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           La ofrenda

     A los fuertes patriotas que se rindieron en la jornada,
     cuyos últimos sueños cortó de un golpe la dura espada;
     a los bravos rebeldes que, como locos, en la manigua,
     resucitaron hechos de una epopeya de gloria antigua;
     a todo el que el destierro mantuvo lejos de la contienda,
     y, desde luengas tierras, de ensueños hizo su rica ofrenda.

     A las bravas mujeres que les tejieron escarapelas
     a los bravos mambises; y a los pequeños que a las abuelas
     preguntaban sedientos las epopeyas de los patriotas;
     y a todos los que vieron sus ambiciones por Cuba rotas;
     para todos, hermanos que acariciaron el mismo sueño,
     y sufrieron unidos las amarguras del mismo empeño.

     Para los pobres niños que les robaron a sus aldeas
     para que en esta tierra lo ungieran todo con luz de teas,
     y que murieron tristes entre las fiebres de las sabanas,
     recordando impacientes a sus hermosas novias lejanas.

     Para todos aquellos que se encontraron en la contienda,
     brazos, cerebros, almas... ¡Para vosotros hago mi ofrenda!


          La escena

     Es intensa; es rebelde; es heroica; es bravía.
     En sus fieras entrañas jamás penetra el día,
     perdido entre el celaje de sus bravas malezas.
     Cantan los roncos pinos sus trágicas grandezas.
     La Luna tiene miedo de adivinar su arcano,
     y atisba, entre las copas de sus seibas. En vano
     la sacuden los vientos, como a una melena
     de un poeta gigante: ¡Ella al Viento encadena!
     Todo fuerte gemido de desesperación
     se pierde entre su altivo pecho. Su corazón,
     gigante relicario, se abrió, cuando, hace años,
     unos hombres, cansados de promesas y engaños,
     buscaron un refugio en su seno. Tal era
     como un cubil de lobos abierto a la pradera.
     Viendo sus hijos sobre su propia tierra esclavos,
     hizo de sus entrañas guarida de sus bravos.
     Su arado, fue el machete; su fruto, fue el centauro.
     Al que le dio victorias, le dio también el lauro,
     y puso en cada tumba, señalándole al alma
     el camino del cielo, una pródiga palma...
     Sobre la tierra ardiente, una marcha triunfal
     resonaron los cascos de los caballos: Tal,
     al conjuro del Héroe, una bárbara orquesta
     haría vibrar himnos de gloria en la floresta.
     Al ver que tras sus hijos iban los españoles,
     hizo borrar sus huellas interponiendo soles
     hechos con sus boscajes ardientes, en la senda.
     Es una escena bárbara, de trágica leyenda,
     propia para el incendio de una epopeya antigua.
     Es intensa y rebelde. Se llama: ¡la Manigua!


         Los centauros

     Es un tropel salvaje. Tal una inundación
     de centauros por sobre la sabana. No son
     centauros de leyenda, semidioses bravíos.
     Gritan. Huelen a fuego: a sudores; a bríos;
     corren, llenos de celo, tras una esquiva yegua,
     la Libertad, y siempre la persiguen sin tregua.
     Duendes de una leyenda de trágicos espantos,
     el Sol los nimba de oro, como si fuesen santos,
     y sobre cada bestia se ve brillar entonce
     fuerte torso de mármol, de azabache o de bronce.
     Todos son como hermanos, tras idéntico empeño:
     Morir sin paz ni patria, pero también sin dueño.
     Toda la selva virgen los mira como suyos;
     Hasta las rectas palmas de indomables orgullos,
     en fila de combate, los saludan. Los pinos,
     mezclando sus murmullos con los alegres trinos
     de los sinsontes, cantan como un himno de gloria
     en su honor, y pregonan al viento su victoria.
     Son como perros jíbaros en tétrica jauría,
     que hacen del día noche, y de la noche, día.
     Nada se les opone: En su carrera ardiente,
     un tronco, sobre un río, hizo como de puente,
     y pasaron, encima del coloso caído.
     ¡La voz de los clarines era como un rugido!
     Al vibrar en el seno de la manigua, una
     seiba, que cuatro siglos viera brillar la luna,
     creyó que nuevamente Diego Velázquez iba
     persiguiendo a los indios con su fiereza altiva.
     Lejos, en la sabana, pensando en infernales
     fuegos, se estremecieron tantos cañaverales,
     que al temblar, el murmullo, debajo el Sol de oro,
     se unió con los redobles del galopar sonoro,
     y fue como si un rezo, desde la tierra al cielo
     subiese, en la súplica de amor y desconsuelo.
     El tropel de centauros galopaba. A lo lejos
     el Sol daba a las cosas sus sangrientos reflejos.
     Aquél era el momento de la ofrenda. En el raso
     de los cielos, ponía sus gemas el ocaso...
     El Sol se desangraba... ¡Vería el español
     surgir, de cada monte cubano, un nuevo Sol!


         El héroe

     Iba siempre delante, cerca de la bandera:
     Tal debajo de un árbol vigila una pantera.
     Fuerte, como un roble, vibrante como un arco,
     fue esculpido en los moldes que fabricó Plutarco.
     Sobre el caballo altivo, lo bañaba de plata
     la Luna, y parecía entre su cabalgata,
     un cacique, en el medio de su tribu. Los reyes
     acaso no tuvieron aquel gesto. Las leyes
     a su lado, talmente se humillaban. Sus manos
     eran para firmar órdenes de tiranos,
     y sin embargo, siempre logró firmar clemencias:
     ¡Hendió los corazones, pero no las conciencias!
     Fue el primero en el alba; último en el ocaso,
     y su bridón, Babieca con alas de Pegaso,
     y supo hacer de cada errante peregrino,
     un hoplita de Esparta que guardase un camino.
     Lo adoraban sus huestes por ser altivo y puro:
     Detrás de él, el camino del triunfo fue seguro.
     Por el mágico impulso de unas fuerzas ignotas,
     era más grande siempre después de las derrotas.
     Era fuerte; era bravo; era alma y corazón;
     llevaba la Victoria colgando de su arzón.
     Iba sobre el caballo como un príncipe, erecto,
     y siempre su camino lo fue el camino recto.
     Su genio tuvo arranques, más que literatura;
     el brazo, era de acero, y la conciencia, pura.
     Las hordas enemigas lo temían. A larga
     distancia, los clarines anunciando su carga,
     sembraban el espanto... Era la desbandada:
     ¡No había, para el golpe del machete, una espada!
     Con el torso de bronce ungido por el sol,
     era como un atleta de leyenda. Su estol
     iba tras de sus pasos calladamente. Nunca
     hizo quedar su senda por desalientos, trunca.
     Semejaba un altivo monarca este jinete:
     De lejos, el Sol era chispa de su machete.
     Era la Fe; era el Alma; el Brazo; el Corazón.
     ¡Tal fue cuando Maceo se lanzó a la Invasión!


          El milagro

     Él extendió su mano, y el milagro se hizo;
     brotó un sol en la noche, como por un hechizo
     la manigua cercana enrojeció. Sangrienta,
     ella purificaba su seno de la afrenta
     de la vieja conquista, y a los dominadores
     los deslumbraba ahora con áureos resplandores.
     Antes que ser vencida en la fatal contienda,
     quiso incendiarse como una bárbara ofrenda
     en el altar augusto de la Patria. Era un fuego
     que pedía por Cuba, en un trágico ruego.
     Al chisporrotear de los bosques ardientes
     y los cañaverales, lloraban los valientes:
     Era la propia tierra que se quemaba. Era
     el alma de la Patria que se ofrendaba entera
     en el fuego sagrado... ¡Piras de matorrales
     santifican las tierras!... Como cañaverales
     gigantescos, teñidos por el oro del Sol,
     las llamas del incendio sobre el valiente estol
     reflejaban. El fuego, con su temblor fugaz,
     ponía como un gesto de angustia en cada faz.
     Tal, el claro milagro de algún Dios ofendido:
     ¡En cada monte había como un Sol encendido!
     Lejos, sobre la casa del ingenio, las llamas
     arrojaban su sangre. En el monte, las ramas
     de los árboles, eran como brazos de fuego.
     Todo se lamentaba en un inútil ruego.
     Eran piras ardientes todos los matorrales,
     se había hecho ceniza de los cañaverales.
     Ingenio, monte y siembra sangraban resplandores:
     ¿Dó heriría la planta de los conquistadores?
     Para no dar guaridas al León Español,
     ¡Cuba de sus riquezas hizo formarse un Sol!


          La oración

      Señor: Ésta es la tribu que para hacerte un ruego
      de sus puros hogares hizo formarse el fuego.
      Señor: Sufrió la guerra; permítele Tú ahora
      que en el cielo se abra la rosa de la aurora.
      Permítele, Señor, que en su manigua ardiente,
      una sola ciudad maravillosamente
      surja, y levante hogares para los peregrinos
      que anduvieron antaño por los buenos caminos,
      y para los hermanos que las fatalidades
      llevaron por la senda de las perversidades.
      Haz, Señor, que ya todos, sobre la misma mesa,
      coman el mismo pan... ¡La Libertad, es ésa!
      Permítele, Señor, que en vigoroso arranque,
      se libre de las garras del águila del Yankee;
      ¡permítele que, al cálido amparo de su Sol,
      labren el mismo campo Cubano y Español!

      Tú, que cuando la luz en el cielo encendiste
      que nos bañara a todos los hombres le dijiste,
      Señor: Pasó ya el tiempo de la desolación;
      ¡Concédenos el sueño de esta pobre Oración!


Tomado de
Poetas jóvenes cubanos. Recopilación de Paulino G. Báez. Barcelona, Casa Editorial Maucci, 1924, pp.168-174.
Nota de El Camagüey: Se ha respetado la ortografía del original.

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