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Carta abierta a Máximo Gómez – diciembre de 1901 (III)

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Carta abierta a Máximo Gómez – diciembre de 1901 (III)

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Me propongo, ya que la casualidad nos reúne en mi querido Camagüey, en día tan memorable como el 24 de diciembre de 1901, recordarle algunos hechos pasados y que sean de actualidad para el objeto que me propongo.

De otros me ocuparé a su debido tiempo.

A la guerra de Cuba es a la que debo el haberle conocido; abrazamos la misma causa y éste es el lazo que ha debido unirnos.

Aquí, en esta tierra del Lugareño llegaban las noticias de sus proezas, las cuales eran adivinadas por los camagüeyanos.

En el año 1871 nos traían los españoles acosados; y, en tal virtud, consideró Carlos Manuel de Céspedes lo difícil de sostener el gobierno en un territorio llano y tan extenso, y donde solamente podía contar, para su defensa, con unos ochocientos hombres muy mal armados y peor equipados y pertrechados.

Era atroz la persecución; diariamente teníamos combates con el enemigo: era imposible la subsistencia, pues faltaba el alimento.

Carlos Manuel de Céspedes determinó pasar a Oriente con el ejecutivo, para que sus montañas le sirvieran de amparo.

La Cámara, de la cual era yo Presidente en esa época, determinó acompañar al Ejecutivo, pues, aunque algunos no iban, éramos número suficiente para el quorum.

Recuerde Ud. que ya antes las fuerzas de Oriente, con su inolvidable maestro, el honrado, pundonoroso y valiente militar, aquel viejo dominicano, el general Modesto Díaz, con Ud. y la mayor parte de sus jefes, tuvieron que abandonar su territorio pasando a Camagüey y quedándose Calixto García con un pequeño número de fuerzas, entre las cuales se contaba la del coronel Arcadio Leyte Vidal, con un regimiento de niños, que más tenía aspecto de un colegio con su director, que no campamento militar, estas fuerzas tenían que custodiar un vasto y accidentado territorio.

La suerte les favoreció con la llegada de una expedición que era, si no me equivoco, el “Anna”, al mando del teniente coronel Gaspar Betancourt Guerra (Camagüeyano), precisamente al entrar ustedes en el territorio camagüeyano.

Aprovecháronse, armáronse y parqueáronse; regresó Ud. a Oriente, dirigiéndose el general Modesto Díaz al Gobierno, que aún permanecía en Camagüey.

Este retorno desorientó por completo al general Balmaseda, que, dando a Oriente por pacificado, salió de Bayamo, creyéndonos ya acorralado en Camagüey.

Además, para acorralarnos completamente, había ordenado que una fuerte columna pasase de Las Villas para acá, en combinación, como lo hacía él desde Oriente. Como él se vio burlado, todos sus planes vinieron al suelo. Por lo tanto, se vio obligado a retornar a Bayamo.

Tan buen uso se hizo de este pertrecho, que no puede olvidarse el hecho de armas del cafetal “La Indiana”, donde una vez más demostró su valeroso arrojo el entonces jefe subalterno y después nuestro general, Antonio Maceo.

Después de inolvidable sufrimientos llegamos al Bejuco (Santiago de Cuba), cuartel general del general García, el cual, con su agradable trato, nos hizo olvidar algo las penalidades sufridas.

Poco tiempo después, y en el mes de octubre, vino Ud. a ese campamento y entonces fue que nos conocimos, uniéndonos amistad y mutua simpatía.

Entre los buenos días que allí pasamos está mezclado el simpático joven conocido por Moralitos, al cual recuerdo con su pequeño cuerpo y grande inteligencia; era todo corazón. Uno de ustedes acostumbraba decir: “No sé qué tiene este hombrecito, cuando empieza a expulgar lo hace como quiere y le lleva a uno hasta donde le conviene y lo convence”.

En Oriente no existía la menor organización militar, y menos la civil; los oficiales no tenían credenciales de sus nombramientos, y si recibían alguna disposición del Gobierno no la cumplían ni hacían caso de ella, la República aún no había llegado allá: vivían y se regían, permítaseme la frase, dictatorialmente, los jefes haciendo lo que querían.

No habrá olvidado Ud. que antes de llegar el Gobierno, cogió a un joven oficial, creo de apellido Silva, y le tuvo muchos días en cepo de campaña, sin formarle Consejo de Guerra, y después, al ponerlo en libertad, lo degradó.

¡Cuántos de estos casos y abusos cometidos por Ud. y otros jefes podría citarle!

El Gobierno comenzó por cortar de raíz estos abusos, pudiendo asegurar que no fue bien recibido por los jefes orientales. Así decía el coronel Rustán: “No le temo a Maceo ni a Gómez, pero no me han gustado estos hombrecitos de pluma que han venido”.

General Gómez, ¿cómo murió este coronel…?

Aún, a pesar de nuestras simpatías, con los hechos que estaban de manifiesto y examinando su semblante, llegué a comprender cuán violento, cuán a gusto y en momento intratable era usted: a saber el hecho siguiente:

Un día íbamos en marcha, pues teníamos los Representantes la costumbre, desde Camagüey, de, en los recesos de la Cámara, trasladarnos a los campamentos y asistir a los combates, costumbre que continuamos en Oriente.

Nosotros, los Representantes, y yo, el Presidente de la Cámara, no teníamos cuando más un solo asistente y no todos, mientras cualquiera oficialillo tenía dos o tres consigo, y otros tantos para sus concubinas, y en cambio el Presidente de la Cámara tenía que hacer seis u ocho leguas de marcha, a pie, por esas lomas, llevando a la espalda cuanto poseía en su jolongo, incluso un pedazo de caldero, en el cual tenía que hacer su comida, personalmente, al acampar.

No se me olvida una semblanza del inolvidable Francisco Maceo, pintura gráfica del Presidente de la Cámara en marcha con su jolongo a la espalda; y esto qué importaba, si Salvador de Cisneros era fuerte y saludable.

El despotismo militar de un jefe como Máximo Gómez no puede comprenderse si no fijándose en el siguiente relato: marchaba el diputado Eduardo Machado con las fuerzas y encontrándose con una fuerte fiebre ofreció a un soldado dinero para que le llevase su jolongo: el soldado, que también llevaba el propio como todos los demás, aceptó y, en el momento de hacerse cargo de él, oímos la voz del general que decía: “los soldados son soldados y no asistentes; devuelva usted ese jolongo a su dueño que lo cargue, y queda usted preso”.

Como este pudiera recordarle muchos, principalmente el que fue causa de que Céspedes lo depusiera. ¿Se acuerda usted? Versó el hecho sobre asistentes y caballos a los miembros del Gobierno. Más adelante ampliaré este hecho.

Se los recordaré en ocasión más conveniente y por lo tanto continuó.

En la Asamblea de Sta. Cruz, recordará que me opuse a dejar entender y dar participación a los americanos en nada que se relacionase con nuestros asuntos y muchos menos en la formación del Gobierno de nuestra República, y especialmente me opuse a que se mandara comisión alguna al Presidente de los Estados Unidos, puesto que él no quería entenderse directamente con los revolucionarios y el Gobierno elegido por éstos y sí con los jefes militares Calixto García y Gómez; pero me encontré solo y fui vencido.

Recuerdo con placer que Ud. no quiso aceptar la escolta que el general americano le envió para su custodia; me enorgullezco de su contestación y de que Ud. se encontrara más seguro con la escolta camagüeyana que tenía.

Se recesó la Asamblea y marcha precipitadamente la mayor parte de los delegados para La Habana, a pesar de mi oposición, porque encontraba, y hoy pienso igual, tan enemigos a los americanos como al ejército español, y creía no debíamos entrar en las poblaciones en que se encontraban reunidos americanos y españoles.

Dijeron que yo estaba loco, que era un visionario, que chocheaba, y no se me atendió. Ha venido el tiempo a demostrar que los chochos eran ellos y el que estaba en lo cierto era yo. Permanecí en los campos de Cuba y entré con las fuerzas del Camagüey a la ciudad, y con mi cabeza muy levantada.

Consideré que no debía abandonarlos, que debía estar con ellos y los acompañé, sin tomar participación ni avistarme con las autoridades americanas.

En medio de mi soledad me consolaba el saber que Ud. demostraba aprobar mi conducta, o mejor dicho, pensábamos igual. Me lo hacía comprender su actitud, sosteniéndose en Yaguajay con la brigada de Morón, mandada por el brigadier Armando Sánchez, que permaneció en actitud de guerra, si no recuerdo mal, hasta abril o mayo.

Tan estaban en actitud de guerra la escolta de Gómez y las fuerzas de Sánchez que continuaron provisionándose de la misma manera y recibiendo el ganado que necesitaban, que se les embarcaba por la costa de Guanaja, por un Subprefecto que estuvo en su destino hasta Mayo.

A principios del ʼ99 recibí una afectuosa carta de Ud., desde Yaguajay, en que me pedía nos avistásemos y pusiéramos de acuerdo sobra la línea de conducta y política que debíamos seguir.

Tenía por esto derecho a creer que Ud. no estaba conforme con el procedimiento seguido por los nuestros y por los americanos.

Desde el 1ro de enero del ʼ99 evacuaron las tropas españolas la Isla y tremoló en el Morro de la Habana y demás fortalezas la enseña americana, en vez de la de la estrella solitaria, que en mi concepto, desde ese día debió ser la única que ondeara en Cuba.

Al recibir su carta que conservo, le contesté que saldría para ésa a ponerme a su disposición, cuando hubiera manera de hacerlo.

Como coincidía esto con que la Asamblea me mandaba a buscar, me embarqué para La Habana, para de allí dirigirme a Yaguajay.

Ya en la Habana, supe que usted había celebrado una entrevista con el americano Mr. Porter y nuestro Representante en Washington, Gonzalo de Quesada, y también supe que usted venía con dirección a la Habana y entonces determiné esperarle allí.

Nadie supo cuál fue el objeto de la entrevista y, ansiosa la Asamblea, envió una comisión para que se avistase con usted en Matanzas, y, efectivamente, se ignora el objeto y resultado de ella, como también el por qué de una entrevista que tuvieron con usted, en la Habana, algunos delegados. Me opuse a todo porque creía natural que usted y no ellos fueran a buscarse.

No puede usted olvidar que de Matanzas pasó a Marianao y que allí fui a recibirle.

Por la tarde, cuando nos encontramos, le pregunté si había recibido mi contestación, respondiéndome afirmativamente y entonces le agregué: estoy a su disposición; y usted secamente me dijo: bien.

Me retiré, y al día siguiente, antes de marcharse, y al despedirnos, se conformó con decirme: “en la Habana nos veremos”.

He quedado sin saber el objeto por qué me mandaba a buscar, lo mismo que respecto a la entrevista con Mr. Porter; ambas cosas están para mi sumidas en la más completa obscuridad, lo mismo que para todos, pues ni usted, como General en Jefe, ni Quesada, como Representante nuestro, han dejado traslucir nada. ¿No cree usted que era lógico que el señor Quesada debía haber ido antes que nada a la Asamblea, de quien él dependía, y participarle la comisión que traía, o siquiera por atención, dirigirse a sus íntimos amigos y compañeros los del Gobierno y no que huyó de ellos y ni antes ni después tuvo la cortesía de visitarlos? No cree usted que usted mismo debió antes de aceptar la entrevista con extraños, y cumpliendo las leyes de nuestra República haber pedido permiso a la Asamblea, de quien usted era subalterno o, por lo menos, habérselo participado y lo que en ella se trató? ¿Que hubiera usted hecho con un subordinado suyo, que hubiera tenido conferencia sin su consentimiento? Someterlo a un consejo de guerra: era lo que usted merecía.

¿Qué tenía que hacer el Gobierno americano con usted? ¿Por qué no podía saberlo la Asamblea, de quien usted dependía?

Era una infidelidad, era una insubordinación, era……..!

¿Los cubanos acaso no tienen derecho de que se les entere de todo aquello que se relacione con la salud de su patria…….?

Usted y hasta Quesada, han dado que sospechar, a mí el primero, que en la entrevista con Mr. Porter hay algo que no conviene a los cubanos. ¡Haga usted pública dicha entrevista para que cesen todas las sospechas!

¡Hágalo así, si quiere que los cubanos tengamos la confianza que siempre hemos tenido en usted!

Salvador Cisneros B.


Tomado de Elda Cento y Ricardo Muñoz: Entre la controversia y la fe. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2009, p.431-437. 
Allí se aclara que forma parte del archivo de los autores (Elda Cento y Ricardo Muñoz). Carpeta Salvador Cisneros. Donada por Gustavo Sed Nieves. Borrador incompleto con correcciones hechas por Cisneros en ANC, Donativos y Remisiones Leg. 310, Nº 9.
Nota de El Camagüey: Se ha modernizado y corregido la ortografía. También, en aras de facilitar la lectura, se han realizado ligeras modificaciones en la puntuación, que en lo absoluto afectan el sentido del texto.

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