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Emilio Agramonte

Emilio Agramonte

En el arte tonal, Cuba no está armónicamente considerada a la altura de su movimiento industrial, debido en gran parte a que la política absorbe toda la atención de nuestros prohombres.

Agramonte es un nombre familiar para todos los que hayan seguido de cerca la historia y desarrollo musicales de los Estados Unidos. Nacido en Camagüey en 1844, se dedicó desde niño a sus estudios favoritos: leyes y música, y a los 21 años de edad era ya doctor en Derecho y músico erudito. Sus mentores fueron las más altas celebridades de España y Francia. En 1869 llegó a New York y sus relevantes dotes artísticas y sociales le abrieron bien pronto ancho campo en la ciudad cosmopolita. A los pocos meses fue nombrado director de la floreciente organización Eigth O´clock Musical Club, y desde entonces sus triunfos ya no se pueden contar, unas veces como director coral, y otras como profesor de canto, no pocas como conferencista, pero sobre todo, como incomparable acompañista (sic), en lo que positivamente no tuvo jamás rival.

Fue campeón decidido de la nueva generación de compositores norteamericanos, y a sus incansables esfuerzos se debió al fundación de The Composers Choral Association, meritísima institución que fue voz de aliento y refugio de consuelo para muchos cuya masa coral la componían 250 cantantes de los más acreditados de New York.

Fue director de la sociedad coral Gounod, de New Haven, cargo que desempeñó agasajadísimo, por 18 años consecutivos, y al cesar, recibió como muestra de gratitud, un hermoso pergamino de despedida que firmaron 740 miembros de la expresada sociedad.

Fue director fundador de la Escuela de Ópera y Oratorio, la institución más perfecta de su clase, de cuyas aulas salieron verdaderas notabilidades. Por cierto, que dos cubanos, discípulos de dicho centro docente, conquistaron resonantes triunfos en New York: nos referimos a Emilio de Gogorza y a Ana Aguado de Tomás.

Agramonte tuvo la gloria de ser el único maestro de canto en New York que lograra obtener dos primeros premios del Conservatorio de París, para dos discípulas suyas; fueron éstas: Leontine Mendés y A. Griswold. Ivonne de Treville, soprano de fama mundial, fue exclusivamente discípula de Agramonte, y en La Habana existe una fotografía con autógrafo, en que la celebrada cantante reconoce esa verdad.

Agramonte fue un wagnerista convencidísimo; pero poseía el encanto de un eclecticismo ilimitado en todos los aspectos del arte musical. Apreciaba el mérito donde quiera que se manifestase, aun sobre sus propios adversarios profesionales, y para todos tenía un elogio o un aplauso. Porque fue siempre noble, generoso, y a donde quiera que fue despertó el respeto y la admiración.

Nuestro inmortal Martí pintó en pocas palabras la austeridad del maestro Agramonte: “Él no busca fama inútil ni dinero podrido, de ese que acaparan fácilmente los musicantes afeitados y sedosos. En su profesión no engaña ni disculpa: no canta el que no puede; y el que tenga voz déjelo a su lado. Cantará, y cantará con música del alma”.

Y nuestro inolvidable Estrada Palma admiró en nuestro desaparecido compañero, “entre los nobles servidores de la patria uno de los más constantes por su devoción ejemplar, puro desinterés y constancia inquebrantable”.

Agramonte murió siendo profesor de canto de la Escuela Municipal de Música, cargo que desempeñó, sin faltar un solo día, desde la fundación de dicho plantel hace ya nueve años. Falleció este cubano ilustre en La Habana el 31 de diciembre de 1918.


Tomado de
Social, vol. 4, no.2, febrero de 1919, p.30.

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