una vez más, la traidora idea de proclamarse Dictador y abortó la tal idea, por no haber encontrado el eco que necesitaba en sus subordinados, aquellos dignos jefes de Oriente?

En este momento fue cuando recibió una carta mía muy fuerte y amenazadora, y que no creo que olvidará jamás, porque con ella cumplía con el deber de caballero, de Presidente y de cubano, recordando el lema que ha guiado siempre mis pasos en la vida política y en todo los estados: “Cuba sobre todo”.

En las dos veces, tanto en ésta como en la otra guerra, que ocupé la Presidencia: en la primera tuve con él disgustos de consideración, en la segunda me ví obligado por más de una vez a proponer su deposición como consta en los libros de actas, lo cual no se llevó a efecto por considerarlo los hombres de la Revolución perjudicial a la causa de Cuba, en esos momentos.

Se me olvidaba continuar su benemérita historia, sus desinteresadas intenciones para Cuba, cuando miro en la prensa de nuestro país, uno de los hechos que más le hacen acreedor a el la confianza del pueblo cubano: no quiero entrar en detalles; pero no veo claro, y, como yo, creo habrá muchos cubanos; esas idas y venidas, esas vueltas y revueltas, a la Unión Americana y sus visitas al Palacio Interventor, primero, acompañado del Ayudante y Secretario del general Wood, a conferenciar con Mac Kinley y su Secretario Mr. Root, y después con Estrada Palma, con el objeto de inducirlo y convencerlo a que aceptara la Presidencia.

Candidato interventor propuesto por el americano Rubens, con la dulzura y política que caracteriza a los americanos y que Estrada Palma entonces rechazó.

Con el mero hecho de ser candidato propuesto por los americanos, hay razones suficientes para no aceptarlo aún reconociendo, como reconozco todos los méritos: ¡él fue mi primer candidato!

Él no puede o no quiso, en el manifiesto hábil que publicó, rechazar abiertamente, como se rechazan esas cosas, las impugnaciones que la prensa y el país le dirigían, merced a los informes de los periódicos americanos en su brindis en la comida a Gómez.

¿Quién duda de que es plattista, después de sus manifestaciones? ¿Quién duda, acaso, de sus simpatías por la anexión? ¿Acaso ha tratado él de ocultarlo, aunque si de disimularlo ó explicarlo?

Quiero usar la misma frase que se usaba en el campo insurrecto. ¿Recuerdan ustedes lo que significa desteñirse? Pues bien en mi concepto se ha desteñido.

El candidato que en mi desventurado país se ha pensado elevar a la primera Magistratura y entregarle la confianza y la salvaguardia de su felicidad y su honor, es un partidario de la Ley de Platt, es un asesino de nuestra libertad, es un comprendido en la ley que llevó a la guásima a aquellos dos que tildaron de malos cubanos, sirva la comparación: Varona y Castellanos.

No es el gobierno español nuestro enemigo único; nuestro enemigo, es todo aquel que se oponga a perfecta y completa realización de nuestros ideales: “Cuba soberana e independiente”.

La Ley Platt, que nos ha impuesto el Gobierno Interventor, obstaculiza por completo su realización; luego son tan enemigos de nuestra patria como fué el Gobierno de España, que regó con la sangre de sus hijos, no como acostumbra a verse en la historia para conquistar la libertad, sino para tratar de apagar el brillo refulgente del claro y luminoso sol de la libertad.

Hace tres años que el Gobierno Americano lucha, no como luchan los hombres, sino como luchan los reptiles, para tratar de que se acepte, no solamente la Ley Platt, sino otras muchas cosas que tienden, como es natural, a debilitar la fuerza de nuestra cubana soberanía, que desde 1899 nos pertenece, debiendo haber tremolado en el Morro de La Habana la bandera cubana y no la americana.

Cuando el Gobierno Americano nos entregue nuestra completa soberanía, yo seré el más agradecido de todos los cubanos; pero mientras tanto, ¡no!: lo consideraré como enemigo capital.

Cuando Estrada Palma y Gómez demuestren palpablemente, sin dudas, sin titubeos, sino amplia y tan esplendorosamente como quiero yo que brille ese nuestro sol de la libertad, la rectitud de su conducta, entonces seré yo, no uno, sino el más fervoroso y entusiasta de los partidarios de Estrada Palma para la presidencia de nuestra futura República.

Recuerde el amigo Gómez lo que dijo: “Yo, como extranjero, &.” Y piense que no es éste el momento más oportuno para su visita al Camagüey, mucho más, cuando todos sabemos que su viaje se relaciona con la política del país, tratando, o auxiliando la realización del deseo del interventor de que Estrada Palma escale la presidencia de la República.

Porque tengo demostrado mi afecto a Gómez, y que también le reconozco sus buenas condiciones, me duele sus malos éxitos en la política, al par que me encantan sus glorias militares, y quiero salvarle de que le vaya a suceder lo que por poco le sucede en el 78, cuando también olvidó la espada para hacerse político: pero escapó no sé cómo de que Maceo le colgase de una guásima al irle a proponer a un hombre tan valiente, pundoroso y patriota ¡QUE SE PRESENTARA!

Esto pasó también el 78, y ahora, sin escarmentar, sigue del mismo modo, del 98 hasta la fecha. Siempre incorregible.

¡Cubanos! Sin embargo de las circunstancias por que atravesamos, el estado en que se encuentra nuestro ejército, licenciado temporalmente, la ley Spotorno debe regir, aún hoy, con más fuerza que nunca, haciendo ver que, cumpliendo con el deber de cubanos amantes de nuestra libertad completa, en vez de votos, debemos darles a esos candidatos para la dirección del nuestro país, una ejemplar aplicación de la sabia Ley Spotorno.

Salvador Cisneros Betancourt.


Tomado de Elda Cento y Ricardo Muñoz:
Salvador Cisneros Betancourt. Entre la controversia y la fe. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2009, p.420-425.

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