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Carta a José Antonio Saco – 3 de abril de 1849 (fragmentos)

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Carta a José Antonio Saco – 3 de abril de 1849 (fragmentos)

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En la cuestión de anexión has tomado, como siempre, muy buenas posiciones; pero no me atreveré a decir si tu victoria sería de celebrarse. Por lo que he oído, el folleto no ha gustado a la gente del movimiento y del progreso. Se dice que los españoles, los pacíficos y pancistas, han celebrado mucho tus argumentos contra la anexión; si bien parece que se les ha indigestado esas cosas que enjaretas contra España, y esotras que pides para Cuba sin venir a caso, pues que sin nada de eso se vive perfectamente. No te aflijas por esto, Saquete, que ellos curarán de la indigestión tan luego como se convenzan de que el gobierno de España no es tan dócil que se deje guiar de consejos de Babujales, ni tan tonto que necesite de apuntes para sacar sus cuentas según le convenga.

Sin duda es desgracia mía ver todas las cosas de Cuba de mal a peor. Me represento a Cuba como una linda muchacha a merced de déspotas, de pícaros y de cobardes; y por más que busque entre las tres clases a un Salvador, por Dios que no sé en cuál de ellos encontrará la salvación. En cada pulgada de Cuba, en su gente, en su vecindario, en todo, veo el combustible acumulado de antemano y que (en) una hora menguada ha de inflamarse sin que lo evite otro poder que el de Dios.

Pues por lo mismo, dirás tú, es preciso estarse quietecitos y no mover ni una naranja, cuanto menos una paja. Esto no me tranquiliza; antes bien, aumenta mi inquietud.¿Bastará que los cubanos se estén quietos? ¿Es ése el medio seguro, probable siquiera de asegurar, no diré el bienestar, sino el malestar presente? ¿Qué importa que el colmenero se esté quieto contra el colmenar, si los de afuera tiran palos y piedras y alborotan los enjambres? Quietos se estaban los colonos de Inglaterra; quietos los de Francia y demás posesiones europeas en nuestro archipiélago. ¿Y alcanzó la quietud a salvarlos de su ruina? ¿Cómo evitar las causas exteriores, el movimiento, la agitación de la humanidad en todo el mundo, y muy cerca ya sobre Cuba? Tú mismo has dicho con tanta exactitud como guanchinanguería (sic) para sacudirle la mosca al abolicionismo, que el siglo era el abolicionista, y tú no eras más que un mensajero del siglo. Pues bien, este mismo siglo es también el de la democracia, de la independencia americana, y es forzoso obedecer a su impulso irresistible.

¿Y quién es el profeta que responde de que España triunfará de la revolución interior que se agita en su seno, o de la exterior que la invade y la conmueve? ¿Quién asegura que el gobierno de España ni por honor, ni por vergüenza, ni por necesidad, ni por la fuerza cumplirá sus tratados y compromisos pendientes; o no entrará en otros peores, o no trocará, permutará, venderá, cederá o dispondrá de Cuba según lo aconsejen o exijan las circunstancias? Entonces, me dirán, entonces será tiempo de obrar. Entonces, digo yo, será muy tarde; y no lo digo por repetir la cantinelita de moda francesa; sino porque cuando se decrete el precepto de pago de las verdes y las maduras, irá acompañado de la fuerza propia y las prestadas para la ejecución y cumplimiento.

Es preciso tener muy presente que para arruinar a Cuba basta una plumada, y que para darla tiene España todo el estímulo, todo el apoyo y aprobación de la Europa entera, de casi toda a América, incluso las Islas, nuestras acusadoras hoy. Más que rivales. Y no hay que olvidar que para salvar a Cuba no queda otra puerta entreabierta que la de los Estados Unidos, único pueblo, única gente que acá en América tiene vergüenza, saber, fuerza y unión como nación libre. A nadie quiero ofender, Saco mío; pero yo deseo para Cuba los bienes y la protección de los Estados Unidos, del Coloso, del Briareo americano con sus veinte millones de brazos fuertes y robustos que podrán darle y conservarle a mi patria los bienes que paso a indicar como me salgan de la cabeza, y que tú estimarás en lo que valgan haciendo el paralelo concienzudo de ellos con las gangas y conveniencias de la nacionalidad española.

1ro. Cuba anexada sería un estado soberano, con toda la libertad e igualdad que jamás puede darle España. Su constitución sería hecha por sus hijos, arreglada a su pasado y su presente, y calculada para su porvenir.

2do. Cuba anexada tendría toda la seguridad interior y exterior de que necesita en su actual estado de peligro y debilidad. Éste es otro bien que se encontraría en la fuerza, el prestigio, los recursos y poder de 30 estados que son uno.

3ro. Cuba anexada obtendría la tregua, el respiro que le daría tiempo para reformar y mejorar su estado social. En muy pocos años, y en una progresión incalculable, Cuba tendría en su suelo 500 mil blancos más, que no se absorberían, sino que se injertarían o disolverían en otros 500 mil que tiene Cuba; y ellos con ellas harían otros 500 mil que, mal que le pesase al Sr. Saco, serían cubanos. Y yo aseguro que un atravesadito mío con una yanqui o alemanota había de salir más cubano, y más bonito, y blanquito, y sanito y briosito y guapito que el Sr. Saco y su compinche Narizotas, con toda la pureza de su raza goda, árabe o gitana, que de todo hay en las Viñas de Iberia.

4to. Cuba anexada tendría soldados y marineros hijos suyos a quienes confiar su vida, su honra y sus intereses; y que aunque fuesen atravesados, le inspirarían más confianza y seguridad que los Pelayos, Cides, Pizarros, Corteses, Tacones y Roncalis, héroes sin duda de gran mérito y eterna gloria, pero héroes que se consideran amos, que no hijos de Cuba.

5to. Cuba anexada tendría al Maestro que necesita para aprender la ciencia del gobierno, el arte de gobernar, de formar hombres libres y no instrumentos del despotismo, arte que en España no se ha distinguido gran cosa, y cuyos discípulos constituidos en estados independientes ha más de 25 años, todavía no han dado frutos que honren al Mestro ni a ellos.

6to. Cuba anexada adquiriría riquezas sólidas, sin escrúpulos, zozobras ni peligros. Los 500 mil advenedizos, como te place llamarlos, no serán por cierto 500 mil salvajes africanos, malayos e indios, que es la gente que los cubanos pueden esperar que les permita traer el gobierno de España para cruzar y perfeccionar su noble raza; sino que serán 500 mil yanquis, irlandeses, alemanes, franceses, suizos, belgas, diablos y demonios, pero diablos y demonios blancos, inteligentes, industriosos y además con máquinas, instrumentos, industrias, métodos, capitales y cuanto más poseen y emplean los hombres libres en la producción de la riqueza.

Ahora bien, ¿cuál de estos bienes hay que esperar del gobierno de España? ¿O cuál de ellos no se realizaría por la anexión en el breve espacio de ocho a diez años? ¿Y cuál de esos bienes, por María Santísima, equivale la vanidad salvaje de raza, o la dicha de ser colonia, y colonia hoy muy pisada de España?

Pero yo voy más lejos. ¿Tendremos siquiera la seguridad y la dicha de conservar nuestro malestar, nuestra raza y condición colonial en el orden que van las cosas de Cuba, en Cuba y fuera de Cuba? ¡Ay, Saco mío! Si tú estuvieras en Cuba, y palpases cuanto allí pasa; si vieses a tus hermanos más humillados que sus propios esclavos; si estudiases en el terreno la marcha de la opinión pública; si vieses los semblantes solamente de esos aristócratas que supones perderían su posición social. ¡Cuán diferente sería tu política! ¿Sabes cómo recibo yo tu consejo de inacción y quietud? Como si viendo mi casa y mi familia rodeadas de incendiarios o asesinos me dijesen: “Acuéstense todos a dormir que en estándose quietecitos no hay peligro alguno”. ¡Para los diablos, hermano!

Ciertamente no será el gobierno americano el que mandará 25 o 30 mil hombres a tomar a Cuba. Serán sí, 50 mil yanquis los que al primer grito de Cuba acudirán a su socorro, mal que le pese a este gobierno y al de España. El gobierno americano ni querrá ni podrá evitar que el pueblo americano vaya donde le diere su regalada gana, o sirva al que sus simpatías le inclinen. Y por lo que hace a Inglaterra, ya se guardará de meterse con Yankee Doodle, que desde el año 1814 le hizo saber que en América él sólo es poderoso, y el que está a la cabeza de la civilización, libertad e independencia de América. Inglaterra, que no es España, sabe muy bien que Cuba es de América, y que los Estados Unidos la tiene a su alcance, entre sus brazos, casi entre sus brazos, casi entre los dedos ya, y que toda demora está en la ocasión, o el pretexto para cogérsela, con razón o sin razón, pésele a quien le pesare. Inglaterra sabe también que Cuba, injertada en el tronco frondoso de la Confederación, sería un país riquísimo, opulento y el mejor mercado para los ingleses, que es lo que hoy busca y necesita la Inglaterra; y por asegurarle a España el monopolio, no partirá lanzas John Bull con su hijito Jonathan, no lo creas.

Ya he pasado a otro pliego, y es preciso no fastidiarte más. No tengo tu laconismo, y siempre se me asoma algo nuevo de que hablarte; pero voy a concluir con descarga de metralla.

Domingo, y tú y todos los que tenéis esperanza en que España le dará a Cuba libertad, igualdad, representación nacional, y todas esas cosas que esperáis de los derechos de raza y paternidad, sois para mí judíos, a quienes yo pusiera a clavar o sembrar janes de jobo prometiéndoles que les producirían naranjas. Consolaos, pues, majando agua y mirando al cielo, que el maná cayó una vez, pero en el día sólo caen granizos y pedruscos. Lo que te encargo es que me escribas, que te cuides mucho porque te necesita Cuba, y porque los cubanos te queremos siempre como antes, como ahora y como siempre te ha querido tu

Narizotas

New York, abril 3 de 1849


Tomado de José Antonio Saco: Contra la anexión. Recopilación de sus papeles con prólogo y ultílogo de Fernando Ortiz. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1974, pp.209-212.

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