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Impresiones de un cronista

Impresiones de un cronista

Anoche hemos dado nuestro adiós a Madrid. Un grupo de amigos que representaban en el andén de la partida, todo el cariño, las alegrías y las emociones que hemos vivido en esta inolvidable ciudad, quiso mantener hasta el último momento viva y latente aquella atmósfera de hogar, aquel calor de espíritu que nos envolvió desde que llegamos.

Hasta el sol se prestó a ello, y cosa inusitada a fines de noviembre, persistía en salir disipando las nubes y las lloviznas, vistiendo la ciudad de un fugitivo verano; Dulce María gustaba de decir que hasta el sol español era también gentil con la cubana friolenta, pues ni un solo día había dejado de aparecer en su balcón.

Pero mañana, cuando el sol llegara al balcón de Dulce María, no habría de encontrarla, la buscaría en vano entre las ramas de flores que nunca le faltaron, entre sus libros y sus papeles.

Anoche nuestros compañeros de estos buenos días madrileños nos esperaban en la Estación del Sur donde tomaríamos el tren nocturno para Sevilla. Allí antes de partir estrechamos las manos amigas de nuestro ministro en España. Pedro Corpión Cula, y las de su esposa María Luisa de Poo, siempre de negro y siempre tan bella; allí también don Pedro Rocamora, presidente del Ateneo de Madrid y director general de Propaganda, acompañado de su secretario Valdenebro, que bien nos recordó su grata presencia unido a la nuestro ministro, la magnífica tarde del 8 de noviembre en el Ateneo que preside, ¡y que recuerdo para que sea el que nos acompañe en la despedida!

Saludamos igualmente al coronel José María Martínez Mazas, ayudante del generalísimo Franco y amigo de mi infancia; a Antonio Betancourt; a Antonio Alfonso Carrillo, al duque de Medina de Riosco, duque poeta y amigo como le puso Dulce María allí mismo en el ejemplar de Juegos de agua, que él pidió que le firmara.

No faltó naturalmente el grupo de los poetas y los críticos, formado puede decirse por los más representativos de la hora actual de Madrid: Carmen Conde, Isabel de Ambia, Adriano del Valle, Gerardo Diego, José García Nieto, Bartolomé Mostaza…

Ni el de los antiguos amigos con el doctor Ángel Capote y su mujer Lala, tan suave y tan dulce; Pepín Fernández Rodríguez y José López Rubio, a quienes tantas atenciones debo; mi prima Gloria, emocionada, y sus hijos Antonio y Pepe y Mari-Carmen; mi sobrino Juan Antonio Antequera, y Merche su joven esposa, a los que acabamos de bautizar un hijo…

Los he ido nombrando según han acudido a mi memoria después de una fatigosa noche de tren; quizás he olvidado algunos nombres y quizás en la prisa del momento no acerté a decir a todos cuánto estaba agradeciendo su cariñosa despedida y con ella las muestras de simpatías, el bienestar de casa que pusieron en nuestros días de Madrid y que mi mujer y yo no los olvidaremos nunca.

Si no acerté a decirlo, sirvan para eso estas líneas que no sé si leerán, pero que podrán decir, a quien las lea, que grato es siempre al corazón honrado, agradecer…

A la estación de Sevilla acuden a recibirnos nuestro amigo y cónsul Francisco Brediñana y el señor secretario del Gobierno, que lleva la representación del gobernador y del alcalde, cuyos coches ponen también amablemente a nuestra disposición.

Paseamos por las callecitas del barrio de Santa Cruz de la ciudad andaluza...

Dulce María vuelve a encontrar su habitación en el Andalucía Palace llena de flores sevillanas; otro gusto que nos espera es el de saludar en el mismo hotel a muy queridos cubanos, el doctor Miguel Ángel Campa, que realiza investigaciones colombinas por esta región, Terina Roff, de gentil simpatía criolla.

Paseamos esta tarde por las callecitas de cal y sol de la ciudad andaluza y por los inmensos parques cubiertos de árboles y flores; nos bajamos en el hermoso monumento a Bécquer que bien podría servir de modelo al que debemos hacerle a (sic) nuestra isla en algún parque cubano; las hojas secas al caer le han formado un verdadero tapiz de oro.

Ya entrada la noche recorremos la famosa calle de Sierpe; y como se acercan las Navidades, los escaparates están lleno de ricos turrones espolvoreados de azúcar y confites de colores, llenos de mantecadas envueltas en papel de seda que traspasa el jugo de mazapanes embutidos con frutas abrillantadas, de sendas piernas de jamón Serrano y gordos embutidos de la Sierra. En fin, todo el sueño de un gastrónomo, y no podemos por menos que dedicarle un amable recuerdo a nuestro querido primo Manolo Aranda Muñoz.

Tenemos la invitación de don Joaquín Romero Morube, director del Alcázar de Sevilla, para asistir a una fiesta que habrá de celebrarse esta noche en los salones de dicho palacio moruno. Se trata de una típica fiesta andaluza y ofrece al mismo tiempo la particularidad de efectuarse en estos sitios que parecían ya vedados a toda manifestación de vida: los fríos y vastos salones habitados por reyes moros y reyes cristianos muertos desde hace siglos…

Aunque la fiesta será por la noche, el joven director del Alcázar y su amable esposa insisten en que vayamos desde por la tarde a fin de recorrer los famosos jardines, los cuales no están por cierto muy expuestos a la curiosidad de las gentes.

Techo del Salón de Embajadores en el Real Alcázar.

Nos atenemos a lo dicho y antes de las cinco ya estamos en la antigua morada de Don Pedro el Cruel y sus antecesores los reyes expulsados por Fernando el Santo.

La tarde se presenta fría y nublosa para caminar por jardines y parajes descubiertos; se hace necesario abrigarnos mucho para emprender la marcha por aquellos bosquecillos empapados de rocío.

Muchas flores todavía; claveles y crisantemos de un amarillo pálido que recuerdan cabecitas de niños… Las que pinta Murillo en los querubines de sus Inmaculadas.

Un estanque enorme a donde cae un grueso chorro desde una altura de unos veinte metros, rezuma humedad y olor a agua muerta…

—Éste es el jardín que hizo Carlos V cuando se casó con la Infanta portuguesa…

En realidad no es un solo jardín, sino como muchos jardines cogidos de la mano; a veces un alto muro de piedra mantiene la individualidad del minúsculo edén así sustraído, a usanza mora, de las miradas de vecinos.

Los jardines tienen nombres poéticos que siento no recordar… jardín de las Merinas uno de ellos, jardín de las Acacias otro…

La tarde se nos va poniendo cada vez más fría, caminamos ahora sobre una especie de acueducto tendido entre uno y otro jardín y desde el cual divisamos ampliamente los cuadros de verdura, el clásico laberinto, los naranjales amarillos de fruta…

Al fin por una escalera misteriosa ponemos pie en tierra, pero tenemos que quitarlo pronto. De repente y por muchos pequeños agujeros invisibles en la arena del sendero, han surgido como por encanto sesenta u ochenta chorros de agua finísimos que entrelazan unos con otros a manera de encaje sobre el aire…

—Juegos de agua, estoy viendo mi libro… —dice Dulce María contenta…

Juegos de agua, estoy viendo mi libro... —dice Dulce María en los jardines del Real Alcázar. (Estanque de Mercurio.)

En el Salón de los Tapices se celebra la fiesta nocturna: el Salón de los Tapices, así llamado por la magnífica tapicería con que lo hizo adornar el rey Carlos V, es una inmensa galería donde estos motivos renacentistas contrastan con los techos mudéjares a base de cajuelas de madera en talla policromada.

Sendas mesas cubiertas de todas clases de manjares se extienden a lo largo de la galería; en el centro una plataforma donde salen a bailar y cantar las “bailaoras” flamencas con sus trajes de volantes y sus cabelleras lustrosas sembradas de peinetas de colores.

Fiesta preciosa es de la cual gozamos en la muy equilibrada compañía del vehemente Brediñana y el sosegado doctor Campa, siempre con su Terina.

Allí encontramos también a personas muy interesantes como el doctor Lafita, director del Museo Arqueológico, y a la cubana Lolita Abreu, sobrina del Vizconde de los Remedios.

En “canto jondo” se prolonga hasta las tres de la madrugada; algunas veces el viento agita los tapices como si la sombra de un viejo rey pasara inquieta detrás de ellos.

Arcos en el Palacio Mudéjar del Real Alcazar.

Mi mujer se ha empeñado en buscar por toda Sevilla el sepulcro de no sé qué reina antigua y llevamos ya más de tres horas en trajín de iglesias y conventos.

Muestra Dulce María un singular apego hacia los motivos funerales, en el cual yo muy a pesar mío debo acompañarla, ahora nos han indicado como meta de nuestras fatigas, el Convento de San Clemente y hacia él nos encaminamos por un dédalo de callecillas que se van estrechando cada vez más como si salieran unas de otras.

El coche del alcalde traquetea sobre el viejo empedrado y atrás desde el fono de las casas multitud de chiquillos y jovencitas curiosas, muy peinadas ya, con su peineta y su clavel al pelo…

Al fin llegamos a San Clemente, convento medio en ruinas que se alza al final de la calleja. Un gran arco de puerta desprendida deja franco el paso a un jardín abandonado lleno de olor y humedad…

Atravesamos el jardín sin encontrar a nadie, llegamos a los portales del Convento también en soledad y en silencio. Es como si llegáramos a un lugar encantado… Dudamos un momento en seguir adelante pero seguimos atraídos por el mismo misterio que nos rodea.

Real monasterio de San Clemente: como si llegáramos a un lugar encantado… 

Al fin divisamos la gran puerta del fondo que se ve abierta y que es sin duda la puerta de la iglesia; apresuramos el paso porque ya la tarde nos va envolviendo entre su sombra.

En efecto: la puerta de la iglesia. Nos disponemos a entrar y de pronto nos detienen breves voces angustiadas.

Suspensas, inmóviles delante de nosotros están las monjas de San Clemente. Son monjas de clausura que durante muchos años no han visto más rostros humanos que los suyos, ni más que los suyos las han visto otros ojos…

Habían bajado a limpiar la iglesia, siempre solitaria a estas horas, y sin velo ni toca, han sido sorprendidas por nosotros en plena faena…

La sorpresa ha sido tan grande que no aciertan a moverse… Se han quedado paralizadas en la misma actitud en que se encontraban una de rodillas, con la piedra pómez en la mano, otra junto al balde de agua derramado, otra de pie con la escoba al aire…

Dulce María, al principio, no comprende y se dirige tranquilamente a la Superiora, que estaba sentada en una silla, y le dice:

—Buenas tardes, madre; vengo buscando el sepulcro de la Reina Doña…

—Un momento, hermana, un momento…

Dulce María calla, pero hace ademán de entrar…

—Por Dios, nuestro Señor, no dé otro paso… Somos monjas en clausura, ésto es también clausura en este momento…

Verdaderamente la situación es difícil; mi mujer cree resolverla diciendo que no me aleje, pero esto asusta todavía más todavía a la Superiora que se niega contrita…

—No, no… Así menos todavía…

Mientras dura este diálogo las monjitas no se han movido; sus rostros pálidos se destacan como flores en la sombra.

Dulce María insiste. Ha venido desde Cuba; se irá mañana mismo y aquella reina difunta…

La Superiora tiene una idea feliz. Serán ellas las que se marchen, las que abandonen en masa el sitio para que dama que viene de tan lejos pueda visitar el sepulcro de su reina…

Fuga de hábitos blancos en la penumbra, cerrar de puertas y abrir de puertas, chirriar de pesados y herrumbrosos goznes… En un santiamén ha quedado la iglesia vacía. Llegamos al fin al bendito sepulcro…

Dulce Mría se arrodilla y reza brevemente. Al salir la suave voz de la Madre Superiora ya sosegada inquiere desde el coro…

—Bueno, ya encontró la señora cubana lo que buscaba…

—Ya, ya, madre… gracias a su bondad y comprensión…

Conversamos unos minutos con ella a través de las espesas celosías, exactamente como si jamás le hubiéramos visto el delicado rostro que recata en las sombras del locutorio…

Ya en la calle, me vuelvo a mi mujer, riendo, y le digo:

—En medio de todo, tengo que agradecer a tus manías funerarias una de las más bellas y finas aventuras de este viaje… Aquellas monjitas volaron como palomas asustadas.

Cierto; pero sabes… Aquel no era tampoco el sepulcro.

—¡Santo cielo, todavía! ¿Pero no rezaste en él?

—Sí, recé en él… ¡Qué desilusión para las monjitas si no lo hubiera hecho después del susto que las hice pasar…! Y además, la oración no sobró… Todo sepulcro necesita siempre oraciones…

El Cristo de las Miles, de Antonio Susillo: teniendo aquella efigie del Salvador la boca entreabierta se pudo observar que entraban y salían abejas por ella; éstas habían logrado construir sus panales en el interior de la imagen que estaba por tanto llena de dulzura viva… 

Excepto un gran cesto de rosas maravillosas obsequio del gobernador que ella ofreció a la Virgen de la Macarena, Dulce María ha querido llevar todas las flores que le dieron la tarde de su lectura en el Ateneo de Sevilla, a la tumba de Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Lleva también un hermoso ramo de claveles en nombre de la Sociedad de Artes y Letras Cubanas, cuya presidenta Nena A. de Echeverría le pidió desde Cuba que depositara en el lugar donde reposa la inmensa figura inspiradora de aquella institución.

Acompañan a Dulce María Loynaz en su emocionada visita, el presidente del Ateneo, doctor Emilio Serrano Pérez, el joven y talentoso director de la Sección de Literatura del mismo, señor Carlos García Fernández, el teniente alcalde, jefe del cementerio, el doctor Campa y su esposa, nuestro cónsul Bedriñana y su inteligente hijo que ha querido captar en su cámara fotográfica el momento en que la poetisa viva ponía sus flores a la poetisa muerta; un pequeño grupo más de poetas, profesores, amigos…

—Éste es el Cristo de las Mieles —nos dice el jefe del cementerio, al pasar junto a un gran Cristo en bronce erigido en el crucero central. Y ante la natural pregunta que provoca aquel poético nombre, nos explica que teniendo aquella efigie del Salvador la boca entreabierta se pudo observar que entraban y salían abejas por ella; éstas habían logrado construir sus panales en el interior de la imagen que estaba por tanto llena de dulzura viva… Se le llamó desde entonces el Cristo de las Mieles.

Y henos aquí ya frente a la tumba de Gertrudis Gómez de Avellaneda; es una tumba sencilla, desnuda puede decirse, pero limpia y cuidada. Esta limpieza y este cuidado se lo presta, naturalmente, la autoridad encargada del cementerio, pues sabido es que no existen en Sevilla familiares descendientes de la inmortal camagüeyana, que pudieran hacerlo.

No hay tampoco epitafio pomposo tan del gusto de la época suya; sólo el nombre de su marido, el tinerfeño Domingo Verdugo, y después el de ella, tal como estaría en el sepulcro de cualquier dama sencilla.

El señor presidente del Ateneo, complace a Dulce María rogando al capellán del cementerio que rece un responso en el panteón de Tula.

Mientras el Padre reza su latín mortuorio el viento se lleva las últimas hojas secas de los árboles, los troncos negros hacen el fondo escueto de esta escueta tumba.

Requiescat in pace… —dice tres veces la voz monocorde del sacerdote.

—Amén —decimos todos, y Dulce María añade tocando la losa sepulcral con su mano enguantada:

—Es lo que más necesita… Ella que no descansó nunca…

Y henos aquí ya frente a la tumba de Gertrudis Gómez de Avellaneda; es una tumba sencilla, desnuda puede decirse, pero limpia y cuidada.
Foto: Isabel Martín Salinas. Tomada de http://isabelmartinsalinas.blogspot.com/2013/03/cumpleanos-de-gertrudis-gomez-de.html

Ya es hora de partir también de esta ciudad flor en la gracia y flor en la Historia, como la ha llamado mi esposa, por frase acertada en conversación con el duque de Sevilla.

Unas horas antes de marchar tenemos el gusto de recibir en nuestro hotel la visita de este gran caballero a quien conocimos en Madrid y quiere tener la gentileza de despedirse de nosotros.

Acompaña a don Francisco de Borbón, mi querido amigo y paisano, el Excmo. señor don Enrique Martínez de Morales, y el encuentro es grato en el patio cerrado de cristales que ya no enciende el sol.

El duque es alto, delgado y se parece extraordinariamente a su primo Alfonso XIII.

Descendiente directo de Carlos IV por el hijo menor, el Infante D. Francisco de Paula, es un conocedor profundo y pudiéramos decir viviente de ese apasionante y tumultuoso período de la Historia de España que abarca todo el siglo pasado; y gusta de conversar de su tema favorito con quien pueda seguirlo.

Las manos de estos amigos y las de nuestros cónsules José Carballal y Francisco Bedriñana y su joven hijo serán ya las últimas que estrechemos en España.

Jerez de la Frontera: parte de un desfile de pueblitos blancos y moruscos, de nombres bellos y muros encalados...

Camino de Cádiz, es un desfile de pueblitos blancos y moruscos, vamos en este día de temporal en busca de nuestro barco. A través de la cortina de lluvia surgen y se borran estas manchas de cal entre el verde ceniciento de los olivares.

Por estas cosas raras de los cambios climatológicos, entramos en Europa por una Inglaterra primaveral y soleada, y ahora la abandonamos por una Andalucía de nieblas y aguas…

Aguaceros uno detrás de otro derritiendo las salinas en pirámides de ambos lados de la carretera quebradiza.

Jerez de la Frontera, Puerto Real, Puerto de Santa María, San Fernando… Los pueblos de bellos nombres y muros encalados, parece también que van a derretirse con la lluvia.

Cádiz al fin entre un tumulto de olas que la remata como crestería árabe.

Pasamos aún tres días en esta ciudad, acaso la más antigua de España y una de las más antiguas del mundo; aunque no nos es desconocido, bien quisiéramos volverla a recorrer, toda de mármol como es, ventana de luz abierta sobre el Atlántico.

Pero la lluvia nos tiene bloqueados todo el tiempo en el hotel, que de noche alumbramos con velas por haber el temporal roto la principal línea de abastecimiento eléctrico.

No hace mucho frío, pero el sol español se ha escondido ya, hasta la primavera.

Y mañana un barco recio y panzudo, vencedor de temporales, nos devolverá a Cuba.

Tiene este barco el nombre de uno de los hombres más nobles que he conocido en mi vida, el Marqués de Comillas.

Y me alegro de que en él termine este viaje nuestro en que hemos sido tan felices y del cual he procurado que todos disfruten un poco por medio de estas crónicas; no sé si lo he conseguido, pero dejo constancia del propósito, ya que nunca parece mayor la buena dicha que cuando se logra repartirla a los demás.

Sevilla, ciudad flor en la gracia y flor en la Historia, como la ha llamado mi esposa... (Sobresale en la imagen La Giralda, la torre campanario de su célebre catedral)


Esta crónica apareció publicada de manera fragmentada en tres ediciones consecutivas del rotativo habanero 
El País, Año XXV, 22, 23 y 26 de diciembre de 1947. En aras de su organicidad hemos decidido publicarla de manera íntegra, sirviéndonos de las fotos como separadores entre los segmentos. Han sido correjidas algunas erratas advertidas en el original.

El Camagüey agradece a Verónica Alemán, investigadora del Centro Cultural Dulce María Loynaz, la posibilidad de publicar este texto, y a Henry Mazorra su ayuda durante el proceso de edición. 

Leído por María Antonia Borroto.
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