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El libro de un periodista

El libro de un periodista

Nuestra prensa histórica ha sufrido, en los últimos tiempos, cambios notables é interesantes. Se ha modernizado rápidamente, tanto en bien como en mal. El tipo del antiguo periodista, que era, ante todo, escritor, va desapareciendo. Nos quedan algunos, muy distinguidos por cierto, pero sólo algunos. El tipo del nuevo, que es la menor expresión posible de escritor, abunda.

Esto significa, en primer lugar, que para los contemporáneos las cualidades del periodista no son las del escritor; pues no buscan en el diario literatura, sino informes, datos, noticias, impresiones y de vez en cuando ideas. Y significa también que, en un individuo, pueden encontrarse en equilibrio las cualidades del periodista moderno y del literato, sin que se perjudiquen ni con mucho; y pueden encontrarse con equilibrio y a veces en pugna.

A mi juicio, este último es el caso que realiza uno de nuestros periodistas jóvenes más aplaudidos, Manuel Márquez Sterling. Su libro Psicología Profana, me brinda ocasión para detenerme unos momentos en señalar esa característica suya, que puede servir para explicar lo complejo, vario, tornadizo y a veces enigmático de la mentalidad, que alternativamente se descubre y se encubre en esas páginas, forjadas de presa pero con gran vigor en el yunque del periódico cotidiano.

Manuel Márquez Sterling, nacido cincuenta años antes, hubiera sido un literato de mucho talento, que hubiera podido ser periodista. Nacido cuando nació, ha venido ha ser un periodista de mucho talento, que hubiera podido ser un literato. En el fondo, predominan en él sus cualidades de artista; pero es tal su plasticidad mental que, teniendo que ser forjador de artículos de actualidad, se ha dado tan por completo y con tanto brío a su labor, que su profesión se ha apoderado de él, y ha comprimido, deformado y amoldado de nuevo sus aptitudes mentales.

Porque su profesión es celosa y absorbente. Demanda toda la atención y todo el tiempo y todo el pensamiento y toda la imaginación. El periodista de verdad tiene que ver más que los otros y oír más y estar en más lugares y conocer más personas y conocerlas mejor; y ve, oye, habla e interroga, para exprimir todo el jugo de lo que ha recogido en algunas pinceladas felices y en algunas fórmulas claras, que den a la multitud indiferente y atareada la visión de las cosas y la inteligencia de los hombres. Su notación tiene que ser muy rápida y muy precisa, y eso uno y otro día, acerca de cuanto ocurre, grande o pequeño, fútil o trascendental.

¿Cómo puede un hombre, bajo esa tarea de titán, detenerse a afiligranar su estilo, que es la suma y compendio de los esfuerzos del escritor? Un pintor puede tener colorido o expresión; un escritor debe tener estilo. Todo lo que ve, todo lo que observa, todo lo que medita o imagina va a buscar, tiene a buscar su expresión escrita; tiende a expresarse en frases con su coordinación y su cadencia propias, dispuestas para producir un efecto especial en condiciones especiales. El escritor puede limitar, y limita desde luego, su campo de observación y estudio, puede escoger las circunstancias más apropiadas para la producción. Es un artista que hace obra de arte. Como se advierte son dos situaciones bien diversas la del uno y la del otro.

Cuando un periodista, como el señor Márquez Sterling, que, por probidad profesional y por necesidad, se da por entero a su tarea, siente sin embargo bullir en sí el instinto poderoso de la producción artística, hay realmente en su espíritu una especie de desgarramiento, que debe ser doloroso, a la hora del trabajo. En ocasiones felices, el asunto por su magnitud, por su novedad, por su interés eternamente humano va de por sí a mover y despertar al escritor mal vencido; y brotan de su pluma párrafos vibrantes, tan llenos de calor y vida como los mejores períodos de un orador inspirado. El artista surge, respira en libertad, produce. En ocasiones el oficio se impone, la tarea domina, el anotador escribe, la frase toma el aire convencional, casi de formulario; y la punga interna sólo se traduce por alguna disonancia imprevista, por alguna expresión oscura, que parece el borrón de una pluma impaciente.

Quien lea el libro del señor Márquez Sterling, teniendo presentes estas observaciones, disfrutará aún más de su lectura. Porque, amén del interés que despertarán en él los asuntos muy bien escogidos que lo componen y la sagacidad y el seguro golpe de vista del autor; se explicará más fácilmente el sabor de originalidad picante que siente al leerlo, y que no permite la distracción, ni la indiferencia. Porque el autor nos interesa casi siempre, a ratos nos cautiva, a ratos nos desconcierta. Y no es así como se recorre un libro trivial.

27 de marzo

Manuel Márquez Sterling: uno de nuestros periodistas más aplaudidos.


El Camagüey
agradece a Luis del Valle la posibilidad de publicar este texto, fue él quien nos comentó al respecto y nos hizo llegar la transcripción. 
El Fígaro,  La Habana. Año XXI, Número 14, 2 de abril de 1905.

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