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Cartas a José Angelet

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Cartas a José Angelet

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Puerto Príncipe, 15 de noviembre de 1854

Mi querido señor y amigo:

Me hallo desde hace ocho días en esta necrópolis; note usted que digo necrópolis y no metrópoli, porque al ver el desolado aspecto de las calles y el entorpecimiento de sus habitantes y el mutismo de sus calles, mejor se creería uno en un campo santo que en el seno de una ciudad habitada por 40 000 almas revestidas de carne y hueso y dotadas de calor vital y por consiguiente de movimiento. Ya podrá usted imaginar que he decidido no dar concierto. Soy demasiado hombre de primeras impresiones, para que al entrar en esta triste tierra no haya tomado la resolución de permanecer en ella lo menos posible. Vuelvo, pues, a marchar en el Pelayo para La Habana el día 23. Acabo de leer en el diario que el Almendares está en Nuevitas. Voy a informarme si toca en San Juan de los Remedios, porque en este caso lo tomaré e iré a hacer a usted una pequeña visita. En caso contrario, iré directamente a La Habana llevando conmigo el recuerdo de una amistad de la cual no soy digno, sino por la simpatía y alta estimación que usted me inspira. Tengo un vivo disgusto en no poder (según me aseguran) ir a San Juan; parece que el Almendares no hace allí escala. En fin, pronto lo sabré yendo a casa del consignatario para enterarme a ese respecto.

Adiós, mi querido señor, crea usted en mis sentimientos afectuosísimos y en disgusto de poder expresarlos de viva voz. Si me escribe usted hágalo a las señas siguientes: L.M. Gottschalk, en casa de Edelman y Cía, Almacén de Música, calle de Obrapía, 12, Habana.

Todo suyo


Puerto Príncipe, 15 de diciembre de 1855

Mi querido señor y amigo:

He recibido su amable carta en que me invita usted nuevamente a ir a San Juan de los Remedios. Estoy al presente decidido a ello; una sola cosa me detiene, y es saber si hay entre San Juan y La Habana otro vapor a más del Almendares. En caso de tener que aguardar tres semanas la vuelta de dicho buque, me vería obligado a renunciar a hacerle la proyectada visita. Sírvase pues, indicarme cuáles son los medios de ir de San Juan a La Habana, además del Almedares.

Mi segundo concierto ha sido tan brillante como el primero. He sido en él vitoreado. (Toco La Savane, La danza de las Sílfides, Recuerdos de Cuba y Puerto Príncipe, con la “caringa”, y Fantasía de Brabura.)

El padre y Claret y Clara continúan despachando sus pataratas todas las noches en una iglesia diferente. El texto de uno de sus últimos sermones era la humildad cristiana y su conclusión era que todo no es más que vanidad.

¡Pobrecillo!, ¡qué conmovedora manera de practicar esta máxima, él, que se hace llamar Reverendísimo, Ilustrísimo, Dignísimo y Excelentísimo! ¡Oh, infeliz humanidad! Todo esto porque ha hecho voto de humildad, del mismo modo que recibe 20, 000 pesos por año, porque ha hecho voto de pobreza y de desinterés por las cosas de este mundo.

Cuando reflexiono sobre la imbecilidad de los hombres, me asombro de que no se haya intentado explotarlos todavía más. Lo más singular es que los hombres más sensatos, los que razonan con mejor juicio sobre todas las materias del mundo y de filosofía, caen en el absurdo apenas toca en ellos la cuerda de los asuntos religiosos.

Adiós, amigo mío; mil saludos.


Tomado de Gerardo Castellanos: Pensando en Agramonte. Habana-Camagüey. La Habana, Ucar, García y Cía. 1939, pp.316-318.

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