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La paloma de Guillén vuela por el cielo del paladar

La paloma de Guillén vuela por el cielo del paladar

Cerca del final de La paloma de vuelo popular hay un poema sobre el que he vuelto hace muy poco. No tiene la celebridad de algunos de sus compañeros más conocidos, sea la “Canción de cuna para despertar a un negrito” o “La muralla”, ni la estatura lírica de otros como “En el campo” y “Tres poemas mínimos”; sin embargo, su tono de divertimento, su fluido aliento conversacional, su criollo desenfado, encajan perfectamente en este libro viajero y diverso, político y personal, en continuo movimiento entre el sufrimiento y el goce, como una especie de bisagra. Tiene nexos temáticos y formales con conjuntos anteriores como El son entero y las muy recientes Elegías, pero por otra parte apunta en ciertos momentos a una poesía futura, la que vendrá en El gran zoo y en La rueda dentada. Me refiero a “Epístola”.

El poema fue escrito durante la estancia parisina del poeta, en un año impreciso que pudiera colocarse entre 1955 y 1957, pues el autor sólo especifica que es el 12 de febrero. El escritor no es un turista, sino un exiliado, siempre en espera de que ocurra lo que al fin pasó: que las autoridades galas se nieguen a renovar su visa y lo lancen otra vez a la itinerancia. Gabriel García Márquez describió con su habitual tono mágico aquellos días cuando conoció a Guillén:

Padecía un destierro sin esperanzas en el Gran Hotel Saint Michel, el menos sórdido de una calle de hoteles baratos donde una pandilla de latinoamericanos y argelinos esperábamos un pasaje de regreso comiendo queso rancio y coliflores hervidas. El cuarto de Nicolás Guillén, como casi todos los del barrio Latino, eran cuatro paredes de colgaduras descoloridas, dos poltronas de peluche gastado, un lavamanos y un bidet portátil y una cama de soltero para dos personas donde habían sido felices y se habían suicidado dos amantes lúgubres de Senegal. Sin embargo, a veinte años de distancia, no logro evocar la imagen del poeta en aquella habitación de la realidad, y en cambio lo recuerdo en unas circunstancias en que no lo he visto nunca: abanicándose en un mecedor de mimbre, a la hora de la siesta, en la terraza de uno de esos caserones de ingenio azucarero de la espléndida pintura cubana del siglo XIX[1].
Gran Hotel Saint Michel, París.

Mas no todo fue drama en aquella temporada, otros cubanos, en situación todavía más desesperada que la del poeta, sabían que visitarlo significaba además resolver una comida caliente, acompañada por una conversación amena. A la vez, Nicolás encontró amigos entre los cubanos residentes junto al Sena. Entre esas amistades estaban dos hermanas nacidas como él en Camagüey, Flora y Ángela Díaz Parrado. La primera era una dramaturga de obra poco conocida y menos representada, feminista convencida, que desempeñó por muchos años el cargo de Ministra Consejera en la embajada de Cuba en Francia. La segunda, sin mayores pretensiones intelectuales, dedicó su existencia a cuidar de su hermana. Graziella Pogolotti escribió hace unos años una aguda crónica, titulada “Las dos hermanas”, en la que deja constancia de su incomodidad al visitarlas, precisamente por aquellos años, en su apartamento de la capital gala. A pesar de que ambas, décadas antes, habían frecuentado las tertulias de Marcelo Pogolotti en su casa de la calle Peña Pobre, ahora la recibían con frialdad y distancia, y la conversación estaba gobernada por el tono snob de Flora que comentaba con superficialidad ciertas novedades editoriales francesas. La escritora no puede menos que asestarles un alfilerazo: “Mediado ya el siglo XX, seguían siendo las preciosas ridículas o las mujeres sabias de Molière”[2].

Sin embargo, en el mismo texto reconoce la enorme y riesgosa labor humanitaria de Flora, quien procuró visas y hasta pasaportes falsos a muchos emigrados republicanos españoles para trasladarse a otras naciones y, sobre todo, para que algunos pudieran salir de los campos de retención donde los había confinado el gobierno francés. Convencida antifranquista y antifascista, “[n]o renegó de sus amigos comunistas, siquiera mientras sufrieron persecución y exilio, cuando ella fungía como Ministra Consejera de la embajada de Cuba en Francia”[3]. Nos recuerda que Ángel Augier en su correspondencia destaca que aquellas dos mujeres fueron como hermanas para él, le sirvieron de compañía en París, le procuraron una profesora de francés, le ofrecieron su máquina de escribir para que redactara los artículos que enviaba a Cuba y hasta le procuraron una muy atractiva beca de la UNESCO para escritores.

De la misma crónica derivamos que la relación de Guillén con las Díaz Parrado vino a aliviar las carencias de su alojamiento y de su bolsillo mientras permaneció en París, aunque en este caso, al parecer, nada pudo hacer Flora para que el gobierno galo le concediera la residencia allí, lo que resulta explicable porque ya por entonces el gobierno de Batista había cesanteado o jubilado a la fuerza a muchos diplomáticos de carrera y los había sustituido por gente de su confianza que entre sus misiones tenían el espiar y hostilizar a los emigrados políticos cubanos. Para la autora de Juana Revolico las circunstancias no eran las mismas de unos lustros atrás.

La condición del texto que comentaré tiene algo de inquietante: ¿se trata de una misiva real, redactada por Nicolás en verso, para las hermanas camagüeyanas, y que se incluye en el libro por su inmanente condición poética? O por el contrario, ¿es acaso un poema que se vale de una estrategia de la ficción para asumir su forma externa: parte de una situación real y personas existentes marcadas como destinatarias, para hacer verosímil su ficcionalidad, sin que ello implique que el “yo poético” coincida plenamente con el escritor ni que los destinatarios, en última instancia, sean las supuestas veraneantes sino aquel que se acerca al libro? Otro Guillén, el académico Claudio, nos da una clave útil en su ensayo “La escritura feliz: literatura y epistolaridad”[4] cuando se refiere a la existencia de un “pacto epistolar” semejante al que Philippe Lejeune enuncia para las autobiografías[5]: se asume que el autor real, el narrador y el protagonista son una misma persona, a la vez que el lector se incluye como destinatario, junto a aquellos que el autor especifica como tales, y se siente formar parte del “tú textual”. Ese doble pacto permite diferentes grados de invención en el texto. En último caso se trata de precisar si estamos ante una carta real con algún valor literario o ante un texto poético con un grado de ficcionalidad verosímil. Como deslindar esto nos colocaría en una ruta harto insegura, dejaremos a un lado la condición de documento histórico de la carta para ocuparnos solo de su interés ideoestético.

Por cierto, un elemento que podría apoyar la condición absolutamente literaria de la epístola es el que aporta Pogolotti en su crónica, el hecho de que en la segunda edición del libro los nombres de Flora y Ángela fueron sustituidos por los de Nora y Águeda[6]. ¿Pretendía el poeta desmarcarse de las contingencias personales e históricas al sustituir los apelativos reales por otros de simple equivalencia métrica y sonora? Ignoro las razones que pudieron determinar tal sustitución, pero equivale al reiterado acto en los poetas de suprimir las dedicatorias para sus poemas en versiones revisadas, lo que más allá de rupturas personales equivale a liberar al texto de ataduras temporales y concederle un estatuto de mayor autonomía. Quizá venga a cuento aquí la afirmación de Émile Cioran: “La carta, conversación con un ausente, constituye un acontecimiento capital de la soledad. La verdad sobre un autor debe buscarse en su correspondencia y no en su obra. La obra es con frecuencia una máscara.”[7]

En “Epístola” no encontramos el tono amargo del exilio que embarga otros textos de La paloma… como “Pero señor” y “Canción de vísperas”, por solo señalar dos. Al contrario, la misiva en verso se escribe en plena complicidad con las supuestas destinatarias, que no solo son sus compatriotas, sino sus coterráneas, y parte de un elemento cultural que los une todavía más: las comidas compartidas.

En un juego de semejanzas, el poeta parte de la estancia de las hermanas en Palma de Mallorca, y quizá de alguna misiva de estas, para buscar concordancias entre el paisaje de la isla balear con Cuba, o más precisamente con La Habana: la vecindad del mar, el malecón, las construcciones de piedra, la huella hispánica. Pero el texto se desplaza del paisaje natural y de las edificaciones para concentrarse, a partir del vigésimo sexto verso, en otro vínculo del epistológrafo y las destinatarias con la tierra cubana que es motivo de especial nostalgia.

Guillén se vale de un recurso proustiano: la memoria afectiva que se despierta en el paladar. Recuérdese el célebre pasaje de Por el camino de Swann en que el narrador humedece la magdalena en la taza de té y el sabor del bizcocho húmedo trae a su memoria recuerdos de la infancia en casa de su tía. Para el exiliado el asunto es más dramático. Como han dejado constancia a lo largo de la historia abundantes testimonios, literarios o no, en la memoria de aquellos separados por fuerza de su tierra, las comidas juegan un fuerte papel simbólico. No solo el paladar, sometido a bruscos cambios y privaciones aviva la nostalgia, sino que el recuerdo de la cocina del país propio, conduce a otras evocaciones: la familia, los amigos, la patria.

Reencontrarse, pues, con algún sitio donde pueda paladearse algo semejante a los platos frecuentados en Cuba es un modo de restituir una porción de las pérdidas que el destierro ha generado. En casa de las Díaz Parrado él ha podido probar recetas iguales o semejantes a las de su juventud camagüeyana. Ahora que ellas están temporalmente lejos les pide, como recurso intelectual y afectivo, que le describan la semejanza de las comidas mallorquinas con las criollas. Así entra en materia:

        ¿será tal vez cuestión impertinente
        de ardua filosofía
        indagar qué coméis? Quizás podría
        saber yo si figura
        Cuba también en el menú, de modo
        que fuera la ilusión así completa.
        Perdonadme ante todo.
        Perdonad al poeta
        desdoblado en gastrónomo...[8]

La simetría Mallorca–Cuba va a ser subrayada pronto por una especie de comparatística gastronómica donde las comidas de España —puente entre América y Europa, cuya cocina conoce bien el escritor, sobre todo por los platos aclimatados a su tierra— sustituyen las de la enigmática cocina balear que no le eran familiares:

Fabada asturiana

        Mas quiero
        que me digáis si allá (junto al puchero,
        la fabada tal vez o la munyeta),
        lograsteis decorar vuestros manteles
        con blanco arroz y oscuro picadillo,
        orondos huevos fritos con tomate,
        el solemne aguacate
        y el rubicundo plátano amarillo[9].

Alejo Carpentier, en su ensayo “Problemática de la actual novela latinoamericana”, adapta la teoría de los contextos de Sartre para hacer visibles los desafíos que tiene ante sí el autor de este lado del Atlántico a la hora de captar con fidelidad el marco en que se mueven sus personajes. Entre ellos están los “contextos culinarios”. Allí ejemplifica el proceso de transculturación de la cocina americana a partir de platos como el ajiaco, donde la cocina española se enriquece con los frutos del Nuevo Mundo. De ese mismo modo la cecina española se convierte en el bucán. Para Alejo, incorregiblemente cosmopolita, las tres grandes cocinas del mundo son la francesa, la china y la mexicana, afirmación que, por absoluta, pudiera ser polémica. Pero lo esencial es una definición que considero de valor general aunque él la enuncia sólo con respecto a ellas:

La cocina mexicana responde a una filosofía, a un sistema, a un discurso del método, del tratamiento de los manjares, que, como la cocina francesa y la cocina china, no resulta una mera repetición, inamovible, de veinte platos regionales, tradicionales, siempre semejantes a sí mismos […] Es cocina que permanece fiel a sus raíces primarias[10].

Esa “filosofía”, ese logos cuasi cartesiano a los que se refiere Alejo, son principios ordenadores de cocinas de gran tradición, diversas, llenas de matices, capaces de asimilar, procesar y mutar influencias foráneas, a la vez que se establece una fidelidad marcada a ciertos principios que se ubican en tiempos remotos.

Se supone que Nicolás plantea una dicotomía entre los platos de allá, los españoles, y los de acá, los criollos. Sin embargo, el asunto no es tan sencillo. Ser camagüeyano y conocedor de las tradiciones culinarias de la región, sostenidas sin mucho cambio hasta hace unos años, me permite intuir los sabores que él pudo extraer de la cocina de Argelia o de la de Pepilla. La ciudad cabecera, situada en medio de un llano, lejos del mar, conservaba una fuerte impronta de la inmigración hispánica, de modo que se habían aclimatado en sus fogones, sin conflicto alguno, la espesa fabada asturiana, la enigmática munyeta catalana, con sus frijoles aplastados y mezclados con picadillo de jamón y cebolla, para formar una pasta que se doraba al sartén hasta que tomaba el aspecto de una tortilla morena, además de muchísimas variantes del puchero medieval, cuyas múltiples recetas continúan elaborando y modificando las familias. Eso no impedía que alternaran en los menús hogareños el picadillo –que en los días de más fortuna se sazonaba con pasas, aceitunas y alcaparras— el arroz blanco, los plátanos maduros fritos, más los frijoles negros “dormidos” en cuya preparación, junto al aromático vino seco y las flores de orégano, era indispensable agregar una dosis muy precisa de azúcar.

Creo que nadie en Camagüey se planteaba esa escisión entre la cocina española, que en gran medida era ya vista como propia, y la criolla, cuya riqueza no se reducía a cuatro platos estandarizados como en ciertos restaurantes para turistas de la actualidad. Lo mismo sucedía con los postres: todo buen lugareño apreciaba las torrejas, la natilla cubierta de azúcar tostada por una plancha, el arroz con leche, sin preocuparles que su origen fuera ibérico, tanto como los más criollos: el boniatillo, el majarete o las tortas de yuca que llamaban “matahambres”, lo que no excluía que si el presupuesto familiar lo permitía, los domingos llegaran a la mesa los pasteles de la dulcería La Isla, propiedad de catalanes conocedores de los secretos de los hornos franceses.

Arroz con leche y canela

En el paladar de Guillén se mezclaban los sabores decisivos que aprendió en la infancia y luego aquellos que pudo catar en otras regiones de Cuba, más lo que se agregaron en sus extensos periplos por América, Europa y Asia. Ni en eso, ni en el resto de su cultura hay lugar para un nacionalismo estrecho, mucho menos para la pose criollista.

Cuando evoca sabores cubanos en la “Epístola” no traza una escisión cultural entre el modo de alimentación de uno y otro lugar, pues ya se ha apropiado hace mucho de ambos, sencillamente distingue sabores, condimentaciones, la filosofía de la cocina cubana, asociada a una idiosincrasia y hasta a un modo de hacer literatura, concebida como hogar al que siempre se retorna, tras haber probado con curiosidad y deleite los productos de muchos sitios.

A propósito, recuerdo que en mi infancia mi padre me contó que acababa de conversar con su amiga América Guillén y que Nicolás estaba de visita en la ciudad. Eran tiempos de relativa escasez y ella no sabía qué elaborar para invitar a almorzar a su hermano, huésped habitual del Gran Hotel, un sitio que por muchos años fue paradigmático en la Isla por su excelente menú, sobre todo por el modo de elaborar jugosos filetes de res. La respuesta del poeta fue inmediata: “Lo que quiero que me cocines son unos huevos fritos con salsa de tomate, para comerlos con arroz blanco.” Huelga decir que la sorprendida América pudo complacerlo puntualmente con aquel plato que era común hasta en las más humildes casas principeñas. Lo que quizá ella no recordó es que se trataba de los mismos “orondos huevos fritos con tomate” citados golosamente en el verso 39 de la “Epístola”.

El poeta, que ha comenzado por enunciar los alimentos insulares más humildes, pasa, casi sin gradaciones, a aquellos verdaderamente emblemáticos, derivados del cerdo. Con tono festivo exalta:

        ¿O por ser más sencillo,
        el chicharrón de puerco con su masa,
        dándole el brazo al siboney casabe
        la mesa presidió de vuestra casa?
        Y del bronco lechón el frágil cuero
        dorado en púa ¿no alumbró algún día
        bajo esos puros cielos españoles
        el amable ostracismo? ¿Hallar pudisteis,
        tal vez al cabo de mortal porfía,
        en olas navegando,
        en rubias olas de cerveza fría,
        nuestros negros frijoles,
        para los cuales toda gula es poca,
        gordo tasajo y cristalina yuca,
        de esa que llaman en Brasil mandioca?[11]

Chicharrón de puerco con su masa

Ya en el verso 56 la mesa está servida. Si el chicharrón y el casabe son el entrante que alude al primitivo y problemático encuentro de aborígenes y colonizadores, de donde deriva un doloroso proceso de transculturación, el centro de la mesa va a ocuparlo el lechón asado en púa, plato por antonomasia de la cocina criolla, no solo por su antigüedad sino porque tiene auténtica presencia en el imaginario colectivo cubano, en tanto se le asocia no con comidas cotidianas, sino con auténticas ocasiones festivas, que congregan a la familia, las amistades, los vecinos, en celebraciones a las que se unen la poesía improvisada, el canto y el baile. Tanto los frijoles negros como la yuca son complementos habitualmente obligatorios, así como las “rubias olas de la cerveza fría”. Se trata del banquete cubano por excelencia, sobre todo en las zonas rurales, y funciona como un ritual colectivo, una búsqueda del placer para todos los sentidos, donde no se teme a los excesos, porque está concebido con un talante barroco.

A estas alturas del texto no es desdeñable encontrar cierta familiaridad en el tema y en el procedimiento acumulativo con otros referentes de la literatura cubana. En primer término recordaríamos el pantagruélico almuerzo servido en el palacete de la Habana colonial que posee el Conde Coveo, en la novela Mi tío el empleado, de Ramón Meza, aunque en este caso la portentosa cantidad de manjares descritos no responde tanto a un propósito cultural, sino a enfatizar la descomunal avidez del personaje por las riquezas y todo lo que estas puedan aportarle. Más cerca están estos versos de aquel pasaje de La expresión americana donde Lezama describe el festín del señor barroco, cuya finalidad, más allá de halagar el paladar y la imaginación, es mostrar de forma tangible el proceso de integración de una identidad americana.

Por rutas semejantes a las del autor de Paradiso va entremezclando en su enumeración productos de la tierra y alimentos elaborados, cada uno de ellos ayuda a completar esa cornucopia o gran ofrenda al mestizaje culinario: las “sagradas pepitas” del maíz de Centroamérica, el quimbombó africano que llegó a las cocinas coloniales gracias a la vez al hortelano chino y a la cocinera conga y que viene a avecindarse con el guiso de camarones, o el arroz con pollo “que es a la vez hispánico y criollo”, primo de la paella valenciana.

No puede faltar en esa mesa poética el ajiaco, descrito así:

        No me llaméis bellaco
        si os hablo del ajiaco,
        del cilíndrico ñame poderoso,
        del boniato pastoso,
        o de la calabaza femenina
        y el fufú montañoso[12].

Fufú de plátano con tocino.

No es difícil leer tras la ironía del poeta las alusiones eróticas presentes en el fragmento donde el “cilíndrico ñame poderoso” con su aspecto fálico encuentra su complemento en la “calabaza femenina”. Más allá del guiño procaz que parece hacer el autor a las hermanas de vacaciones, está la propia condición del ajiaco como ejemplo privilegiado para la formación de lo cubano. Recordemos la muy plástica descripción de Fernando Ortiz en su conferencia “Los factores humanos de la cubanidad”, dictada en 1939 en la Universidad de La Habana y que merece citarse in extenso:

La imagen del ajiaco criollo nos simboliza bien la formación del pueblo cubano. Sigamos la metáfora. Ante todo una cazuela abierta. Esa es Cuba, la isla, la olla puesta al fuego de los trópicos... [...] La indiada nos dio el maíz, la papa, la malanga, el boniato, la yuca, el ají que lo condimenta y el blanco xao-xao del casabe con que los buenos criollos de Camagüey y Oriente adornan el ajiaco al servir. Así era el primer ajiaco, el ajiaco precolombino, con carnes de jutías, de iguanas, de cocodrilos, de majás, de tortugas, de cobos y de otras alimañas de la caza y pesca que ya no se estiman para el paladar. Los castellanos desecharon esas carnes indias y pusieron las suyas. Ellos trajeron con sus calabazas y nabos, las carnes frescas de res, los tasajos, las cecinas y el lacón. Y todo ello fue a dar substancia al nuevo ajiaco de Cuba. Con los blancos de Europa, llegaron los negros de África y éstos nos aportaron guineas, plátanos, ñames y su técnica cocinera. Y luego los asiáticos con sus misteriosas especias de Oriente; y los franceses con su ponderación de sabores que amortiguó la causticidad del pimiento salvaje, y los angloamericanos con sus mecánicas domésticas que simplificaron la cocina y quieren metalizar y convertir en caldera de su «standard» el cacharro de tierra que nos fue dado por la naturaleza junto con el fogaje del trópico para calentarlo, el agua de sus cielos para el caldo y el agua de sus mares para las salpicaduras del salero. Con todo ello se ha hecho nuestro nacional ajiaco[13].

Como el festín ha sido sobreabundante, el autor de la carta decide ser parco en los postres y apenas invoca algo de especial resonancia para su ser camagüeyano: los cascos de guayaba acompañados del queso blanco criollo, típico de su región.

El desenlace del poema o final de la misiva se localiza en los versos del 87 al 104. Se retoma el ambiente de la introducción y volvemos a percibir la presencia de las destinatarias, mar por medio, en la isla de Mallorca y la interrogante central del escribiente: más allá de incidentales semejanzas de esa tierra con Cuba, ¿está disponible o no la auténtica comida de su país en aquel lugar? Tras la insistente pregunta está implícita una evidente negativa. Sólo hay una isla en las Antillas donde él pueda satisfacer a la vez su hambre de alimentos familiares y de patria.

A pesar de todo, el largo texto logra sostener de inicio a fin su tono de amable broma. No irrumpe en el texto la tristeza contenida, la amargura del desterrado, la queja del poeta sometido a vida precaria, sino que un humor incisivo se apodera de él. Si no puede sino seguir soñando con satisfacer sus más urgente apetitos entonces:

        Y cuando al fin os vea,
        vueltas las dos de España
        a París, esta aldea,
        os sentaré a mi costa
        frente a una eximia y principal langosta
        rociada con champaña[14].

Broma por broma: si París es todo lo contrario de una aldea, el poeta del Camagüey está muy lejos de poder ofrecer en la vida real a Flora y Ángela —o a sus alter ego Nora y Águeda— ese menú para turistas que ha devenido en lugar común de las mesas afortunadas, la gran langosta acompañada de algún Dom Perignon. Ese es precisamente el objeto exótico que cierra la “Epístola”.

Dejo a quienes se ocupan de estudios formales analizar la estructura del poema. Solo diré que tras la aparente facilidad del texto y de la llaneza de su lenguaje, a veces a punto de caer en lo prosaico, hay un virtuosismo métrico notable en tanto la epístola está redactada con la alternancia de versos endecasílabos y heptasílabos, con un esquema de rima irregular, que incluye la consonante y la asonante, con algunos versos sueltos. La impresión general es que el autor ha querido asumir un tono añejo, preclásico, revestirse con los modos medievales del “mester de clerecía” —desde Gonzalo de Berceo hasta el Arcipreste de Hita—, para escribir con desenfado de algo material, corporal que luego será excluido de los temas poéticos.

¿Por qué recordar este poema en un cuaderno lleno de angustias humanas en el que se acumulan preocupaciones universales que van desde las sombrías dictaduras de Guatemala y Paraguay, hasta la cruenta lucha de los africanos contra el colonialismo, sin olvidar el peligro de la ubicua presencia militar y cultural norteamericana?

Yo diría que la razón está asociada con la riqueza de la poética de Nicolás que es irreductible a los esquemas, y La paloma… viene a hacerlo evidente de nuevo: él puede ser a la vez nacionalista y cosmopolita, comprometido con las causas populares e integrador de las culturas más sofisticadas, comunista y amigo de múltiples placeres. No vive únicamente de ideas políticas y de formas literarias. Necesita del compartir, de la fiesta, del calor humano y aun del paladeo de la memoria. Además de ser un testigo y a la vez un actor de la historia, no sacrifica su condición de hombre privado y sus apetencias. Su sabiduría a lo largo de su rica y movida existencia le llevará a gustar a veces del tasajo o del cerdo en medio de las tertulias nocturnas de la Bodeguita, animadas por el canto pícaro de Carlos Puebla o Ñico Saquito, ni desdeñará la sala encristalada donde la langosta exhibe el contrapunto de su armadura bermeja con la carne marfileña mientras se enfrían en grande hieleras los vinos espumosos de Europa. Para todo eso tenía una gran sonrisa y un verso nuevo a punto de brotar.

El poema íntegro puede leerse en Poéticous.

[1] Gabriel García Márquez: “Memorias de la revolución”. Publicado originalmente en Revista Casa de las Américas, La Habana, enero de 1977. en http://gabazo.blogspot.com/2011/06/memorias-de-la-revolucion.html?view=sidebar

[2] Graziella Pogolotti: “Las dos hermanas”, en www.fundacioncarpentier.cult.cu/carpentier/las-dos-hermanas, p.2.

[3] Ibíd., p.12.

[4] Claudio Guillén: “La escritura feliz: literatura y epistolaridad”. En: Múltiples moradas. Ensayo de literatura comparada. Barcelona, Tusquets Editores, Marginales 170, 1998, pp.187-190.

[5] Cf. Philippe Lejeune: El pacto autobiográfico y otros estudios. Málaga, Editorial Megazul S.A, 1994.

[6] Graziella Pogolotti: Ob.cit., p.14.

[7] Émile.Cioran: “Manía epistolar”, en Ejercicios de admiración y otros textos. Barcelona, Editorial Tusquets, 1992, p.205.

[8] Nicolás Guillén: “Epístola”. En: La paloma de vuelo popular. La Habana, Ediciones Sensemayá, 2017, p.79.

[9] Ibídem.

[10] Alejo Carpentier: “Problemática de la actual novela latinoamericana”. En: Ensayos. Selección y prólogo de Graziella Pogolotti. Biblioteca Alejo Carpentier, Documentos. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2017, p.224.

[11] Nicolás Guillén: Ob.cit., p.79.

[12] Ibíd., p.80.

[13] Fernando Ortiz: “Los factores humanos de la cubanidad”. Consultado en http://www.encaribe.org/Files/Personalidades/fernandoortiz/texto/Los%20factores%20humanos%20de%20la%20cubanidad.pdf, pp.5-6.

[14] Nicolás Guillén: Ob.cit., pp.80-81.

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