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Nuestras piedras eternas...

Nuestras piedras eternas...

Para encontrar el alma de las cosas no es necesario disponer, como Ricardo León dispuso en Alcalá de los Zegríes, de unas piedras milenarias y de un escenario de epopeya. Las piedras más humildes y más frescas, cuando contribuyen al cimiento miliar de una población con espíritu y con gloria, tienen también un alma recóndita y sensible que les confiere presencia e inmortalidad, siquiera sea en la emoción perenne de quienes las sepan contemplar percibiendo el peso y la gravitación de la historia.

A semejanza del hombre, también los pueblos y las ciudades se descubren a sí mismos en el visible imperio de su propio espíritu, en cuanto tenga éste de fundamento y creencia de una noble y fraternal congregación humana. Atenas o Bizancio, Roma o Cartago, Florencia o París, no serían nada, pese al épico revestimiento de su historia, si entre sus piedras y sus ruinas no flotase perennemente un hálito espiritual que las consagra, en los anales de la humanidad, como metrópolis donde, al través del fragor de las armas y el galopar de los caballos, se vislumbran claramente los refulgentes destellos de su alma indómita y sensible, cargada de ensueños, de glorias y de inmortalidad.

En estos días, estamos rememorando con cierta timidez inexplicable, que no acaba de cuajar en franca y abierta emoción pública, la fundación de Camagüey el 2 de febrero de 1514, allá en una pequeña ensenada de la gran bahía de Nuevitas. Fue un pasaje acaso intrascendente de la portentosa historia de la colonización ibérica de esta Isla. Pero fue, de todos modos, el nacimiento paupérrimo de una de las primeras villas insulares cubanas, cuatrocientos cuarenta años atrás. Singularmente característico fue uno de los primeros actos realizados por los fundadores: plantaron solemnemente la Cruz del Redentor, acaso por un misterioso impulso premonitor que les permitía, anticipándose al curso de la historia y de los siglos, casi intuir que el Camagüey sería un baluarte inconmovible de la fe cristiana y que el lábaro sublime del Calvario habría que ser, por siempre, asombra maternal a cuyo pie se desarrolla perpetuamente la vida material y la existencia espiritual del pueblo camagüeyano.

La dulce evocación fundamental del viejo y querido Camagüey, a todos más o menos nos ha conmovido por igual en lo hondo del espíritu. Cuando menos a los que tenemos una larga genealogía profundamente afincada en este viejo y austero solar de excelsas y legendarias tradiciones. Camagüey tiene también un alma fragante y vivaz, oculta en el regazo de sus piedras y sus cielos, que se reclinan con cierto recato sobre las extensas planicies de la entraña más fuerte y poderosa de la Isla de Cuba. Pero no busquéis esa alma lugareña en la arquitectura monolítica que humilla y desafía con opulenta arrogancia a las viejas techumbres de los arrugados caserones coloniales; buscadla, y la hallaréis de seguro, en las viejas piedras de sus calles más antiguas, donde la tradición y la leyenda se enlazan estrechamente para engarzarse, como una joya preciosa a la diadema histórica de la ciudad. Buscadla en la mirada nostálgica de la abuela, en la voz grave y pausada de las campanas, en el negro viejo que pasa por las calles como si estuviese siguiendo el camino de la eternidad. Buscadla en el corazón del pueblo, en la entraña viva de los moradores, a la sombra amarga del techo del pobre, de la cama del humilde, del genio y la presencia de la multitud. Porque Camagüey, que tiene sus piedras que no mueren nunca, sus tradiciones, sus leyendas, sus épicas grandezas y gloriosos heroísmos, encierra en sus recintos un alma fuerte, pura e inmortal, expresada brillantemente en el sublime mensaje de sus pensadores más insignes, o cantada melodiosamente en la lira trémula de sus poetas más excelsos. Y una población así, una vieja ciudad sustentada y erguida sobre basamentos espirituales tan firmes y perpetuos puede rebasar sin desmedro los umbrales impresionantes del medio evo, conservando intacto su perfil anímico, el relieve inconfundible y puro de su fisonomía moral. Quinientos y mil años pasarán, tenedlo por seguro, y Camagüey, el Camagüey de leyendas y heroísmos, seguirá incólume erigido sobre la altura de sus tradiciones y sus glorias, como una reserva inapreciable del espíritu limpio y puro de la nacionalidad, del alma cubana en sus esencias, fundamentos y atributos de mayor excelencia, mérito y calidad.

Por el vínculo indisoluble de fe cristiana tradicional, Camagüey se halla unido inseparablemente a su santa Patrona, la Virgen de la Candelaria. A prima noche del pasado martes día 2, la imagen de esta Virgen tutelar de los camagüeyanos salía en procesión solemne de las naves capitulares de nuestra Catedral. Y era de verse y admirarse el fervor y la unción religiosa de quienes le rendían a su alrededor escolta de honor, y de ese pueblo anónimo que se agolpa siempre en todas las calles al paso de las procesiones, para hacer con reverencia el signo de la cruz y reclinar con respeto la cabeza al paso lento y majestuoso de la divinidad.

Universalmente, la humanidad entera se halla en crisis en estos momentos de hondo dramatismo psicológico. Esclava de una ciencia maravillosa, pero insuficiente para hacer la felicidad del mundo, se debate agónica en un oscuro piélago de incertidumbres y de sombras. Como expuso sobriamente Jacques Maritain: “El drama de nuestra civilización no proviene de que haya cultivado y amado la ciencia en un grado muy elevado, sino que ha amado la ciencia contra la sabiduría”. Científicamente se ha tratado de barrer con todas las normas y principios seculares que regularon hasta el pasado siglo todas las consecuencias factibles de la convivencia humana. El resultado no puede ser más terrible ni desastroso. Cayeron los ídolos, cayeron los dioses, cayeron las creencias, cayeron las áureas reglas del pensamiento y del corazón. Pero cayeron, al unísono, los frenos que detenían la ferocidad innata en el hombre, cayeron también los ideales que elevaban sus pensamientos y sentimientos por encima de todo egoísmo y toda avidez; cayeron igualmente sus ilusiones y esperanzas y cayó, consecuentemente, todo el género humano en un materialismo bárbaro y sangriento, ola de pasiones y voluptuosidades que ha sacado por igual el alma de los seres y el alma de las naciones, el alma de los hombres y el alma de las cosas.

“Hacedle a vuestra alma —decía Flaubert— una atmósfera intelectual compuesta por la emanación de todos los grandes espíritus.” He aquí, a mi juicio, lo que ha pretendido Camagüey al rememorar el hecho ingente de su fundación. Evocar los grandes espíritus de sus fundadores, conjurarlos para que reaviven en nuestro corazón el impulso de amor hacia la tierra natal, hacia el hogar común de esta población. Y nada mejor para cerrar nuestro comentario, que el verso estremecido de fervor camagüeyano de Isolinita de Torres, que con su arpa magistral cantó a Camagüey:

    “Hoy sólo mires a tus plantas flores,
    canten tu amor los nobles trovadores,
    formen sus rimas tu mejor presea,
    ¡y de versos, de música, de flores,
    todo el laurel para tu nombre sea!”

Interior de una casa camagüeyana.

Este texto fue merecedor del premio Walfredo Rodríguez Blanco. Tomado de Mi suma ideológica. Ayuntamiento de Camagüey, Camagüey, 1956, pp.5-6.

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