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Amor y mujeres en la vida de José Martí

Amor y mujeres en la vida de José Martí

No es profanación irreverente, sino más bien necesidad afanosa de conocer al héroe, esa búsqueda incesante en los papeles de José Martí, como jamás se hiciera con otros próceres cubanos. Pero aunque no constituye irreverencia, arrastra seguramente un gran peligro: el peligro de la interpretación torcida, la ineludible fatalidad de que el “filisteo” juzgue siempre maliciosamente los actos de su enemigo natural que es el poeta. (Y conviene, tratándose de Martí, no olvidar nunca su meollo poético, raíz y base de su propia función revolucionaria). Y cuando nuestro país afronta precisamente una etapa de tosca sensibilidad para las cosas del espíritu, de casi absoluto “filisteísmo”, a nadie ha de sorprender que se extienda la absurda convicción de que Martí fue una especie de Don Juan o por lo menos un conquistador impenitente, cuya vida atraviesa un tropel de mujeres atormentadas, como las que seguían al Burlador en el poema de Charles Baudelaire: “un grand troupeau de victimes offertes”.

Anticipemos, pues, esta afirmación esclarecedora, que toma muy de cerca la verdad: Martí fue de cierto modo la antítesis del Don Juan, que por definición es el hombre de apetitos, dominador que avasalla sin entregarse, y que procura evitar siempre, guiado de frivolidad instintiva, que la aventura se le convierta en drama. Por el contrario, Martí posee —como hombre de rica vida interior y de hondas preocupaciones éticas— el sentido dramático de la realidad amorosa. “El amor es una rosa al revés”, apuntó en su cuaderno de trabajo, “porque tiene las espinas dentro”. Nunca Don Juan hubiera podido concebir metáfora semejante: para Don Juan, incorregible extravertido, la rosa y las espinas se hallan siempre “fuera”, y acaso el “dentro” —lo íntimo, lo espiritual, lo arcano— ni siquiera existió nunca.

Pero volvamos a Martí. Si algo en él nos asombra, después de recordar la leyenda que va amenazando con presentarlo como un “galán terrible”, es la brevedad numérica de sus episodios amorosos que merecieron tal nombre. Cuando los relató hace algunos años, en un interesante opúsculo titulado “Mujeres de Martí”, el meritorio Gonzalo de Quesada y Miranda se esforzó sin duda en documentar el elenco femenino, añadiéndole mujeres que no admiten la preposición “de” con que sugiere pertenencia, tales como Sarah Bernhardt o Helen Hunt Jackson, y aun la madre, doña Leonor, y la segunda esposa de Mendive. Sospechamos que este valioso opúsculo, más por lo que sugiere que por lo que dice, acaso contribuya un poco a la leyenda. Si en la página 27 reconoce que “Martí no fue ni nunca pudo ser el tipo del enamorado frívolo, del clásico Don Juan”, ya dos páginas más adelante se refiere a “sus catorce aventuras en España”, entre las cuales, según apunta el autor, Martí menciona nada menos que ocho mujeres que le atrajeron en Zaragoza”, para llegar a deducir que la blonda Blanca de Montalvo “fue seguramente quien le suplicó en vano, con los ojos humedecidos, que prolongase la cruel e inevitable partida”.

Pero “más seguramente”, desde luego hay constancia de que Martí partió hacia México que en el (ilegible), “durante una luminosa media hora” en Southampton, vio “una dulce muchacha”, de la que Martí explica: “Nos quisimos y nos dijimos adiós para siempre”. Subráyese el hecho: un amor a primera vista y de solo media hora, mientras el buque hacía escala. El comentario de Gonzalo de Quesada es también merecedor del subrayado: “¡Cuán grande, dice, es el significado de aquellas cinco palabras: ¡durante una luminosa media hora! ¡Cuán típicas son de su concepto del amor! En una playa extraña, con una mujer de raza distinta a la suya, con una dulce inglesita, el peregrino entona el canto eterno de la vida, pero es tanta la ilusión que pone en ese abrazo con una hija del Norte, es tal su poder de idealizar siempre, aún el mismo fugaz trato con una mujer desconocida, que ella también deja en su alma mieles y perfume y, una y otra vez, al contrario de los que pudieran pensar que sólo se trataba de un trance ligero, apunta siempre en su lista de amores: la de Southampton”.

Sin proponérselo Gonzalo de Quesada, y aún por mucho de que reitere la protesta de que Martí no fue un Don Juan, tal párrafo induce a que los lectores sencillos tomen la peripecia como elemento para que la imaginación se escape hacia el primer acto del Tenorio de Zorrilla, donde Don Juan y Luis hacen la confronta de sus conquistas.

Pero, lector, si embridas la imaginación desorientada y te detienes a reflexionar un poco, verás que el episodio de Southampton debe alcanzar una significación muy distinta en la biografía de José Martí. Prescindir del supuesto “abrazo con una hija del Norte”, que no se acredita más que en la glosa exaltada y (ilegible) a que Martí siguió recordando entre sus amores a la innominada inglesita de Southampton, apenas conocida “en una luminosa media hora”. Y llegarás a la conclusión de que la “aventura” no pasa de ser ingenuamente romántica, aventura de genuino poeta. Si hubiera existido el “abrazo” —y valga como perífrasis— la huella no hubiese sido perdurable. Ningún hombre de buen juicio se hace ilusiones con una mujer que se le entrega al (ilegible) y no añade otra experiencia posterior a la facilidad con que ha dejado conquistarse. Precisamente la reiteración con que Martí evocó a “la de Southampton” debe tomarse como prueba plena de la castidad del encuentro.


Al estudiar la vida amorosa de Martí, y en general de cualquier hombre, hay que tener muy en cuenta la cronología. Hace poco más de tres años, con motivo de la frustrada interpretación cinematográfica de “La que se murió de amor”, señalé el yerro enorme de presentar a Martí ya en la cuarentena, con la imagen angustiosa de los últimos retratos para “filmar” el tierno cuento en flor de “la niña de Guatemala”. Se me respondió entonces con la excusa de que el público no reconocería otra estampa del protagonista. Y se produjo lo esperado: las autoridades prohibieron la exhibición de la cinta, por considerarla ofensiva a la sagrada memoria del Apóstol.

Claro está que la intención de los “productores” jamás fue otra que el homenaje respetuoso. Pero, como sucede muchas veces en la vida, “siempre” en el arte, la intención no bastaba. Un error cronológico había trasmutado el idilio guatemalteco en algo muy parecido a un episodio repugnante. Resulta difícil justificar que un hombre de cuarenta años sea la causa, más o menos remota, de que muera de amor una adolescente de 15, y, sin embargo, tratándose de un joven, ahí hay una larga teoría de novelas y poemas capaz de evidenciar hasta la belleza del inquerido sacrificio. Otra significación habría en la historia, y otra, desde luego, en la interpretación cinematográfica, cuando se advierta que entonces Martí no tenía más que veinte y cuatro años y “todavía” no era apóstol. Los malos biógrafos pecan de indiferencia ante la cronología y suelen llamar a Martí “apóstol” desde que era muchacho, como si el hombre fuese uno e inmutable desde la cuna al sepulcro, y como si lo apostólico no hubiese venido más tarde, a pesar de las experiencias precoces del presidio político.

Puede decirse, eso sí, que la limpia concepción amorosa de Martí aparece muy temprano. Aún es casi un niño. Desde la cárcel le escribe a la madre que ese lugar “es una fea escuela, porque aunque vienen mujeres decentes, no faltan algunas que no lo sean”. Y ya entonces formula un voto de castidad espontáneo: “A Dios gracias, el cuerpo de las mujeres se hizo para mí de piedra. Su alma es lo inmensamente grande, y, si la tienen fea, bien pudieran irse a brindar a otros sus hermosuras. Todo conseguirá la cárcel, menos hacerme variar de opinión en este asunto”. Y muchas veces reiteraría después el mismo pensamiento, que reaparece con insistencia en sus prosas y poesías. La carta de 1869 anticipó, en esencia, la metáfora de los “Versos libres” donde proclama que “no es hermosa la fruta en la mujer, sino la estrella”. Reléase “Amor de ciudad grande” y se comprenderá mejor hasta qué límites se mantuvo el poeta fiel en su repulsa a los amores mercenarios o simplemente desprovistos de impulsos espirituales.

En unas páginas que nunca dio a la imprenta, y en las cuales parece obedecer al ansia de confesarse a sí mismo, dio Martí esta fervorosa explicación del amor: “Creen las mujeres con error, y creen los hombres, que una vez dada la gran prenda, la prenda del cuerpo, el beso sacudido: —todo está dado, y todo conseguido. ¡Oh, no! El alma es espíritu, y se escapa de las redes de la carne: —es necesario conquistarla con espíritu—. Un beso presente desarruga una frente que no basta a desarrugar el calor entibiado de muy amantes besos anteriores. Ni amante ni amada han de dejar que la falta de frecuencia de mutuas solicitudes, reveladoras de constantes pensamientos, hagan sentir la necesidad al alma siempre ardiente del alimento de que vive, y la empujan a buscarlo, o la proponen para aceptarlo, si los azares de la vida se la ofrecen. Las atenciones amorosas que se dan son un cuerpo de resistencia que se hace el alma contra la invasión del amor ajeno… Siendo tiernos, elaboramos la ternura que hemos de gozar nosotros. Y sin pan se vive: —¡sin amor, no!—. No ha de desperdiciarse ocasión alguna de consolar toda tristeza, de acariciar la frente mustia, de encender la mirada lánguida, de estrechar una mano caliente de humor. ¡Perpetua obra, obra de todo instante, es la ternura! Si no, el pensamiento no satisfecho busca empleo. Hay una palabra que da idea de toda la táctica de amor: rocío-goteo. Que haya siempre una perla en la hoja verde. Una palabra en el oído, una mirada meciente en nuestros ojos; en nuestra frente, un beso húmedo. El que así no ame, no será jamás amado. Caerá y volverá a caer, y clamará desesperado, y se perderá en abismos negros, y morirá solo…” Y el propio “cuaderno” donde escribió las palabras anteriores nos ha dejado conocer otras: “El deseo se sube al cerebro como el vino. Ciega y altera. Se ha de desconfiar de los primeros impulsos del amor, generados casi siempre, aunque purificados, por una impresión física. Hay tanto derecho para robar un alma como para robar un reloj… El mero deseo de poseer no basta para merecer la posesión de lo que se desea”.

Desde luego, esta concepción del amor desconcertaría un poco, y hasta haría pensar en la leyenda del donjuanismo, por la sensual exaltación que revela, si no pusiéramos mientes en que presupone la victoria de los elementos espirituales y el reproche al “robo de un alma”, es decir: al fraude, a la simulación para el goce, a la brutal conquista de quien no desconfía ante “los primeros impulsos”.


Cuando sale del presidio, rumbo a España, Martí parece no haber tenido ninguna experiencia amorosa. Nada de extraño tiene que viva innumerables idilios en España: “catorce aventuras”, dirá Gonzalito con precisión aritmética. Pero aún falta por añadir que la permanencia en España abarca entonces desde enero de 1871 hasta finales de 1874. Son los años vaguerosos (sic), los años de curiosidad y aprendizaje, tránsito de la adolescencia a la juventud, que van en Martí desde los dieciocho a poco menos de los veintiuno. Y además, por arduo que sea el trabajo para evocarlas, tales “aventuras” solo debieron haber sido simples amoríos, y en ocasiones, seguramente, algún éxtasis fugaz como el de Southampton. El drama “Adúltera”, por otra parte, sólo permite creer, según contara el propio Martí en unas notas, que “a los dieciocho años de su vida estuvo, por vanidades de la edad, abocado a una gran culpa”. Pero nada más que “abocado”, y él lo analiza: “Lo rojo brilla, y seduce: vi unos labios muy rojos en una sombra; pero, interiormente iluminado por el misterioso concepto del deber, llevé la luz a la tiniebla y vi de cerca todos sus horrores”.

María García Granados

Pronto, sin embargo, ha de conocer y amar a las únicas tres mujeres que imprimirán huella profunda en su vida, antes de surgir el amor de Carmen Miyares, donde halló el hogar que no había podido mantener junto a la esposa legítima. Esa trinidad amorosa, de muy variados matices, comprende tres nombres: el de Rosario de la Peña, pasión tormentosa y breve; el de María García Granados, la “niña”, y el de Carmen Zayas Bazán, la cónyuge prácticamente incompatible.

Martí cuenta poco más de 22 años al desembarcar por primera vez en México. Frecuenta las tertulias literarias y en ellas conoce una “mujer fatal”, fatalmente romántica: la Rosario del “Nocturno”. Por ella se había suicidado Manuel Acuña. Y ahora la asedian el satírico Ignacio Ramírez, “El Nigromante”, y el lírico José María Flores, sensual cantor de “Pasionarias”. En torno a Rosario parece girar toda la pléyade azteca. Hay cartas de Martí que revelan el apasionado desasosiego con que el muchacho, inexperto aún en trajines galantes, se desesperaba ante la mujer de atormentada experiencia. “¡Qué firme, qué duradero, qué hermoso amor sería éste —le escribe Martí a Rosario— que empezase con la confusión de dos espíritus!” Y en la propia carta le confiesa: “Que amé, no ha sido. Que quise amar, fue cierto. Que sino hoy, lo espero”. Sin embargo, aunque con ella vivió momentos de pasión, el episodio fue bastante efímero. Si se quiere, efímero e intenso. Poco después, Martí ama a la que elegirá como esposa: a Carmen Zayas Bazán, camagüeyana residente en México, y aún las crónicas añaden otro nombre: el de la actriz Concha Padilla.

Recuerdo que la propia Amelia, hermana del apóstol, me refirió la escena del Teatro Principal de México, cuando las ovaciones del público reclamaban la presencia del autor de “Amor con amor se paga” y Martí salió cogido de la mano de los intérpretes de la obra: de Enrique Guas de Pérez y de la Padilla. Le pregunté si entre Martí y la Padilla hubo en verdad amores; pero Amelia no supo responder con certidumbre. “Me acuerdo, dijo, que Carmita estaba muy seria aquella noche”. Hace pensar que se trata de otra leyenda caprichosa la misma dedicatoria que Martí escribió poco más tarde, el 30 de marzo de 1876, en un ejemplar del proverbio “Amor con amor se paga”, que regaló a Concha Padilla. “Concha, le dice: usted tomó esta escena descarnada, y puso en ella corazón, gracia y talento; es justo que su primera página sea toda de gratitud y de especial cariño para usted de su respetuoso amigo y servidor —J. Martí”. Ningún amante dedicaría una obra despidiéndose como “su respetuoso amigo y servidor”. Ni siquiera en México, país de parsimoniosa cortesía.

Estos años de la primera juventud son años de tormentosa incertidumbre. Con adivinación genial, Martí presiente su destino. “Vivo”, le dice a Rosario, “porque yo he de ser más fuerte que todo obstáculo y todo dolor. Pero despiérteme Ud. a la agitación, a la exaltación, a las actividades, a las esperanzas, a todo cuanto pudiera hacerme posible la excusa y el olvido de la vida”. A continuación declarará sin rodeos: “Yo necesito encontrar ante mi alma una explicación, un deseo; un motivo justo, una disculpa noble de mi vida. De cuantas vi, nadie más que usted podría”. Debieron parecer a Rosario muy extrañas semejantes palabras, que hoy entendemos con facilidad relativa por conocer la trayectoria final de quien las escribiera. Un joven que pide a la amada, más que el amor mismo, el que le “despierte”, le sirva de fuerza animadora.

Ninguna importancia tiene el episodio de la joven india que encuentra Martí “saliendo de un río cristalino”, Venus flexible, esbelta y voluptuosa, de la que más tarde diría que “la amó y fue amado”. La aventura no merece otro nombre. Ha sido eso, y nada más que eso: una aventura, y de muy escasas complicaciones, si recordamos la facilidad con que las indias montaraces suelen brindar a cualquier viajero una limosna de amor sin consecuencias.


He visto en el archivo martiano de Gonzalo de Quesada —y me parece que aún continúa inédita— una tarjeta escrita a lápiz, donde Martí reconoce el posible error de haber sofocado el amor que le inspiró “la niña de Guatemala”, por la obligación de cumplir la promesa de matrimonio a Carmen Zayas Bazán. Sin embargo, no es difícil comprender que Martí prefiriera a Carmen, menos espiritual, y acaso por eso mismo; la ley que los filósofos llaman la “enantiodromia” —la ley de reversión de lo opuesto— suele producir esos enlaces aparentemente absurdos, en los que el hombre de espíritu se ata por siempre a una mujer de sensibilidad precaria, o viceversa. Recordaríamos fáciles ejemplos: el matrimonio de Goethe y el de Heine, o aún mejor el de Sócrates, que ya tiene valor de arquetipo clásico.

La tragedia matrimonial del apóstol tenía que desencadenarse sin remedio. Y ni siquiera parece justo culpar a la esposa que no se resignara al sacrificio del hogar en aras de unos ideales políticos que tampoco la entusiasmaban. Por otra parte, la segunda deportación de Martí a España complica más esa desavenencia profunda, que desde la renuncia de la cátedra de la Escuela Normal de Guatemala ya se había entremezclado con las “innobles melancolías de los apuros pecuniarios”. Al escapar de Europa a Nueva York, sintiendo más que nunca la soledad y la incertidumbre, Martí conocerá pronto una mujer que le ha de ofrecer hospitalaria ternura, y la conocerá en un período en que la esposa le envía cartas exasperantes, donde le habla de lo “cuerdo” que hubiera sido aceptar el Pacto del Zanjón y abrir bufete de abogado en Cuba, en vez de insistir en una quimera. Por aquel tiempo Martí anotó con pesadumbre: “En el matrimonio, en cuanto empieza la falta de identidad, ya no cabe felicidad”.

Carmen Zayas Bazán.

La esposa hace esfuerzos por adaptarse a la triste vida que representa la función de apóstol. “Desde hoy espero tus órdenes para hacer lo que mandes. Créeme, Pepe, yo no quiero sino que olvidemos el pasado. Es necesario estar unidos por nuestro hijo; no se le da la vida a un ser sino para sacrificarse por él”. Esta carta sería muy fácil de comprender y justificar a los ojos de una madre. Rezuma maternidad ejemplar y eterna; propósito de sacrificarse “sólo” por el ser a que le diera vida. Y este principio, desde luego, excluye y rechaza cualquier género de misionería revolucionaria. Nada más lejano de él que ese sentido de la familia de que hablaba Martí al decirnos que “las grandes ideas y las grandes acciones son la familia natural del grande hombre”.

Y aun la propia madre de Martí contribuía a intensificar la soledad en que se hallaba. Tras el viaje a Caracas, aconsejado por Carmen Miyares, doña Leonor aprovecha el fracaso del hijo para aconsejarle prudencia: “Yo creo, le dice, que este viaje te servirá de mucho para ser algo más indulgente, pues habrás conocido que en todas partes los hombres son iguales, que hay buenos y malos, y que con todas formas de gobierno hay descontentos, y te acordarás de lo que desde niño te estoy diciendo: que todo el que se mete a redentor sale crucificado”. Pocos momentos de superior angustia debió sentir el “redentor” como al leer, de puño y letra de la madre, de la que había nacido “con una vida que ama el sacrificio”, las palabras desalentadoras que le había repetido muchas veces ante sus candorosas exaltaciones infantiles.

Y en esa soledad Martí encuentra la acogedora ternura de Carmen Miyares, que lo acepta con sus frustraciones y con sus sueños, que le mima y le ampara. Llega, pues, “espantado de todo”, a un amor que no sería caprichosa metáfora llamar “refugio”. Por ella escribirá: “¿Qué importan las serpientes de este mundo, si se tiene un rincón de paredes blancas, y una mano pura que apretar?” Ya vecino a la muerte, entre las malezas y zarzales de Baracoa, el apóstol escribirá a la mujer consoladora: “Véame vivo y amando más que nunca a las compañeras de mi soledad, a la medicina de mis amarguras”. (Se refería a Carmita y sus hijas.) Y pocos días más tarde ha de caer en Dos Ríos llevando junto al corazón el retrato de una de ellas, “como escudo contra las balas”… ¡Qué absurda y caprichosa fantasía, cuando no embotada sensibilidad o maliciosa protervia, la que se requiere para confundir a un hombre de amores, que se entrega íntegro y sangrante a cada mujer que quiere llamar suya, con el Don Juan despreocupado y sin escrúpulos, cuya veleidad amorosa han llegado a considerar morbosamente femenina!


Tomado de Bohemia, Año 40, Num. 4. La Habana. Enero 25 de 1948, pp.25, 55- 56, 58-59.


Leído por María Antonia Borroto.
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