Loading...

Bosquejo histórico del Camagüey Tennis Club

Bosquejo histórico del Camagüey Tennis Club

Triste privilegio, señoras y señores, el de poder recordar cosas ocurridas hace veinte y cinco años —¡hace un cuarto de siglo!— pues ello significa, dado que habitualmente no se tiene memoria de lo sucedido antes de los cinco años, que ya tenemos treinta de edad. Triste privilegio, al que debo el honor de estar aquí esta noche, con mi mujer, en nuestro carácter de padrinos del bautismo de esta casa, cuando no era más que un salón recién levantado entre viejas ruinas, para contaros cómo fueron los comienzos de esta institución, honra de Camagüey; de este Camagüey Tennis Club, sociedad no superada, ni en lo espiritual ni en lo material, por ninguna cubana de su género; obra maravillosa de la inteligencia y la constancia y la capacidad creadora de la mujer camagüeyana.

Naturalmente, no podré contar muchas cosas de las ocurridas en aquellos días iniciales, por falta de memoria y por falta de tiempo. Pero seguramente algunas y algunos de mis oyentes, compañeras y compañeros de primeras letras de aquellos tiempos felices, las recordarán, y podrán contarlas reparando mi deficiencia, en agradables conversaciones que no tendrán la obligada formalidad de esta charla que pudiéramos decir pública, y en las que puede n tener cabida anécdotas que aquí la discreción me veda referir.

Corría el año de 1917, y terminada mi carrera, vine a ejércerla a ésta mi ciudad natal, de la que me había ausentado de seis años de edad. Vine a trabajar al bufete de mi hermano mayor; jugar al tennis era uno de mis trabajos predilectos. Pero en realidad, no había en Camagüey, un tennis que valiera la pena. Un parvulito de entonces, Nicolás Don Zaldívar—ya en aquellos momentos, su hermano Tirito estaba bastante usado—me llevó a un court que había en la Zambrana, en casa del que era como un hermano de mi hermano, José Morel Padilla; y allí jugué tennis por vez primera. Quiero rendir aquí un cálido homenaje al recuerdo de mi compañera en el bello deporte, una joven de alma noble y clara inteligencia, que la Muerte arrebató al cariño de esta sociedad en pleno florecimiento de gracias femeniles, a Sarita Fernández; y envío un saludo cordial a otra tennista del grupo, a Lolán de Varona, mientras recuerdo la adolescencia maravillosa de Carmitina Agüero, flor de mármol de impecable belleza.

El tennis de la Zambrana fue un relámpago.

Pero en el Parque Gonzalo de Quesada había un court de cemento, agrietado e incómodo, no lejos del lugar donde ahora alza su símbolo inmortal el Soldado Desconocido, frente a donde hoy se extiende la mirada de mármol del inmenso Salvador Cisneros Betancourt. Allí, —y otras veces también en una quinta que tenía, cercana a la Caridad, Gabriel Cadenas—, nos reuníamos los devotos del tennis. Allí, en los viejos bancos de piedra, supervivientes de coloniales tiempos, Josefina y Clara Álvarez González, y su sobrina Luisa; Margarita Recio; Angela Isabel Caballero de Cadenas, que vé hoy a sus hijas heredar su belleza, sin perderla ella; Isabelita Garcerán; Fe de Varona, blanca y serena como la luz de la luna, eran asiduas concurrentes; y por allí pasó también, con la majestad ardiente de su belleza criolla, Gloria Simoni, y pasó la gracia gitana de Aurelia Garcés, mientras a veces quería escaparse del cuidado de su manejadora, para incorporarse al grupo de las mayores, una niña de oro y marfil, poco después adolescente de espléndida belleza, y hoy señora de grácil distinción, Charo Álvarez de Tomeu.

Otras muchas jóvenes desfilaron por aquel pequeño campo de tennis del Casino. Y allí, en las tardes, la belleza de nuestras mujeres recibía el homenaje de oro del sol poniente. En cambio, éramos pocos los feos que allí concurríamos.


Entre tanta belleza femenina, una figura se destacaba, en belleza física y espiritual. Alta, blanca y nimbada de oro pálido, había sido tallada en mármol por un escultor impecable, y la noble sangre de una estirpe legendaria le prestaba una serena arrogancia, que de cerca se convertía en amable sencillez. Las propias jóvenes admiraban su gracia inimitable, y los hombres, atraídos magnéticamente por su humana belleza, aún más se deslumbraban por su trato exquisito. Tenía cálida la voz, rica de emoción, y su risa era ciertamente de resonancias musicales. Y con esa voz, que a todo prestaba el encanto de una confidencia, Pilar Garcés expuso una tarde la idea de fundar una sociedad en terrenos del Casino Campestre; una sociedad fundada y dirigida por muchachas, donde se atendiera al deporte, y al recreo de la juventud camagüeyana, necesitada de expansiones espirituales.

La idea fue acogida con general beneplácito. La inteligente actividad de Célida Recio se sintió en el acto despierta, y devota de aquel proyecto. Isabelita Garcerán, con el entusiasmo que siempre pone en todas sus cosas, no quedó en segundo lugar. Cuca Batista, que nunca faltaba en las tardes al Casino, donde siempre decía la palabra oportuna en el momento preciso, sin que jamás discutiera su turno a la hora de tomar la raqueta, en altanera indiferencia, fue también de las primeras en secundar la idea de Pilar Garcés. Reclamo para Ventura Martínez y para mí, el honor de ser, en aquellos momentos, los únicos del sexo feo que nos dispusimos a ayudar a las muchachas en su al parecer fabuloso proyecto.

Pero todo eran voces y propósitos. Un ejército entusiasta de muchachas, se disponía a librar una batalla por la fundación del Camagüey Tennis Club—tuvo su nombre muy tempranamente—y reunido al conjuro de Pilar Garcés, esperaba la voz de mando del técnico militar que las llevara al asalto y al triunfo. El técnico, —el General—, fue elegido, y lo fue también su Estado Mayor, el día 30 de enero de 1919; y desde entonces hasta ahora, cuando las huestes del Tennis forman bajo el mando juvenil y admirable de Josefina Álvarez Loret de Mola, las muchachas del Tennis han tenido una especial sabiduría para elegir sus Directivas. A esta sabiduría se debe, en gran parte, el triunfo de esta sociedad.

Pilar Garcés.

Fue elegida Presidenta del Tennis —que existía solo en propósitos— Zoila Sánchez Mestril. La Vice fue Pilar Garcés: Cuca Batista e Isabelita Garcerán fueron Secretaria y Vice. Célida Recio, la Tesorera, y Sara Sánchez Estrada su Vice. Las Vocales fueron Margarita Recio, María Luisa Calaforra, Aurelia Garcés, Eugenia Recio, Pilar Iraola, María Álvarez, Esperanza Sánchez, Lolita Garcés, Mercedes Calaforra, Ana María Estrada, Rosita Agramonte y María Luisa Tomeu.

Hoy, en este día de conmemoración para el Camagüey Tennis Club, Mercedes Calaforra, lejos del mundo que abandonó llamada por la voz de su fe en Dios, no pensará que aquí sus antiguas compañeras celebran este aniversario. Pero nosotros la recordamos, como recordamos con especial afecto a otra fundadora, entusiasta como pocas, hoy también esposa del Señor, consagrada por su amor a consolar el dolor humano, en retiro de íntima luminosidad, a Sor Leocadia, en el mundo Esther Sariol, que sabe Dios junto a qué anciano desvalido hace en estos momentos el papel de amorosa hija, a impulsos de su fe cristiana.

Porque yo fui testigo, como lo fue Ventura Martínez, de la difícil obra de fundación de este Camagüey Tennis Club, tengo el deber de decir que la noble idea de Pilar Garcés, encontró en Zoila Sánchez Mestril el fuego creador que la hizo cristalizar. El carácter, la inteligencia, el acto, la constancia de Zoila Sánchez; su consagración constante al Tennis; su firmeza en el propósito y su habilidad para sortear innúmeras dificultades, hicieron posible esta obra; sin que sean menores sus méritos ni su labor deba ser menos admirada por el hecho de que la auxiliaran, con igual devoción e inteligente eficacia, otras muchachas—algunas que ya hemos citado, como Isabel Garcerán y Célida Recio, y otras que no es posible que citemos, porque haríamos una larga relación de nombres.

Acordado pedir al Alcalde en arrendamiento el terreno en que hoy se levanta esta sociedad, se hicieron las gestiones pertinentes. Este arrendamiento —por un plazo de 10 años y por 25 pesos mensuales— no fue obtenido sin dificultades, pues era precisa la conformidad del Ayuntamiento, y no pocos concejales no lo veían con buenos ojos. Anecdótico es recordar, en relación con esto, dos casos en que se logró atraer a dos de los principales opositores.

En uno, actuaron directamente las muchachas, con Pilar Garcés al frente. Se trataba de un viejo y popular concejal, destacado político, que unía a su condición de regidor otra de más sagrado respeto. Hombre bondadoso y recto, fácilmente accesible para toda caridad, era al mismo tiempo de franca rudeza, que le autorizaban sus especiales virtudes. Liberal y demócrata sincero, no veía con buenos ojos la idea de que se diese a una sociedad exclusiva, tildada de aristócrata, una propiedad que pertenecía al pueblo, y que éste debía disfrutar sin discriminación de clases. Una tarde, un grupo de muchachas del Tennis, —del futuro Tennis—, con Pilar Garcés al frente, fueron a visitar al batallador concejal, en su amplia y modesta casona de la calle del Cristo. En el enorme patio, aquel terrible enemigo del arrendamiento solicitado, daba de comer a sus aves de corral, y no se había dado cuenta de que en la sala de la casa estaban aquellas muchachas, que no se atrevían a interrumpirlo. Ellas esperaron pacientemente; una tos iba y otra venía; una risa y un comentario se ahogaban alternativamente en el silencio hostil. Pero como todo tiene fin en el mundo, al fin el popular Párroco de la Iglesia del Cristo terminó su labor, y vio a las visitantes. Naturalmente, las conocía a todas; conocía a sus familias; sabía de sus nobles propósitos; pero el Casino Campestre pertenecía al pueblo de Camagüey, y al pueblo se le iba a privar del disfrute de una parte del mismo, para recreo de unos cuantos privilegiados. No era posible votar a favor de aquel arrendamiento; y bien podían las muchachas buscar otro terreno, en otro lugar de la ciudad. Alrededor de estos tópicos, la visita fue larga. Pero Pilar Garcés triunfó una vez más, y el celoso concejal, hombre que a su bondad natural unía extraña firmeza de carácter, quedó convencido, y no combatiría el arrendamiento, ni impediría que sus amigos lo votasen.

En el otro caso me tocó intervenir directamente, por unirme al opositor una antigua amistad, que me permitía invocar el nombre de mis hermanos mayores, que habían sido sus compañeros de infancia. Iguales razones, más robustecidas por alegaciones a la convivencia racial de todos los cubanos, eran aducidas en contra del arrendamiento por un concejal, inteligente y activo, que podía arrastrar otros votos en la Cámara Municipal. Logramos atraerlo a nuestro favor; y hasta su muerte, hace pocos meses, al encontrarlo en la Habana, donde vivía, anciano y ciego, aún me preguntaba por el Tennis y sus muchachitas.


Fue obtenido el arrendamiento, siendo necesaria una labor de convencimiento de muchos concejales, como hemos visto por los casos citados. Diremos, de paso, que su prórroga años después, cuando ya el Tennis existía en realidad, no dio tantas luchas, contando además con el apoyo directo y eficaz del Alcalde Domingo de Para, que siempre fue un amigo del Camagüey Tennis Club.

Ya las muchachas tenían terreno sobrado, con los viejos paredones de una derruida casa, entre maniguales hirsutos. Existían, en las mentes, dos courts de tennis, un campo de basket ball, y una hermosa casa social. En las cajas de la sociedad, no existía nada, ni siquiera una libreta para calcular los gastos futuros.

Comenzó entonces aquella época inolvidable para las fundadoras, cuando eran llamadas Alí Babá y los Cuarenta Ladrones, porque todo inteligente recurso legítimo para captar fondos fue puesto en práctica. Un baile en el Liceo, en 23 de mayo de 1919, una verbena en el Casino Campestre, una velada en el antiguo teatro Principal, una emisión de bonos por 50 y 25 pesos, permitieron a las muchachas reunir lo necesario para cercar y limpiar el terreno y comenzar la reedificación de la vieja casa existente en este lugar. El ingeniero y arquitecto Bernardo Junco ofreció gratuitamente sus servicios profesionales, y a él se deben las primeras obras aquí realizadas.

En febrero de 1920 se eligió una nueva Directiva. Zoila Sánchez fue reelecta Presidenta; y la ausencia de Pilar Garcés incorporó al estado mayor tennista, como Vice-Presidenta, a María Magdalena Martínez, inteligente y bella y entusiasta. María Magdalena Martínez, que la muerte arrebató cruelmente cuando iniciaba su vida de amante esposa junto al elegido de su corazón; María Magdalena Martínez, de una estirpe en que la virtud y la inteligencia son comunes en hombres y mujeres. Isabelita Garcerán y Célida Recio continuaron en el estado mayor, y entre las nuevas, Ana Margarita Delgado fue Vocal digna de especial mención por su activa labor, y Rita Allie Betancourt, prodigio de gracia y de belleza, era electa Vice-Secretaria, y Fina Mola Benavides, Vice-Tesorera.

Aquí es necesario hablar un poco de los hombres que de modo especial cooperaran a la obra del Tennis. Ya hablamos de Bernardo Junco, director facultativo de las construcciones, y citamos pasajeramente a Ventura Martínez. Pero es preciso hablar más de Ventura. Era, en una pieza, administrador, capataz, obrero, tennista, apuntador en las veladas...y hasta veterinario, pues cuidaba del caballo del Tennis.

¡El caballo del Tennis! Ingratos seríamos si no le dedicáramos un recuerdo. Yo no sé de donde lo trajeran; no sé de qué hospital había salido aquella armazón de huesos, que se utilizaba para arrastrar el primitivo rodillo que servía para apisonar el court, que los propios tennistas marcábamos luego con las rayas rituales. Pero lo trágico del caballo, no era su pobre figura, sino su terrible dolencia: Porque tenía una antigua herida sin cerrar, en el cuello, por donde se salía el agua que tomaba. Y de aquí que Ventura velara por él, con amor de hermano, aquí, en estos terrenos donde más tarde, al llegar del colegio donde había terminado sus estudios, una bella adolescente llamada Elia Rodríguez Casas, Ventura se sintió sin ventura, herido en pleno corazón, hasta que pudo hacerla su noble esposa.

La labor de Ventura Martínez, prodigaba a todo cuanto significara beneficio para el Camagüey Tennis Club, es inolvidable en esta casa. Y además, era un jugador sereno y fuerte del bello deporte, compañero inseparable, en éste, de Salomé Zayas Bazán, y formando ambos una pareja que hubiera sido siempre vencedora, de no existir la que formábamos Aurelia Garcés, —elegante en el tennis como pocas— y yo. Conste así.

Y hablando de Ventura, y del caballo surtidor, y antes de abandonar los primitivos courts y sus cosas iniciales, recordemos también al primer conserje, o mayordomo, o como quiera llamársele, que en realidad yo no sé qué era, ni recuerdo su nombre, que tuvimos aquí. Era un hombre de campo, —según creo, adquisición de Isabelita Garcerán—, bajito y vestido con camisa y pantalón azul, que usaba siempre un enorme cuchillo a la cintura, cuando no ceñía machete, y que en realidad estaba medio loco. Por lo que, siendo guardián del Tennis y encargado de limpiar los campos y la casa, y de otras cosas por el estilo, nadie se atrevía a darle una orden, temiendo sus reacciones, que eran extrañas y hasta violentas.

Una fantástica anécdota, rigurosamente histórica, se impone aquí, en relación con este primer conserje del Tennis. Esta sociedad daba su primer baile de gala, y Ventura Martínez recomendaba valientemente al buen conserje que, para esa noche, debería afeitarse y vestirse de limpio, y abandonar el machete. Pero el pintoresco guardián dijo —y esto da una idea de su procedencia montuna— que esa noche él por nada del mundo estaría presente en el baile; pues, cuando empezara el cedaseo, se formaba en seguida el macheteo, y él no quería sufrir un machetazo. Y no se le pudo convencer de lo contrario, y no asistió al baile este primer maestro de ceremonias del Tennis.

El caballo y el primer conserje, merecen esta noche un especial recuerdo.

Manolo Bonanza, Jorge Bertrán, Alfredito Mola y el múltiple Carlín Galán, eran los habituales galanes de nuestras veladas increíbles. Hasta Alvaro Armiñán lo fue también, por dos veces, y una de ellas nada menos que vestido de Arlequín, si bien con el agradable papel de decir versos de amor a Rita Allie Betancourt, que encarnaba a la Marquesa Rosalinda, la maravillosa Rosalinda de don Ramón de Valle-Inclán.

Nuestras veladas eran cosas muy serias, y muy importantes, porque eran fuente inagotable de magníficos beneficios económicos, bajo la sabia administración de Alí Babá y sus 40 Ladrones. Ventura Martínez era siempre el apuntador, y yo era director escénico, y autor de las obras, cuando no adaptador irreverente de las de conocidos autores. Porque lo original era que, por una parte, no había entonces entre la gente joven, con muy pocas excepciones, aficionados a la escena; y por otra parte, aunque los hubiera nada importaba, porque Alí Babá y sus 40 Ladrones exigían que los papeles se repartieran, no entre quienes tuvieran condiciones para desempeñarlos, sino entre quienes garantizaran por sus simpatías sociales y amplias relaciones familiares, una buena venta de localidades. Así escogidos nuestros actores con tan interesada mira, comprometidos a la fuerza a trabajar por el Tennis, había que hacer para ellos papeles especiales, o adaptar a su gusto los de obras hechas. Ninguna muchacha quería hacer un papel que no fuera de dama joven. Nadie quería hacer un papel antipático. Cuando una frase no gustaba —el caso se dio varias veces cuando representamos El Patio, de los hermanos Quintero— había que modificarla al capricho del actor, o éste no trabajaba. Nadie estudiaba sus papeles, ni hacía caso del director de escena ni del apuntador. Es un hecho cierto que Ventura Martínez, durante los ensayos y en su papel de apuntador, tomaba un bastón de los míos —los ensayos eran siempre en mi casa, donde por estar en alto, el bullicio era más tolerable del vecindario— y le pegaba en el pie al actor para avisarle que tenía que entrar a hablar. El día de la función, estábamos casi como el primer día; y no era nada extraordinario que esa misma mañana algún actor o actriz se volviera atrás, y entonces se buscaba un héroe o heroína que hiciera de sustituto. En estas condiciones, debutó una vez Manana Adán Molina, en no recuerdo qué obra, confiada al auxilio que en escena le dieran sus compañeros. Salió a escena de un disimulado impulso —por no decir empujón— que le di, y su cara de susto, casi llorosa, venía bien con su papel. Fue un éxito ruidoso. Por último —y esto era terrible para el director de escena— ya entre bastidores y todo preparado para la función, era costumbre quitarse el miedo con los correspondientes tragos; y entre éstos y el poco estudio de la obra, cada actor improvisaba en escena lo que le daba la gana; y más de una vez me recuerdo abrazado a algún galán joven, sujetándolo, para evitar que saliera a escena antes de tiempo, tal como le sugerían los tragos animadores. Comedia hubo en la que los mejores chistes se improvisaron en escena por los noveles actores; y en este aspecto, justo es recordar especialmente a Manolo

Bonanza, admirablemente secundado por Ana Margarita Delgado, que jamás se desconcertó cuando se le hablaba lo no previsto, y por su parte inventaba también.

Hagamos constar que más tarde, el Tennis pudo dar algunas veladas con un buen cuadro escénico. Fernando Martínez Lamo —entusiasta y magnífico aficionado— Antonio Valdivia y Antonio Martínez, brillaron en la escena, menos apremiada por Alí Babá. Ana Coralia Porro prestó su hermosa voz; Laura Arango su devoción por las tablas. Mongo Tomé hizo de tenor. Para terminar con las veladas, recordaremos una que dimos en Camagüey y se repitió en Ciego de Avila, ya con este último cuadro de actores, y cuando una crisis en las fabricaciones del Tennis hizo que Salomé de Zayas Bazán, Presidenta sucesora de Zoila Sánchez, reviviera los tiempos de Álí Babá, con envidiable energía.

Se trataba de una opereta, nada menos, con música de Félix Rafols, y libreto mío: La Princesa Guamaná. Era preciso llevar a Ciego de Avila, con toda la compañía y su decorado, una orquesta de doce profesores. Recuerdo perfectamente que el traslado y la estancia en Ciego, ascendían a quinientos y pico de pesos. Se iba a representar un sábado de gloria; y los músicos tuvieron que ensayar en Semana Santa, a escondidas. La venta de localidades en Ciego se había confiado a amigos de aquella población.

En un gas-car expresamente fletado, llegamos a Ciego a las cuatro y media de la tarde, el día mismo de la función. Y encontramos que no se había vendido una sola localidad, por distintas causas, y entre ellas una confusión sobre la fecha del evento, y la ausencia involuntaria, en los días anteriores, del amigo que hacía de agente nuestro, el inolvidable y caballeroso Rafael Flores del Monte.

Era un verdadero desastre. Repetimos que el Tennis se había empeñado en más de quinientos pesos.

Pero Alí Babá —entonces Salomé Zayas Bazán, digna sucesora de Zoila Sánchez—, dispuso en el acto que en vez de hacerse un proyectado ensayo general —que Rafols reclamaba a voz en cuello para la parte musical de la obra—, los actores y las actrices se repartieran por todo Ciego vendiendo localidades, en tanto nuestra orquesta tocaba ruidosas piezas en el Parque Central, y Antonio Valdivia inflaba frente al Teatro, y elevaba, un globo de caprichosos colores, que había sacado yo no sé de dónde, y se disparaban numerosos voladores.

Ciego de Avila respondió al reclamo. Los quinientos pesos gastados fueron repuestos, y más de seiscientos quedaron libres, de ganancia para el Tennis.

Recordemos, de paso, que en esta velada ofreció un bello número de baile clásico una bella americanita, Miss Grubber, hija del que era entonces Administrador General de los Consolidados.

Y recordemos también, para no hablar más de veladas, a los famosos coritos. Esto es, coros infantiles, donde las más bellas niñas camagüeyanas eran como vice tiples de nuestra compañía. Alicia Sánchez, Lila Arteaga, Flérida Ruiz de Castro, Elsa Longoria, Nenita Cabezas, las hermanitas Morán y otras más, contribuyeron a las obras del Tennis con el mismo entusiasmo que las muchachas mayores. Estas, por su parte, también formaron distintos coros, siendo el de las hawayenses uno de los más comentados, pues atrevidamente, las muchachas llevaron la falda... un poco más abajo de la rodilla.

Todo esto ocurría allá por 1922 y 1923. Zoila Sánchez había sido Presidenta hasta abril de este último año. Como ya dijimos, fue su sucesora Salomé de Zayas Bazán, todavía cuando el Tennis padecía las naturales dolencias de su desarrollo. Una de ellas había sido la de formalizar con el contratista un detallado contrato para la construcción del salón de baile y los pocos anexos de que entonces constaba la casa social. Como no había fondos en caja —se los reunía poco a poco, por verbenas y veladas— era necesario que un fiador solvente garantizara el cumplimiento del pago por parte del Tennis. Naturalmente, nadie que fuera solvente quería ser fiador. Cuando Isabelita Garcerán casi convencía a su padre —el inolvidable don Augusto Garcerán de Vall— para que lo fuera, ocurrió lo inesperado: el contratista, sin duda hombre muy optimista, me aceptaba a mí como fiador. Tuve el alto honor de serlo, yo, uno de los cuarenta compañeros de Alí Babá; y la casa se inauguró el primero de enero de 1923. Monseñor Pérez Serantes, Ilmo. Obispo de Camagüey, la bendijo, y mi mujer y yo fuimos los padrinos. Por la noche, se dio un regio baile.

Salomé dio al Tennis su constante e inteligente devoción. No es posible cansaros con los sucedidos de su Presidencia —el de la velada en Ciego fue uno de ellos— que fue agitada y difícil como la de su antecesora, y en la que Salomé demostró sus admirables dotes de organizadora, su exquisito don de gentes, su habilidoso tacto. Al recordar aquí su labor, admirable, yo no puedo dejar de recordar también, con un sincero afecto, como a cosa propia, a aquel que, tan cercano a ella, fue nuestro amigo respetado y querido; al caballero intachable de una vieja y noble estirpe camagüeyana, de virtudes múltiples, en cuyo hogar acogedor tantas veces nos reunimos para hablar de este Tennis; a don Javier de Zayas Bazán.


El Camagüey Tennis Club, ya puesto en marcha de victoria, continuó de triunfo en triunfo. Realmente, la sociedad camagüeyana se sintió orgullosa de esa obra. Y bueno es recordar que hubo tropiezos desagradables, y catástrofes más o menos risibles, que sirvieron para probar la adhesión y cooperación de los amigos del Tennis. En este sentido, quiero hablar de la más grande y bien organizada verbena que se ha hecho en nuestra ciudad, de fantásticas proporciones, que fue en su comienzo destruida por un inmenso aguacero de verano. El magnífico esfuerzo de Alí Babá, cayó esta vez en el vacío.

María Luisa Betancourt no me dejará mentir. Se había escogido para celebrar la verbena el día de San Juan, y se había logrado, tras titánica lucha, que se nos permitiera celebrarla en el Casino Campestre, cerrado a todos los que no pagasen la entrada, inclusive las máquinas que, en el tradicional paseo de San Juan, deberían pasar por allí. Las máquinas pagarían cincuenta centavos. Los numerosos kioscos, bien abastecidos de diversiones, refrescos y bebidas, y uno de ellos convertido en restaurant, se engalanaron desde temprano. Allí estaba toda la plana mayor del Tennis. Poco después de las cinco de la tarde, apenas abierta la verbena, ya la recaudación ascendía a trescientos pesos. Los resultados iban a ser fantásticos.

Vino entonces la lluvia. Terrible, continuada, insoportable. Se acabó el paseo de San Juan. Se inundaba todo. Las colgaduras de los kioscos se deshacían, tiñendo a las muchachas de raros colores. Objetos de regalo y comestibles se perdían. Los concurrentes andábamos calados hasta los huesos. La desbandada era incontenible.

Pero había que salvar los intereses del Tennis. Allí estaba Alí Babá —Zoila Sánchez— y allí estaba, entre otras entusiastas, María Luisa Betancourt, con su esposo Luis Loret de Mola. El Tennis tenía entonces fabricado apenas su salón de baile, sin muebles. Se decidió llevar al salón cuanto pudiera salvarse de la lluvia. En pleno aguacero, así se hizo. Y ocurrió entonces lo trágico... lo trágico, que pudo ser aterrador, pero que, recayendo sobre un caballo, nos permitió a todos precavernos.

Por la humedad del suelo, se electrizaron las columnas de entrada del Tennis, y al cruzar esta entrada, en el piso, el alambre eléctrico que conducía la luz de las farolas, electrizó parte del propio piso. Seguramente, algún defecto de la instalación. Un caballo, de un carro que pudo conseguirse para trasladar algunos efectos, cayó muerto. Fue preciso entrar en los terrenos del Tennis con mil precauciones; y allá en el desnudo salón, donde nada había, ni sillas ni cuadros, las muchachas, llovidas, despeinadas, manchados sus trajes con los tintes de las telas y papeles que adornaban los inundados kioscos, esperaban, tristemente sentadas en el suelo, que la lluvia terminara. Pero el Tennis era invencible: María Luisa Betancourt discurrió llevarse las bebidas, y algunos obsequios de fácil conducción, a la Sociedad Popular, donde se celebraba un baile, y vender allí cuanto se pudiera. Allá fue Luis Loret de Mola: Se obtuvo el consentimiento de la Directiva de la Popular, y allí llevamos el kiosco de las bebidas y los helados, y algo pudo salvarse del desastre.

Así se trabajaba en el Camagüey Tennis Club, y así se levantó esta sociedad.

Como dijimos al comienzo, las muchachas han tenido siempre una especial habilidad para elegir sus Directivas, y no puede decirse de ninguna que no merezca una cita laudatoria, por alguna buena obra realizada. Andando el tiempo, funcionó a ratos una institución tennística, que ha venido a tener como si dijéramos existencia maternal, aconsejando en algún raro caso a las Directivas. Me refiero a las llamadas Socias Fundadoras; al grupo de las primitivas organizadoras y socias del Tennis, que si es cierto que han velado con cariño por esta sociedad que tantos desvelos ha costado, también lo es que su principal función ha sido la de reunirse anualmente en un almuerzo exclusivo.

Permitidme, de pasada, y ya que hablo de esta institución de las Fundadoras, hablar de un querido amigo, noble como pocos y como pocos digno de todos los afectos, que extraoficialmente tenemos que mirar como una institución del Tennis, por su permanente devoción a esta casa y su deporte favorito. Cuando el Tennis iniciaba su vida, ya él era asiduo a sus courts, y a lo largo de medio siglo, cuando los deportistas y los socios visitadores han cambiado, él permanece siempre el mismo, conocedor del secreto de las raquetas, y conocedor del deporte de los secretos del Tennis con mayúscula. Para Nicolás Meso Varona, decano de los socios visitadores, constante durante 25 años, nuestro cariñoso recuerdo.

Un recuerdo también para el primitivo himno de la sociedad y el coro de muchachas que por vez primera lo cantó. No teníamos música propia, y la letra, apresuradamente hecha, se adaptó a la popular música que todos conocemos, la del Coro de los Jugadores del Rey que Rabió. De uniforme de tennistas, con las raquetas en ristre, las muchachas cantaron este himno en el Teatro Principal. Por cierto, que en la letra del himno prometían las muchachas no hablar de amor, y no creo que de aquellas coristas queden muchas solteras.

Siguiendo la cronología tennística, diremos que Salomé Zayas Bazán terminó su período presidencial pacíficamente, y que la sucedió en 1924 Laura Arango, que volvió a ser electa en 1932; y todos sabemos quién es Laura. De su primera época data la fundación de la Biblioteca del Tennis, y en la segunda se creó una Sección de Declamación, a la que Antonio R. Martínez ofreció su generosa cooperación, dictando conferencias y clases. En el año de 1925, Zoila Sánchez es electa Presidenta —lo era de Honor, desde 1922, con las hermanas Martínez, esto es, las Tías, como todos decimos a las que lo son de Ventura y de Antonio Martínez, en prueba del afecto respetuoso que sus virtudes a todos nos imponen. El Club aumentó el número de sus socias hasta 225, y recibió la visita de la famosa Esperanza Iris, de paso por Camagüey.

En 1926, ocupa la Presidencia Elisa Arango Montejo, y su solo nombre basta para elogio. El Presidente de la República visita el Tennis; baila con Celita Rodríguez

Casas, y da mil pesos para edificar un salón de verano. De 1927 a 1931, Celita Rodríguez Casas —yo no puedo hacer aquí el elogio de la que es como una hermana mía— ocupa la Presidencia, y en su tiempo se obtiene la prórroga del contrato de arrendamiento celebrado con el Ayuntamiento. El Tennis celebró un torneo del deporte que le da nombre, y ofreció distintos actos a los Gobernadores y los Dentistas, que celebraron sus convenciones nacionales en Camagüey. En 1932, Elisa Arango es electa por segunda vez. En 1934, se elige a Irene de Varona, y el Tennis recibe en sus salones a Carlos Manuel de Céspedes. En 1935, es Presidenta Anita Arteaga, y se dona al Retiro Periodístico lo recaudado por la cantina en un magnífico baile. En 1936 y 1937, es elegida Beatricita de Varona; se reparan los techos de la Biblioteca, el vestíbulo y el salón de señoras; se compran trofeos para distintos campeonatos; se inician ciclos de conferencias culturales, desfilando por el Tennis don Ramón Menéndez y Pidal, Chacón y Calvo, Leonor Barraqué, Mercedes Pinto, Bello, Gaspar Betancourt; se hace una admirable exposición de costuras; se efectúa, de acuerdo con El Encanto, la Fiesta de la Moda; se hacen repartos de limosnas a los pobres; se recibe a la Convención Nacional de Arquitectos.

En 1937, es Presidenta Hortensita Fortún. Se construye la cantina, un pantry, un cuarto para la servidumbre. El arquitecto Miguel A. Bretón dirige estas obras, gratuitamente, y obteniendo para el Tennis los derechos que debía cobrar el Colegio de Arquitectos. Se continúan las conferencias: Rodríguez Barahona, Antonio Martínez, Tula Aguilera, Darío Castillo, Luis Martínez, Félix Rafols, Caridad Rodríguez, Medardo Lafuente, desfilan por la sala del Tennis, tratando sugestivos temas. Hortensita es reelecta en 1938.

En 1939, es electa Presidenta Cuquita Hortsmann Varona, y reelecta en 1940. Sigue el Tennis su carrera triunfal. Las sucesoras de Alí Babá y los 40 ladrones, hacen ahora repartos de limosnas, propician actos culturales, y sostienen becas para niñas pobres en la Escuela del Convento del Carmen. El Nuncio Apostólico visita la sociedad. Dalia Iñiguez ofrece un recital. Los salones del Tennis son ofrecidos a la Convención Rotaria Nacional. Se ofrecen clases de flores, y se compran nuevos muebles. Se construyen los baños y se amplían los tocadores.

La modestia no debe privarnos de agradecer aquí la atención para con nosotros tenida por esta Directiva, al despedirnos con un ponche de honor, por nuestro traslado a la Habana. Unidos mi mujer y yo al Camagüey Tennis Club desde su fundación, honrados apadrinando esta casa al inaugurarse su primitiva construcción, nosotros tenemos unido el recuerdo de los 25 años de vida del Tennis a nuestros 25 años de matrimonio, cumplidos el año pasado. El Tennis es un afecto nuestro.

En 1941, por sucesión al no aceptar la Presidencia Rebeca Batista, desempeña el cargo con éxito feliz, Clemencita Sánchez. El Tennis contribuye a la conmemoración del centenario del nacimiento de Ignacio Agramonte, y recibe en sus salones a la ilustre poetisa Dulce María Borrero. Acude la sociedad, especialmente invitada por el Presidente de la República, y por él alojadas sus representantes en el Hotel Nacional, a la Feria Camagüeyana celebrada en la Habana. Clemencita es reelecta en 1942. Manuel Betancourt, Luis Martínez, Oscar Ibarra, Leonor Barraqué, ofrecen conferencias en el Tennis. Se compran nuevos muebles, por valor de 993 pesos. Se celebra un campeonato de Ping Pong. Se crea la plaza de Mayordomo —¡oh, el recuerdo del pobre encargado vestido de azul y con machete al cinto— y se coopera eficazmente a la realización de la Feria del Libro. Socialmente, se ofrece un baile de gala en honor del Embajador de los Estados Unidos, que visita la ciudad.

Imposible relacionar toda la labor social del Camagüey Tennis Club, en los 25 años que lleva de existencia. Hemos señalado algunos momentos culminantes de su vida, y omitidos muchos, pues no es posible abusar de vuestra bondadosa atención. Pero es preciso subrayar que en el presupuesto de gastos del Tennis, figura una partida de cincuenta pesos mensuales, para socorrer diez familias necesitadas; que cuando el terrible ciclón de noviembre de 1932, la sociedad socorrió con dinero, con ropas, con asistencia médica y con el trabajo personal de sus socias, a los necesitados de Santa Cruz del Sur. Y también que se han ofrecido clases de música, de costura, de educación física, a las muchachas, y los salones sociales han estado abiertos a exposiciones de arte, como la ofrecida en 1932 por el escultor Fernando Boada. Finalmente, señalaremos la que fue una simpática iniciativa, hoy costumbre tradicional, de celebrar todos los años el Día de las Madres, con una fiesta en que toman parte los niños familiares de las asociadas, ese día los dueños del Tennis.

En 1943, es elegida Presidenta Josefina Álvarez y Loret de Mola —nuestra actual Presidenta— de relevantes méritos en la magnífica serie de las que han regido esta casa.

En prosperidad material el Tennis, en unidad de espíritu sus integrantes todas, parece que su Presidencia es de fácil desempeño, como cosa mecánica o de ritual. Y nada más lejos de la verdad. Esta sociedad, fundada hace un cuarto de siglo, como hemos visto con un carácter deportivo y de recreo, no tardó en ser también un centro cultural, donde se ofrecieron conferencias, exposiciones y clases; y sintiendo las corrientes modernas de noble humanidad, es hoy una institución de servicio social. En el momento culminante de esta evolución, cuando el Camagüey Tennis Club tiene que obedecer necesariamente los imperativos de esa función social, es que llega a su Presidencia esta muchacha, en realidad una niña, que para suerte del Tennis reúne en su gracia muy femenil, las bellezas y virtudes de su sangre materna, y la virtud e inteligencia de su paterna sangre. Así, ha podido triunfar, y triunfa en la difícil labor de mantener al Tennis dentro de las normas primeras de su fundación, a la vez que dentro de las actuales normas de asistencia social, en todo el amplio significado de estas palabras.

Bajo la Presidencia de Josefina Álvarez Loret de Mola —y yo la nombro con toda la pompa de sus nombres, aunque para mí no sea sino la hijita de Abelardo Álvarez Digat, porque ella merece ese respeto por su actuación presidencial—, bajo la Presidencia de ella, decía, el Tennis ha inaugurado comidas bailables, pero a la vez ha sido en algún momento sede de una Convención de Cardiólogos; ha recibido la visita del Presidente de la República y de destacados políticos, pero ha contribuido con distintas cantidades para la fundación de un Banco de Sangre, para el Asilo de las Hermanas de los Pobres, y para el Asilo Amparo de la Niñez; ha comprado un piano, ha construido taquillas y reconstruidos sus courts, pero ha ofrecido conferencias y conciertos. En una palabra, el Tennis ha sido la institución sostenida por las muchachas de las mejores familias de Camagüey, lugar de esparcimiento en amable intimidad de personas de una misma educación, pero al mismo tiempo ha prestado servicios al conglomerado social sin exclusivismo alguno, y ha irradiado en cuanto ha podido, beneficios morales y materiales para todas las clases sociales.

Fácil es comprender que la Presidencia de una institución que tal hace, es de muy difícil desempeño, y requiere en quien la ejerce un conjunto de cualidades poco comunes. Un tacto especial, una firmeza de carácter amable, una inteligencia cultivada y abierta a todos los matices espirituales, se requieren para regir los destinos del Camagüey Tennis Club en estos tiempos, cuando veinte y cinco años de vida activa han hecho de la sociedad una entidad representativa de los valores totales de la mujer camagüeyana, incorporada con todas sus tradiciones de virtud y de intelecto al agitado mundo actual.

Josefina Álvarez

Josefina Álvarez y Loret de Mola ha sabido, pese a su juventud y a su viva feminidad lejana dé toda pedantesca sabiduría, ser la Presidenta del Camagüey Tennis Club en esté momento difícil de su vida social. Ella y sus compañeras de Directiva mantienen en alto la hermosa bandera, que gallardamente saluda al cielo del vigésimo quinto aniversario. Son estas muchachas como un símbolo, que reclama nuestra admiración y nuestro afecto: en ellas se encarnan hoy —por derecho de sucesión al frente de esta sociedad—, la gracia, la belleza y la inteligencia de las anteriores regidoras del Tennis, el sacrifico y el entusiasmo de las antiguas fundadoras.

Aquí está, en ellas representado, todo el pasado difícil y glorioso de este Camagüey Tennis Club. Aquí la idea inicial de Pilar Garcés, la fuerza creadora de Zoila Sánchez, la serena energía de Salomé Zayas Bazán, la hábil diplomacia de Laura Arango, la firme actividad de Celita Rodríguez Casas, la inteligencia clara de Elisa Arango, el noble esfuerzo de Irene de Varona, el vivo entusiasmo de Anita Arteaga, la gracia constructiva de Beatricita de Varona, el fino talento de Hortensita Fortún, el admirable tacto de Cuquita Hortsmann, el sabio equilibrio de Clemencita Sánchez. Aquí la actividad incansable de Isabel Garcerán y de Célida Recio; aquí la cooperación eficaz de Ana Margarita Delgado, de Conchita Arteaga, de Pelele Zayas Bazán, de las Porro, de Esther Sariol, de las hermanas Meso Varona, de las Adán Molina, de Margarita Rodríguez Casas, de Elia, de Ángela Isabel Caballero de Cadenas, de María Luisa Betancourt de Mola, de Cacha Perdomo de Luaces, de Margarita Luaces, de Flora María y Estela Lamar, de María Sánchez de Lamar, de Hortensia Recio, hoy de Soler, de Emmita Caballero, de Isabel María Pichardo, de Rosita, Guillermina y Amalita Agramonte; de tantas y tantas que no es posible nombrarlas a todas, y pido mil perdones por las omitidas.

¡Para todas ellas, señoras y señores, que hicieron posible esta sociedad; que nos supieron interesar a todos en ella; que por su sostenimiento y su decoro han velado siempre con afecto puro; para todas ellas, representadas hoy en la actual Directiva y en su bella Presidenta, Josefina Álvarez y Loret de Mola, yo os pido, al conmemorar el vigésimo quinto aniversario de la fundación del Camagüey Tennis Club, vuestros aplausos entusiastas!

Directiva del Camagüey Tennis Club en 1944, momento de esta conferencia, pronunciada con motivo del vigésimoquinto aniversario de la institución.
De izquierda a derecha, sentadas: Isabel Douglas, Vice Secretaria; Gina Hernández, Secretaria; Cuquita Hortsmann, Vice Presidenta; Josefina Álvarez, Presidenta; Cachita Rodríguez, Vice Tesorera. Graciela Fernández, Tesorera
Segunda fila de izquierda a derecha: Vocales: Sussy Hortsmann, María Elvira Verde, Georgina Otero, Cuca Sánchez, Margarita Pujals, María del Carmen de Varona, Emilia Castillo, Carmita Álvarez.
Tercera fila de izquierda a derecha: Célida Recio, Tenchita Comas, Mirtha Cepeda y Martha de Varona.



Nota de El Camagüey: Se ha modernizado la ortografía y realizado discretas correcciones que en lo absoluto modifican el sentido original del texto.
Texto tomado de https://www.camagueycuba.org/CamagueyTennisClub/BodasDePlata.htm#hist
Fotos tomadas de My old Cuba (https://www.facebook.com/myoldCuba)


Leído por María Antonia Borroto.
6

El boletín de El Camagüey

Recibe nuestros artículos directamente en tu correo.
Subscribirse