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Escenas cotidianas (3)

Escenas cotidianas (3)

Hace media hora que te he invocado, Crítica inocente, para que me des el tema de esta Escena. ¡Mujer al fin, voluble e ingrata! Tal vez entretenida en el gabinete de algún grave literato, le inspiras el juicio crítico de algún sistema de los muchos que aborta el entendimiento humano en esta época venturosa de emancipación mental; y a mí me dejas, cual montero descarriado en tenebrosa noche sin poder columbrar la vereda que pudiera sacarle a camino conocido.

Tendido el blanco pliego sobre el escritorio, la flexible pluma asida entre el pulgar y el índice de la derecha, la cerdosa patilla entre la izquierda, con un puro de Yara en la boca y vagando la vista entre las ondas espirales del humo que se eleva, la voluntad permanece indecisa aguardando tu inspiración espiritual.

¿Dó estás, ilustre peregrina del Pindo? Sin ti, ¿qué podría hacer un débil cerebro?

¿Pondré en Escenas un billar? Bien lo merecen tantas academias de ociosidad y vagancia, bautizadas con el honroso nombre de diversión y pasatiempos, que un moralista llamaría pasatedio.

¿Pondré en Escenas una escribanía? No estoy versado en las intrigas y sacaliñas de los litigantes. ¿Ni cómo podría salir, sin la protección de un numen celestial, de un laberinto en que se perdería el mismo Teseo, así llevase todo el cairo que han hilado las viejas del Camagüey? Además, me imponen miedo los parapetos de papel capaces de rechazar, no digo las débiles metrallas de El Lugareño, sino al mismo Napoleón con todo su despotismo militar, o a Carlos Comte con todo su espíritu analítico de orden y justicia humana.

¿Pondré en Escenas una taberna? ¡Fó, qué peste! ¿Cómo entrar en un templo de Baco sin llevarle una buena moza que le entretenga mientras yo, a su espalda, hiciera la descripción de una mina explotada a costa de la reputación y salud de centenares de trabajadores?

¿Pondré en Escenas al estrecho y fementido callejón de…? ¡Guarda, Lugareño! Calumniada por menos que eso, la inocente Crítica no ha venido a la serranía pintoresca de Sajaná a provocar la calumniosa lengua de la Envidia. Deja que esa juventud más loca e incauta que corrompida encuentre dolencias donde esperaba placeres: aquellas serán los mejores consejos.

Los jugadores de cartas – Paul Cézanne, 1894 - 1895.

¿Pondré en Escenas una mesa de juego? Sin la gracia especial de una divinidad olímpica, no es posible describir la vergüenza de las vergüenzas, la traición de las traiciones: el amigo ganándole sus bienes al amigo; el astuto tahúr engañando y corrompiendo al inexperto joven; al padre de familia distraído de la educación de sus hijos, aventurando una fortuna y bienes que ya no son suyos; a una madre, o una doncella recatada… ¡Qué atroz suplicio para mi alma! Otro le pinte, que yo huyo espantado del lugar de la escena.

¿Pondré en Escenas una gallería? No entraré yo sin la protección de mi Diosa, en una socidad anárquica donde tiene que alternar el hombre de primer rango con el de la ínfima clase, el honrado con el pillo, el sabio con el tonto, el cortés con el grosero. Ni es mi corazón tan calloso y embotado que pueda presenciar a sangre fría el sacrificio del tipo, del campeón del valor en una valla, por simple pasatiempo o sórdida ganancia. ¡Cobarde diversión!, ¡estúpida industria!

¿Pondré en Escenas el San Juan? No es tiempo todavía de juzgar a la juventud romántica del Camagüey. Aguardaré que pase la feria para decidir si han retrogradado a los tiempos bárbaros, o permanecen fieles a la comunidad de los hijos del siglo, alistados bajo las banderas del progreso. El triunfo de la opinión es el más glorioso de los triunfos y no puede escribirse sin inspiración olímpica.

¡Ay! ¡Ay! ¡Qué dulce sopor embriaga mis potencias! Una maruga, un murmullo, un ruido delicioso me provocan el sueño… No son las temblorosas hebras de las aclimatadas casuarinas suavemente halagadas del céfiro cubano, ni el aleteo de una banda de sociales mayitos acosados por el tiro del avariento fabricante de azúcar, lo que me adormece… Es más suave el susurro… que me duermo, lector o queridísima lectora, y te pego el chasco de dejarte por esta vez con el resuello cogido esperando el parto hasta que des… pi… er… te.

El hombre dormido – Carolus Duran, 1861.


Publicado en la
Gaceta de Puerto Príncipe. 23 de junio de 1838. No. 50, Año 14, p.1.

Tomado de Escenas cotidianas. Publicaciones del Ministerio de Educación, Dirección de Cultura, La Habana, 1950, pp.39-41.

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