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Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), la mariposa del romanticismo

Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), la mariposa del romanticismo

Ramón Gómez de la Serna, que era en el fondo un hombre muy del linaje de Larra y de Bécquer, transmitió puntualmente a las generaciones actuales el sentimiento del romanticismo. Su tía Carolina Coronado fue una de las grandes mariposas —falenas sería mejor decir— de aquel movimiento literario que halló en España una expresión poderosa, por la sencilla razón de que lo denominado romanticismo era, desde siempre, la cosa más española del mundo.

Es Ramón quien se presenta a la gente de hoy llevando del brazo, a derecha e izquierda, a dos grandes poetisas románticas: una es Carolina Coronado, y otra es la que él llama la Divina Tula, o sea, Gertrudis Gómez de Avellaneda y Arteaga, “la que tan bellos versos y tan bellas cartas escribió además de tener una divina estampa”. Porque hay que anotarle al romanticismo, como uno de sus regalos mejores, la singularidad de presentarse aquí con poetisas que además eran bellas mujeres. A la pregunta ¿talento y belleza pueden ir juntos?, el romanticismo responde presentando a Gertrudis Gómez de Avellaneda y a Carolina Coronado: pues sí, una mujer, a pesar de ser mujer y de ser bella, puede tener talento. ¡Buena derrota para los prejuicios masculinos!

Cuando la coronación de Quintana anciano, se produjo una escena —pintada por Ribera— que da el zumo del romanticismo, como lo da también el cuadro de Esquivel con la lectura de poemas de Zorrilla. El poeta, ochentón, llegó apoyándose en el brazo de Martínez de la Rosa. Isabel II, mujer de gran porte, que lleva todavía el escote del imperio napoleónico, cuando la entrada de las hermanas del emperador en la Corte era como una Exposición Nacional de Lactancia, se presentó esa noche de la coronación del poeta en el Senado con todas sus galas. El busto muy desarrollado, subrayándose más que ocultándose con las gasas y los diamantes, era como la proa de un navío floral y lácteo. Frente al trono, se alzaba un palco donde aparecía otra reina: la poetisa encargada de ofrecer a Quintana, con la corona de oro, el poema de la consagración. Era Gertrudis Gómez de Avellaneda, la criolla que en punto a prestancia, majestuosidad, señorío, podía erguirse esa noche sin pena ante la majestuosidad y la real planta de Isabel II. La Avellaneda vestía también de raso blanco bordado en diamantes. La perfección de sus hombros y el arranque del voluminoso busto, ofrendado como en dádiva de Pomona al poeta por un corpiño de ballenas muy ceñidas, hacía perfecto pendant con el busto de la Reina. Era como un duelo de maternidades, de grandes amas de cría, que daban al poeta el consuelo de sentir, un esa infantilidad sin futuro que es ser muy viejo, que no habría de faltarle el alimento anhelado. Si según Chateaubriand un viejo es dos veces niño, un viejo poeta es, por lo menos, cuatro veces niño, y necesita vigorosas, sólidas, rollizas amas de cría que le nutran y mimen. ¡Qué bien está esa estampa romántica del anciano Quintana, con su corona de oro en la cabeza, acunado entre los grandes bustos de Isabel y de la Avellaneda!

Quintana había alimentado con su poesía a muchos hispanoamericanos. Textualmente a la propia Avellaneda que ahora le decía con su voz cantarina y su buena dicción de camagüeyana (es en Camagüey donde mejor se habla el castellano viejo en toda la isla) tantas bellezas, la había alimentado mucho Quintana. De él había aprendido ella el arranque épico, el gran aliento del poema. Por haberse nutrido en la escuela de él, pudo ella transformar la influencia de los franceses, más la de Lamartine que la de Hugo, en una trompetería muy a la española, muy a la heroica.

¿Y por qué era ella, la criolla, y no otra persona de poesía, la llamada para decir aquella noche de 1855 el poema de consagración? Porque la Reina, y con ella todos los poetas del tiempo, sabían que la persona indicada, adecuada, perfecta para aquella ocasión y todo lo que encerraba, era Gertrudis Gómez de Avellaneda. De hecho, se estaba coronando allí, también a la poetisa. La Reina, como mujer, que llevaba sobre sus hombros no solo la pesadumbre natural de la corona, sino además la pesadumbre de la incomprensión masculina hacia los talentos y poderes de la mujer, sentiríase esa noche absolutamente feliz. La mujer reinaba allí, no únicamente por ser hija de reyes, sino también por la grandiosa e inocultable majestad del talento. Aquella ceremonia era un reconocimiento de los derechos femeninos a ocupar posiciones en la sociedad intelectual, como en la sociedad política, como en la sociedad general de los humanos.

Los hombres de ciencia, que siempre ven mucho más allá de lo que parecen estar contemplando en sus laboratorios, adivinaron muy a tiempo que tanto para la reina Isabel como para la Avellaneda no había mejor simbolismo que el de la mariposa. Sendos entomólogos, el español Graells y el austríaco Herrich-Schäffer, bautizaron con los nombres de estas dos mujeres extraordinarias a dos mariposas que están consideradas como excepcionales: Graëllsia isabelae Graells, la más bella mariposa nocturna de la fauna paleártica, y la Phoebis avellaneda Herrich-Schäfer, que es, según el especialista Miguel Gómez Bastillo, “el piérido más hermoso y brillante del mundo”. Aquellas grandes hembras, que tanto refulgieron en salones y jardines, convertidas en mariposas, eternizadas en el vuelo sin fin de la misteriosa belleza, tan de puro adorno que es una mariposa, es un símbolo que cierra muy bien el ciclo de la sensibilidad romántica.

La Avellaneda fue en mucho de lo que sintió y vivió, una mariposa. Fuerte, tenaz, volviendo siempre a lo suyo, como hacen siempre las mariposas, la Avellaneda llevó a cabo una hazaña intelectual que no es justo compendiar con unas líneas de diccionario biográfico, ni con una clasificación al uso. Fue poetisa, o poeta, como se quiera, y fue autora teatral y dejó cartas, y narraciones en prosa que la convirtieron en un clásico de las letras españolas e hispanoamericanas. Nació en 1814 y murió en 1873. Todo eso es cierto pero no da ni remotamente la idea de lo que representa la obra producida por esta mujer. Frente a los prejuicios que aún perviven, debe insistirse en que la Avellaneda no era un hombre por dentro, con envoltura carnal femenina, pero alma de soldado, ni era una mujer que escribía como los hombres. Era una mujer intensamente femenina, linda, coqueta, graciosísima, tirando su poquito a ser (sic) siempre su voluntad, que nació con el raro don de saber enfrentarse con un gran argumento literario y desarrollarlo cumplidamente, dominándolo, sin descuidar por eso el corte de sus vestidos y la higiene de su persona. La bobaliconería de la época se quedó “haciéndose cruces”, y con la boca abierta, al ver que esta mujer, que cuando se enamoraba lo hacía tan a fondo que no reparaba en las consecuencias (¿y es que habrá, Señor, otra manera de enamorarse?), sabía escribir una tragedia en cuatro actos con la grandiosidad, la precisión, la autoridad, que teníanse por monopolios del varón.

Hasta entonces las mujeres literatas, al menos en España y en Hispanoamérica (salvo allí el caso de Sor Juana y aquí el de Santa Teresa, dos religiosas, obsérvese), eran vistas como marisabidillas un poco entrometidas a las que se les pasaba “eso de la poesía”, como si fuera un sarampión en cuanto cazaban un marido. Las que tomaban más en serio el oficio de escritora, se ocultaban tras un seudónimo, como Fernán Caballero. Cuando más, se atrevían al poemita, a la carta de amor, al esbozo de novela, pero ninguna pareció sentirse nunca con fuerzas para enfrentarse con el gran toro del drama. Dijérase que la naturaleza teatral de la mujer le impedía escribir teatro. Alimentábase así el prejuicio de tantos hombres según el cual las mujeres no podían, por naturaleza, emprender sino obritas graciosas, menudas, como encajitos de monjas. De pronto, estalla el incendio de la Avellaneda. Había dado en Sevilla un drama, Leoncia. “Cuando se anunció su drama Leoncia, dice Margarita Nelken, los teatros de Valencia, Granada y Sevilla, entablaron una verdadera lucha para poderlo representar primero”. Tras esto, el triunfo en Madrid.

El Madrid teatral era tan difícil entonces como hoy, o quizás más. Era la época de los grandes actores y actrices, divos y divas. El teatro se alimenta casi diariamente con obras de mucho vuelo, fuese por influencia francesa o por propia inspiración. Rossini su quedaba pasmado del gusto que mostraba el público. La gente sabía de teatro más que de toros. Y a ese Madrid difícil, exigente, conocedor, la Avellaneda lo hizo suyo con una obra: Alfonso Munio o Munio Alfonso que de ambas maneras se llamó el tremendo drama medieval español donde hay una Beatriz de Avellaneda que tiene mucho de retrato psicológico de su lejanísima parienta y resurrectora la poetisa de Camagüey.

La Avellaneda retratada por Madrazo en 1857, dos años después de la coronación de Quintana.

La gente se preguntaba: ¿de dónde ha salido una mujer de tanto talento, con tanta valentía, con tanta audacia? Se la veía en los salones más elegantes, llevando siempre muy buenas joyas y chales de Cachemira. Bailaba con la elegancia de una princesa de la casa de Rohan. Madrid estaba hecho a la belleza de las cubanas, por la estampa de la duquesa de la Torre, llamada con razón por el músico White La bella cubana. Ante la Avellaneda, Madrid se deslumbró. El triunfo de Munio Alfonso fue seguido, in crescendo, por el de El Príncipe de Viana, y ya la Divina Tula, como la llama Ramón, fue la reina de la escena y del salón literario. Para Lamadrid se escribió Egilona en dos días. Era el delirio. Era el triunfo.

Triunfar, ya se sabe, tiene un reverso amargo. Llegan las enemistades, la envidia, la conspiración espontánea de la mediocridad. Instintivamente se unen contra el triunfador todos los fracasados. A la Avellaneda comenzaron a roerle los huesos por la parte moral. Hablillas, murmuraciones, “se dice que…”. Todos los hombres se enamoraban de ella, pero ella no hacía caso a todos los hombres. El veneno instilándose gota a gota hasta inundar el cuerpo del vencedor. Luego, la muerte, que tanto ayuda en esas conspiraciones y que siempre parece estar de parte del mal —la muerte es la gran aliada de los perversos—, dio a la Avellaneda unos cuantos golpes de los que estremecen y aflojan los cimientos. La arrogante cabeza de Tula comenzó a inclinarse. Aparecieron hilillos blancos en la cabellera endrina. A ambos lados de los labios, los pequeños surcos de la amargura dieron al rostro de Tula el toque definitivo de la melancolía. Y a pesar de todo, el talento se le aumentaba, y las fuerzas del espíritu alcanzaban reciedumbre de tormenta en los campos de Cuba. Saúl y Baltazar son dos obras que ni antes ni después de la Avellaneda ha escrito ninguna mujer (y que muy pocos hombres han escrito). El Devocionario, dicen los que saben de estas cosas difíciles, es el más completo y puro que se haya escrito en lengua castellana. Ese Devocionario es como la gran isla de diamante, el castillo secreto del alma real de la Avellaneda.

No fue feliz. No podía serlo: solo las personas muy tontas pueden ser felices en la tierra. Parecía tenerlo todo, y en el fondo no tuvo nada nunca. El talento prodigioso le servía para aumentar sus sufrimientos morales. Publicar y triunfar en la escena o en los libros (la Avellaneda como novelista, como autora de narraciones que adaptaban leyendas y episodios famosos de la antigüedad o de la América vieja narrada por el autor de El carnero, disfrutó de grandísimo renombre también), sólo conducía en el fondo a entregar su intimidad. La gente cree que cuando compra un libro adquiere el derecho a mirar por la cerradura en el dormitorio del autor. Y luego eso de la belleza física. ¡Pobre de la mujer muy bella! “¡Ay de la que nace hermosa!”. A la larga, la Avellaneda sigue siendo más conocida por la arrogancia de su porte que por la calidad de su obra. ¿Quién ha escrito con más diafanidad el idioma que la autora de El cacique de Turmequé?; ¿quién ha igualado como ella la fantasía de Walter Scott, de Dumas, de Byron, en las novelas o en el teatro? Y en los poemas de gran acierto literario, cuando ella acierta en lo lírico, ¿quién poseyó tal dominio de los ritmos, de la métrica, del colorido sonoro de las palabras? Todo eso, para la posteridad ha sido humo, prácticamente nada. Se recuerda en cambio que don Juan Valera, que sabía de mujeres finas y de vinos superiores, estuvo enamorado de ella, y que su figura hacía palpitar el pulso hasta seres tan espirituales como el padre Luis Coloma. Como nadie cree que detrás de un busto tan bello pueda esconderse la inspiración de un gran poeta, se sigue sin ver la mayor belleza de la Avellaneda, que no era la de su cuerpo. Los eruditos han hecho muy bien en enseñamos que Safo era fea. porque así creemos en el talento de Safo. (Como lucieron muy bien los monjes que ocultaban a Bernardino de Sahagún a las miradas de los curiosos). Era tan bonito el fraile, que sus superiores comprendieron que si la gente lo veía, el mundo iba a quedarse sin una obra portentosa, o a no enterarse nunca del portento). Lo que le faltó a la Avellaneda fue una Máscara de Hierro.

Su tumba está en Sevilla, la del cielo luminoso y sereno, como el que corona las llanuras de su tierra natal. Ahí está lo que nos queda en materia de la Avellaneda Unos huesos, un poco de polvo, nada. Puede ser que ahora, pasado todo el tiempo de un siglo, comencemos a olvidar el peso humano, carnal, recio, de la personalidad física de la Avellaneda, y se abra al fin el otro aprecio a lo mejor suyo. Puede ser que a un siglo de distancia demos en la hermosa aventura de descubrir el genio que tuvimos entre nosotros bajo el nombre de Gertrudis Gómez de Avellaneda.

1973

Phoebis avellaneda (Herrich-Schäffer, 1865), nombrada así en homenaje a nuestra Tula.

Tomado de Gastón Baquero: Una señal menuda sobre el pecho del astro. Ensayos. Selección, prólogo y cronología Remigio Ricardo Pavón. Holguín, Ediciones La Luz, 2014, pp.83-88

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