Aquí me tienes hecho un basilisco, un Fierabrás, un Santiago Matamoros, no contra el bueno del doctor Catalá, que es de por estas tierras, sino contra ti, también doctor; pero camagüeyano, del mismísimo riñón de Cuba, como decía más o menos el Lugareño.
Tú, por hacerme favor, me has dado con la badila en los nudillos. Corregiste las pruebas, lo sé de buena tinta, de mi maltratado artículo “Seña Cleofas”; y aquí fue ello. Te olvidaste de que soy director, aunque indigno, de la Academia de la Lengua, y uno por tanto de los encargados de fijar, limpiar y dar esplendor a nuestros provincialismos. Fíjate: encargado de fijar. Ahora bien, yo, que tantas veces oí con mis oídos llamar “seña Cleofas” a seña Cleofas, ¿cómo voy a escribir señá Cleofas? Equivaldría a nombrar señá Quina a otra doctora de la misma iglesia, su contemporánea seña Quina.
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