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Criollos y criolladas

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Criollos y criolladas

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Durante los siglos coloniales se llamó criollo al nacido en América hijo de padres españoles, lo que con el tiempo fue aproximándose más al hecho de haber nacido en el país, que a la naturaleza de los padres. En Cuba, para ser criollo rellollo se necesita haber nacido en el país, de padres también cubanos.

Nací en Camagüey, donde también nacieron mis padres. He descubierto que también tuvieron su cuna en Santa María del Puerto del Príncipe mis cuatro abuelos, mis ocho bisabuelos y catorce de mis dieciséis tatarabuelos. Eso no me convierte en autoridad en criollismo, pero sí me permite afirmar que he crecido dentro del mismo, donde he aprendido cómo se piensa y se habla en criollo. Es más, no logro hacerlo de otra forma.

Me encantará cuando alguien desarrolle la teoría de lo criollo, y del posible acriollamiento de quienes hayan nacido en otros continentes, cosa que tal vez resulte posible. Por ejemplo, no parece tarea muy difícil que se acriolle un curro.

Creo que las criollas tienen que nacer y criarse en América, o, para ser más preciso, en cierta parte de América. Existe en ellas algo que puede ser muy tenue, o saltar a la vista, y que se manifiesta de muchas formas. En la danza, por ejemplo, tiene que ver con los hombros, brazos y caderas. En general es una suavidad que tiene algo de felino por lo flexible e ingrávido. Lo cierto es que quien realmente ama y admira a la criolla, puede hasta deslumbrarse ante la belleza de una europea o una asiática, pero siempre notará que le falta algo, como un vino exquisito servido caliente en un vaso tosco, o una ensalada pobremente adobada.

Incluso en el caso de los hombres, ni de lejos pienso que un bostoniano pueda adquirir la condición de criollo.

Cierto legítimo criollo, hijo mío y magnífico estudiante, me explicaba por qué no había aprovechado la tentadora opción de hacer su residencia en Harvard.

—Es increíble lo que comen allá los fellows. No saben hacer frijoles negros dormidos, ni asar un lechoncito. Y para colmo el Sol lo que le arranca al cielo es un gris plomizo. Me moriría de tristeza.

No solamente extrañamos la incomparable compañía de las criollas y nuestras comidas. Hasta nuestros defectos nos resultan entrañables, por ejemplo, la picuencia.

La picuencia cubana es el kitsch alemán con sabor a yuca con mojo y mucho ruido. Es la exuberancia del Caribe con un toque o un aldabonazo de mal gusto. Es exageración, vehemencia y explosividad. Cuando estamos en nuestro medio la tememos, le huimos. Pero si estamos lejos, casi se nos saltan las lágrimas si descubrimos alguna de sus manifestaciones típicas, que identificamos a gran distancia y de inmediato nos confirma que estamos en presencia de un conciudadano. Puede ser que alguien esté bailando, y su rostro muestre sucesivos parecidos con el pato Donald y con el lobo feroz. Tal vez esté hablando y utilice esa gestualidad que exige holguras de metros cuadrados. No vacilamos ni un segundo en identificarlo: ¡es uno de los nuestros!.

Algunas criolladas estremecen, llegan a la heroicidad. Cuentan que Máximo Gómez, en La Redonda, al ver que sus tropas estaban tan extenuadas que no darían un paso si trataba de llevarlas a un lugar seguro, en la costa sur, donde pudieran reponerse, mandó al corneta que tocara carga, y aquel ejército de sombras atacó decidido en la dirección que le indicaron sus jefes... y llegó al refugio de la costa, adonde jamás hubieran podido llevarlo de otra manera.

Otras veces irritan, como cuando un criollo con media botella de ron entre pecho y espalda se empeña en narrarnos, con lujo de detalles, aunque sea evidente nuestra impaciencia, cómo enamoró a su vecinita.

Fue entre nosotros que se inventó el robo del chivo por un grupo de fiesteros, y la invitación al dueño para que se lo coma, sin saber que es el suyo, que es lo más sabroso de la parranda.

Una clase universitaria no es criolla si no se intercalan par de chistes y alguna anécdota del docente a cargo que, si olvida esto, en vez de profe será calificado de bofe. Por su parte, el estudiante criollo jamás necesitará saber algo del tema que se examina para llenar las dos caras de una hoja con una curiosa respuesta, que a veces hasta tiene elementos válidos.

Un gran amigo, magnífico docente, que llegaba a su turno de clases cuando se le ocurría, a quien sus estudiantes acusaron por ese motivo cuando se le fue la mano, les respondió con un criollo y aplastante argumento: Aquí los únicos que pueden llegar tarde a clase son ustedes, no yo; fíjense que la clase no empieza hasta que yo llego. En otra ocasión, cuando el Jefe de Departamento le indicó que no tenía elaborada la clave de evaluación para una prueba, dijo, muy campante: Es que tengo dudas en dos de las respuestas.

Por su parte, los estudiantes hacen sus aportes que, en ocasiones, pueden incluso resultar peligrosos para la salud de los docentes. Un amigo tuvo su primer episodio de alta presión mientras se desempeñaba como tutor. La tesis daba, como resultado colateral, un programa para evaluar los esfuerzos que surgían en la vía férrea cuando pasaba un tren con determinadas condiciones de masa y velocidad, y como el diplomante afirmó que ya se podían hacer corridas, lo sentó frente a una computadora para ponerlo a prueba:

—Supón una locomotora de 120 toneladas. ¿Ya tecleaste eso?

—Sí, profe. ¿Cuántos carros le pongo?

—Dos carros cisterna petroleros y una tolva de arena, todos llenos al tope.

—¿Qué velocidad?

—100 km/h. Dime los valores de los esfuerzos.

—Todos están en cero, profesor.

—¿Y cómo es posible eso?

—¡Imagínese, con esa velocidad...!

—¿Usted sugiere que esa locomotora y sus tres carros, están echándose a volar, como un bando de golondrinas?

Solo de pasarle por la mente que el tren estuviera despegando, mi amigo empezó a ver punticos negros y a sentir calor en las orejas. Fue su debut como hipertenso.

Han ocurrido experiencias internacionales. Un profe mexicano que no conocía a nuestros estudiantes, en otro examen oral, llegó a preguntarle a uno de ellos: ¿Usted, de verdad, está respondiendo lo que le pregunté, o quiere hacerme llorar?

Somos capaces de pasarnos horas, en una fiesta, hablando del trabajo que estamos pasando para trabajar, y al otro día, dedicar al menos media jornada laboral a hablar de la fiesta que corrimos.

Somos, en fin, una paradoja bípeda. ¡Y agarramos un terrible gorrión cuando nos damos cuenta de que, en algún momento de nuestras vidas, no estamos rodeados de otras paradojas igualiticas!

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